• 17 May

    P. Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Al igual que la Resurrección del Señor, su Ascensión a los cielos es un hecho real y verdadero, acontecido en un momento histórico determinado y en un lugar geográfico concreto. No se trata de un hecho imaginario ni de un producto de la sugestión de los Apóstoles, que eran bastante incrédulos hacia este tipo de fenómenos extraordinarios. Tanto el relato de los Hechos de los Apóstoles como el del Evangelio del mismo autor, San Lucas, que no corresponde leer este año, lo dicen expresamente. El primero nos ha indicado que los Apóstoles “lo vieron levantarse hasta que una nube se lo quitó de la vista” y que ellos “miraban fijos al cielo, viéndole irse”, cuando dos ángeles les aseguraron que volvería (Hch 1,9-11). En cuanto al Evangelio de San Lucas, dice que “mientras los bendecía, se separó de ellos subiendo hacia el cielo” (Lc 24,51).

    La Ascensión del Señor es, por tanto, una verdad que debemos creer y por eso lo vamos a profesar al rezar el Credo. Ya en el Antiguo Testamento nos encontramos con una prefiguración de este acontecimiento en la asunción de Enoc (Gén 5,24; Sir 44,16) y en la del profeta Elías (2Re 2,11; Sir 48,12).

    De las varias lecciones que podemos extraer de este hecho, hay dos que quizá debamos destacar ahora.

    Por una parte, la Ascensión hace efectivo el cumplimiento de la promesa de Nuestro Señor de enviarnos al Espíritu Santo como Paráclito, como Abogado, como Defensor y Consolador que iluminará y dará fuerza a la Iglesia naciente para predicar el Evangelio: “os conviene que Yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito” (Jn 16,7). Jesucristo no nos abandona, pues lo ha dicho claramente en el Evangelio de hoy: “sabed que Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Esta presencia, que nos da fuerza para anunciar la buena nueva, se hace efectiva por la misión del Espíritu Santo, por el envío de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, que procede del Padre y del Hijo. El Espíritu Santo alienta la vida de la Iglesia, hace eficaz la gracia divina que se derrama a través de los sacramentos, de la oración y de las buenas obras, y nos permite conocer así a Jesucristo, quien a su vez nos muestra al Padre y nos conduce a Él (cf. Jn 14,6-11). La acción del Espíritu Santo, que se ha hecho posible plenamente a raíz de la Ascensión de Jesús, nos introduce de este modo en la vida de la Santísima Trinidad.

    Otra lección muy importante de la Ascensión del Señor es la promesa del Cielo para nosotros. Jesucristo nos ha abierto el camino a la gloria eterna. El descenso de su alma humana al seno de Abraham después de la muerte en la Cruz, yendo a rescatar a los justos del Antiguo Testamento para llevarlos al Cielo, así como su Resurrección en la carne, nos dan la clave de su misión entre nosotros: Cristo ha venido al mundo, enviado por el Padre, para rescatarnos del pecado, para reconciliarnos con Dios y para abrirnos las puertas de la gloria eterna. Su cuerpo resucitado nos enseña el estado glorioso al que nuestro cuerpo está llamado también cuando tenga lugar la resurrección de la carne al final de los tiempos, algo que no sólo la fe nos enseña, sino que además la realidad metafísica de la persona humana exige, como enseña la filosofía iluminada por la fe.

    San Beda el Venerable, monje inglés de los siglos VII-VIII, lo expresa claramente: “He aquí que con la Ascensión al cielo del Mediador entre Dios y los hombres hemos sabido que les había sido abierta a éstos la puerta de la patria celestial. Por tanto, apresurémonos con todo nuestro afán hacia la eterna felicidad de esa patria” (Homilía en la Ascensión del Señor).

    Este mismo Doctor exhorta a buscar el cielo por medio de las obras de caridad. En esta semana podemos centrar de un modo especial nuestra caridad en la oración y también en la ayuda económica a favor de los cristianos perseguidos, acogiendo la iniciativa de la Iglesia y de un modo muy especial de la Iglesia española y de nuestro Arzobispo. Todos sabemos la cruda realidad que están viviendo hermanos nuestros de fe en muchos países, sobre todo en estos tiempos en varias naciones del Próximo Oriente y de África bajo la presión del islamismo más violento, que además supone una amenaza para Europa y el mundo entero. La pretensión de esos grupos islamistas es acabar por completo con las minorías religiosas y de un modo particular con el cristianismo, y se corre el riesgo auténtico de que esto llegue a suceder, como estamos comprobando en Irak. Sin embargo, a pesar de esa presión y del terror más salvaje, no deja de sorprendernos el ejemplo heroico de aquellos cristianos, que en no pocas ocasiones están afrontando el martirio de manera admirable, con la mirada puesta únicamente en Dios y en la vida eterna. En medio de nuestras comodidades, ellos deben ser un estímulo para nuestra fe aletargada.

    Que María Santísima cubra con su manto protector a estos hermanos perseguidos y ruegue por nosotros para que el Espíritu Santo nos llene de semejante fe y fortaleza.

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