• 16 Nov

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos amados en el Señor: En este domingo la Palabra de Dios nos descubre un secreto muy valioso para alcanzar con seguridad nuestra salvación. Tenemos que venir siempre con ese anhelo profundo. Es lo más importante en nuestra vida. El joven rico le hizo esa pregunta que siempre debemos hacernos: “¿Qué debo hacer para ganar la vida eterna?” Lo demás es secundario. La salvación o la condenación no son un misterio que se nos revela cuando nos presentamos al juicio particular cuando muramos. En este mundo, en nuestra vida terrena, sabemos ya si nos vamos a salvar o a condenar.

    Corrijamos desde el principio nuestro lenguaje humano tan imperfecto cuando trata de lo sobrenatural. La vida eterna no la puede ganar el hombre con sus merecimientos en sentido absoluto. Es un regalo, un don de Dios. Pero no es un regalo barato. Porque nuestra pequeña contribución a nosotros nos cuesta superar una carrera de obstáculos durante toda la vida. Y, a pesar de nuestro gran esfuerzo, es un regalo de la infinita misericordia divina. Así que sobre todo es don. Pero el mismo Evangelio es el que usa la expresión “ganar” la vida eterna. Nuestros méritos son muy importantes, pero no dejan de ser una chispita en comparación con el gran precio de la Redención que Cristo ha pagado con su muerte y resurrección.

    Vamos por orden. En el Antiguo Testamento se nos revela cómo uno debe aprovechar la vida para hacer el bien a los demás: como la mujer ideal, buena administradora de una parte de la hacienda familiar. Pero la posible alusión a la vida eterna queda muy velada. El libro de los Proverbios considera la simpatía y hermosura de una mujer, que para una mirada superficial es lo principal, un baremo engañoso, e incluso puede convertirse en un impedimento para alcanzar la vida eterna si se convierte en una idolatría por parte del hombre o de la mujer. Lo único que tiene consistencia, es si una persona teme al Señor. Es la expresión típica de los libros sapienciales. Pero no dice por qué. En el Antiguo Testamento sólo de una manera velada e incipiente, pero segura, se habla de la retribución eterna. Era algo grabado en el fondo en la conciencia del israelita, no lo ignoraba, pero no podía dar muchas explicaciones de ella.

    El Salmo 127 que ha cantado el salmista considera que un hogar con muchos hijos es signo de la bendición divina.

    En cambio, en el Nuevo Testamento ya se habla con toda claridad de la retribución eterna. En la carta a los Tesalonicenses se aborda el tema del día del Señor, expresión que usan con frecuencia los profetas del Antiguo Testamento y constituye el tema central del Apocalipsis: todo el libro es la descripción del día del Señor (Ap 1,10). San Agustín comenta que ese día es un período en el que el Señor instaura su Reino en este mundo y que abarca también la purificación previa, denominada gran tribulación. Es un punto importante del símbolo de nuestra fe: “Y de nuevo vendrá a juzgar a vivos y muertos”. Se trata de un juicio intrahistórico diferente del juicio particular que tiene lugar inmediatamente que uno muere y del juicio final, el cual tiene lugar como colofón del fin del mundo.

    San Pablo también nos da unas claves muy importantes para estar preparados para el día del Señor, que viene como ladrón, no porque el Señor no nos dé señales abundantes y claras, sino porque una de las calamidades que se procuran los hombres que dan la espalda a Dios en los últimos tiempos es precisamente la ceguera o incapacidad para interpretar los signos de los tiempos. Lo tenemos ante los ojos, lo comentamos incluso a menudo, pero nos falta la clarividencia espiritual para aplicárnoslo a nuestra propia vida. No somos capaces de tomar las medidas pertinentes que nos pondrían a salvo de sucumbir en la persecución por la fe y ser uno más de tantos apóstatas. Nos arriesgamos a no ser capaces de dar testimonio de Cristo en el momento de la prueba. Si no estamos firmemente anclados en la fe el miedo nos arrastrará a la apostasía como a muchos creyentes que no fueron fortalecidos por sus pastores, previniéndoles de lo que iba a suceder y que está anunciado en tantísimos lugares de la Sagrada Escritura, además de que en la misma Escritura hay dos libros expresamente dedicados a ello, uno en el Antiguo Testamento, el libro de Daniel, y otro en el Nuevo, el ya mencionado Apocalipsis. Es necesario estar vigilantes por medio de la oración y el examen de conciencia y la sobriedad, cuya falta hace que caigamos en el sopor y olvido de la venida del Señor y de los signos de su advenimiento.

    Pero es en el Evangelio donde se nos reserva la sorpresa maravillosa capaz de unificar toda nuestra vida en torno a una clave que ordene nuestra vida espiritual bajo un enfoque que nos evite caminar como sonámbulos. Vayamos por partes. La parábola de los talentos es tan conocida y popular que ha obrado una transformación semántica por la que de una moneda histórica de Palestina ha catapultado su significación para significar en el lenguaje corriente las cualidades de una persona. “Esta es una persona que tiene muchos o pocos talentos”, solemos decir. Pero algún avisado comentador, que por desgracia no abundan, propone con notable acierto, dar la significación a la palabra talento de la parábola a toda ocasión que se nos presenta en el día a día de convertir las cosas pequeñas o grandes, las desgracias o cruces que solemos decir en el lenguaje espiritual basado en el Evangelio, y también las alegrías y dones que nos da el Señor, en ocasión de unirnos a la Voluntad de Dios o de rebelarnos contra esa Voluntad que contraría nuestros planes, o se nos presenta como un sufrimiento o una dificultad que no estamos dispuestos a afrontar. Nuestra vida pasaría de este modo a ser una continua ofrenda hecha al Señor de los mil y un instantes del día en que a nuestra libertad se nos presenta una elección : acepto o no la realidad a la que no puedo negarme sin un mayor o menor quebranto para mí y los que me rodean. Nuestra vida es en realidad un mosaico inmenso de momentos en los que nuestra libertad tiene que decidir entre dos opciones : o bien acepto lo que se me presenta en este instante como ofrenda agradable a Dios por mi elección en comunión con la Voluntad de Dios, o me cierro en banda y digo que no, que yo por ahí no paso, que ya estoy harto, que todo en la vida tiene un límite, que la cruz es para aquellos que van de santos por la vida, que yo me apeo y me organizo mi vida a mi antojo que ya soy mayorcito y que me dejen en paz.

    En la parábola se nos presenta a los dos primeros empleados que aceptan el reto de su señor que se va de viaje y les hace un depósito de dinero para que negocien con él. Se toman la cosa como suya. Asumen lo que les plantea su señor, se fían de él y lo ven proporcionado a sus fuerzas. No lo ven ni como una trampa, ni como una responsabilidad desmedida. Pero el tercero se niega a entrar en el juego y le contesta al señor: “fui a esconder bajo tierra tu talento. Aquí tienes lo tuyo”. Para este empleado el señor es un explotador que siega donde no siembra y recoge donde no esparce. Pero el señor de la parábola no se inmuta ante la acusación y demuestra al empleado que es injusto al catalogarle de esa manera, pues aceptaba como trabajo justificativo simplemente llevar el dinero al banquero. El empleado en realidad no se fía de su señor ni de los banqueros, de nadie.

    La consecuencia queda patente para nosotros: nuestra salvación es una empresa que tiene su dificultad. Pero sería injusto acusar a Dios de jugar sucio y estar a la altura de los explotadores con los obreros indefensos por la falta de trabajo bien retribuido. Si somos capaces de fiarnos de Dios, de apostar por este Padre bondadoso que busca nuestro bien aunque en ocasiones tengamos que trabajar sin ver el fruto de nuestros sudores, o tarde en llegar la recompensa, para aquilatar el grado de nuestra confianza, si confiamos en Dios nuestra salvación está asegurada. Pero ojo no es una confianza facilona o barata, como la presentan ciertos pastores que han dimitido de su función: aquí todo el mundo se salva porque Dios es bueno y nadie se condena. Eso es falso.

    Nuestra salvación requiere un esfuerzo, el esfuerzo de asegurarnos con la meditación concienzuda de la Palabra de Dios y con el trato personal en la oración, además del repaso de nuestra experiencia bien objetivada, de que Dios es tan bueno que nadie puede acusarle de no ayudar a sus hijos, ni nadie es capaz de superar su bondad. Nadie puede acusarle de tacaño en sus dones. Si creo que esto no es verdad tendré que volver a leer con honestidad su Palabra y ver por mí mismo si Dios es de fiar o no.

    Pero una vez que estoy seguro de la bondad de Dios soy el más afortunado de los hombres. He encontrado un tesoro. Estoy seguro de que el más mínimo esfuerzo que yo haga encontrará una correspondencia increíble en el Padre más amoroso que jamás pueda imaginar. Me veré envuelto en un halo de luz, porque mi vida ha encontrado un sentido jamás imaginado. Ahora la confianza en Dios unifica mi existencia. No necesito otro polo de atracción. Es el resorte que me hace afrontar trabajos pesados, que me hace perdonar ofensas que me parecían imperdonables, que me capacita para sufrir mortificaciones a mis gustos, contradicciones a mis opiniones, privaciones que antes no podía soportar y ahora me parecen livianas. Por fin tengo la certeza de que voy a alcanzar la salvación. Porque podré cometer pecados que me priven de ella, pero como sé que Dios quiere mi salvación y no me ha tendido una trampa, aunque me avergüence mi pecado iré presuroso a pedir perdón me cueste lo que me cueste, porque sé que hallaré misericordia y paz para mi espíritu. Una paz y una felicidad eternas que nada ni nadie fuera de Dios me puede dar. Este Evangelio nos abre horizontes insospechados. Todos nos debemos decir: Si tengo confianza en Dios lo tengo todo. Nadie puede poseer una riqueza más grande. Si alguien quiere persuadirme de lo contrario me reiré de sus argumentos y me dará pena la actitud de quien me contradiga, pero mi opción es de por vida. Quien contradiga la confianza que un creyente tiene en Dios comete el pecado imperdonable contra el Espíritu Santo. Deposito en manos de la Santísima Virgen mi opción para que por su intercesión no permita me desdiga nunca de ella y ruego sea esta la opción de todo creyente incluso si no profesa nuestra fe católica. Que la sangre de la que participamos en esta Eucaristía rubrique nuestro compromiso de por vida.

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