• 26 Oct

    P. Alberto Soria

  • Las lecturas bíblicas nos enseñan, queridos hermanos, que nuestra vida de relación con Dios no puede estar separada de la relación con nuestros semejantes. Los hombres y Dios formamos una familia irrompible. Si el hombre se empeña en poner barreras que le separen de los hombres, se aleja de Dios también y se pone en conflicto con quien le ha creado y redimido. Si el hombre, por el contrario, se precia de tener una buena relación con los hombres, pero se separa y aleja de Dios, esa pretendida buena relación con los hombres es inconsistente y acaba por desaparecer o por limitarse a un grupo de amigos, con los que concuerda solo en pequeños objetivos, pero que al final acaban enfrentándose por pequeñas cosas, porque han dejado de lado la fuente misma del amor. Solo con la ayuda de Dios puede uno ser leal a los demás hombres.

    El amor a Dios y al prójimo no son dos mandamientos iguales el uno al otro. Hay una jerarquía que se impone por sí misma. Principal y primero es el amor a Dios, como es lógico para quien conozca su obra creadora y redentora. Dios nos ama con amor infinito. No debemos tanto al hermano como a Dios. El amor al prójimo tiene que estar fundado e inspirado por el amor a Dios. Nada más y nada menos porque es su fuente, de la que parte todo, también el conocimiento del lugar que ocupa el amor a Dios y al prójimo.

    Otras religiones, al carecer de una revelación sobrenatural conocen el carácter principal del amor a Dios, pero no son capaces de relacionarlo bien con el amor al prójimo. Cuando los cristianos afirmamos que el amor a Dios es el mandamiento principal y primero, según la revelación de Dios, no por eso consideramos que el amor al prójimo sea irrelevante o muy secundario. Aunque no sea el principal, su importancia es tanta, que si se suprime el amor al prójimo, el amor a Dios queda falsificado y simplemente desaparece en aquel que persistiera en esa actitud. Porque también se puede decir que el mandamiento del amor es uno solo con dos vertientes. Pero aunque una de sus vertientes sea la principal y primera, la una sin la otra dejan de ser el mandamiento que Dios nos ha revelado y enseñado en su propia vida.

    Si hemos escuchado en la lectura del Éxodo que no se debe oprimir ni ofender al extranjero, la vida y enseñanza de Jesús es mucho más exigente y coherente con la revelación que Dios nos ha hecho de su misericordia. Dios nos ha perdonado faltas que por nuestros propios méritos somos incapaces de satisfacer. Y sólo nos pide que cumplamos el mandamiento en sus dos vertientes: pidiendo perdón de corazón a Dios y perdonando al prójimo setenta veces siete, es decir siempre. ¿Es posible vivir en paz sin el perdón de Dios? Demos esa pequeña misericordia del perdón de las deudas que pudiera tener nuestro semejante con nosotros y a cambio obtendremos el perdón de la gran deuda que todos tenemos con Dios por nuestros pecados, pues todos ellos son ofensa a Dios.

    Pidamos a Ntra. Sra. del Valle que interceda ante su Hijo para que nos conceda a todos la gracia de cumplir con todas las exigencias del amor a Dios y al prójimo. Que así sea.

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