• 5 Oct

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos en Cristo: Toda celebración de la Eucaristía es una actualización del misterio pascual de Cristo, de su muerte redentora y de la resurrección que nos ha devuelto la vida. Estábamos muertos por el pecado y ahora estamos alegres porque la muerte eterna ha sido vencida, y en su lugar la nueva vida en Cristo se comunica a aquellos que están unidos a Cristo por los sacramentos. Esta Eucaristía nos tiene que unir más estrechamente en Cristo. Hemos venido aquí sedientos de vida, sedientos de una esperanza que impulse nuestro vivir cotidiano y le dé un sentido. No queremos andar como sonámbulos en este mundo. Necesitamos una luz que nos guíe, un camino seguro que nos conduzca a ese puerto definitivo que nuestro corazón anhela sin conocerle bien del todo. Nos gustaría despejar las muchas dudas que nos asaltan cuando las angustias de la vida se nos presentan de pronto.

    Nos preguntamos cómo esclarecer este camino de la vida, pues muchas veces nos da la impresión de recorrerlo a tientas, porque no comprendemos los cambios tan súbitos que se producen a nuestro alrededor en la manera de pensar de la gente, en la desesperación por no encontrar salidas a las necesidades materiales que la crisis económica hace cada vez más acuciantes y tantas otras cuestiones. ¿Por qué antes que se acudía de una forma tan natural a pedir ayuda a Dios, a la Santísima Virgen, a los santos, y ahora en cambio parece que el hombre en vez de volverse con confianza a quien tiene poder para ayudarle en sus necesidades, se atreve a desafiar a Dios, a dictar leyes que van contra el hombre mismo que legitiman la muerte del inocente en el seno de la madre, que destruyen lo que es el fundamento de la sociedad, la familia y hasta se atreven a increpar a Dios, e incluso hay otros que prefieren ignorarlo por completo?

    No hemos llegado a este punto de decadencia social por pura inercia de la vida, como si forzosamente la vida humana individual y colectivamente tuviese que llegar a un punto de inflexión en que no pudiese evitar precipitarse en el vacío y acabase desmoronándose sin más. Dios no es responsable de este fracaso colectivo de la humanidad. Nos lo hemos buscado nosotros con nuestros pecados, con nuestro reiterado alejamiento de la casa paterna. Pero Dios, en su conocimiento del futuro, que nos deja admirados, ya había puesto en boca de tantos profetas que se iba a precipitar la humanidad en esta marea negra de apostasía. En otras épocas hemos padecido herejías, que son desviaciones de la fe. La fe entonces estaba más apagada, padecía esa enfermedad. Pero ahora somos testigos de la apostasía entre nosotros, que es el rompimiento con Dios. Es decir, la muerte de la fe.

    Vayamos pues a la Palabra de Dios de donde sin duda hallaremos la luz que ilumine la deriva alocada que nos ha tocado vivir. Allí encontraremos la esperanza y el camino de la verdadera alegría. Hemos escuchado la profecía de Isaías sobre la viña plantada con esmero en lugar propicio, pero que no dio uvas a su tiempo, sino agrazones. Y nos dice el profeta que esa es la imagen de la respuesta que había dado Israel a los desvelos de Dios. En vez de cumplir los mandamientos, que equivale a cumplir su parte en el compromiso de la Alianza por cuidar Dios de esta nación pequeña, no fue capaz de ser fiel. Dios la había elegido para ser el germen de un pueblo único de Dios sin fronteras. Pero en su misericordia llega Jesús, el Mesías esperado durante siglos y de nuevo invita a renovar su alianza y anuncia la misericordia de Dios para ese pueblo infiel. Jesús empezó su predicación anunciando la misericordia de Dios. El Evangelista Lucas nos refiere esta misma parábola de la viña de Isaías que acabamos de escuchar. En Isaías, por no dar fruto a su tiempo, el Señor la abandona y la destruye. Pero Jesús al comienzo de su predicación anuncia la Buena noticia, eso es el Evangelio, y queriendo resumir la historia de las resistencias de su pueblo a su amor recrea la parábola de Isaías, pero hay un mensaje nuevo: el viñador, lleno de compasión, al comprobar que sus esfuerzos han sido inútiles con una higuera, en un derroche de misericordia vuelve a multiplicar sus esfuerzos para sacarla adelante: «Y les dijo esta parábola: «Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: “Ya ves, tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a perjudicar el terreno?”. Pero el viñador respondió: “Señor, déjala todavía este año y mientras tanto yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto en adelante. Si no, la puedes cortar”» (Lc 6,6-9).

    Jesús y sus discípulos después de tres años de predicación comprobaban que lejos de alegrarse por esa misericordia tan generosa por parte de Dios la gente les recibía mal en los pueblos donde iban. Y es que los hombres religiosos de su pueblo se le habían adelantado a los lugares por donde iba Jesús a predicar para advertir a la gente que no le recibieran a Él y a sus discípulos. San Juan lo dice en el prólogo del evangelio: «Vino a su casa y los suyos no le recibieron» (1,11) Ante esta oposición, Jesús, a esos mismos que tanto se le oponían, les dice esta otra parábola que se ha proclamado en que predice su muerte a las afueras de la ciudad santa, y no por eso dejó de recibir su justo castigo.

    Nosotros hemos de leer la Palabra de Dios no como historias pasadas que no van con nosotros, sino como la realidad palpitante de nuestra realidad actual. Es una palabra viva dirigida a nosotros. Después de dos mil años de cristianismo en que la Buena noticia se ha extendido por todo el mundo hemos llegado a apostatar de Dios en un sentido general, pero comprobable por cada uno de nosotros.

    ¿Qué va a hacer Dios ante esta situación? Lo que ha hecho siempre: hacer justicia y derramar el bálsamo de su misericordia de manera inaudita. Va a venir una segunda vez. Está pendiente su Parusía, esa visita benéfica restauradora de todo, los cielos nuevos y la nueva tierra. Dice san Pablo que hasta la creación está expectante de esta venida recapituladora de todas las cosas en Cristo.

    Pero Dios es también justo y no puede mirar a otra parte ante lo que hemos hecho, ante la dureza de nuestro corazón. Por eso está anunciada la gran persecución contra la fe disfrazada de una solución secular de nuestros problemas al margen de Dios. Se nos está persuadiendo de que nuestra religión es un fanatismo. Los sicólogos, manipulados por los grandes poderes fácticos ocultos, tratan de catalogar a nivel internacional la fe católica como una enfermedad sicológica. Es una de tantas. Nuestros hermanos en la fe en el próximo Oriente, en África, en China, en la India están sufriendo persecución a muerte. Nos están dando ejemplo de fortaleza en la fe. En nuestras latitudes muchos se van a acoger a estos poderes a nivel mundial que se presentan como nuestros salvadores, los únicos capaces de solucionar la grave crisis moral y económica que se irán agudizando todavía más. Pero eso sí, a costa de pedirnos la apostasía de nuestra fe, la claudicación ante la mentira, el apartamiento de la verdad. Lo que ellos digan eso será verdad, aunque sea evidente la mentira.

    Hermanos, si hemos venido a esta Eucaristía es para fortalecernos ante tan gran prueba. Ante las pequeñas pruebas de cada día, y ante lo que Dios nos tenga destinado. Nuestra meta ha de ser la de estar en gracia de Dios para estar siempre preparados para dar razón de nuestra fe.

    Este Sínodo de Obispos que comienza hoy en Roma es también una prueba para nuestra fe. Hay algunos que pretenden dar un giro de ciento ochenta grados al matrimonio. Otros tratan de ayudar a vivir esos compromisos, base de nuestra sociedad en un mundo que se les ha vuelto hostil. En estos quince días que dure el Sínodo debemos orar de modo especial y añadiendo los sacrificios oportunos, aunque sean pequeños, pero hechos mucho amor, para que esta en baza difícil la Iglesia no deje de dar testimonio valiente de las exigencias del Evangelio que siempre han sido fecundas y no sólo sufrimiento.

    San Pablo nos exhorta a que busquemos todo lo que es virtud o mérito ante Dios y que practiquemos lo que hemos aprendido de él en sus cartas. Y el Dios de la paz estará con nosotros. ¿Por qué no hacemos la prueba?

    Dios siempre está dispuesto a cuidar su viña y darnos nuevas oportunidades siempre que de corazón le pidamos perdón por nuestras traiciones. Es más, se adelanta a ello. En este tormentoso siglo veinte, testigo de tantas revoluciones y de tantos martirios, también envió Dios a sus profetas como Santa Faustina Kowalska, cuya memoria se celebra hoy, para que se diese culto a su divina Misericordia y así pueda el Señor derramarla más abundantemente sobre santos y pecadores, pues todos somos objetos de su misericordia.

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