• 28 Sep

    P. Carlos Mata

  • Queridos hermanos en Xto Jesús:

    A lo largo de todo el Evangelio, de cuando en cuando, Xto hace afirmaciones de esas que consiguen desconcertarnos totalmente…; desconcertarnos pero nada más porque tras el desconcierto ponemos oídos de mercader, apartamos la mirada y seguimos a lo nuestro. En más de una ocasión, al hablar a los pastores del pueblo elegido, Xto les hace ver que la gente que ellos consideran pecadores, a todos aquellos que consideran menos que nada porque no viven según la Ley de Moisés o porque no se sujetan a una serie de tradiciones recibidas de sus mayores, les hace ver, como digo, que les precederán en el Reino de los Cielos. Evidentemente, los escribas, fariseos y demás jefes del pueblo no aceptan estas advertencias pues ellos se autoproclamaban los puros mientras que al resto los encasillaban como pecadores sin solución.

    Sin embargo, Xto intenta enseñar que Dios se fija en otras cosas más importantes, tal vez menos llamativas a nuestros ojos pero más acordes a los mandatos divinos. Dios no quiere bonitas palabras, no quiere ritos vacíos, no quiere sabiduría humana; a Dios no le agrada la ostentación, la vanidad o la soberbia; Dios se aleja del poder, de la ambición, del deseo de figurar.

    Xto no se contenta con una mera declaración de intenciones o con una especie de contrato legal en el que se recoja lo que debemos o no debemos hacer respecto a Él. Realmente nuestra relación con Dios no se basa en intenciones o en especulaciones, tampoco en resultados y en estadísticas; nuestra relación con Dios únicamente se basa en el amor que ponemos en nuestros actos.

    ¿Cómo determinar cuándo algo es agradable a Dios? No es sencillo pues nosotros no podemos sondear lo más profundo del corazón del hombre pero si nos fijamos en el Buen Ladrón podremos caer en la cuenta de qué es lo que Dios quiere de nosotros: que reconozcamos nuestra propia debilidad, que le pidamos perdón, que le amemos y que no desconfiemos jamás de Él. Los logros del Buen Ladrón no parecen que fueran espectaculares, sus actos fueron más que discutibles, su modo de vida estaba más que alejado de lo que prescribía la Ley mosaica y sin embargo, una simple frase le valió el Paraíso.

    Nosotros, por el contrario, queremos contar, medir y pesar nuestra relación, nuestra amistad y nuestro amor a Dios en cosas que nos hagan reconocernos, o hagan que el resto nos reconozca, como personas que, sin lugar a dudas, somos fieles discípulos de Xto. Somos algo así como el fariseo que se veía justificado porque cumplía con la Ley pero que condenaba al publicano. Porque, no nos engañemos, nos encanta figurar y aparentar ante los demás, nos vuelve locos ser el centro de atención; solemos hacer una campaña exhaustiva de marketing cuando hacemos algo. Eso de orar en lo escondido, de ocultar a la mano izquierda lo que hace la derecha, eso de hacer el bien sin que nadie se entere pues como que no, no nos atrae en absoluto.

    Tendemos a complicar las cosas pero Dios es más sencillo que todo eso: Xto nos pide que amemos a nuestro prójimo como Él nos amó. Ya está. Para entender esto no es preciso recurrir a grandes explicaciones teológicas ni recurrir a interpretaciones raras ni tan siquiera hay que consultar a nadie. Para entender esta frase solamente hay que ponerla en práctica porque el estado de la santidad no está al alcance de unos pocos privilegiados que estén versados en las Escrituras, está al alcance de todos y cada uno de los hombres y mujeres de este pobre mundo porque para alcanzarla tenemos que realizar el acto más humano y más divino que existe, el más común y sin el cual no podemos realizarnos como personas ni como nada. Simplemente tenemos que amar, pero amar de verdad y sin excepciones, tenemos que amar con desinterés, con humildad, con sacrificio, con autenticidad de espíritu.

    Este modo de vida no entra en el programa de ningún partido político ni en el ideario de ninguna empresa u organización humana. Únicamente lo podemos encontrar en la Iglesia fundada por Xto. Siendo fieles a ella seremos, consecuentemente, fieles a Dios y al amor que nos pide.

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