• 31 Aug

    P. Juan Pablo Rubio

  • Queridos hermanos:

    Hemos comenzado la celebración con el canto de entrada gregoriano, en el que nos hemos dirigido a Dios con estas palabras del salmista: «Piedad de mí, Señor; que a ti te estoy llamando todo el día; porque tú eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan» (Sal 85, 3.5). El Dios único e infinito, que obra maravillas, es sobre todo admirable porque mira y escucha, atiende y responde a quien acude a Él con sencillez filial. El Dios que ha resucitado a Cristo de entre los muertos, en la aurora del domingo de Pascua, renueva hoy su oferta de salvación, su oferta de felicidad. De nosotros depende acercarnos a ese manantial o cavarnos cisternas agrietadas, colmar de sentido y de esperanza nuestra vida o marchar tras los ídolos que dejan vacío y seco nuestro corazón.

    La liturgia de la palabra, por su parte, nos interpela con un evangelio duro y exigente; diría que poco apto para este relajado tiempo del verano. El domingo anterior contemplábamos cómo Pedro, inspirado por Dios, confesaba la condición mesiánica de Jesús. Ahora el propio Maestro explica a los suyos qué significa esto en realidad: tiene que ir a Jerusalén y allí padecer mucho, ser ejecutado y resucitar al tercer día. Un programa como ése choca frontalmente con las expectativas de gloria y poder de los discípulos, que se disputaban los primeros puestos del nuevo reino. En este momento es cuando Pedro lo toma a parte y lo invita a cambiar de lenguaje, a variar el discurso, a no desalentar la moral de sus soldados: «¡No lo permita Dios, Señor! Eso no te puede suceder a ti».

    Si os fijáis, Simón se ha colocado delante del Maestro y se ha convertido, sin darse cuenta, en obstáculo, en tropiezo en el «camino» hacia Jerusalén. Y Jesús reacciona duramente, como diciéndole: —Cambia de mentalidad, Pedro, conviértete en discípulo; ponte detrás de mí y sígueme. Pedro, como a menudo hacemos nosotros, quiere enseñar a Dios lo que tiene que hacer. Demasiadas veces, en lugar de seguir al Señor, queremos precederlo, indicándole la dirección y las soluciones a los problemas, porque en el fondo no nos fiamos de su presencia ni de su acción.

    Vemos también en este pasaje de qué modo Jesús está decidido a abrazar la voluntad de Dios, porque sabe que es una voluntad llena de amor, que tiene un significado positivo. La pasión es necesaria, porque sin lucha no se puede obtener la victoria. Jesús debe enfrentarse al mal, al pecado y a la muerte para abrir un camino a través de estas realidades de la existencia humana (A. Vanhoye).

    Con este primer anuncio de la pasión por parte de Jesús comienza la etapa más difícil en el crecimiento de la fe. Los apóstoles han de purificar el sentimiento primero (Mt 4, 20); no sólo han de superar el sueño nacionalista de un triunfo político-religioso, sino que deberán superar el plano de la «sabiduría» de los hombres, para vivir en el plano de la sabiduría de Dios, en lo que san Pablo llama «la locura de la cruz» (M. Iglesias).

    Esta experiencia acontece también en nuestra vida, independientemente de nuestro estado. En la vida familiar, laboral, en la vocación sacerdotal o religiosa, al principio tenemos un gran ideal, mucho entusiasmo, y anhelamos conquistar nuestras aspiraciones más hermosas siguiendo a Cristo. Con el tiempo surgen las dificultades y las contrariedades. Las cosas ya no son como las imaginamos y el camino se llena de obstáculos y a veces de oscuridad. Es precisamente ahí cuando podemos dar un paso decisivo en nuestro seguimiento del Señor: de las meras motivaciones humanas a las motivaciones sobrenaturales.

    El profeta Jeremías experimentó una fuerte tensión interior algo similar a la que se creó entre Jesús y Pedro. La gente se burlaba del él, porque sus profecías anunciaban siempre desgracia, violencia, opresión. Por eso ya nadie quería oírle hablar. Él preferiría ser profeta de buenas noticias, pero se ha convertido en un insoportable aguafiestas, al que todos odian. Surge entonces la tentación de abandonar, pero a Jeremías le sujeta la fuerza irresistible de la Palabra de Dios, que actúa como una llama ardiente que lo ha seducido.

    La parte final del evangelio recoge la importante enseñanza que Jesús dirige a sus discípulos y también a nosotros, que queremos andar tras sus huellas. Esta enseñanza, cruda y directa, ajena a las leyes del marketing, se sintetiza en tres imperativos que resuenan como un gran reto. Si quieres ser discípulo mío: Niégate a ti mismo. No te pongas en el centro del universo, no quieras sobresalir ni hacer prevalecer tus criterios o interesas a toda costa. Sitúa a Cristo en el centro, con libertad de adulto, de hombre nuevo. Pero cuidado, negarse a sí mismo, renunciar al propio yo y a la voluntad propia, sólo vale si nace del amor. En segundo lugar, carga con tu cruz. No tengas miedo de amar hasta sufrir, de amar hasta perderte. Por desgracia, una cierta devoción ha terminado trastocando la simbología de la cruz y convirtiéndola en el emblema del dolor; la cruz, sin embargo, es para nosotros la medida del amor de Dios. Dios no ama el dolor, lo que sucede es que a veces amar significa también soportar y sufrir. Por último, sígueme. Comparte la elección de Jesús, su proyecto, su suerte. Seguir a Jesús significa cambiar el horizonte, conocer la Palabra y dejar que sea la fe quien motive y quien cambie nuestras opciones. El tiempo verbal del texto griego indica continuidad, porque seguir a Jesús no se hace de una vez para siempre, sino que debe renovarse día tras día.

    Hemos sido hechos para la plenitud de la vida, para la felicidad. Hemos sido hechos, ante todo, para amar. Por tanto, debemos orientarnos en la dirección de progresar en el amor, de intentar ofrecer nuestra vida por amor a Jesús. En ese mismo sentido va la enseñanza de san Pablo, que exhorta –en la segunda lectura– a ofrecer nuestros cuerpos como sacrificio vivo. El sacrificio es una realidad positiva, porque significa abrir nuestra propia vida al amor que viene de Dios. Para hacer esto, es necesario renunciar a la mentalidad de este mundo, que consiste en la búsqueda de los placeres, el dinero y el poder. Todas ellas son búsquedas egoístas que llenan de insatisfacción. El apóstol nos invita, en cambio, a renovar nuestras mentes a fin de poder discernir la voluntad de Dios, lo que es bueno, lo que le agrada. Y su voluntad consiste en que vivamos en el amor, no en el egoísmo (A. Vanhoye).

    Acojamos en esta Eucaristía esta propuesta tan exigente, sí, pero también tan prometedora. Seamos siempre discípulos que van detrás del maestro, siempre buscadores, nunca satisfechos. Que santa María, primera discípula de la nueva Ley, nos ayude con su intercesión maternal para que, haciendo más religiosa nuestra vida, el Señor acreciente el bien en nosotros y, a través de nosotros, llegue también a muchos hermanos.

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