• 6 Jul

    P. Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Las lecturas de hoy resultan sugerentes para tratar diversos aspectos, pero quisiera centrarme en uno solo: la atracción inmensa que ejerce Jesucristo no únicamente con sus palabras, sino en sus gestos y en sus actitudes, como sucede en el Evangelio que acabamos de leer (Mt 11,25-30). Muchas veces puede sucedernos que nos fijemos sólo en las palabras y el mensaje de Nuestro Señor, y ciertamente debemos atender de lleno a ello. Pero nunca debemos pasar por alto otros elementos y detalles que nos llevan a conocerlo y amarlo más de cerca y, en consecuencia, también a tratar de imitarlo.

    ¡Qué fuerza poderosa ejerce, por ejemplo, la mirada de Jesús cada vez que un evangelista se refiere a ella, como cuando se fija en los hermanos pescadores y les llama a ser sus Apóstoles, o cuando hace otro tanto al ver a Leví-Mateo, o cuando el sobrio San Marcos (que transmite el testimonio de San Pedro) señala el detalle de que Jesús miró con amor al joven rico (Mc 10,21), o cuando su mirada penetrante hace a Pedro caer en la cuenta de su traición (Lc 22,61)!

    También ejerce una fuerza poderosa la figura de Jesús cuando los evangelistas nos indican que se retira a solas a orar, que se sube a una barca para predicar o que se aparta con sus Apóstoles para estar a solas con ellos. Todo en Jesús tiene una atracción misteriosa que enamora al creyente, incluso cuando escuetamente se nos dice que se sienta, se levanta o se echa a andar. Nadie en el mundo ha sido capaz de ejercer la atracción que Él, siglo tras siglo, sigue suscitando, hasta el punto de que muchos cristianos continúan hoy dejándolo todo para seguirle más de cerca en la vocación consagrada y en el sacerdocio y otros muchos confiesan su nombre a pesar de que eso les suponga la persecución y la muerte. Esta atracción de Jesucristo es una prueba evidente no sólo de que es el Hombre perfecto y modelo para el hombre, sino que es verdadero Dios. El tiempo puede con los líderes políticos, los personajes del espectáculo y del deporte y otros afamados; Jesucristo, en cambio, jamás pierde actualidad.

    En el texto evangélico de hoy, Jesús nos descubre su Corazón, que es manso y humilde, y nos lo ofrece como refugio y lugar de descanso. Nos invita a depositar todo nuestro agobio, nuestra angustia, nuestras preocupaciones en su Corazón y nos anima a llevar el yugo y la carga que nos ofrece, “porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera”.

    Precisamente hemos concluido hace unos días el mes de junio, que está dedicado de un modo especial al culto del Sagrado Corazón de Jesús, el cual no es mera sensiblería beata de épocas pasadas. Bien al contrario, y como han recordado varios Papas de la época contemporánea, en el Corazón de Jesús está simbolizado todo el Amor de Dios, de un Dios que por amor a los hombres ha querido encarnarse para redimirles del pecado y devolverles la dignidad perdida. En el Corazón de Jesús está expresado el supremo Amor del Redentor, un amor capaz de entregarse hasta la muerte, pues “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13).

    El evangelista San Juan nos desvela ya el misterio de este Corazón cuando, estando al pie de la Cruz en el Calvario, observa cómo un soldado romano, viendo que Jesús ya estaba muerto, le traspasó el costado con una lanza y al punto salió sangre y agua (Jn 19,34). Cristo entonces lo entregó todo, nos dio todo su Amor y nos descubrió que la vía de su Humanidad nos permite llegar a lo íntimo de su Divinidad: penetrando por la llaga de su Costado, podemos alcanzar su Corazón y sumergirnos en la inmensidad del Amor divino.

    El mismo San Juan, en la Última Cena, ya había reclinado su cabeza sobre el pecho de Jesús (Jn 13,23), enseñándonos así a dejar reposar nuestras vidas en Él y escuchar los latidos de un Corazón que arde de amor hacia nosotros. Es ése el Corazón que se enterneció y compadeció ante la viuda de Naím, quien acababa de perder a su hijo único y para la cual decidió resucitárselo (Lc 7,11-17); es el Corazón que llora ante la muerte de su amigo Lázaro y también lo resucita, alcanzando así el consuelo y el gozo de Marta y María de Betania (Jn 11); es el Corazón lleno de delicadeza que se preocupa de que den de comer a la hija de Jairo, igualmente resucitada por Él (Lc 8,55); es el Corazón, en definitiva, que nos llama a resucitar en esta vida apartándonos del pecado que nos destruye y que nos invita a resucitar gloriosamente para la eternidad.

    Acudamos sin miedo al Corazón de Jesús, como Él invitaba a la mística benedictina Santa Gertrudis y siglos más tarde a la religiosa salesa Santa Margarita María de Alacoque. Descubramos en Él la infinitud de la Misericordia divina, como se la mostró a Santa Faustina Kowalska. Se ha cantado en el salmo (Sal 144): “El Señor es clemente y misericordioso, lento a la ira y rico en piedad; el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas”. El Corazón de Jesús es la síntesis del Amor infinito de Dios por el hombre, cuya manifestación más elocuente ha culminado en la Pasión de nuestro Redentor, que ha abierto a raudales la Misericordia divina sobre el mundo entero, sobre todas nuestras almas, para que arrepentidos sinceramente y confiados veamos lavados nuestros pecados en la Sangre y en el Agua que brotan del Costado abierto. Refugiémonos en el Corazón de Jesús y acudamos en Él al tesoro infinito de la Misericordia divina, con la confianza que nos da el maternal Corazón Inmaculado de María para hacerlo así.

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