• 25 Jul

    P. Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Cuando Jesús vio a los dos hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, repasando las redes junto al mar de Galilea, los llamó para una gran misión (Mt 4,18.21; Mc 3,17), para fundar sobre ellos y sobre los otros Apóstoles su Santa Iglesia. Hizo de ellos Apóstoles, enviados para proclamar el Evangelio a los pueblos de la tierra. Y fue grande el privilegio que les concedió haciéndoles sus más íntimos junto con Simón Pedro. A San Juan le hizo vivir por más tiempo, quedando el último de sus testigos más directos, mientras que a Santiago le otorgó la gracia de morir mártir el primero de todos los Apóstoles. San Juan proclamó la fe de Cristo en su Evangelio y en sus otros escritos y su hermano Santiago lo hizo derramando su sangre en la persecución de Herodes, según hemos leído en los Hechos de los Apóstoles (Hch 4,33. 5.12.27b-33; 12,1b), haciendo así que en él se cumpliera la profecía de que bebería su mismo cáliz (Mt 20,20-28).

    Conforme a la tradición, Santiago vino a predicar el Evangelio a España y fue sepultado en Compostela, lugar que ha sido punto de confluencia de los pueblos de Europa. Santiago se ha convertido en una estrella iluminadora para España y para Europa entera recordando sus raíces cristianas, como señaló San Juan Pablo II.

    Hoy España debiera mirar de nuevo hacia ese astro refulgente a quien en los siglos medievales se invocaba como “luz y espejo de las Españas”. Parece como si en España tuviéramos miedo o vergüenza a hablar hoy de Patria y de patriotismo, cuando el citado San Juan Pablo II nos decía que la Patria es un patrimonio, “el conjunto de bienes que hemos recibido como herencia de nuestros antepasados”, que “incluye también valores y elementos espirituales que integran la cultura de una nación” (Memoria e identidad, 2005, p. 78). Y nos recordaba que el patriotismo es parte del cuarto mandamiento de la Ley de Dios y que “significa amar todo lo que es patrio: su historia, sus tradiciones, la lengua y su misma configuración geográfica. Un amor que abarca también las obras de los compatriotas y los frutos de su genio”. Frente al riesgo del nacionalismo, que quiere sólo el bien de la propia nación sin contar con los derechos de las demás, el santo Papa proponía precisamente el patriotismo, porque es un amor social ordenado, un amor a la Patria que reconoce a todas las otras naciones los mismos derechos que reclama para la propia (ibid., pp. 85-88).

    Lamentablemente, España atraviesa hoy uno de sus períodos más estremecedores y que más hacen peligrar su futuro. Nada se puede construir de cara al mañana sin arraigarse en el pasado. Y hoy, sin embargo, se pretende construir una España que, renegando de la fe católica que la configuró a los largo de los siglos y de su Tradición, llegue a ser algo absolutamente nuevo y, en realidad, desconocido. Como bien dijo nuestro P. Abad hace unos años, “España ha llegado a ser la antítesis de sí misma”.

    Si España pierde la fe católica, esencial a ella porque históricamente la configuró, pierde también irremediablemente el sentido de la unidad de sus pueblos en torno a una Tradición y a un proyecto comunes, como hoy podemos comprobar. Si la moral católica se relega o desaparece, surge a mansalva la corrupción, porque no hay valores que limiten la insaciabilidad de la ganancia, la codicia, la avaricia. La actual crisis económica hunde sus raíces, más que en la misma economía, en una más profunda crisis moral y espiritual.

    Asimismo, es altamente preocupante asistir hoy, tanto en España como a nivel mundial, al proyecto global de invertir y subvertir el orden natural, atentando contra la verdad de la vida humana, del matrimonio y de la familia. En Galicia, región de la que Santiago es Patrono particular, se ha aprobado en abril una ley (Ley 2/2014, de 14 de abril; DOG nº 79 de 25 de abril) en la que, entre otras cosas, se define la familia como “la derivada del matrimonio, de la unión entre dos personas del mismo o distinto sexo, en relación de afectividad análoga a la conyugal, registrada o no, del parentesco, de la filiación o de la afinidad […]” (art. 15) y se establece que “no exista ninguna discriminación por razón de orientación sexual o identidad de género” a la hora de la adopción de niños (art. 16). Además, se ordena que la Consejería de Educación incorpore “la realidad homosexual, bisexual, transexual, transgénero e intersexual en los contenidos transversales de formación de todo el alumnado de Galicia” y que se visibilicen en la educación “los diferentes modelos de familia establecidos en esta Ley” (art. 22). ¡Una minoría está imponiendo a nivel mundial sus hipótesis! ¡Y los católicos callamos ante políticos que ingenuamente pensamos que son “un mal menor”!

    Pero, al lado de todo esto, Dios nos da razones para la esperanza. La actitud ejemplar de tantos estudiantes jóvenes en las últimas semanas en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense frente al proyecto laicista de eliminar la capilla es un estímulo para confiar en que la verdadera España sigue viva. Han velado día y noche junto a la capilla y a la entrada de la Facultad, superando sin odio los insultos y sin miedo a posibles venganzas y suspensos injustos. Con bastantes profesores que han testimoniado su fe, han asistido a las Misas de campaña que los capellanes han celebrado a la puerta de la capilla. Todos ellos han sido verdaderos apóstoles, venciendo al peor enemigo de un apóstol, en palabras del cardenal Wyszynski y del Beato Popieluszko: “el peor defecto en un apóstol es el miedo”.

    Que ejemplos como éste, por tanto, y que nos recuerdan a nuestras Misas de campaña hace unos años, sostengan nuestra esperanza en el Señor y en el auxilio de la Santísima Virgen, como ellos sostuvieron la fe de Santiago para afrontar el martirio que le llevó a la gloria eterna.

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