• 25 Dec

    P. Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    El texto del Evangelio de San Juan de hoy (Jn 1,1-18) sintetiza y resume a la perfección, en unas palabras breves y a la vez profundas, todo el misterio de Jesucristo. Él es la Palabra, el Verbo de Dios, el Logos divino coeterno con el Padre y que ha asumido la naturaleza humana, haciéndose verdadero hombre sin dejar de ser Dios.

    Con acierto se ha indicado en muchas ocasiones que el cristianismo, a diferencia de otras religiones, no es tanto una doctrina y un culto, como más bien fundamentalmente una Persona: Jesucristo. Él es el Hijo de Dios hecho hombre para religar al hombre con Dios, para redimir al hombre caído, para devolverle la dignidad perdida a consecuencia del pecado y conducirle de nuevo a la comunión amorosa con el Dios que es comunión de Personas en el amor. Jesucristo, verdadero Dios, ha traído al hombre la plenitud de la revelación del Dios vivo: por eso nos ha dicho San Juan que Él es “la luz verdadera que alumbra a todo hombre”; Él, “el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer”, quien nos hace posible conocer al Dios único en esencia y trino en Personas.

    En la Carta a los Hebreos hemos escuchado (Heb 1,1-6) que el Hijo de Dios es “el reflejo de su gloria” ?de la gloria del Padre? e “impronta de su ser”. Y tal como se nos dice, está por encima de los ángeles, porque Dios no dijo jamás a un ángel: “Hijo mío eres tú, hoy te he engendrado”; el Padre sólo puede haber dicho esto a su Hijo Unigénito, engendrado por Él eternamente, en ese “hoy” que es el “hoy” eterno. Al conocerse y amarse a Sí mismo, el Padre engendra eternamente una Imagen perfecta de Sí mismo, que es el Hijo, el Verbo. En efecto, San Pablo dice a los Colosenses que es “imagen del Dios invisible” (Col 1,15) y ya en el libro de la Sabiduría se anunciaba que es “una exhalación de la potencia de Dios y un limpio efluvio de la gloria del Todopoderoso”, “irradiación esplendorosa de la eterna luz y espejo inmaculado de la energía de Dios y una imagen de su bondad” (Sab 7,25-26). La generación del Verbo por el Padre, por tanto, se realiza en un “hoy” eterno, sin un antes y un después temporal. Por eso decimos en el Credo niceno-constantinopolitano, frente a la vieja herejía de Arrio, que es “engendrado, no creado”, y en la exactísima formulación griega y latina afirmamos que es “consubstancial” al Padre”, homoousios.

    San Juan nos ha dicho que se hizo carne, se hizo hombre, y habitó entre nosotros. Efectivamente, se encarnó por obra del Espíritu Santo en el seno virginal de María, que es así verdadera Madre de Dios. Y al llevar esto a cabo, Jesucristo, verdadero Hombre, ha elevado la naturaleza humana a la máxima dignidad al asumirla perfectamente y llevarla a su glorificación.

    Por todo ello, el cristianismo hace gala de su nombre y es cristocéntrico. Jesucristo es sin lugar a dudas el centro y el eje de la Historia, el Esperado de las naciones (Is 42,4 y Mt 12,21; Is 11,10.12 y Rom 15,12), manifestado en la plenitud de los tiempos (Gal 4,4; 1Pe 1,20), nacido de una Mujer (Gal 4,4) que es verdadera Madre de Dios. En la Carta a los Hebreos (Heb 1,1-6) hemos escuchado también una afirmación de esta centralidad de Jesucristo como eje de la Historia de la Salvación y de la Historia entera del mundo, pues “ahora, en esta etapa final, [Dios] nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo”.

    Autores cristianos antiguos han explicado la Historia precisamente en torno a esta idea de “las edades del mundo” culminantes en Jesucristo: San Agustín, San Gregorio Magno, San Isidoro de Sevilla, San Beda el Venerable y todos Padres de la Iglesia que han expuesto una teología de la Historia con mayor o menor profusión han recogido y expuesto esta visión.

    En fin, con el deseo de tener presente en nuestro recuerdo y en nuestra oración a los cristianos del Próximo Oriente que están viviendo una época especialmente dura de persecución y violencia, podría ser bueno y hermoso meditar en estos días el misterio del Verbo encarnado conforme a los textos de las fórmulas y declaraciones cristológicas comunes que con los Papas Pablo VI y Juan Pablo II, beato ya el primero y santo el segundo, se alcanzaron con diversas Iglesias separadas de aquellas tierras, siendo la primera de ellas la del Beato Pablo VI y el Patriarca Copto Shenuda III de Egipto en 1973, en la cual, lejos de toda sospecha de herejía monofisita que antes se atribuía erróneamente a los coptos no católicos, se hacen afirmaciones tan bellas como la confesión en que la segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Hijo Único de Dios, se encarnó por nosotros y “en Él su divinidad está unida a su humanidad en una unión real, perfecta, sin mezcla, sin confusión, sin alteración, sin división, sin separación. Su divinidad no se separó de su humanidad ni un solo instante, ni un abrir y cerrar de ojos. Él, siendo Dios eterno e invisible, se hizo visible en la carne y tomó sobre Él la forma de siervo. En Él se mantienen todas las propiedades de la divinidad y todas las propiedades de la humanidad, juntas en una unión real, perfecta, indivisible e inseparable”.

    Que María, a quien los católicos y todos estos cristianos orientales separados confesamos como verdadera Madre de Dios, les conceda a ellos la paz y a todos alcanzar un día la unidad en la contemplación del misterio del Verbo encarnado. Feliz Navidad para todos.

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