• 15 Jun

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos amados en el Señor: La liturgia de este domingo de la Santísima Trinidad no hace sino recordarnos algo que es propio de la liturgia en su más genuino sentido. Así como en la piedad privada o en la llamada piedad popular nos dirigimos a una determinada persona de la Stma. Trinidad, o a algún santo en particular, la liturgia, bien sea en los Sacramentos o en el Oficio divino o Liturgia de las horas, siempre está dirigida a las tres divinas Personas. No a una en concreto, sino a las tres en su conjunto, aunque, por ejemplo, en la Eucaristía celebremos el sacrificio de Cristo en la Cruz y en la Confirmación el don del Espíritu Santo. En realidad, incluso en aquellas oraciones privadas o de piedad extralitúrgica no puede faltar un último objetivo que es alabar, suplicar y agradecer a Dios uno y trino, fuente última de toda vida y de la gracia.

    La santísima Trinidad debe ser el sello que impregne y ratifique toda nuestra vida espiritual. Es decir, toda nuestra vida no debe ser otra cosa que una búsqueda constante de la gloria de la Trinidad. Nuestro objetivo debe ser el vivir de hora en hora sin pensar en la siguiente, como si fuera la última hora de nuestra vida. Esa hora tenemos que vivirla abandonados a la Voluntad de Dios y sólo con el fin de agradar al Dios uno y trino. Si de nuestra boca y, sobre todo del corazón, no se cayera la alabanza continua a las tres divinas Personas el hombre no sería humillado constantemente por Satanás. Qué alivio y qué luz encontraríamos en tantas ocasiones en que no sabemos qué camino tomar o en otras muchas en las que actuamos por nuestra cuenta al margen de Dios, trabajando inútil y dando pasos en falso, si entráramos en nuestro interior para adorar a la Stma. Trinidad diciendo algo así: «Hágase tu Voluntad, Padre, Hijo y Espíritu Santo», o bien: «Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo» u otras oraciones similares.

    No tendría que hablarse de tener devoción a la Stma. Trinidad, como nadie dice: “yo tengo por costumbre dormir por las noches”, porque lo único digno de mención sería lo contrario. Todos deberíamos tener esta devoción porque es la devoción de las devociones, la que funda todas las demás devociones.

    Contemplando el misterio del Dios-con-nosotros, o del Dios-vuelto-hacia-nosotros, advertiremos enseguida con la luz del Espíritu Santo, que «la substancia del Padre es Amor. La substancia del Hijo es Amor —amor tan grande al Padre y al hombre que se entregó a sí mismo al sufrimiento para salvar a éste y dar gloria al Padre—. Y la substancia del Espíritu Santo es el Amor, concurriendo con el Padre y el Hijo a la gloria de la Trinidad, tomando parte en el misterio de la encarnación, dotando del espíritu profético a Jesucristo en su predicación, atestiguando su divinidad y sellando la obra de la redención, y amparando a la Iglesia, su Esposa inmaculada. La substancia del Padre es el Amor y el poder; la substancia del Espíritu santo es el Amor y la vida; la substancia del Hijo es el Amor y el dolor. La substancia de las tres divinas personas es la caridad, es el amor más puro de la comunicación, que por eso se llama caridad, porque se comunica y es el amor más perfecto, el amor de caridad.»

    «El dolor, o sea la cruz divinizada por el Hijo, es el sólo y único escalón para subir al amor de caridad. ¿Comprendéis ahora el valor de la cruz? Si observamos a nuestro alrededor, y por lo que conocemos de la vida de los santos, los más crucificados son los que más aman, porque el amor acrisolado por el dolor, insignia de Jesús, es de muchos más quilates que cualquier otro y por ello arrastra en pos de sí a las tres divinas Personas,(244) y en el alma que sufre unida a Jesús habitan los tres con tal resplandor que irradian hacia los demás la presencia trinitaria.»

    «El misterio de la encarnación nos lleva al misterio trinitario. «El Padre era desde toda la eternidad. Él produjo de sí mismo, de su misma substancia y de su misma esencia al Verbo, pero eternamente, no como nosotros nos lo representamos en la imaginación. También desde toda la eternidad, porque en el principio ya eran tanto el Verbo de Dios, como el Padre Dios, dos Personas en una misma substancia divina. Pero nunca, ni un instante, estas Personas, Padre e Hijo, estuvieron solas o fueron solamente dos, sino que en la misma eternidad, aunque producido por el Padre y el Hijo, era también el Espíritu Santo, reflejo y substancia y esencia del Padre y el Hijo, y también Persona»

    «Esta comunicación de la misma substancia, de la misma esencia, de la misma vida y perfecciones que forman y es una sola esencia, substancia, vida y perfección, constituye las complacencias de la Trinidad».

    Esto nos hace exclamar con la liturgia: «A ti, Dios Padre no engendrado, a ti, Hijo único del Padre, a ti, Espíritu Santo paráclito, santa e indivisa Trinidad, te confesamos con todo el corazón y con los labios, te alabamos y te bendecimos. ¡A ti gloria por los siglos!»

    «Ante esta grandeza cada uno de nosotros nos sentimos como un átomo insignificante, pero a la vez nuestra alma con sed de infinitud, recibiendo un pequeño reflejo de aquella grandeza, se ensancha gozosa al ver la felicidad, la eternidad e incomprensibilidad de su Dios.»

    «Y ¿desde ese trono descendió el Verbo al vil átomo de la tierra? ¡Oh eterno Dios!, ¿cómo aceptar que te hayas dignado a tanto? Sólo el amor divino podía descender al seno purísimo de María por obra del Espíritu Santo que desplegó su fecundidad divina de tal manera que el Verbo se hizo hombre: humillación profundísima que sólo el amor divino podía realizar, aunque no por ello dejó de ser Dios.»

    «Para nosotros todo esto no debe ser una especulación sobre Dios, o cosa de místicos e inasequible para el común de los creyentes, sino una experiencia de amor que percibe, en la hondura de la vida íntima de Dios, la razón de ser de su amor a los hombres»: Lo acabamos de escuchar en el Evangelio: Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. (Jn 3,16)

    Este amor de Dios nos llega en cada Eucaristía, pues aquí el sacrificio de Cristo cobra actualidad y eficacia y solo basta abrirnos a compartir la cruz de Jesús en nuestras vidas para participar hondamente en los sentimientos de Jesús en el momento de la entrega de su vida por nosotros. Las tres divinas Personas se hacen aquí presentes, pues la obra de la Redención no es obra exclusiva del Hijo, sino ante todo de la Trinidad, que desea que el hombre participe de la excelsitud de su misterio de amor y unidad.»(1)

    Hoy celebramos la jornada “pro orantibus”. Pedimos al Señor que los consagrados que han recibido el carisma de dedicar su vida a orar por toda la Iglesia, sean fieles a su vocación. Pero también cuando recibáis la comunión y pidáis a la Santísima Virgen que reciba en vosotros a Jesús, salid en vuestra oración a presentar a aquellos que no creen este milagro del amor de Dios que se abaja gustosísimo a habitar en la fría e inhóspita cueva de Belén que es nuestra alma, porque allí está el inmaculado seno de María para recibirle. Decidles que está deseando hacer lo mismo con ellos. Compartid con nosotros este carisma del Espíritu de orar por todos los hombres sin saber cuál será el fruto de vuestra oración. Y Jesús dará gracias al Padre en el Espíritu por aquellos que lo hagan, pues es el Padre quien les habrá revelado a los sencillos aceptar este don del Señor para bien de toda la Iglesia.

    (1) Estos párrafos, con ligeros cambios para facilitar la comprensión, están tomados de la obra CONCEPCIÓN CABRERA DE ARMIDA, Diario espiritual de una madre de familia. Preparado por M.M. Philipon, Madrid. Ciudad Nueva, 1999. Pags. 244- 246

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