• 24 Nov

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos:

    Esta solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, compendia todo lo que la Iglesia celebra a lo largo del año litúrgico. Toda la vida terrena cuya trayectoria sigue paso a paso en cada celebración encuentra aquí su eco, pues la confesión de Cristo como Rey eterno y universal abarca su destino temporal y eterno, su proyección para el pueblo judío y para todo tiempo y lugar.

    Las lecturas se refieren a Jesús como descendiente de David y receptor de una promesa de la que David es solo figura o anticipo, pero cuyo cumplimiento perfecto apunta a un rey fuera de todo lo imaginable en un dirigente temporal. No admira su poder, sino su capacidad de regir internamente la vida de todo hombre. En Cristo, Señor del Universo, Rey de reyes y Señor de señores, se explica una profecía carente de sentido si aludiese únicamente a un rey histórico.

    La gloria de Cristo Rey para nuestra imaginación es inabarcable. Y sin embargo se hace cercano a nosotros como nadie. Nadie puede llegar tan al fondo de nuestro ser como Él, que en su ternura se abaja al pecador más indigno que acude confiadamente a Él para elevarlo a una dignidad jamás pensada, la de hijo de Dios, la de compartir su mismo ser divino. En las lecturas de hoy se dan la mano extremos que nadie podría imaginar que pudieran estar unidos en la misma persona: Jesucristo, imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura, anterior a todo y en quien todo encuentra su consistencia, es el mismo a la vez que tiende una mano al pobre que se encuentra sumido en su pobreza e indignidad, ese buen ladrón condenado justamente por su pecado, pero redimido por su confianza en este Rey manso y humilde, cuyo mayor honor quiere ser su misericordia infinita. En el buen ladrón tenemos que vernos reflejados todos los que sentimos el peso de nuestras culpas, pero que a la vez somos conscientes de la fuente de agua viva de nuestro interior, su gracia, por la que somos hijos.

    Es esa gracia que nos arriesgamos tantas veces a perder eternamente, pero que siempre tenemos a mano si confiamos en la misericordia infinita del que ha venido a salvar lo que estaba perdido. ¿Cómo no celebrar con gozo esta solemnidad, cómo no ser sensibles a la pena por tantos hermanos que le han conocido y le han dejado de lado o que se encuentran entre nosotros en cuerpo, pero cuyo espíritu está muy lejos de ese Rey o que por nuestra falta de celo aún no le conocen? Nuestras escasas fuerzas son una gran palanca si nos rendimos completamente a la Voluntad de este Rey omnipotente. Si nuestro objetivo es ser instrumentos de su Voluntad hasta las últimas consecuencias, no hemos de preocuparnos del resto: si ponemos toda nuestra vida en sus manos, Él hará todo lo que nos supera.

    Por otra parte, hoy concluye el Año de la fe, proclamado por Benedicto XVI a los cincuenta años de la apertura del Concilio Vaticano II por voluntad del Beato Juan XXIII (1962) y a los veinte de la promulgación del Catecismo de la Iglesia Católica por el Beato Juan Pablo II (1992). Como una muestra más de la continuidad con sus antecesores, Francisco I ha escrito en su encíclica sobre la fe: “Estas consideraciones sobre la fe, en línea con todo lo que el Magisterio de la Iglesia ha declarado sobre esta virtud teologal, pretenden sumarse a lo que el Papa Benedicto XVI ha es¬crito en las Cartas encíclicas sobre la caridad y la esperanza. Él ya había completado prácticamen¬te una primera redacción de esta Carta encíclica sobre la fe. Se lo agradezco de corazón y, en la fraternidad de Cristo, asumo su precioso trabajo, añadiendo al texto algunas aportaciones” (Lumen Fidei 7). El Año de la fe ha sido muy importante para el Valle, entre otras razones porque la Delegación de Pastoral Universitaria de la diócesis, “sin duda privilegiada por el nuevo Pentecostés que ha supuesto la Jornada Mundial de la Juventud”, convocó a todas las realidades universitarias diocesanas, como inicio del Año de la fe, a peregrinar a esta abadía benedictina el 20 de octubre del 2012.

    Por último, hoy se gana indulgencia plenaria al recitar en público la consagración del género humano al S. Corazón, con las condiciones de confesión sacramental con absolución individual, comunión eucarística, exclusión de todo afecto al pecado y oración por las intenciones del Papa.

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