• 14 Sep

    P. Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    La “locura de la Cruz” sigue siendo motivo de escándalo para muchos después de más de veinte siglos (cf. 1Cor 1,18-25). Hay algunos que piensan ser un absurdo dar culto a Alguien colgado en un madero, porque sería el máximo signo del fracaso. Otros consideran espantoso representar esa escena de sufrimiento. Y los hay que quisieran borrar por completo la Cruz y el nombre de Cristo del planeta. La Cruz continúa siendo signo de contradicción cuando la mente y el corazón son incapaces de abrirse al descubrimiento de su trascendencia.

    Y sin embargo, “¡si el mundo supiera cuánto se aprende a los pies de la Cruz!”, como decía San Rafael Arnáiz. Y un Doctor de la Iglesia de la talla de Santo Tomás de Aquino afirmaba: “He aprendido más orando ante el crucifijo que en los libros”. Y es que, ciertamente, el Calvario es el aula de la Humanidad, donde mejor se puede estudiar toda la sabiduría de la vida: es mirando a la Cruz y contemplando a Cristo en ella donde se puede aprender el más completo compendio de las virtudes y donde mejor podemos hallar las respuestas a las preguntas que el ser humano se plantea. Pero vamos a fijarnos ahora en tres grandes enseñanzas.

    En primer lugar, la Cruz es la gran cátedra del amor de Dios. “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13), nos ha dicho Jesús. Y Él mismo ha cumplido esto subiendo a la Cruz por nosotros, para devolvernos la gracia y la amistad con el Padre. En la Cruz nos ha revelado nítidamente la compasión de Dios por el hombre caído, según acabamos de escuchar en el texto del Evangelio: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna” (Jn 3,16). La Pasión y la Muerte de Jesucristo en la Cruz es la expresión máxima del amor de Dios. El modo escogido por Dios para llevar a cabo la Redención del hombre no deja dudas acerca de su amor misericordioso hacia nosotros.

    Por eso mismo, la Cruz es además la cátedra del celo por la salvación de las almas, “porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él” (Jn 3,17). La Cruz es el verdadero altar de la Redención, de la Salvación del hombre. No valen ya los holocaustos de la Antigua Alianza ni sirven, menos todavía, las aras paganas en las que se ofrecían sacrificios a dioses falsos. Sólo a través del Sacrificio de Cristo en la Cruz, renovado en la Santa Misa, se alcanza la salvación del hombre. Esto debe imprimirnos una profunda devoción al Santo Sacrificio de la Misa y debe impulsarnos a un auténtico celo por extender el mensaje redentor de Cristo a todos los hombres, ansiando su salvación eterna. Habríamos de preguntarnos muchas veces: ¿busco el bien espiritual de los demás? ¿Rezo por ellos? ¿Me preocupo por hacer santos a aquellos que me rodean o que tengo a mi cargo? ¿Deseo de veras que lleguen al Cielo? ¿Soy un modelo para el prójimo con mis palabras y mis obras? ¿O sólo me importa mi interés personal? ¿Utilizo a las personas para que me sirvan y me desentiendo de ellas cuando ya no me son útiles? Si todo cristiano ha de cuestionarse esto, mucho más lo tendremos que hacer los sacerdotes y muy especialmente los que hemos abrazado una vida contemplativa y los que nos dedicamos a la educación de los niños y jóvenes.

    En fin, la Cruz es también la cátedra más excelsa de la misericordia y del perdón. ¡Cuántas veces podemos albergar en nuestros corazones sentimientos más o menos ocultos o manifiestos de odio, rencor, revancha, venganza, de querer quedar por encima de aquellos que creemos que nos pisotean! ¡Cuánta miseria y podredumbre puede estar adherida a nuestro corazón de laicos cristianos o, lo que aún es peor, de religiosos y de sacerdotes! Pero, ¿cuál es la enseñanza de Jesús desde la Cruz? No sólo es maravilloso ese gesto de misericordia hacia el buen ladrón abriéndole las puertas del Paraíso (Lc 23,43; ¿habríamos sido nosotros capaces de tener compasión de un malhechor?), sino que todavía es más grande si cabe la actitud hacia sus propios verdugos: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). ¿Actúo yo así? ¿Soy realmente su discípulo? Sí lo fue San Esteban cuando al morir apedreado también rezó: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado” (Hch 8,60), y lo han sido todos los mártires que han muerto perdonando, como los españoles que serán beatificados el próximo mes. Pero nosotros, lamentablemente, podemos estar rezando el Padrenuestro varias veces al día (siendo una de ellas en la Santa Misa), y no cumplir ni vivir lo que en él recitamos: “perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. ¿Somos incluso capaces de comulgar guardando rencor en nuestros corazones? En caso de hacerlo, ¡eso es un sacrilegio!

    ¡Qué difícil parece el perdón total y sincero en la vida cotidiana! Podemos estar pidiendo la paz para Siria o para nuestra España (y debemos pedirla, ciertamente), y ser incapaces sin embargo de perdonar de corazón, con olvido total de la ofensa recibida, a aquellos más próximos a nosotros. ¿Es esto ser cristianos? Y sin embargo, con buena voluntad y con visión sobrenatural, siempre sería posible comenzar de nuevo, hacer “borrón y cuenta nueva” y caminar con esperanza hacia el futuro. Aprendiendo las lecciones de caridad de la cátedra de la Cruz, es posible.

    Palabras finales para Abel (Primera Comunión)

    Protección de María Santísima sobre Abel y sobre todos.

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