• 6 Jan

    P. D. Anselmo Álvarez

  • "Al ver la estrella los Magos se llenaron de gran alegría, y entrando en la casa vieron al Niño con María su madre y, postrándose, le adoraron" (Mt 2, 11). Son muchos las reflexiones a las que nos invita esta página del Evangelio. Los Magos vienen a la fuente primordial. Representan a la humanidad que permanecía a la espera de señales para saber cuándo aparecería el que era Camino, Verdad y Vida de los hombres. La salvación empieza a actuar cuando encontramos y seguimos nuestro verdadero camino, el que Dios abre ante nosotros como correspondiente a nuestra condición humana según el designio de Dios. Un camino que estaba escrito, no sólo en las estrellas, sino en nosotros mismos, desde el momento de la creación, cuando Dios marcó al hombre con su propia huella al dejar en él su imagen, el germen de la adopción de hijos y la norma de vida que debía orientar nuestros pasos en el tiempo de nuestra existencia, pero cuya estela habíamos perdido casi desde que empezamos a caminar.

    Dios es esa fuente de la que ha emanado toda nuestra realidad presente y futura, todo lo que somos y podemos ser, en el orden esencial de las cosas. Manantial en el que podemos rejuvenecer nuestra naturaleza. Sólo Él puede renovarla, porque sólo Él es “para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención” (1 Cor 1, 30). Por tanto, el único en el que podemos recuperar la fuerza y el esplendor de nuestra condición humana, tantas veces soñados pero buscados fuera del círculo divino en el que hemos nacido y al cual tendremos que regresar para poder beber del manantial original.

    Vienen también a la luz. Los Magos pertenecían “al pueblo que caminaba en tinieblas pero que vio una luz grande” (Is 9, 1). “Él es la luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo” (Jn 1, 9), para que podamos volver a descubrir que “en Él estaba la vida y que la vida era la luz de los hombres” (Jn 1, 4). Sin Cristo, el cual dice de Sí mismo: “Yo soy la Luz del mundo”, (Jn 8, 12) permanecemos en la oscuridad, en la ignorancia de nosotros mismos y de cuanto se refiere a nosotros. Ellos vienen a la luz guiados por la luz –de la estrella-, porque fue esta luz la que abrió los ojos del hombre a la vida y a la verdad. Esta luz sigue viva ante nosotros, a pesar de que hemos querido apagar el Sol, en espera de que volvamos a encenderla en Aquel que fue saludado por el anciano Simeón como “la claridad que había venido para iluminar a las naciones” (Lc 2, 32), según había anunciado Isaías: “caminarán los pueblos a su luz” (Is 60, 3).

    Vienen a la Palabra. Es conocido el comienzo del Evangelio de San Juan: “en el principio existía la Palabra, la Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios” (Jn 1, 1). La Palabra que era la Vida y que dio vida a todo: lo cósmico, lo angélico, lo humano; a todo lo que es o puede llegar a ser: “sin Ella no se ha hecho nada de cuanto ha sido hecho” (Jn 1, 3). Palabra creadora y también maestra, pues es esta misma Palabra la que nos desveló lo que “estaba escondido desde el principio” (Ef 3, 9): el misterio de Dios y el misterio del hombre. Un misterio del hombre que se revela únicamente en el misterio de Dios, en quien tiene su origen, de forma que fuera de Él no podemos entender nada ni realizar nada de cuanto se refiere a nosotros.

    Los Magos descubrieron en aquel Niño la Palabra hecha carne y “volvieron por otro camino a su tierra” (Mt 2, 12) y a su mundo. Por otro camino porque poseían ya una clave nueva para vivir de un modo completamente renovado la experiencia humana. También para nosotros esta es la clave y el cambio sustancial a través de los cuales podremos reencontrarnos con nuestra verdadera realidad humana. Esto sucederá cuando comprendamos que el plan de Dios es que “todo tenga a Cristo por Cabeza” (Ef 1, 22), que Cristo es el objeto al que todo tiende, el centro sobre el que todo gira, y que Él ha venido y permanece entre nosotros “para hacer nuevas todas las cosas”, porque todo lo hemos recibido de su plenitud (cf Jn 1, 16), pero que todo se vuelve oscuridad y caos cuando extinguimos esta luz. Es la experiencia de nuestro tiempo.

    Con los reyes magos salieron al encuentro de Dios el poder y la sabiduría de este mundo. Se cumplía la predicción del salmista: “que se postren ante Él todos los reyes y que todos los pueblos le sirvan!” (Sal 71, 11). Eran reyes sabios. ¿Qué mayor sabiduría que la va a la búsqueda de la fuente del saber, y sobre todo de aquello y de Aquel que debe ser conocido por encima de cualquier otra realidad?

    “En Cristo están todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento, nos asegura San Pablo (Col 2, 3), tanto porque en Él mismo está el origen de toda ciencia y sabiduría, con la que abarca de un extremo al otro cuanto puede ser conocido, como porque de Él procede todo aquello a lo que se puede proyectar nuestra inteligencia, todo lo que puede ser abarcado por nuestro saber. “El verdadero saber, escribía un monje del s. VIII, San Bonifacio, consiste en conocer la relación que todas las coas tiene con Cristo”. Él mismo es el autor de cuanto cae bajo nuestra experiencia, aunque esta experiencia no hace otra cosa que tocar la superficie de las cosas, en las cuales siempre hay mucha más realidad de la que percibimos.

    Los magos intuyeron que aquel Niño era el depositario del saber esencial en el que el hombre ha sido invitado a participar, y que Él mismo era el objeto central de ese saber, al lado del cual todos los demás conocimientos humanos son pasatiempos intrascendentes. Sólo en el Verbo de Dios, “lleno de gracia y de verdad” (Jn 1, 14), se encierra todo el saber y todo lo que debe ser sabido, por tanto ante el que los hombres debemos situarnos para penetrar en el misterio de Dios y de nosotros mismos, a fin de que nuestra existencia entre en el camino de la verdad y la paz según el designio al que el hombre está llamado por el acto de la Creación y de la redención.

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