• 17 Nov

    P. Carlos Mata

  • Queridos hermanos en Xto, el Señor:

    Es muy humano, a veces demasiado humano, fijarnos en lo puramente externo, quedarnos con una primera impresión de todo aquello que se cruza en nuestra vida. Tendemos a simplificar en exceso y aplicamos un juicio concreto sobre cualquier asunto sin habernos preocupado, en muchos casos, de haber intentado profundizar más o recabar más información o esperar a que pase un poco de tiempo antes de tomar una u otra posición.

    Cuando se trata de algo sin importancia, este tipo de actitud no suele acarrear ninguna consecuencia pero si hablamos de temas más importante podemos encontrarnos ante efectos más serios. Si a esto unimos que Dios no suele mirar las cosas como las miramos nosotros entonces lo más frecuente será que no acertemos nunca.

    Hoy vemos a los judíos quedarse maravillados ante el Templo de Jerusalén, del cual estaban muy satisfechos y orgullosos, sin pararse a pensar cómo era el culto que se tributaba a Dios y sin considerar si a Dios le complacía o no la esencia de dicho culto. Ellos miraban lo exterior pero no iban más allá. Xto, por su parte, deja claro que lo importante no era la belleza del Templo que, por otro lado, no negaba; Xto enseña que a Dios le importan más otras cuestiones que la magnificencia y la ostentación.

    Digo todo esto como preámbulo a un tema que me parece de importancia y que se está dando hoy en ciertos sectores de la Iglesia. Me refiero a determinados enjuiciamientos que se escuchan sobre el Santo Padre, el Papa Francisco. Personalmente he escuchado críticas acerca de él desde el mismo instante de su elección. Evidentemente esto es emitir un juicio basándonos, ya no en lo externo, sino en las simpatías o antipatías personales o en lo que deseaos encontrar en un papa, lo cual es mucho peor.

    En ciertos sectores, como digo, de la Iglesia, o mejor dicho, de los hijos de la Iglesia, se está llevando una campaña solapada pero metódica en contra del Santo Padre, enarbolando, eso sí, la bandera de la más pura ortodoxia. Lamentablemente estos pastores, religiosos y fieles puede que estén olvidándose de que el Santo Padre es el Vicario de Xto y que es la Roca sobre la que se edifica la Iglesia.

    Cuando se escuchan ciertos juicios acerca del Papa Francisco, juicios que por vergüenza no voy a reproducir aquí pero que, en muchos casos son verdaderamente preocupantes y hasta escandalosos, no puedo dejar de preguntarme si queremos que el Santo Padre sea como el Espíritu Santo inspiró a los Cardenales de la Iglesia reunidos en cónclave o queremos que sea como a nosotros nos apetece, por supuesto siempre salvado la ortodoxia para poder ser más papistas que el papa.

    No recuerdo ningún versículo del Nuevo Testamento en el que se diga que los pastores, religiosos y fieles puedan poner en tela de juicio a la persona del Santo Padre o a sus actos pero lo que sí que recuerdo es que Xto le dio a él las llaves del Reino de los Cielos, asegurando que lo que abra o cierre aquí, quedará abierto o cerrado Allá.

    Parece que por hacer una férrea defensa de la más auténtica tradición y la más perfecta ortodoxia de las costumbres, del magisterio y de la moral de la Iglesia podemos llegar a caer en el fanatismo de pensar que si el Papa no es como yo espero que sea pues entonces es que no es bueno.

    En tiempos de confusión, y estos los son, tal vez sería mucho más provechoso que los obispos y los sacerdotes nos dedicáramos a enseñar una sana doctrina y a preocuparnos de los verdaderamente necesitados dejándonos de hablar tanto de elementos de la religión que no hacen aumentar ni la fe ni la esperanza ni la caridad del pueblo de Dios y que, tampoco, logran convertir a nadie en absoluto. Si vemos que dentro de la Iglesia hay crisis, ¿seremos tan ingenuos de considerar que los que están en crisis son todos menos yo? Tal vez si nos dedicáramos más a intentar corregir nuestros propios errores en lugar de estar tan pendientes de los otros, las cosas irían algo distintas.

    No se puede negar que el Papa Francisco tiene un modo de hacer las cosas distintas a lo que hemos estado acostumbrados. Digo distintas pero no mejores o peores, eso lo juzgará Dios. Cierto que trata temas sociales, que habla mucho de asuntos de los que, tal vez, nos habíamos olvidado pero eso que hoy llamamos problemas sociales antes se llamaba amor al prójimo, caridad, obras de misericordia... Recordemos a Xto entre los leprosos, los poseídos, los enfermos, los pobres, los marginados, los pecadores. Es muy fácil estar constantemente con los poderosos, con los fieles muy devotos o con los que pertenecen a uno u otro grupo o congregación seglar o religiosa pero, hoy por hoy, de lo que se trata es de evangelizar y predicar a Xto muerto y resucitado a los que no creen, a los que persiguen, a los que odian, a los que no conocen a Dios.

    El Santo Padre merece que todos los católicos del mundo estemos cerrando filas en torno a su persona y que los creyentes seamos fieles a él porque cuando se ataca a la persona concreta del Papa Francisco a quien se ataca es a la figura del Santo Padre como tal. No creo que Xto mire con buenos ojos este modo de proceder. Por eso, queridos hermanos, no nos quedemos con lo superficial, que a unos gustara y a otros no y que, en todo caso, siempre será discutible, tampoco demos por cierto cosas que podamos oír pero que no podemos verificar, y comportémonos como auténticos fieles que siempre estarán al lado del Santo Padre.

    Xto conocía cómo era Pedro de vacilante y cómo se equivocaba una y otra vez y, aun así, no le se ocurrió ni por un momento retirarle su confianza. Nosotros, ¿seremos más que Xto al posicionarnos, activa o pasivamente contra Pedro? o, por el contrario, ¿seremos fieles seguidores y defensores de la única persona de este mundo que puede ser llamado el sucesor de Pedro y Vicario de Xto? Es una elección personal que cada cual deberá asumir y de la que cada cual deberá dar cuentas a Dios pero, personalmente, pienso que si hay duda acudamos al Evangelio y escuchemos al mismos Xto decir: Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.

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