• 6 Oct

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos amados en el Señor: Las lecturas de hoy ponen ante nuestros ojos el alto ideal de una fe segura y firme frente a la tentación de la desesperanza o del cansancio; pero no podemos negar que la confianza en Dios es para el hombre de todos los tiempos una dura prueba ante la que tantas veces sucumbe; por eso en esta celebración debemos pedir al Espíritu Santo, y propiciar con nuestras actitudes, que sople fuertemente sobre los rescoldos para reavivar nuestra fe.

    ¿Qué rescoldos son estos? Son los restos de una hoguera aparentemente ya apagada, en la que la ceniza cubre tizones encendidos. La fe de nuestro mundo está a punto de extinguirse. Hay empeño por parte de algunos en borrar toda huella de Dios en el hombre. No aceptan que Dios nos ha creado a su imagen y semejanza. Por eso, aquellos que odian nuestra fe se empeñan en desprestigiarla, ridiculizarla y atacarla con argumentos que carecen de la más mínima consistencia. Pero como muchos creyentes los aceptan sin examinarlos y sin poner los medios para que el Espíritu Santo sople sobre los rescoldos, su fe queda debilitada hasta extinguirse.

    Los rescoldos de nuestra fe están ahí, y si repasamos los años de nuestra juventud bajo este aspecto nos daríamos cuenta que estos rescoldos provienen de una fe que vivimos con entusiasmo, y entonces carecía de fisuras notables. Cada celebración eucarística de los domingos debería servir para soplar y reavivar nuestra fe. Porque la Palabra de Dios es viva y eficaz siempre que se acoge con un corazón sencillo y confiado en el Señor, porque Dios no miente ni engaña. Todo lo contrario, su Palabra rebosa verdad. Él mismo es el camino, la Verdad y la Vida. Pero sabemos por experiencia que si nos limitamos escuetamente a tener contacto con el Señor y con su Palabra tan solo los domingos, ya estamos poniendo en peligro su eficacia. El Evangelio de hoy empieza con una frase que se nos debería quedar grabada a fuego en nuestro interior para repetirla muchas veces: Los Apóstoles dijeron al Señor: Auméntanos la fe. Y san Pablo en su segunda carta a Timoteo hemos escuchado que le decía: Aviva el fuego de la gracia de Dios, que recibiste cuando te impuse las manos, porque Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, amor y buen juicio.

    Cuando profundizamos en la Palabra de Dios estamos avivando el fuego de nuestra fe. Y fijaos: esto no se hace con fruto sin la ayuda del Espíritu Santo. No tienen desperdicio los consejos de san Pablo a Timoteo: Vive con fe y amor cristiano. Guarda este tesoro con la ayuda del Espíritu Santo que habita en nosotros.

    En el Evangelio el Señor aviva la fe de los Apóstoles con la enseñanza de una parábola. Y la parábola, por ser un género literario hay que tener en cuenta que no son siempre ejemplos para tomarlos tal cual en todos sus detalles. En la parábola se propone una imagen en la se destaca un punto determinado y lo demás es sólo el ropaje. Así en la parábola que hemos escuchado no se pretende enseñarnos que si hemos trabajado con todo empeño y con rectitud eso no sirva para nada: como si fuésemos siervos inútiles en modo absoluto. Eso no es así. Ni tampoco debemos identificar al señor de la parábola con Dios y pensar que Dios es cruel y déspota y nos impone trabajos insufribles. Lo que el Señor nos quiere decir es que nuestros méritos no se deben pura y simplemente a la obra realizada externamente. Primero hay que tener en cuenta que en sentido absoluto no seríamos capaces de mérito alguno por nosotros mismos, porque nacemos en pecado original y sólo por la gracia de Dios recibida en el bautismo y restaurada continuamente con los demás sacramentos podemos hacer obras buenas, que tienen su único fundamento válido en los méritos obtenidos por Cristo en su Redención. Jesús enseña en todo el Evangelio, y por eso hay que interpretar cada pasaje en el contexto de todas sus enseñanzas, que la justificación, es decir, aquello que nos permite acceder a la salvación eterna, no es la mera obra humana al margen de la gracia, sino solamente las obras del hombre que ha sido restaurado por la gracia de Cristo y vive en comunión con Él, al menos en comunión invisible, pero real a los ojos de Dios, cuando no está en el seno de la Iglesia católica.

    ¿Cuál es, pues, la enseñanza de la parábola? La enseñanza de Jesús es que el hombre no puede pretender exigir a Dios nada, por dos extremos: porque por ser descendiente de Adán estaría en pecado y no podría hacer un acto bueno que pudiese exhibir como justificación para ser salvado, y por el otro extremo es que no le conviene hacer sus reclamaciones desde su ignorancia humana, porque Dios en su infinita misericordia nos va a dar muchos dones que nosotros desconocemos y sería una ofensa a Dios quedarse satisfecho con sus insignificantes reclamaciones cuando Dios nos quiere dar mucho más. Cualquier pretensión humana sería injusta por ambos extremos. Los fariseos tenían una teología que no estaba bien cimentada en la propia revelación del Antiguo testamento, ya que el justo vivirá por la fe, como la vivió Abraham. Pero la revelación de Jesucristo hace mucho más diáfana esta enseñanza sobre la justificación y san Pablo la resume en estas palabras en su carta a los Romanos: Si por el delito de uno solo [Adán] la muerte inauguró su reinado a través de uno solo, con cuánta más razón los que reciben a raudales el don gratuito de la justificación reinarán en la vida gracias a uno solo, Jesucristo (5,17). Es la fe, la confianza en el Señor y en su bondad la que nos salva, sin que por eso tengamos que dejar de hacer obras buenas con la gracia de Dios. De ahí que tampoco debemos dejar caer los brazos diciendo, ¿para qué voy a hacer obras buenas si soy un siervo inútil?

    Y aquí se puede alegar la oración colecta de hoy como una luz que la liturgia aporta a nuestra fe. Nuestra fe se basa en la Sagrada Escritura y se esclarece en el Magisterio vivo de nuestros pastores, el papa y los obispos. La liturgia es también magisterio de la Iglesia y la oración colecta interpreta de modo admirable lo que dice la parábola corrigiendo eso que podríamos haber captado mal en ella sin tener en cuenta el género literario parabólico. Dice así: "Dios todopoderoso y eterno, que con amor generoso desbordas los méritos y deseos de los que te suplican, derrama sobre nosotros tu misericordia, para que libres nuestra conciencia de toda inquietud y nos concedas aun aquello que no nos atrevemos a pedir".

    Los fariseos contemporáneos de Jesús había olvidado la enseñanza del profeta Habacuc: El injusto tiene el alma hinchada, pero el justo vivirá por su fe. La fe y su expresión viva, la oración, tiene un poder de trasladar montañas. Esa fe es la que debemos actuar diariamente con la oración y la caridad. Estamos en el año de la fe. El papa Benedicto XVI al iniciar y conducir los primeros meses de este período nos instruyó con profundas catequesis sobre la fe. Hoy día también gozamos con el papa Francisco de una instrucción viva sobre la caridad. Y el beato Juan Pablo II no se limitó a enseñar, sino que fue testigo excepcional de la esperanza. Tres virtudes teologales que son la base de toda vida cristiana. Tres pilares que en toda celebración Eucarística se ponen de manifiesto y se construyen. Que las brasas ocultas de nuestra fe, esperanza y caridad resplandezcan en nuestra celebración de mil maneras, para que también los que están lejos se sientan atraídos por nuestro testimonio.

    Hoy nos acompañan los peregrinos portugueses que vienen a venerar a la Santísima Virgen, cuya fe fue nada menos que la aurora de la salvación del género humano. Pero hoy también tiene lugar en la Escolanía el comienzo oficial del curso académico y al final de esta celebración tendremos el rito de imposición de las cogullas a los escolanes que se incorporan en este curso, como distintivo de su ministerio litúrgico, que con sus cantos enriquecen nuestras celebraciones. El canto litúrgico, en efecto, no es un mero adorno de la liturgia, sino que es parte integrante de la misma, pues va unida a la palabra que es el principal signo litúrgico. Por eso su ministerio es muy importante y hemos de pedir al Señor por ellos para que en este curso ilumine también el Señor a sus profesores y formadores para que les ayuden a crecer en fe, esperanza y caridad, base insustituible de una vida cristiana digna de este nombre.

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