• 22 Sep

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: después de la proclamación de la lectura del profeta Amós, nos tendría que sobrecoger el mal uso de los bienes, en concreto, la explotación del pobre, contra la cual se desata la ira del Señor. Escapemos de esta maldición teniendo siempre en cuenta que las graves injusticias sociales no permiten tener paz interior, nos hacen caer en la tentación de la codicia y metalizan nuestro corazón. Y en cambio la paz que proporciona la honradez y el deber de justicia bien cumplido vale más que todas las riquezas.

    La parábola del administrador injusto no debe engañarnos sobre la enseñanza, que queda bien clara al final de la misma. Queridos hermanos: Jesús no alaba el fraude del administrador injusto, sino su astucia, la que por desgracia tienen los hijos de las tinieblas y exhorta a que los hijos de la luz pongan ese mismo empeño en hacer el bien. San Lucas es el teólogo de la pobreza, el que ha más ha resaltado en las enseñanzas de Jesús la bendición que supone para el que de veras quiere hacer la voluntad de Dios estar desprendido de sus bienes e incluso deshacerse de ellos. Es el evangelista que a la bienaventuranza de los pobres contrapone el lamento por los ricos: «Pero ¡ay de vosotros, los ricos!, porque habéis recibido vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis hartos!, porque tendréis hambre.» (Lc 6, 24-25)

    S. Lucas añade que no se puede servir a dos señores, “a Dios y al dinero”. El Señor no nos prohíbe tocar ni servirnos del “dinero injusto”. Con esto nos quiere inculcar, queridos hermanos, que si bien todo el dinero es injusto, porque no se ha adquirido de manera totalmente honesta o porque no se ha usado bien, si empleamos una parte en ayudar a los pobres, que no pueden pagarnos con bienes temporales, recibiremos una recompensa espiritual (y aquí es necesaria la fe) por el perdón de nuestras faltas. Aunque la indulgencia de la limosna aparece en la Biblia, parece que no siempre la usamos con demasiada generosidad.

    En este mundo totalmente materializado, en el que ya no se llevan los ideales y en el que todo, incluida la vida humana, se mide por su importancia económica, en el que se están perdiendo todos los valores humanos y cristianos, nuestra vida de fe parece absurda e inútil a los ojos de nuestra sociedad tristemente descristianizada. Mucho me temo, queridos hermanos, que nos estamos dejando engañar por el Padre de la mentira. Satanás nos quiere convencer a toda costa de que la felicidad se construye únicamente sobre el bienestar material y de que éste es el remedio infalible para todos los problemas que tiene y tendrá siempre una sociedad. Pero si miramos a nuestro alrededor, podemos darnos cuenta de la enormidad del engaño, al comprobar que las sociedades sin valores humanos y espirituales producen inevitablemente generaciones crispadas, con alto índice de suicidios, de muertes por sobredosis de droga, de delincuencia violenta y de familias destrozadas.

    No podemos cooperar con el mal ni vender nuestra fe por un plato de lentejas. Por desgracia, hoy en día caemos en esta trampa con excesiva facilidad: nuestro entorno social quiere ahogar las verdades eternas para llevarnos a un materialismo sin sentido, centrado exclusivamente en el placer de consumir. En este contexto, el mensaje de la Iglesia suena a caduco y trasnochado en nuestra sociedad, sin valores humanos y únicamente interesada por saciar hasta el infinito los instintos más animales del hombre.

    Nos dice S. Pablo, queridos hermanos, que nadie que se dé al afán de dinero, que es una idolatría, tendrá herencia en su Reino. Por desgracia, los bienes materiales suelen ser un lastre muy pesado que nos impide ni tan siquiera plantearnos cuál es la voluntad de Dios. Por ello, ¿cómo no decir, especialmente en este año de la fe, próximo ya a concluir, una palabra sobre una limosna que no cotiza hoy día en la bolsa de la popularidad? Es la limosna de la oración, de la que nos habla la carta de san Pablo a Timoteo. Se requiere ser un santo repleto de esperanza para orar por la mayoría de los personajes públicos, porque ¿de qué sirve orar sin la esperanza de que Dios nos escucha? Aunque orar por los más alejados de Dios es muy costoso, porque nos hacen mal y porque se necesita mucha perseverancia, sin embargo es muy rentable porque, una vez convertidos, son grandes apóstoles o santos. Sta. Teresa del niño Jesús consumió gran parte de su vida orando por la conversión de un conocido delincuente. ¡Qué lejos estamos por lo general de cumplir la máxima evangélica de “buscad el reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura”!.

    Por último, queridos hermanos, unas palabras sobre la inquietud que algunos nos habéis transmitido a raíz de la entrevista del Papa. Con la amplia difusión de titulares, cuanto más escandalosos mejor, a base de frases sacadas de contexto, sin duda muchos pretenden dividir a la Iglesia y sembrar por doquier la confusión con bulos que aseguran que por fin este Papa cambiará cuestiones básicas en materia de fe y de costumbres. Nuestra respuesta frente a ello debería ser un frente común de unidad de todos los católicos en torno al Papa. Pidamos con nuestra oración, cuanto más intensa y abundante mejor, que el Espíritu Santo asista en todo momento al Papa en su grave misión de gobernar la barca de Pedro. Para todo ello acudamos a María, madre de Jesús y madre nuestra, que por su humildad y pobreza de espíritu, por su obediencia a la voluntad de Dios, es imagen de lo que la Iglesia aspira a ser. Que así sea.

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