• 23 Jun

    P. Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Las tres lecturas de este domingo nos invitan a mirar en una misma dirección: Jesucristo, Nuestro Señor. A Él le reconoce San Pedro, en nombre de todos los Apóstoles, como el Mesías de Dios (Lc 9,18-24), y San Pablo nos recuerda que, habiéndonos incorporado a Cristo por el bautismo, nos hemos revestido de Él y todos somos uno en Él (Gál 3,26-29). En este mes de junio, dedicado al Sagrado Corazón de Jesús, las palabras que hemos leído del profeta Zacarías alcanzan un relieve singular: “Me mirarán a mí, a quien traspasaron” (Zac 12,20-11).

    Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, nos ha amado y nos ama con amor divino y con amor humano perfectos. Ese amor está sintetizado y simbolizado en su Corazón y por eso decía el Papa Pío XI que la devoción al Sagrado Corazón “contiene la suma de toda la religión y aun la norma de vida más perfecta” (Miserentissimus Redemptor, 3), y Pío XII señalaba que es “la más completa profesión de la religión cristiana” (Haurietis aquas, 29). En el Corazón de Jesús encontramos la razón de la Encarnación del Verbo divino: tanto ha amado Dios a los hombres, que ha enviado a su único Hijo a morir por nosotros para salvarnos de los pecados y restaurar la amistad perdida con Él; más aún, para hacernos así sus hijos por medio de su Hijo. Lo dice San Pablo en la segunda lectura: “Todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús”.

    Pero ese amor divino se une perfectamente con un amor humano que muestra una delicadeza exquisita. El Corazón de Jesús se conmueve ante la viuda de Naím que ha perdido a su único hijo y, con la fuerza divina, lo resucita y se lo entrega a la madre. Asimismo, después de resucitar a la hija de Jairo, indica con la mayor delicadeza humana que le den de comer. Y ante su amigo Lázaro y ante Jerusalén, derrama sus lágrimas, porque es un Corazón que late con amor divino y con amor humano. Por eso el evangelista San Juan buscaba reposar su cabeza sobre el pecho de Cristo, deseando oír los latidos de un Corazón lleno de amor por el hombre. Y viéndolo en la Cruz con el costado abierto por la lanza, descubrimos un amor que nos lo ha dado todo y podemos penetrar por esa herida hasta la profundidad de su Corazón para bucear en la inmensidad del amor de Dios. Hagamos caso, pues, a lo que nos ha dicho por boca de Zacarías: “Me mirarán a mí, a quien traspasaron”. Por eso sólo Él, verdadero Dios y verdadero hombre, puede exigir a sus discípulos que renunciemos hasta a nosotros mismos para cargar con nuestra cruz y seguirle.

    En este domingo en que oficialmente clausuramos el curso y que además coincide con la conclusión de la prueba de los candidatos para el curso próximo, debemos tener presente cuál es el verdadero centro de nuestra Escolanía: Jesucristo. Nuestra Escolanía debe beber del amor del Corazón de Jesús y por eso este año la hemos consagrado solemnemente a los Corazones de Jesús y de María en el Cerro de los Ángeles. La misión de los niños escolanos no es otra que alabar, adorar y amar al Corazón de Jesús por medio del canto de sus voces y de su servicio en el altar como monaguillos. Su misión debe ser reparar las ofensas y los pecados de los hombres por medio de su dedicación al culto divino, solemnizando la Santa Misa de todos los días (incluso con sus distracciones) y también a través del estudio ofrecido y en los tiempos de juego. Los niños de la Escolanía tienen que ser adoradores de Dios y reparadores del Corazón de Jesús, capaces además de llevar el nombre de Cristo a muchos hombres con su canto, tal como tantas veces hacen.

    Ser escolán implica de algún modo una llamada de Dios a serlo. Es una vocación para servir durante un tiempo en esta gran labor de dar culto a Dios todos los días en nuestra Basílica. Pero, como toda vocación, contiene también un alto grado de exigencia y sacrificio, tanto para los niños en su esfuerzo cotidiano, como para los padres. La Escolanía no puede bajar su nivel de exigencia y tanto los niños como los padres deben comprender que, si se ingresa en ella, no es para perder el tiempo. Tampoco es una institución llamada a resolver problemas que se le escapan. Su misión es otra y no puede perderla de vista.

    Aun a pesar de la lógica dispersión mental y falta de atención que un niño puede tener y que en nuestros tiempos lamentablemente se multiplica por tantos incentivos externos, el centro de su vida debe ser de raíz espiritual: una vida vivida al servicio de Dios. La misma transmisión de la enseñanza del canto gregoriano no la podrían vivir en otro coro de una manera semejante a como sucede aquí, pues todos los días cantan junto con una comunidad de monjes benedictinos y la espiritualidad monástica benedictina envuelve su vida cotidiana, quizá sin darse cuenta.

    Por eso, la experiencia de la Escolanía debe dejar una huella profunda en estos niños, si tanto nosotros como sus familias la sabemos cultivar durante los años que pasan aquí y durante el tiempo siguiente. Los monjes no podemos desentendernos de su evolución cuando marchan de aquí y debemos procurar que el Valle siga siendo siempre su casa; no han de servirnos únicamente para sacar adelante el coro durante unos años. Su paso por aquí debería significar para ellos un enfoque total de la vida y esa es una responsabilidad que nosotros en parte adquirimos. Por eso, los que acabáis este año, sabéis bien que podréis seguir viniendo por esta vuestra casa, siempre que respetéis las normas que conocéis, y que nuestros corazones estarán abiertos a ayudaros en vuestro camino espiritual y humano en general. Y por parte de los padres, debéis alentar en vuestros hogares la vida espiritual de vuestros hijos y preocuparos de saber qué ven en televisión y en internet, hablar con ellos de sus problemas, conocer quiénes son sus amistades (pues tanto pueden influir en ellos en la adolescencia), seguir yendo con ellos a Misa, rezar con ellos (¿por qué no volver a la unidad de la familia en el rezo común del Rosario, en vez de tanta televisión que desune las familias?)… Es necesario que en las familias se hable más entre padres e hijos y entre los mismos esposos y que se vea menos la tele, sobre todo si es telebasura. ¿Qué queremos: formar personas o formar “teletontos”?

    Tampoco debemos perder de vista que, lo mismo que Jesús anunció en el Evangelio que hemos leído que habría de sufrir la Pasión, los caminos por los que discurren nuestra Escolanía y el mundo actual son cada vez más divergentes, ya que es cada vez mayor la oposición entre los principios y valores que aquí deseamos inculcar y los contraprincipios y contravalores hoy en boga. A nadie engañamos diciendo que la Escolanía es un centro católico y que se rige por el credo católico, aunque hoy lo católico sea despreciado y denigrado por los poderes de este mundo y por el sectarismo de cierta prensa.

    En fin, pidamos a Nuestra Señora del Valle, cuya imagen ocupa actualmente el lugar reservado a los reyes y jefes de Estado en esta Basílica, que proteja siempre nuestra Escolanía y alcance de Dios las bendiciones para vuestros hijos. Que Ella introduzca a vuestros hijos en lo más profundo de su Corazón Inmaculado y del Corazón Sacratísimo de su Hijo.

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