• 5 May

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos en Cristo Jesús: las lecturas proclamadas nos llevan de la mano a alabar a Dios, porque la promesa de los profetas en cuanto a su venida se ha cumplido en Jesús, hecho hombre para nuestra salvación. No nos ha defraudado, no es una promesa electoral para embaucar a los votantes con falsas esperanzas de solucionar los problemas y colmar las expectativas de bienestar sin esfuerzo y en poco tiempo. Las promesas de Dios se han cumplido en Jesús hasta el punto de que no sólo ha sido el Dios-con-nosotros, el Dios que no iba a permitir que su pueblo pasara calamidades materiales. Se nos prometía la custodia permanente de Dios de nuestros bienes indispensables y de la paz frente a agresiones de los enemigos nacionales: su alianza como bendición y reflejo de la presencia constante de Dios en su templo santo. Sólo unos pocos del pueblo de Israel vislumbraron la vertiente espiritual de la bendición prometida por Dios y la vivieron en el deseo esperanzado que les hacía adelantarla en su interior.

    La vida nueva que Jesús nos ha proporcionado con su muerte y resurrección, por la que nos comunica su propia vida, está por descubrir para muchos de nosotros, asiduos a estas celebraciones sacramentales. Dios nos llama a vivir en plena comunión de amor con Él y eso nos parece demasiado, porque tenemos que renunciar a nuestras pequeñas satisfacciones, placeres y egoísmo de alcanzar la felicidad por nuestros caminos distintos de los mandamientos y porque preferimos el dominio de los demás al suave yugo del dominio del Corazón de Cristo sobre nosotros.

    La primera lectura nos muestra cómo actúa el Espíritu, a pesar de nuestros intentos de optar por la ley meramente externa que se aplica a los demás para dominarles, en lugar de la ley del Espíritu, que compromete a la persona y sin embargo se atiene a lo esencial: el amor que viene de Dios y lleva a Él. ¿Cómo es la Jerusalén que baja del cielo según la segunda lectura? Si es simbólica, si es una bella idealización que se cumple desde la redención de Cristo, la Palabra de Dios se vacía de contenido y de sentido. Pero si es espiritual, ello no quita para que sea real, para que el Reino de Dios pase de estar oculto en los corazones a manifiesto en la sociedad. Aunque no conozcamos en qué consistirán los nuevos cielos y tierra, en esta revelación definitiva del Apocalipsis en la que el centro lo ocupa el Cordero, cuya gloria ilumina la ciudad, sabemos que el lugar de la confusión que reina hoy en nuestro mundo lo ocuparán el conocimiento de Dios y los carismas del Espíritu, que nos hacen apetecer tanto la segunda venida del Señor.

    En el Evangelio convergen todas nuestras esperanzas, pues las promesas de una vida plenamente unida a Dios son también para hacerlas presentes a partir del sacrificio redentor de Cristo en la cruz. A partir de su muerte y resurrección y del envío del Espíritu Santo, todo el que está en gracia es morada de la santísima Trinidad, de una comunión de amor sin interrupción. Y si es triste que tan pocos cristianos vivamos este gran misterio, la puerta de la esperanza desde entonces está abierta para nosotros. Esta Eucaristía nos puede abrir los ojos de la fe, como a los discípulos de Emaús al partir el pan y abrirnos horizontes insospechados.

    Por ultimo, en este año de la fe, la Conferencia Episcopal recientemente ha difundido un mensaje titulado “Firmes y valientes testigos de la fe”, con motivo de la beatificación de unos 500 nuevos mártires víctimas de la persecución religiosa durante la II República, que se unen a los ya más de mil beatificados y a los once canonizados. Entre ellos habrá un nutrido grupo de benedictinos y un número todavía indeterminado de caídos, que se unirán a los 15 beatos enterrados en esta basílica. Nos dice el Concilio de Trento: “Los fieles han de venerar también los santos cuerpos de los mártires y los de los otros santos que viven con Cristo, pues fueron miembros vivos de Cristo y templos del Espíritu Santo”. Pidamos muy especialmente a Ntra. Sra. del Valle que interceda ante su Hijo tanto para que este lugar, del que es patrona, sea fermento de la vida cristiana del Pueblo de Dios, de apostolado litúrgico y un remanso de paz, de reconciliación, como para que conceda el descanso eterno y acoja en el cielo sin excepción a todos los enterrados en este inmenso relicario que es esta basílica. Que así sea.

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