• 21 Apr

    P. D. Anselmo Álvarez

  • La del Buen Pastor es una de las imágenes con que el Evangelio ha querido representar la presencia y la acción de Dios entre los hombres. Una imagen literaria llena de calor y de fuerza que nos transmite uno de los rasgos con los que Dios desea ser reconocido en medio de ellos. Podemos recordar que hay otras figuras por las que en el Evangelio se representa la misma idea de la unidad bajo la que Dios quiere agrupar a los hombres en torno a Sí. Son las que conocemos, entre otros, con los nombres de familia, pueblo, nación santa, cuerpo, grey, reino o Iglesia. Cada una contiene un matiz de esa realidad única que es la comunidad de los hijos de Dios, convocados por el Padre común.

    La idea genérica es que Dios se encuentra en medio de los suyos, conviviendo con ellos, nutriendo su vida espiritual, fortaleciendo su cohesión y conduciéndoles hacia la patria futura. El sueño de Dios fue la formación de ese pueblo de hijos y de hermanos de Cristo, que incluso después del pecado original viviera a su sombra, reunido en torno a su amor y a su ley, siendo para ellos camino, verdad y vida durante su trayecto por la existencia. Él sería Padre y Rey, Pastor y Maestro, y sería también su alimento.

    No ha desistido de este sueño, y lo persigue con tanto mayor empeño cuanto más el hombre rehúsa participar en él. Dios sabe que fuera de esta opción, que es la máxima que Dios puede hacer al hombre, no hay otra para él. Por eso la reitera en cada momento, y espera que el número de los que viven en sintonía con ella o de los que la recuperan si se han distanciado, sea el máximo posible. De ahí que Dios nunca ha dejado de actuar como ese buen Pastor que proporciona a los suyos el mejor sustento, es decir, la abundancia de su casa y de su mesa, o que sigue el rastro de los que se alejan en busca de otros horizontes supuestamente más atractivos.

    El misterio pascual que estamos celebrando es el testimonio de la fidelidad de Dios al hombre: la fidelidad de quien da la vida por restituir el único redil a los extraviados y de sentarles de nuevo a su mesa, en la que les ha preparado un maná que posee todos los sabores, o mejor aun el cordero preparado por el padre del hijo pródigo, en el que se representaba el mismo Cordero sacrificado en la Cruz, repartido en la cena de la última noche, y resucitado en la mañana del Domingo de Pascua. Cristo, que nos nutre con el festín de su cuerpo y su sangre.

    Hoy sigue ejerciendo esta función de buen Pastor, saliendo de nuevo a las encrucijadas de todos los caminos, haciéndose presente en todos los rincones a través de sus siervos y profetas de nuestro tiempo, proclamando el año de gracia y convocando a todos a la penitencia y a la conversión porque el Reino de Dios está cerca. Una tarea a la que se asocia su Madre, María, mediadora celeste en la preparación de los cielos y la tierra nuevos, que acompaña a su Hijo a recoger el rebaño antes de que anochezca.

    Donde está presente el pecado interviene siempre la acción del Buen Pastor, que sale a los caminos en busca de los extraviados y que da la vida por sus ovejas, Aquel al que la Escritura llama “pastor y guardián de nuestras vidas”. El mismo que sigue llamando a otros pastores para que sean su palabra, la que continúe proclamando el Evangelio; para que sean sus obreros en la mies sembrada por Él, sus pies que recorren los caminos anunciando la paz, sus manos que consagran y reparten el pan de la gracia, del perdón y de la Vida, su corazón que, con el de Cristo, sigue dando vida al mundo.

    Manos débiles, como nosotros mismos, los llamados a este ministerio, tenemos a veces la experiencia amarga. Y manos escasas, porque muchas veces no hay respuesta a la llamada. Pero manos imprescindibles, porque ellos están llamados a que en ellos se cumplan las palabras proféticas que hemos oído a San Pablo aplicarse a sí mismo (1ª lect.): “Yo te haré luz de las naciones para que mi salvación se extienda hasta el extremo de la tierra” (Hch 13, 47).

    Precisamente hoy se celebra la Jornada mundial de Oración por las Vocaciones: al sacerdocio, a la vida religiosa, a los institutos seculares, a las misiones. La vocación es un asunto de todos, no sólo de los llamados. Porque esos hombres y mujeres son, de diversas maneras, los mediadores de la salvación y los instrumentos de la misericordia. Como lo son hoy también, en medida tan notable, los testigos de Cristo que, con su palabra, su vida y su oración, difunden el mensaje del Evangelio.

    No es sólo la Iglesia la que necesita esas manos y esas existencias consagradas. Es toda la comunidad cristiana y humana la que no puede prescindir del ministerio de gracia y de salvación que ejercen. Ellos son hombres y mujeres universales, como Cristo lo fue al servicio de su Padre y del mundo, cuando se ponen al servicio de la Iglesia, porque ella misma no vive para sí, sino para aquellos que le han sido confiados. Aquellos de quien Jesús dice en el Evangelio que hemos escuchado: “Yo les doy la vida eterna, de manera que no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano” (Jn 10, 28).

    Cuando oramos por estas vocaciones estamos dando cumplimiento a aquel mandato de Jesús: “la mies es mucha pero pocos los obreros. Orad al dueño de la mies para que envíe obreros a su mies” (Mt 9, 37). Obreros y vocaciones según el corazón de Dios, que nos guien por las sendas de este mundo con la luz de Cristo, de manera que todos los hombres lleguemos a ser un himno a la gloria de su gracia.

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