• 29 Dec

    P. José Ignacio González Villanueva

  • La fiesta de la Sagrada familia, queridos hermanos, es una fiesta que nos parece a todos muy apropiada para los tiempos en que vivimos. Si siempre el modelo de esta familia inigualable nos conmueve por su sencillez a los ojos humanos en contraste con la excelsitud de sus miembros, hoy día que desde tantas instancias se trabaja por hacer desaparecer el carácter fundamental e irremplazable de la familia, es un respiro para el alma una fiesta litúrgica en la que no sólo gozamos contemplando el modelo sagrado de la familia de Nazaret, sino que todo buen cristiano desea alabar y bendecir a Dios por poner ante nosotros una lección capaz de comunicar paz y ternura a nuestros corazones. En la actualidad la familia, lejos de estar adecuadamente valorada por las leyes civiles, y a pesar de seguir desempeñando su carácter fundamental en la sociedad, no se explica el desamparo legal que sufre y, menos aún, los ataques solapados o descarados que padece con merma muy notable de la convivencia social.

    No considero que sea éste el momento idóneo para tomar conciencia de la deriva que ha producido la nueva situación por la legislación divorcista introducida por la democracia al socaire de la soberanía del pueblo, aunque la población padezca los odios, sufrimientos, ruinas económicas y toda clase de males suscitados por esta legislación diabólica en su origen, pero inducida a través del interés rastrero de los políticos en ganar votos. Al fin y al cabo –no es suya toda la culpa- somos muchos los que hemos contribuido también con nuestros pecados a crear este orden nefasto de cosas en el que estamos envueltos. Incluso ha habido eclesiásticos, muy bien considerados, que han favorecido esa legislación divorcista y abortista causantes de gran parte del quebranto moral de nuestra sociedad.

    La Sagrada familia no sólo es modelo, ellos son nuestra esperanza de renovación y de esperanza de que las familias puedan ser reconducidas a vivir según el plan creador de Dios. Difícil sería reconocer cuál es el modelo originario de Dios para la familia si careciésemos de este modelo que estuvo tan escondido en Nazaret que ni sus contemporáneos supieron valorar. Únicamente parece ser que querían milagros, pero muy pocos se interesaron por la persona que era capaz de hacer esos milagros. Y lo mismo o peor le hubiese sucedido si hubiese vivido en nuestras ciudades o pueblos.

    Aprovechemos esta celebración para meditar en algunas de sus características que puedan ayudarnos a vivir la vida de familia en mayor consonancia con el modelo primordial de familia cristiana. De María se nos dice en el Evangelio que guardaba en su corazón y meditaba todo lo que veía y escuchaba a Jesús. Empecemos por tener en cuenta este ejemplo sublime de nuestra Madre de interiorizar todas las palabras y hechos de Jesús que se contienen en los Evangelios para que conformen nuestra vida. El papa Pablo VI, hace en estos días justamente 50 años, visitó Tierra santa y en una alocución llena de inspiración decía en el mismo Nazaret que ésa era la escuela donde empieza a entenderse la vida de Jesús: "es la escuela donde se inicia el conocimiento de su Evangelio." ¿Acaso es verdaderamente nuestro Redentor el pastor de nuestras almas, o preferimos buscar otras fuentes de inspiración para nuestras decisiones y proyectos?

    Pero también meditando en aquel Nazaret decía Pablo VI se comprende la necesidad de una disciplina espiritual si queremos seguir las enseñanzas del Evangelio y ser discípulos de Cristo. Una vida espiritual sin exigirse un horario, una serie de obligaciones –no muchas , pero muy intensas en la atención cordial a las mismas, cambiaría tantas vidas en las que no falta piedad, pero tan desordenada y a impulsos momentáneos que deja poco fruto. Muy unido a esto va una virtud de la que hoy día apenas se habla y se estima aplicada a la familia: la obediencia. Nada menos que Jesús, Verbo eterno del Padre se sujetó a la autoridad de María y José en el hogar de Nazaret. Y una vez dedicado a sus tareas apostólicas, a los 30 años, Jesús volvía a Nazaret a ver a su Madre. Dada la distancia cualitativa entre Jesús y sus padres, no tendríamos que poner nosotros pega alguna para obedecer.

    El trabajo es otra lección de aquel Nazaret. Y no porque ahora no se trabaje, sino porque se trabaja por puro interés mercantilista. El trabajo sin dejar de ser productivo y remunerado tiene que ser santificador por la intención con la que se realiza. Y en esa intención uno ha de estar unido al Creador del que nos convertimos en colaboradores si hacemos nuestras tareas no como una desgracia, por lo tediosas que nos resultan algunas, sino con el espíritu que lo hacían los miembros de la Sagrada familia, para servir a los demás y dar gloria a Dios, e incluso como reparación de nuestras faltas cuando nos cuesta.

    Por fin, recojamos ese mensaje sublime del silencio que allí se vivía. Un silencio que hacía posible la oración y contemplación, pero que evitaba también la dispersión de la mente y el corazón, aparte de cortar el paso a las faltas de caridad que trae consigo el mucho hablar y la falta de vigilancia sobre nuestra persona. Nuestros medios de comunicación pueden prestarnos un gran servicio, pero a la vez pueden convertirse en una trampa en la que caemos fácilmente, porque ni siquiera nos examinamos si los usamos con discreción, ni el efecto que producen en nosotros.

    En esta Eucaristía revivimos esa presencia de Cristo. Es una continuación de la Encarnación de Cristo. Pero más todavía. No sólo podemos contemplar en nuestro interior a Jesús. Él se deja comer para que su misma Vida esté en nosotros y la asimilemos. Y es María la que nos dice como en Caná: "Haced lo que Él diga", que nos recuerdan aquellas otras palabras de Jesús: "Haced esto en conmemoración mía".

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