• 1 Dec

    P. Juan Pablo Rubio

  • Muy queridos hermanos:

    Con este primer domingo de Adviento comenzamos un nuevo año litúrgico. La espiritualidad de este tiempo podríamos sintetizarla en cuatro actitudes fundamentales: esperar, estar en vela, escuchar y ponerse en camino. Ciertamente, Adviento es tiempo de esperar: esperar con la certeza de que Dios termina siempre por venir a pesar de nuestros cansancios y limitaciones, termina siempre por venir mucho más grande de lo que imaginamos. Adviento es también el tiempo de permanecer en vela —como nos lo recuerda de un modo especial el evangelio de hoy—, lo cual excluye toda actitud pasiva y despreocupada. De manera especial, estas semanas de preparación para la Navidad nos invitan a escuchar, a abrir de par en par las puertas de nuestro corazón a la Palabra de Dios, acallando los tumultos interiores y haciendo un silencio lo suficientemente denso como para discernir qué quiere el Señor de mí en este momento. Al ponernos en actitud de escucha, nos arriesgamos a hacer un camino distinto, a trazar unos proyectos y una vida diferentes, derribando los muros y las fronteras tras las cuales tantas veces nos parapetamos y escondemos. Adviento implica, por fin, ponerse en camino: salir al encuentro de Cristo, sobre todo en los hermanos, porque es Jesús quien nos espera en cada uno de ellos, en especial en los más desfavorecidos y necesitados.

    Para entrar en el espíritu de este tiempo la liturgia de la Palabra nos exhorta de distintas maneras. En el Evangelio hemos escuchado a Jesús que nos dice: «Estad en vela, porque no sabéis qué día llegará vuestro Señor… Estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre». El profeta Isaías, por su parte, realiza un solemne llamamiento al pueblo en la primera lectura: «Casa de Jacob, ven, caminemos a la luz del Señor»; mientras que san Pablo urge a los cristianos de Roma, diciéndoles: «es hora de levantarse del sueño», de despojarse de «las actividades de las tinieblas» y de vestirse con «las armas de la luz». Esto significa para nosotros que iniciamos un tiempo en el que hemos de despertar, de reaccionar, de espabilarnos, de arrancar de nuestra vida toda forma de aburguesamiento, pereza, apatía, pacto con la mediocridad, egoísmo; es una llamada a revestirnos del Señor Jesús, es decir, a imitar cada vez más su vida, a asemejarnos cada vez más a Él en sus palabras y en sus gestos, y a no seguir los deseos de la carne. La metáfora de la luz y de las tinieblas, del día y de la noche está muy presente en todos los textos. Las obras de las tinieblas son las que se realizan a escondidas y de las que no podemos estar orgullosos. Esas obras no tienen ninguna fecundidad, y provocan en nosotros daños cada vez mayores. «Estar dormidos» significa dejarnos llevar por nuestros instintos, por nuestras malas inclinaciones, sin pensar que vendrá el juez y que seremos sometidos a un juicio justo.

    «Velar» sería, pues, la palabra que condensa el mensaje central de este domingo. Esta exhortación implica orientar nuestra vida en la dirección adecuada: hacia la generosidad, hacia el amor a Dios y al prójimo; es hacer progresar la concordia, el amor y la paz en nuestro entorno (A. Vanhoye). Para comprender mejor esta actitud podemos considerar tres aspectos de la vigilancia bíblica: el primero es el de la vigilancia del dueño de la casa que se pasa la noche en vela —como afirma Jesús en el evangelio—, cuando tiene miedo de que venga el ladrón. Es la vigilancia de la cautela, de la precaución; quiere decir estar en guardia, tener mucho cuidado, mirar a nuestro alrededor. En segundo lugar, está la vigilancia del siervo que espera a su amo, para que éste le encuentre en su puesto de trabajo, para que no parezca un vago, un inepto o un hombre disipado; ésta es la vigilancia de la fidelidad. Por último, está la vigilancia de la esposa que aguarda al esposo, evocada sobre todo en el Cantar de los Cantares. La mujer espera al amado de su corazón y su vigilancia es la del amor, la del deseo, la de quien grita: «Ven, Señor Jesús» (C. M. Martini).

    La vigilancia que se nos pide en este tiempo de espera ardiente y orante de la venida del Señor es, al mismo tiempo, precaución, fidelidad y amor. Pero esta vigilancia requiere de nosotros gestos concretos. Creo que la falta de concreción es un mal muy extendido en la vida espiritual. Queremos ser buenos, queremos ser mejores, pero no concretamos nada para serlo. Concreción es expresar en lo cotidiano lo que se ha comprendido y asimilado. La concreción sería la justa relación entre escucha, decisión y acción. Nuestro modelo aquí es María, estrella de nuestro Adviento: ella escucha, reflexiona haciendo memoria de la Palabra, decide y, finalmente, actúa.

    En estos días, examina dónde está tu falta de atención y de vigilancia; quizá vives cerrado en ti mismo, sin advertir la necesidad de los otros (de un enfermo, de un anciano, de alguien que necesita tan sólo que le escuchen, que le miren, que le digan su nombre). Quizá te has dejado arrastrar hacia la búsqueda de placeres superficiales que te dejan vacío y te arrebatan la alegría. Tal vez has abandonado hablar con Dios en la oración o la confesión sacramental, y tu vida cristiana se reduce a cumplir con la misa del domingo de una forma externa. Si esto es verdad, ¡despierta! ¡reacciona! Dios siempre nos da la posibilidad de recomenzar, de retomar el camino de un modo mejor.

    Durante estos días, una forma concreta que os propongo de vivir el Adviento es leer y conocer la nueva exhortación apostólica del papa Francisco, titulada «La alegría del Evangelio». En ella nos dice: «Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión… de intentarlo» (cf. Evangelii gaudium, 3). No nos dejemos arrebatar la alegría que brota de vivir en comunión con Cristo. Es verdad que la preocupación por las cosas materiales muchas veces nos abruma, parece aplastarnos; debemos pedirle al Señor que nos ayude a ordenar todas las cosas en dirección al fin principal de nuestra vida, que es la unión de amor con Jesucristo.

    Pidamos, por intercesión de santa María que la luz de Jesucristo penetre en todos los corazones, ilumine el sentido de nuestras vidas y nuestros esfuerzos. Que la misericordia que viene de lo alto nos impulse a asumir con alegría el reto de anunciar el Evangelio con nuestra vida. ¡Sólo con Cristo siempre nace y renace la alegría! Necesitamos gritar desde el corazón de la Iglesia: Veni Domine et noli tardare ¡Ven, Señor, no tardes más! ¡Ven en ayuda de tu pueblo, que te aguarda! ¡Ten compasión de los que esperamos en Ti!

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