• 6 Apr

    P. D. Anselmo Álvarez

  • “Oh Cruz, esperanza única”, canta la Iglesia en estos días de la pasión de Cristo, ante el signo de la salvación. Un signo que pertenece a los cristianos, pero también a todos los hombres, como el propio Cristo, que desde la Cruz abarca a la humanidad entera en un abrazo de perdón y redención que extiende a todas las generaciones. Esa fue y es la respuesta del Hijo de Dios en un tiempo en que, como el suyo y el nuestro, todo se confabula contra Él para borrar su memoria. Tal es el significado de la Cruz y del Viernes Santo cuando escuchamos en el relato de la pasión: “inclinada la cabeza, expiró” (Jn 19, 30). Momentos antes había exclamado: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34).

    Lo que en realidad quisimos hacer, entonces y ahora, a través de aquella muerte, fue silenciarle, a Él que es el Verbo, la Palabra eterna. Y por eso dijimos: “talemos el árbol en su lozanía, arranquémosle de la tierra de los vivos, que su Nombre no se pronuncie más“ (Jer 11, 11,19). Él mismo tuvo que preguntar pocos días antes de su condena: “muchas buenas obras he hecho entre vosotros; ¿por cuál de ellas queréis apedrearme?” (Jn 10, 32). Siglos antes había dicho por el profeta “Me odiaron gratuitamente”, sin motivo alguno.

    Jesús fue al encuentro de la muerte movido por la extrema gravedad de nuestra desviación, a fin de asumir en Sí el pecado y su expiación: “nos compraste con tu sangre para Dios” (Ap 5, 9). “En la Cruz Él cargó sobre su cuerpo nuestros pecados para que, muertos a ellos, vivamos para la justicia (1 Pe 2, 24).

    Lo que hemos querido silenciar en Cristo es la verdad: “¿por qué queréis matar al hombre que os ha dicho la verdad”, preguntó también Él mismo (Jn 8, 40). Ayer contemplamos a Jesús como fuente de Vida para el mundo. Hoy Él es la Verdad a la que se confronta ese mundo. Porque la Vida y la Verdad fueron crucificadas, aunque por la Eucaristía y la Cruz han sido recuperadas en plenitud para el hombre.

    Cristo no murió en nombre de una doctrina o de una verdad que fueran las de un hombre particular, sino por la Verdad, la que él representa en su condición de Dios, que le lleva a decir: “Yo soy la Verdad” (Jn 14, 6). Verdad acerca de lo esencial: de cuanto concierne a Dios y al hombre, a partir de la cual es posible la comprensión de todo lo que hemos de saber y la ordenación de todo lo que hemos de realizar en la existencia. Es la verdad sobre las que se estructura la visión completa de la vida, en la cual Dios es la piedra angular. La verdad de que el orden divino que rige la existencia es inmutable y que él es la única garantía de que la historia humana se desarrolle fecunda y armónicamente, en la paz del hombre con Dios y consigo mismo.

    Verdad que habla al hombre de su vinculación radical a Dios, en cuya naturaleza participa, y de las pautas de conducta –humana, moral y espiritual- que corresponden a quien tiene a Dios como origen y destino. Es la Verdad que le fue comunicada desde el principio, y que a través de la revelación fue completada e ilustrada, hasta que se hizo personalmente manifiesta en Jesús de Nazaret, por lo que el hombre ha sido suficientemente capacitado para conocerla y comprometerse con ella.

    La finalidad de la presencia de Cristo en la historia, y especialmente en la Cruz, fue la de dar testimonio de esta verdad divina que no pasa, y hacerse “oblación y víctima” (Ef 5, 2) por todas las transgresiones y prevaricaciones, pasadas y futuras, contra ella.

    Jesús murió para reafirmar esa Verdad indefectible, y para mostrar que las acciones contra ella, a favor de la mentira, sólo engendran lo que la Escritura llama “obras muertas” (Hbr 6, 1), es decir, estériles, o provocadoras de la muerte. Así ocurrió en el paraíso, así sucedió en la Cruz, y así se produce cada día. La mentira, en forma de pecado y de violación habitual de la ley divina, anula al hombre, aunque éste crea que en ello está el camino para llegar a ser como Dios. ¿Cuántas paginas estériles de nuestra personal hemos escrito?

    Cristo murió víctima de los pecados del mundo, que son pecados contra la verdad de Dios y del hombre. Desde el principio estamos huyendo de esa verdad, por lo que desde el principio estamos negando a Dios y al hombre. Es una opción dada a la libertad. Pero cuando la libertad elige contra la verdad corrompemos la condición humana y nos alzamos contra los designios de Dios.

    La cruz es la cátedra que nos enseña cuál es la realidad del hombre y cuál el precio cuando se falsifica esa realidad. Desde ella escuchamos que no somos nosotros quien nos damos el modelo, la norma y la medida de nuestra verdad. Por el contrario, es la norma establecida por Dios la que exige que todas las cosas y todas las criaturas ocupen su puesto, su orden, la finalidad para la que fueron creadas.

    Por eso, el Viernes Santo representa el desenlace de una historia que Dios redacto de una manera y que el hombre decidió escribir de otra, cuando quisimos oponer nuestra ley a quien es la Ley del mundo. Es el intento que se viene repitiendo desde el paraíso. En aquel Viernes Santo el hombre se impuso aparentemente a Dios; le juzgó y le dio muerte en la cruz, de la misma forma que ahora intenta excluir a Dios de la esfera humana. Pero es evidente que este conflicto se va a resolver a favor de Dios, como ya fue anticipado en la Resurrección, a las pocas horas de la condena y muerte de Jesús. Por eso, su Cruz permanece ante los hombres como la única Verdad del mundo y, por tanto, como única referencia de libertad y de esperanza.

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