• 1 Nov

    P. D. Anselmo Álvarez

  • En las postrimerías del año litúrgico la Iglesia recoge en una sola fiesta la celebración de todos los Santos ¿Qué representan estas personas, hombres y mujeres, conocidos o no por nosotros, pero reconocidos y especialmente predilectos de Dios y de la Iglesia? No es una porción de privilegiados que hayan sido seleccionados caprichosamente por Dios para darles la corona de la santidad. Son hombres y mujeres que se han hecho a sí mismos santos, sobreponiéndose a la debilidad humana y entregándose a la gracia y a la acción de Dios sobre ellos. Cada uno de ellos ha sido como uno de nosotros, hecho del mismo barro, pero permitieron que esa acción transformara su fragilidad en fortaleza: “Dios los puso a prueba y los halló dignos de Sí; los probó como oro en el crisol” (Sab 3, 5-6). Ello les hizo ‘fuertes en la fe’, que es una de las características de los santos y ha de serlo de todo cristiano.

    Es esa fe la que les condujo a la santidad. No sólo porque ella nos muestra la necesidad de conquistarla, sino porque sabemos que la fe implica la vida entera y no es sólo una cuestión de la mente. La fe es un acto vital en el que interviene toda nuestra persona, con la cual prestamos un asentimiento total, que supone al mismo tiempo la aceptación de las enseñanzas de la fe y la concordancia de nuestra vida con ella. Fe es la adhesión a la palabra de Dios que nos dice lo que hemos de creer pero también lo que debemos practicar, cómo hemos de ajustar nuestra existencia a la voluntad de Dios, para que también en nosotros se cumplan las palabras que Cristo hizo propias: “Aquí estoy, oh Dios, como está escrito en mi libro, para hacer tu voluntad” (Sal 39 17).

    La fe no nos muestra sólo un conjunto de verdades que nos hablan de Dios, sino que se dirigen también a nosotros, y nos explican cuál es, acerca de nosotros, el pensamiento de Dios, como cuando nos dicen: “Os he elegido del mundo para que deis fruto – de santidad- y vuestro fruto permanezca” (Jn 15, 16); de manera que lleguemos a “hacernos santos, sin mancha y sin reproche, en su presencia” (Col 1, 22).

    Entramos en comunión con Dios cuando las verdades de fe se convierten para nosotros en verdades de vida, que ponen nuestra existencia en conformidad con esas afirmaciones de la fe. Mediante ellas conocemos a Dios y en Él al modelo primero de toda santidad. Jesús, el Hijo propio de Dios, decía de Sí mismo: “Yo le conozco (a Dios) y guardo su palabra” (Jn 8, 55), de manera que, como expone S. Pablo,“la palabra de Cristo habite en nosotros con toda su riqueza” (Col 3, 16) Ocurre que con frecuencia aceptamos los dogmas de la fe cristiana mediante los que conocemos a Dios, pero nos resistimos a ‘guardar su palabra’, es decir, a vivir según las obras que Él nos ha enseñado a practicar. Son esas obras, hechas según Dios, las que nos hacen crecer en el orden de la santidad.

    Santidad que consiste vivir en armonía habitual con Dios, de acuerdo con el designio según el cual “Él nos eligió en la persona de Cristo antes de crear el mundo para que fuéramos santos e irreprochables ante él por el amor” (Ef 1, 4). Una santidad que supone el abandonar los caminos que nos distancian de Él y preferirle a todas las cosas, “llevando una vida sobria, honrada y religiosa” (Ti 2, 12). Por eso, los santos son los que se han comprometido totalmente con la vocación humana y cristiana fundamental: la búsqueda de Dios, la imitación de Cristo, la práctica fiel de la ley divina, el seguimiento de lo más perfecto de acuerdo con la imagen divina diseñada en nosotros.

    Podríamos decir que hay una santidad elemental que es la que nos permite considerarnos al menos cristianos, y que consiste en la fidelidad a Dios, la adhesión a la fe y al Evangelio, la observancia de la ley natural y de la ley divina, el respeto a nuestra condición de hijos de Dios, la práctica frecuente de los sacramentos y de la oración, el no ocultar nuestra condición cristiana cuando sea preciso dar testimonio de ella.

    A todos nosotros se nos ha dicho: “si no te dejas lavar los pies no tendrás parte conmigo” (Jn 13, 8), es decir, si no te dejas limpiar y purificar de tus culpas y de tu inclinación al mal; si no adquieres un corazón y un espíritu en sintonía con el mío, no podrás participar de mi Vida. Ahora bien, este participar de su Vida es nuestra única razón de ser, porque la vida a la que aspiramos no puede ser otra que la que Dios nos ha ofrecido, que es una participación en la suya propia. Fuera de ella toda existencia es quimérica. No participar en ella es la frustración máxima de nosotros mismos. No podemos pensar que se puede prevaricar sistemáticamente de todo lo que vincula al hombre con Dios sin que ello afecte ruinosamente a todas las demás dimensiones de nuestra existencia.

    Es la santidad la que nos hace verdaderamente hombres, la que nos da toda nuestra dimensión humana. Porque la santidad es la convergencia del hombre con Dios. Llegamos a poseer plenamente la condición humana en la medida en que nos acercamos a ese modelo de hombre perfecto según Dios. De hecho, Dios aparece en el horizonte del hombre no para desviarle de su trayectoria o para frustrar su proyecto humano, sino para hacerle crecer hasta Él, para darle la medida y la estatura a que está destinado.

    Antes o después todos tendremos que reconocer el fracaso de cuanto hemos construido fuera de Dios, de todo lo que no haya sido la búsqueda del reino de Dios y su justicia. Esta es la sabiduría y la lección de los santos: que sólo Dios merece la pena, que ‘sólo Dios basta’.

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