• 4 Mar

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: entre las escenas bíblicas de rico contenido que la mesa abundante de la Palabra de Dios nos ofrece en este II domingo de Cuaresma, es especialmente aleccionador el relato evangélico de la transfiguración. No es un acontecimiento chocante con la vida oculta del Señor en su encarnación, sino un descendimiento de la misericordia de Dios a nuestra debilidad de hombres indecisos y dubitativos, a pesar de los muchos milagros y pruebas que había presentado el Señor de ser el Mesías anunciado por los profetas. Los apóstoles, los judíos y nosotros después de veinte siglos queremos comprobar sensiblemente lo que creemos. Jesús en cambio llama bienaventurados a los que creen sin haber visto. El Señor había anunciado solemnemente su persecución y su muerte en cruz. Para reforzar la fe a los que iban a ser sus testigos ante el mundo se vio obligado a darles un testimonio venido del cielo de modo extraordinario, que también nosotros, que somos hombres de poca fe, debemos aprovechar. En la preparación cuaresmal es irrenunciable fijar la vista en la regeneración pascual, en una vida nueva de resucitados, no como fruto de nuestro esfuerzo, sino como don pascual misericordioso de nuestro Señor.

    Si nos escandaliza la muerte en cruz de Jesús, humillado y vencido, la gloria de la Resurrección nos debe elevar a los designios de Dios, infinitamente superiores a los nuestros. Con la transfiguración, el Padre confirma con su presencia misteriosa en la nube y con su voz que lo que Jesús había dicho sobre su pasión era verdadero y, por tanto, que Él es el siervo manso y humilde, el siervo sufriente de Isaías. El pueblo judío de todos los tiempos, por el contrario, se aplica a sí mismo los poemas del siervo sufriente por considerarse un pueblo pequeño rodeado de muchos enemigos. También el Padre, más que autorizar a Jesús como el profeta al que se debe escuchar, envía una orden apremiante y sin titubeos: “escuchadle”. Esta impresionante manifestación de Dios deja bien asentado que la misión de Jesús pasa por la cruz y que sus discípulos deben emprender el mismo camino para participar de su gloria.

    En la Cuaresma los catecúmenos se preparan para confesar su fe y recibir el bautismo en la Pascua. Todo cristiano debe vivir el tiempo cuaresmal como un medio excelente a través de la liturgia para acrecentar su fe, hoy tan probada por rupturas familiares, problemas económicos, enfermedades graves y decepciones por la conducta deshonesta de ciertos fieles cristianos o incluso eclesiásticos, lo que es más lesivo para la Iglesia que los ataques de fuera y que tanto está haciendo sufrir el Papa, por quien debemos orar intensamente.

    Por otra parte, desde 1959 la Iglesia de España celebra hoy el “Día de Hispanoamérica”. Benedicto XVI ha afirmado que el rico tesoro del continente americano, su patrimonio más valioso, “no es una ideología política, ni un movimiento social, como tampoco un sistema económico; es la fe en Dios amor […] que produjo frutos tan magníficos desde la primera evangelización hasta hoy”. En la jornada de este año, bajo el lema “Comprometidos con América en la Nueva Evangelización”, se nos invita a orar para que surjan nuevas vocaciones que misionen en aquellos países hermanos, tan necesitados como España de revitalizar la fe católica. La colecta se destina a la Obra de Cooperación Sacerdotal Hispanoamericana.

    Por último, un motivo permanente de nuestra oración deberían ser dos condenas a muerte de cristianos, mero botón de muestra de la incesante persecución e incluso genocidio cristiano en muy distintos regímenes políticos y religiosos. Hace unos días se ha confirmado la pena capital al pastor evangélico iraní Yousef Nadarkhani por no apostatar de su fe. Y pasado mañana se presenta en Madrid el libro “Sacadme de aquí”, testimonio relatado desde la cárcel por Asia Bibi, cuya ejecución, ignorando la petición de clemencia del Papa, sigue pendiente, en aplicación de una ley paquistaní utilizada a menudo como pretexto para atacar a los cristianos. Ya quisiéramos muchos tener la fe inquebrantable de esta intrépida madre de familia, que en grave estado de salud y sin asistencia médica, vive en condiciones infrahumanas un auténtico purgatorio en la tierra. Antes de ser enviada a una celda de aislamiento en el corredor de la muerte, dijo: “He sido juzgada por ser cristiana. Creo en Dios y en su enorme amor. Si el juez me ha condenado a muerte por amar a Dios, estaré orgullosa de sacrificar mi vida por Él”. Cuando el juez le ofreció la libertad si apostataba de su fe, contestó: “Prefiero morir como cristiana que salir de la prisión siendo musulmana”. En una desgarradora carta a su familia, escribe: “No sé todavía cuándo me ahorcan, pero estad tranquilos, queridos míos, iré con la cabeza bien alta, sin miedo, porque estaré en compañía de Nuestro Señor y de la Virgen María, que me acogerán en sus brazos. Queridísimos esposo e hijos, os voy a dejar para siempre, pero os amaré por toda una eternidad”. La defensa de la legalidad en la condena de esta mártir silenciosa, que únicamente pide oraciones, costó la vida hace un año y dos días a un ministro católico, cuyo proceso de beatificación se quiere iniciar cuanto antes por ser un modelo para los jóvenes católicos pakistaníes, decididos a dar auténtico testimonio de fe, siguiendo el ejemplo del mártir. Este es el éxito religioso de “la Alianza de Civilizaciones”: miles de sacerdotes y de fieles cristianos que mueren violentamente cada año, mientras que a los ministros de culto de otras religiones ni siquiera se les juzga cuando incitan a la violencia.

    En nuestra patria, en la que las creencias católicas son perseguidas en medio de una pasividad generalizada, estamos muy tranquilos porque, excepto episodios muy aislados al menos por el momento, nuestra integridad física está en principio a salvo, mientras que en muchos otros países, los cristianos cada día se juegan la vida literalmente ante el mutismo casi absoluto de dirigentes y organismos europeos por intereses económicos, indiferencia o cobardía. Ayuda a la Iglesia Necesitada ha lanzado la campaña “No abandonaremos nuestra fe, preferimos morir”, frase acuñada por los cristianos de la India, refugiados en la selva ante las amenazas extremistas. Por algo cada 24 de mayo, día de María Auxiliadora, el Papa convoca una jornada mundial de oración por la Iglesia en China. Y en un monasterio de Jerusalén, donde cada vez quedan menos cristianos, ha aparecido escrita la frase: “Muerte a los cristianos”. Si elevamos nuestro corazón a Dios en diversos momentos a lo largo del día, por la comunión de los santos podemos ayudar a sostener la fe de los miles de misioneros, religiosas y cristianos anónimos que en este mismo momento están siendo perseguidos en cualquier lugar del mundo, pues nuestra oración nunca se pierde. Queridos hermanos: este “problema de enorme gravedad”, como lo ha definido un famoso diplomático español, os animo a encomendarlo a Ntra. Sra. del Valle, nuestra mejor compañera e intercesora ante el Señor. Que así sea.

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