• 30 Dec

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: en esta Fiesta de la Sagrada Familia tradicionalmente se celebra la Jornada pontificia por la Familia y la Vida, en la que se nos invita a recordar el verdadero matrimonio y a poner todo nuestro empeño en superar las dificultades que afectan a hijos, padres y abuelos cuando la institución de la familia se corrompe por falta de protección social y normativa y por el desprecio del derecho a la vida. Esta jornada es muy necesaria en nuestros días, en que la familia y el derecho a la vida sufren como nunca las embestidas de manipuladores del lenguaje para intentar eliminarla. Ya lo dijo Goebbels, ministro de propaganda del régimen nazi, esto es, nacionalsocialista: “una mentira mil veces repetida se acaba convirtiendo en verdad”.

    Nos escandalizamos con la barbarie del holocausto comunista y nazi, pero seguimos consintiendo, con nuestra indiferencia cómplice, el holocausto silencioso del aborto, cuya cruda realidad casi nunca aparece en los titulares, pero que es ya la primera causa de muerte en España: en menos de treinta años más de un millón largo de españoles, mucho más que el total de niños que los espartanos de la antigua Grecia despeñaban al nacer por la roca Tarpeya. Era un sistema cruel, pero sin el actual refinamiento sádico.

    La diabólica ley del aborto es un fracaso, como demuestra el libro El aborto: 100 cuestiones y respuestas sobre la defensa de la vida humana y la actitud de los católicos y que, al igual que otro del mismo título sobre la eutanasia y que la edición de bolsillo del Compendio del Catecismo, cuesta menos que una entrada de cine. Un día de cada mes, cada vez más gente de todas las edades acude a una velada ante el abortorio más cercano o representativo de su ciudad o provincia y permanece allí en silencio durante una hora con su vela encendida por los cientos de niños diariamente asesinados por culpa del insaciable ánimo de lucro de algunos Herodes. En estos mataderos subvencionados con el dinero de nuestros impuestos se reproduce cada día el asesinato de los santos inocentes, que conmemoramos anteayer.

    La manipulación propagandística de las cifras con que en su momento se nos bombardeó sobre el aborto nos recuerda la mucho más demagógica presentación a la opinión pública del falso matrimonio homosexual. Altos dirigentes nos aseguraban como dogma de fe laica que hasta cuatro millones de homosexuales españoles, que estaban deseando casarse, se beneficiarían de la aprobación del mal llamado matrimonio homosexual. Esta cifra se ha quedado en unos pocos miles. Pero a la mayoría de medios de comunicación no les interesa recordar esto, como tampoco que Benedicto XVI ha dicho que estas uniones son una libertad anárquica, que se hace pasar de forma errónea por auténtica liberación del hombre.

    El Papa, en su discurso en la ceremonia de apertura de la asamblea eclesial de la diócesis de Roma (6.05.2005), recordó que “el matrimonio y la familia no son, en realidad, una construcción sociológica casual, fruto de situaciones históricas y económicas particulares. Al contrario, la cuestión de la correcta relación entre el hombre y la mujer hunde sus raíces en la esencia más profunda del ser humano y sólo a partir de ella puede encontrar su respuesta. Es decir, no se puede separar de la pregunta antigua y siempre nueva del hombre sobre sí mismo: ¿quién soy?, ¿qué es el hombre? Y esta pregunta a su vez no se puede separar del interrogante sobre Dios: ¿existe Dios?”. Igualmente, en un discurso a los participantes en la asamblea plenaria del Pontificio Consejo para la familia (13.05.2006), Benedicto XVI afirmó que “la familia, fundada en el matrimonio, constituye un «patrimonio de la humanidad», una institución social fundamental; es la célula vital y el pilar de la sociedad y esto afecta tanto a creyentes como a no creyentes. Es una realidad por la que todos los Estados deben tener la máxima consideración, pues, como solía repetir [el beato] Juan Pablo II, «el futuro de la humanidad se fragua en la familia» (Familiaris consortio 86)”.

    Mientras en España estamos todavía con estos y otros sarampiones, como que cambiar de cónyuge (ya vamos por más de trescientos divorcios al día) sea más fácil y rápido que cambiar de móvil, en otros países ya están de vuelta de esta funesta ingeniería social y cada vez son más los que se esfuerzan en su matrimonio y realmente ven el valor de la familia, después de treinta o cuarenta años de cultura del divorcio y de haber quedado destrozados de por vida por los divorcios de sus padres. A todo ello se une la amenaza de un proyecto de por sí desintegrador de la familia, Eurovegas, una espada de Damocles que pende sobre todos los madrileños y que por mucho que nos lo quieran vender como la panacea contra el paro, en el fondo oculta un beneficio desenfrenado que producirá una degeneración moral devastadora si Dios no lo remedia.

    Ante este panorama desolador, “el mundo necesita hoy de manera urgente el testimonio creíble de familias que, iluminadas por la fe, sean capaces de «abrir el corazón y la mente de muchos al deseo de Dios» y ser fermento de nuestra sociedad”, como han señalado los Obispos de la Subcomisión Episcopal de Familia y Vida. Nos unimos en espíritu a la S. Misa que se celebra a las 12.00 en Colón. Pidamos a María, Reina de la familia y de la vida, recibir la gracia para seguir nadando contracorriente y renovar nuestras convicciones, fundadas no en ningún fundamentalismo integrista, sino en la ley natural. Tengamos en cuenta esta intención en la acción de gracias y en todas nuestras oraciones, especialmente en el S. Rosario, tan recomendado por el Papa en este Año de la fe. Que así sea.

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