• 5 Apr

    P. D. Anselmo Álvarez

  • Los acontecimientos del Jueves y del Viernes Santo nos ponen en presencia de las finalidades esenciales que centraron la existencia histórica de Jesús y que han acompañado su actuación a lo largo de los tiempos. Son las que, en términos generales, se refieren a la vida y la verdad del hombre, vistas desde la perspectiva de quien es su Creador y Redentor.

    Hoy conmemoramos con toda la Iglesia el día de la institución de la Eucaristía, que los siglos cristianos han celebrado con la hondura de fe y amor que todavía recordamos. Jesús nos dejaba en herencia la vida que Él entregaría al día siguiente. Aún no había muerto y ya su vida era nuestra, no sólo porque la dejaba en posesión para todos los hombres y todos los tiempos, sino porque la convertía en vida de nuestra vida: la dejaba en el pan y en el vino para alimento de todas las generaciones: “nadie ama más que el que da su vida por sus amigos” (…), pero también: nadie ama más que el que se da en vida a sus amigos.

    La Eucaristía es, de algún modo, una continuación de la creación. Esta fue una explosión de vida que brotó de las manos de Dios bajo formas multiformes y que tuvo en el hombre su expresión más espléndida: en él se reproducía la imagen de Dios y la síntesis del mundo viviente. Ya desde la misma creación Dios celebró con el hombre una primera eucaristía: lo hizo participar de su propia vida y sustancia: le inspiró un soplo de vida y le transmitió su propia imagen y semejanza, le hizo compartir una porción de su misma naturaleza, y puso delante de él la mesa y la bendición de los hijos de Dios: ‘creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla… Os entrego todo lo que es portador de vida sobre la faz de la tierra”. Y, añade la narración bíblica, “el hombre les puso nombre” como signo de su dominio (cf Gn 1, 25-30).

    Nosotros experimentamos la apetencia de la vida como algo que brota de lo más hondo de nosotros mismos. Pero esa apetencia y la vida misma proceden de Dios. Es Dios quien ha puesto al hombre en la existencia, por lo que su voluntad no es sólo que viva, sino que alcance la mayor medida posible de la misma, según la amplitud con que Dios mismo la concibe: “Yo he venido para que tengan vida superabundante”. La vida es el primero y el más precioso de los dones con que Dios se ha prodigado, y es también el soporte de todas las demás riquezas humanas y espirituales que provienen de Él, incrementadas por nuestro propio esfuerzo.

    El misterio de la Eucaristía se relaciona directamente con las necesidades y aspiraciones más hondas del hombre, que no son las que él despierta en sí mismo, sino las que Dios ha depositado en él. En este sentido, la Eucaristía aviva en nosotros el anhelo de ser que nació con la vida misma regalada por Dios, anhelo que Él nutre permanentemente. Dios quiere que nuestra vida se alimente en la fuente de la Vida, por tanto que nuestra vida sea la de Dios, sin que sufra ninguna disminución la vida natural que también hay en nosotros.

    En la Eucaristía Él nos llama a alimentarnos de Dios, a vivir de Él, a sostener en Él nuestra vida, a participar vitalmente de su divinidad. No sólo de su Espíritu y de su Palabra, sino, en sentido propio, de su Cuerpo y de Su Sangre. Dios conoce nuestra hambre de todo aquello que nos puede satisfacer. Un hambre que nunca se sacia, y por la que apetecemos todo lo que es capaz de llenar una necesidad o un deleite. Pero es entonces cuando escuchamos: tomad y comed, tomad y bebed, para que podáis saciaros, no de las migajas de la mesa, sino de la plenitud de Dios.

    Entonces tendremos que reconocer que, fuera de la Eucaristía, nuestra mesa está vacía y que, por el contrario, seremos auténticamente vivientes cuando nos alimentemos de quien es la Vida, de quien nos permite participarla en el Cuerpo y la Sangre de Dios. Esta es la vida potente y eterna, que no niega sino que fortalece la vida humana más allá de toda expectativa. Ella permite al hombre saciarse de Dios: de su cuerpo, de su Palabra, del Amor que creó y sostiene todo lo que vive. Porque “Dios envió a su Hijo único para que vivamos por medio de Él” (1 Jn 4); Él, que ‘tiene palabras y pan de vida eterna’.

    Nosotros anhelamos crecer, ser fuertes, poseer la vida rica, plena y hermosa que nuestra intuición adivina que existe, pero que sólo crece cuando nos nutrimos en la fuente de la vida. Necesitamos un plus de ser, de gozo, de posesión, de felicidad; sentir el calor de la verdad y del amor. Sabemos que todo lo demás se nos disipa como el humo. Pero que, en cambio, Cristo es esta “sangre nueva y eterna” de la humanidad, el pan que da la vida y sacia eternamente.

    En las horas finales de su vida Cristo culminó el empeño al que se había entregado desde la encarnación y que había proyectado desde la eternidad: ofrecernos la posibilidad de una vida siempre nueva, alimentada de divinidad más que de humanidad, de acuerdo con los rasgos originarios del hombre, llamado desde el principio a participar en la vida de Dios, y al que mediante la Eucaristía, se le da la posibilidad de alcanzar una unidad de vida con Él: la posibilidad de ser “hueso de sus huesos y carne de su carne”(Gn 2, 23).

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