• 23 Dec

    P. Juan Pablo Rubio

  • Queridos hermanos en Cristo Señor:

    Con este domingo IV de Adviento estamos a punto de culminar el tiempo de preparación para la Navidad. El mensaje de este ciclo litúrgico lo hemos ido sintetizando en una serie de actitudes: esperar, estar en vela, escuchar, ponerse en camino. Ciertamente, Adviento es tiempo de esperar: Dios termina siempre por venir a pesar de nuestros cansancios y limitaciones, termina siempre por venir mucho más grande de lo que podemos imaginarnos. Adviento ha sido el tiempo de permanecer en vela, lo cual excluye toda actitud pasiva y despreocupada. Velar consiste en estar listos, vigilantes, prontos para amar. De manera especial, este tiempo litúrgico nos ha invitado a escuchar, a abrir de par en par las puertas de nuestro corazón a la Palabra de Dios, acallando los tumultos interiores y haciendo un silencio lo suficientemente denso como para clamar desde él: «Habla, Señor, que tu siervo escucha». Al ponernos en actitud de escucha, nos arriesgamos a hacer un camino distinto, a trazar unos proyectos y una vida diferentes, derribando las alambradas y fronteras tras las cuales nos parapetamos y escondemos. Adviento es también –y así nos lo presenta el evangelio de hoy– ponerse en camino: salir al encuentro de Cristo en los hermanos, porque es Jesús quien nos espera en cada uno de ellos, en especial en los más desfavorecidos.

    Las lecturas que acabamos de escuchar hacen referencia directa al misterio de Navidad. En el pasaje del profeta Miqueas se habla de Belén, el lugar donde debía acontecer el nacimiento del Salvador. Belén no era una ciudad, sino un pueblo muy pequeño como señala expresamente el profeta: «Pero tú, Belén de Efrata, pequeña entre las aldeas de Judá». Esto encierra ya un mensaje para nosotros. ¿Por qué no disponer el nacimiento del Mesías en una de las grandes urbes de aquella época? Porque Dios tiene predilección por las realidades más humildes, obra grandes cosas con instrumentos pobres y Belén constituye el símbolo de esta predilección divina. Allí había nacido también David, el menor de los hijos de Jesé, elegido por Dios para llegar a ser el rey del pueblo judío. El Mesías, sucesor de David y de su descendencia, debía nacer en ese mismo lugar. Del mismo modo, Jesús, reconocido desde su nacimiento como Mesías y rey de Israel, es un rey humilde y pacífico, que viene con la fuerza del amor. Todo esto trae como consecuencia la paz. El profeta concluye diciendo: «Habitarán tranquilos porque se mostrará grande hasta los confines de la tierra y ésta será nuestra paz». El misterio de la Navidad es un misterio de paz basada en el amor (A. Vanhoye). Nuestra esperanza ha de procurar siempre el amor y la paz, la paz como bien supremo. En un mundo y en una Iglesia dañados por la división nosotros debemos ser artífices de la verdadera paz, de la paz de Cristo.

    El evangelio de hoy presenta el episodio de la Visitación. Lo conocemos muy bien. Creo que en el corazón de este relato destaca la actitud de María, que se pone en camino, y la preciosa confesión de fe hecha por su prima Isabel. María había acogido el mensaje del ángel con una disponibilidad plena: «Aquí está la esclava del Señor: hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38). Se muestra dócil en seguida al influjo de su hijo, que la impulsa a dirigirse hacia las personas que se encuentran en necesidad. Al conocer por el ángel que Isabel espera un niño y ya está en el sexto mes, María acude a prisa a la montaña. Podía haber preferido quedarse en su casa para preparar el nacimiento de su hijo. Sin embargo, María piensa en los demás antes que en sí misma y es, así, un precioso ejemplo de caridad fraterna, de una caridad que es fuente de gracia para todos. Su actitud nos invita a que en estos días nos sensibilicemos más con las personas que lo están pasando mal cerca de nosotros. Seamos generosos con quienes están más necesitados, con aquellos que sufren carencias materiales o espirituales, con quienes pasarán la Navidad solos o enfermos. No podemos poner remedio a la crisis nosotros solos, pero el Señor nos pide que hagamos lo que esté en nuestra mano.

    Isabel, por su parte, reconoce con humildad la grandeza de María: «¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?». La respuesta de María será un canto de agradecimiento al Dios que ha obrado cosas grandes a través de ella (cf. Lc 1, 49). El relato de la Visitación constituye, por tanto, una preparación para el misterio de la Navidad, que se complementa muy bien con la segunda lectura, tomada de la Carta a los Hebreos. Se trata, hermanos, de un pasaje de suma importancia porque nos revela cuáles son los sentimientos de Jesús al entrar en el mundo: son los sentimientos de una generosa adhesión a la voluntad del Padre. La antigua práctica de la inmolación de animales resultaba incapaz de satisfacer a Dios. Dios lo toleraba, pero preparaba otra ofrenda no externa, sino interior; una ofrenda que no fuera la de animales, sino la de una persona libre (A. Vanhoye). La expresión «aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad» (Hb 10, 7) nos hace, en realidad, “tocar” el alma de Cristo, que se ofrece para cumplir la voluntad de Dios, que es una voluntad de redención y de amor, una voluntad que exige el sacrificio de la propia existencia. El autor de la Carta a los Hebreos afirma: «Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre». Desde la Navidad es posible ver que toda la vida de Jesús está orientada hacia la ofrenda completa de sí mismo por nuestra salvación. Vemos, pues, que el misterio que vamos a celebrar durante estos días es un misterio de entrega: «Tanto amó Dios al mundo –dirá san Juan– que le entregó a su Hijo unigénito» (Jn 3, 16). Él viene para ofrecerse a sí mismo y para hacernos a cada uno de nosotros capaces de ofrecer nuestra vida por amor. La alegría de la Navidad radica precisamente ahí: en la corriente y la fuerza de amor propagada por el nacimiento de Jesús.

    En el pórtico de la gran fiesta poned vuestra esperanza en Dios con la certeza de que Él colmará plenamente vuestros anhelos. San Juan de la Cruz afirma que el alma que vive en esperanza tanto alcanza de Dios cuanto de Él espera. Sabed que la esperanza da la medida espiritual de nuestra alma y es señal clara de que confiamos en Dios y le amamos, porque la promesa no es otra que vivir junto a Él para siempre.

    Que Santa María disponga nuestras almas para acoger el misterio del nacimiento de Cristo, tan grande y al mismo tiempo tan cercano; que ella nos ayude a ponernos en camino hacia la Esperanza, amando aquello que aguardamos; que nuestro testimonio de caridad en estas fiestas haga sentir a muchas personas que Dios les ama. Que así sea.

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