• 16 Dec

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos todos en Cristo Jesús: En este tercer domingo de Adviento nos preparamos para celebrar la fiesta de la Navidad –fiesta de gozo y salvación- , como hemos rezado en la oración colecta, y conforme a la buena noticia que se proclama constantemente en este tiempo cuyo contenido esencial se reduce a que Jesucristo ha realizado el plan de redención trazado desde antiguo por su encarnación, por su muerte y resurrección, y nos ha abierto el único camino de salvación que existe. Ningún otro nos puede salvar. Quien pretendiere arrogarse este título sería no sólo un impostor, sino que de esta manera se manifestaría como el Anticristo.

    Las lecturas del profeta Sofonías y la de san Pablo a los Filipenses hablan del gozo que supone el día del Señor esperado. Día en que Dios realizará su juicio, día que san Pablo denomina “día de Cristo” como escuchamos el domingo pasado en otro pasaje de la misma epístola. Es un día que tiene dos facetas totalmente opuestas e inseparables. El prefacio 3º de Adviento lo denomina, tomando palabras de la misma Escritura, “día terrible y glorioso.” Glorioso por la salvación y premio para los justos, por la implantación de la justicia de Dios aquí en la tierra. Es el día en que por fin se llevará a cabo de modo pleno la súplica que sin cesar elevan los labios de todo buen cristiano: “Venga tu Reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.” Por tanto es el día en que se establecerá “El Reinado de la Divina Voluntad en la tierra como en el cielo.”

    Pero ese día tiene previamente un aspecto terrible y sobrecogedor, inseparable del gozo subsiguiente. Este contraste tan fuerte no se debe a la voluntad primera de Dios. Hemos sido los hombres los que hemos introducido con nuestro pecado el significado de día de juicio y condenación. Y si acogiésemos las gracias que sin cesar nos da Dios para volvernos a Él, en vez de idolatrar las realidades materiales y nuestros propios caprichos, y nos convirtiéramos a Dios, no digo todos los hombres, sino tan sólo una mayoría, dicha purificación, en extremo terrible, quedaría totalmente reducida a una suavísima puesta a punto, que todos estaríamos deseando llegase cuanto antes. Este otro aspecto no queda olvidado en las lecturas de hoy, pero quizás nos ha pasado desapercibido. En el evangelio hemos escuchado la predicación de Juan Bautista como llamada a la conversión para preparar la llegada del Reino de Dios en la persona del Mesías. El bautista les ofrece algunos consejos prácticos a toda clase de personas sobre cómo llevar a cabo en su vida esa conversión. El hijo de Zacarías e Isabel es un ejemplo preclaro de conversión, puesto que no se apropia la misión de Mesías y deshace el equívoco que había sobre su persona. Declara que el que viene detrás de él puede más y bautiza nada menos que otorgando el don del Espíritu Santo. Pero también dice que trae “fuego: tiene en la mano la horca para aventar su parva y reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga” (Lc 3,18).

    San Juan Bautista no dice que ese juicio se aplique inmediatamente con la presencia contemporánea del Mesías que él tenía que preparar. Simplemente quiere decir que está investido de ese poder sin aclarar cuándo y cómo lo ha de aplicar. Eso ya nos lo enseñó el mismo Jesús en su predicación y se ha proclamado en las lecturas de la Eucaristía de las dos semanas previas al Adviento. En ese día de su segunda venida ¬o Parusía- aplicará el juicio de condena del pecado por medio del fuego, guerras y cataclismos naturales a toda la tierra, antes de llegar rodeado de sus santos, si no hay conversión por nuestra parte. Es, por tanto, un juicio general intrahistórico por la apostasía o apartamiento de Dios. Morirán justos y pecadores y sólo sobrevivirá una parte de la humanidad.

    Pero también hay un juicio particular para cada ser humano al final de su vida. Y si no nos preparamos debidamente desde ahora mismo y aprovechamos la gracia que Dios nos está dando ahora, y en cada instante de nuestra vida, de vivir habitualmente en gracia de Dios, puede suceder que nos sorprenda la muerte, aunque no sea repentina, y en ese instante no ser capaces de poner en práctica todos los medios sobrenaturales para morir en gracia de Dios. El que vive descuidado de su propia salvación durante su vida, rara vez aprovecha el último momento, de no ser que se haya rezado mucho por esa persona.

    ¡Qué terrible es el infierno!, ¿no es así? Jesucristo lo nombra en su predicación muchas más veces que el cielo. Eso puede comprobarse fácilmente leyendo el Evangelio. San Juan Crisóstomo lo solía recordar en su predicación. San Agustín cambió su vida por temor del infierno. Otro tanto se puede decir de grandes santos, como san Ignacio de Loyola o san Francisco Javier. Para los condenados sería llevadero estar en el infierno cien o mil años, pero al ser eterno su desesperación no tiene término. Pues evitémoslo confesándonos bien. Hagamos una confesión general en la que no ocultemos aquel pecado que por vergüenza nos cueste confesar. Los sacerdotes tenemos el deber de recordar este dogma en el que a todos nos cuesta creer; pero sería grave omisión no predicar sobre el infierno.

    Tengamos vergüenza para pecar, pero no para confesar nuestros pecados, puesto que al hacerlo damos gloria a Dios, y al confiar en su perdón alabamos su misericordia. Y entonces sentiremos aquella “paz de Dios que sobrepasa todo juicio” como nos ha dicho san Pablo.

    Esta Eucaristía debería ser para todos un punto de partida a partir del cual quedara sellado el firme compromiso de no permitirnos vivir en pecado mortal. Demos a nuestro corazón esa paz que tanto ansía sin temor de bajar al fondo de nuestra conciencia para sanarla con la gracia de Dios que tan generosamente se nos ofrece, aunque no sin esta colaboración nuestra.

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