• 11 Nov

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos:

    Son múltiples las enseñanzas evangélicas que se deducen de esta parábola de la pobre viuda y de lo que sirve de pórtico a la misma, pues Jesús censura a los escribas que hacían ostentación de su riqueza y del ansia de honores que tenían por ser los intérpretes de la Sagrada Escritura. Pero el punto neurálgico de estas censuras es su codicia de los bienes de las pobres viudas con pretexto de largos rezos. La mentira, la hipocresía hecha vida, hacen a Jesús estremecerse de ira santa, porque es una profanación del núcleo de la relación con Dios: la oración. No es sólo codicia, sino la falta de escrúpulo para corromper lo sagrado rebajándolo a mercancía negociable.

    La pobre viuda que echa dos monedas de poco valor es una enseñanza viva. Frente al mal espíritu de utilizar la religión para enriquecerse, la entrega heroica de la viuda de dar para las necesidades del culto lo poco que tenía para vivir es un ejemplo de amor a Dios totalmente extraordinario y nada común entre nosotros. Sólo es un ejemplo de los que se pueden espigar entre los dóciles a los impulsos del Espíritu Santo, los que cumplen el mandamiento del amor a Dios conforme a la letra de su formulación en la Palabra de Dios: “Amarás al Señor con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas”.

    Por desgracia, los bienes materiales suelen ser un lastre muy pesado que nos impide ni tan siquiera plantearnos cuál es la voluntad de Dios. Nuestro corazón es como el engrudo, se pega a cualquier cosa y si vivimos con abundancia de bienes materiales, fácilmente nos apoyamos en ellos y prescindimos de Él, olvidándonos de que Él es lo único necesario y que si seguimos en esta vida es porque Él quiere ofrecernos la oportunidad de ganarnos el cielo. Por tanto, la pobreza de espíritu y la pobreza material suelen ir unidas: quien es pobre materialmente es más fácil que lo sea también de espíritu, lo mismo que quien tiene muchas riquezas materiales es más difícil que eleve su pensamiento a Dios para darle gracias por lo que tiene y para compartirlo con quien no tiene. La primera lectura ilustra esta misma enseñanza haciendo más visible ese matiz de la confianza en Dios y de anteponer la necesidad del prójimo a la que nos reclama nuestro propio cuerpo y la necesidad de los que nos están unidos por la sangre.

    Otro rasgo evangélico que nos transmite la parábola viva de la viuda, a la que Jesús vio desprenderse de sus dos monedas vitales para su sustento, es el ocultamiento a los ojos humanos. Sólo Jesús, por su carisma profético, sabía que esa viuda no tenía más dinero, pero su acción heroica pasó totalmente desapercibida a cualquier mirada humana. Era dócil al Espíritu y como María, se había adelantado a vivir el espíritu de las bienaventuranzas y enseñanzas evangélicas antes de haberlas oído de labios de Jesús. Su mano derecha no sabía lo que hacía la izquierda.

    Fijaos, hermanos: la Iglesia también quiere permanecer fiel a la enseñanza de Jesús, pues como dijo hace años el arzobispo de Burgos, si la Iglesia católica destinara una pequeña parte de lo que emplea en obras de caridad en hacer una campaña de marketing, al estilo de las instituciones humanas, su prestigio aumentaría como la espuma. Tampoco se quiere dedicar a esa campaña ni un céntimo, porque la iglesia no lo hace para figurar en los titulares de los medios de comunicación, sino por amor a Dios en el prójimo. En las organizaciones asistenciales de la Iglesia, nada se desperdicia, ni tan siquiera una bolsa de plástico. Qué diferencia tan abismal, hermanos, con esos políticos autodenominados católicos a los que se les llena la boca diciendo que si Jesús viniera otra vez al mundo, no se preocuparía de la tendencia sexual de la gente, sino que estaría con los pobres. Sin embargo, la contribución económica de las instituciones públicas a las que pertenecen estos falsos discípulos de despacho enmoquetado es mucho menor que la de la Iglesia Católica, como continuamente ponen de relieve las cifras de los informes sobre las ayudas a las víctimas de las catástrofes naturales. Para más inri, las escasas ayudas de los países industrializados a los países pobres casi nunca son a fondo perdido, sino préstamos a bajo interés, que hay que devolver y como no se devuelven, los intereses se acumulan.

    También es cierto, hermanos, que, aunque no es muy frecuente, encontramos a veces a gente con riquezas materiales, pero que no están apegados a las mismas, sino que son conscientes de que ellos son meros administradores de las riquezas que les ha otorgado Dios y están dispuestos a cumplir su voluntad. Y sin embargo, hay personas que carecen de lo más necesario para vivir, pero no aceptan su pobreza como un don que Dios pone en sus manos para proclamar la grandeza de la Providencia divina, se recomen de envidia por dentro y con frecuencia reniegan de Dios por haberles deparado esa suerte, sin descubrir que Dios les tenía reservada una misión muy importante a pesar de las apariencias.

    Por eso, hermanos, lo importante es la actitud de nuestro corazón, que debe ser humilde y no soberbio, que debe confiar sinceramente en el Señor, buscarle, acercarse a Él, seguirle, escucharle, independientemente de nuestra situación material de riqueza o de pobreza. Encomedémoslo a Ntra. Sra. del Valle por intercesión de S. Martín, cuya fiesta hoy celebraríamos si no hubiera coincidido en domingo. Este santo, cuando partió su capa con un mendigo, como se representa en la portada de numerosas Iglesias románicas, no estaba bautizado. Es una muestra de que el mandamiento del amor a Dios y al prójimo son en realidad uno sólo y de que los impulsos de amor a Dios no son etéreos y vanos, sino que hacen posible que uno se desprenda de sus bienes y posponga las necesidades corporales más urgentes en aras del amor a Dios o al prójimo. Pidamos que así sea.

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