• 4 Nov

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos: La Palabra de Dios que hemos escuchado es posible que nos haya dejado un poco indiferentes, pues, en ocasiones, la primera sensación que nos dan los mandamientos es de carga pesada y molesta. Pero si la releemos con calma la sensación va cambiando. También es cierto que para calar en muchos textos de la Sagrada Escritura nos tenemos que ayudar de comentarios, aunque no todos son buenos o acertados.

    La primera cosa que hemos de considerar es de quién proceden los mandamientos. Dios es quien ha promulgado los mandamientos, pero no porque necesite Él establecer una especie de carrera de obstáculos para comprobar quién es capaz de mantenerse en pie y llegar a la meta. Dios nos conoce a fondo, y en todo caso el examinar nuestra conducta, diaria y aún constantemente, nos conviene a nosotros hacerlo para no salirnos de esta vía segura y sabia que Dios nos ha revelado para nuestro bien.

    Dios nos ha creado a su imagen y semejanza. No podía darnos mayor dignidad ni tampoco una muestra de amor más grande. Pero hemos de evitar que la imaginación nos traicione y nuestra inteligencia acepte como real el espejismo de considerar mirar a Dios bajo el prisma de nuestra pequeña naturaleza humana. A partir de ponernos a la altura intelectual de Dios podríamos considerar cantidad de disparates que nos ofrece generosamente nuestra imaginación como es considerar que Dios es demasiado intervencionista llevando cuenta de las más mínimas acciones. Bajo este aspecto se me hace molesto Dios, al que no tengo más remedio que confesar que existe. También la imaginación, aliada con nuestro egoísmo, puede llegar a pensar que hoy día las cosas han cambiado mucho y los mandamientos ya no son un referente válido en la sociedad actual; en todo caso serían una pauta indicativa o ideal que habría que ir acomodando cada uno a su caso: ‘no como otros, que jamás serán personas adultas, pues no saben trazarse sus propias metas como es propio del que ha llegado a la madurez de su personalidad’.

    Para llegar a tener una imagen de Dios que corresponda a la realidad, es decir, a un conocimiento verdadero de Dios, hemos de saber primero dónde podemos encontrar una fuente fiable de información. No basta con buscar entre los sabios de este mundo, o en los libros que nos han legado, el verdadero conocimiento sobre Dios, el más auténtico que el hombre pueda tener del totalmente Otro. Sólo si Dios se digna darse Él mismo a conocer podremos alcanzar ese conocimiento profundo y válido de Dios. Es lo que, en su divina misericordia, se ha dignado revelarnos a través de los libros inspirados de la Sagrada Escritura, que a pesar de estar escrita por hombres reconocemos que el conocimiento que allí se contiene no proviene de ciencia humana adquirida por el simple raciocinio. Y no sólo contamos con nuestra comprobación racional, sino que a través del ministerio de los obispos juntamente con el Papa, que en virtud de la sucesión apostólica recibida en la imposición de manos tienen el carisma de enseñar las verdades de fe y moral infaliblemente, sabemos que la Biblia no se halla en el mismo nivel que los demás libros escritos por los hombres, sino que nos transmite un conocimiento sobrenatural que el hombre no puede alcanzar por sí mismo.

    Pero la Biblia no es simplemente una fuente de información. Es mucho más. El conocimiento sobrenatural no se dirige sólo a la razón humana. Compromete al hombre entero y llena toda su existencia, sin privarle de su libertad. Todavía más. La libertad del hombre sale fortalecida y enriquecida, porque si nos dejamos llevar por el Espíritu que nos ilumina cuando leemos la Biblia con la conciencia de que es Palabra de Dios y con el deseo de recibir su luz y su fuerza para ponerla en práctica, entonces nos liberamos de nuestro egoísmo y de aquellas influencias externas que nos esclavizan.

    Desde esta perspectiva los mandamientos no son yugo esclavizador ni carga insoportable. Son, más bien, la participación en la sabiduría y en la santidad de Dios. Por los mandamientos tiene acceso a Dios tanto el santo como el pecador. El primero para adentrarse más en el ser divino, porque el amor a Dios no sólo es el primer mandamiento en el orden en que los nombramos, sino que además es el principal como dice san Mateo en el pasaje paralelo al proclamado hoy. Y esto lo saben muy bien los místicos mucho más profundamente que nosotros, quienes han hecho suyas esas palabras del salmo responsorial que se ha cantado: “Dios mío, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora… Invoco al Señor de mi alabanza”. De tal manera han hecho suyos el primer mandamiento y el segundo que le llaman a Dios “el Señor de mi alabanza”, porque toda su vida es una alabanza de esa acción continua de Dios que le permite, como hemos dicho en la oración colecta de esta Eucaristía, “hacer digno y agradable por favor tuyo el servicio de tus fieles”. Para el santo los mandamientos son como un ordenamiento celestial en el que si el hombre libremente entra se encuentra feliz al verse realzado a una categoría divina. Se cumple así la Palabra de Jesús en esa revelación cumbre de la última Cena: “Vosotros no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia” (Jn 15,19).

    El que se llama elegido de Dios y comunica mensajes supuestamente transmitidos por Él, pero no practica los mandamientos, sino que se permite y encubre o justifica el incumplimiento de alguno de ellos, es inequívocamente un impostor. No podemos caer en el fideísmo con respecto a estos líderes religiosos falsos. Si a un político no se le consiente comportamientos claramente injustos, cuánto más escandaloso y delatador de su falsedad es encontrar dicha contradicción en un supuesto enviado de Dios.

    ¿Y para el pecador? Para la mayoría de nosotros, que entramos y sobre todo salimos con frecuencia de este camino real que conduce a Dios, los mandamientos es inevitable que nos produzcan amargor muchas veces, pero eso es buena señal. Porque nos hace percibir nuestra mala salud espiritual. Es la voz de alarma que nos avisa de que algo estamos haciendo mal, de que andamos por camino equivocado.

    Qué diferente perspectiva, a la de nuestra imaginación contaminada por el mal, es la que nos brinda la Palabra de Dios. Sólo con la ayuda de Dios logramos andar por el camino correcto –“sin Mí no podéis hacer nada” y hasta podemos prestarle al Señor un servicio digno y agradable. El que anda por el sendero de los mandamientos de Dios obtiene los bienes que nos ha prometido. Pero aquellos que se fían totalmente de Dios y que creen que los mandamientos de Dios siempre han sido la única orientación válida de la vida humana, nunca como ahora, en esta época contaminada por las ideologías que esclavizan al hombre, una época en la que se manipula el lenguaje para presentarnos como buenas o inocuas los más deshumanizadores comportamientos, ahora es cuando resulta más necesario que nunca adherirnos a los mandamientos de Dios para no andar a la deriva.

    Estamos celebrando la entrega plena y total de Jesús al Padre en el sacrificio de la Cruz. Entrega ejemplar que hace posible nuestra propia entrega, y que la reclama, para que podamos tener parte en su herencia bienaventurada. ¡Qué dolor será para el Señor que salgamos de esta Eucaristía sin haber sido tocados en lo íntimo por ese amor, que le ha llevado a compartir con nosotros el secreto íntimo para ser el Hijo muy amado del Padre: su obediencia hasta la muerte y muerte de cruz! Jesús espera que por la comunión sacramental, o al menos espiritual en la que tenéis que desear reconciliaros cuanto antes con Él, los mandamientos que Él nos ha ofrecido como la manifestación de su propia santidad nos los tomemos, como diría nuestro Padre san Benito, como un camino por el que se corre, dilatado el corazón, con inenarrable dulzura de caridad, participando, sí de los sufrimientos de Cristo, pero para merecer también acompañarle en su Reino (Regla, Prólogo 49-50). En consecuencia, no será la misma la bienaventuranza del que se ha esforzado en cumplir los mandamientos aun a costa de no comprender muchas veces con su razón todas sus exigencias, pero optó por fiarse de Dios, y la de aquel otro que se ha guiado por sus preferencias y su manera de entender la vida, y al final se arrepiente de no haber sido fiel a Dios. No será lo mismo contemplar y gozar de Dios con claridad y cercanía que entre nebulosas y a distancia.

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