• 23 Sep

    P. Juan Pablo Rubio

  • Muy queridos hermanos:

    Nos reunimos este domingo, en torno a este altar, porque necesitamos expresar el asombro eucarístico del que tanto hablaba el beato Juan Pablo II; ese asombro que brota ante el amor extremado de Cristo, que me amó y se entregó por mí. Venimos hoy a esta basílica, no para cumplir con un precepto, sino porque no podemos vivir sin celebrar «la locura de la Eucaristía», instituida por Jesús en el Cenáculo: gesto supremo de entrega, generosidad sin límites, sacrificio que nos libera de toda atadura al pecado, alianza nueva y eterna que nos llena de esperanza. Nadie que ame sabe cómo agradecer este don. Nosotros hemos de vivir dando gracias y ofreciendo nuestra vida por amor a Jesús. En la Eucaristía nos debe asombrar que Dios haya querido vivir mi vida para que yo viva la suya. Tened la certeza de que a Él le interesa todo lo humano, todo lo tuyo, todo lo que te sucede, tus alegrías, tus penas, tus anhelos.

    El evangelio, tomado del capítulo 9 de san Marcos, que acabamos de escuchar contiene, si os habéis fijado, dos partes diversas: primero, contemplamos el anuncio de la Pasión y la Resurrección (es la segunda vez que Jesús lo hace) y, a continuación, vienen unos versículos que giran en torno a la cuestión sobre quién es el más grande. Mientras el Maestro y sus discípulos recorrían Galilea, Jesús trata de explicar cuál es el sentido de su Pasión. El Señor no buscaba el sufrimiento por sí mismo, sino que se entregaba sin reservas para que todos los hombres tuvieran vida. Su pasión era y sigue siendo el extremo, el colmo del amor. Precisamente por ello Dios-Amor le resucita. Es decir, Dios no ha podido amarnos más en Jesucristo. Sin embargo, Marcos indica que los discípulos no sólo no comprendieron aquellas misteriosas y trágicas palabras de su Maestro, sino que además tuvieron miedo de pedirle que se las aclarase. ¿Qué sucedía? Que para ellos, el Mesías debía ser un héroe, un gran vencedor y no entraba en su cabeza que fuera entregado y ejecutado.

    Ahora bien, de forma inmediata se abre otro episodio que se desvela al llegar a Cafarnaúm. «Por el camino –nos dice el evangelista– habían discutido quién era el más importante». Qué contraste tan grande entre Jesús que se hace Siervo, que se abaja hasta nuestra nada, y los discípulos que anhelan grandezas y aspiran a honores. Y Jesús es muy claro: son los últimos los que serán primeros; aquellos que parecen más débiles y pequeños, como los niños, ocupan el primer lugar de su corazón. Esta enseñanza de Cristo trastoca por completo los criterios del mundo. Estamos ante el mundo al revés, que es el mundo del Magnificat que María había cantado: los humildes son ensalzados y los ricos despedidos con las manos vacías. Es la lógica del amor: dándose es como se gana, abajándose para servir es como se engrandece. Dios resiste a los soberbios, resiste a los poderosos, a los que se fían de sí mismos, a los que se creen importantes y superiores a los demás. Viene a la mente aquella oración que Jesús pronuncia lleno de gozo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido mejor». Fijaos que Jesús eligió como predicadores de su evangelio a gente ruda, sin una formación especial, que entendía sólo de barcas, peces o impuestos. Ni siquiera para hablar del Reino acudió el Señor a un lenguaje muy elevado, como podía ser el de los escribas, sino que narra cuentos poblados de personajes y realidades de la vida cotidiana: campesinos que siembran y cosechan, mujeres que amasan y encienden candiles, un pastor desvelado en busca de una oveja extraviada, un padre asomándose al camino por si vuelve a casa el hijo que se le marchó… Los santos se han admirado de la sencillez con que se inició el misterio de nuestra Redención. Porque Dios no envió al arcángel Gabriel a un palacio de gente ilustre y rica, sino a una joven doncella, que vivía en una humilde casa de Nazaret. En María Dios pudo hacer cosas grandes justamente porque lo que encontró en su corazón fue humildad, acogida, actitud de servicio y disponibilidad.

    Las dos partes de esta página del evangelio de san Marcos, y todos los textos de este domingo, se esclarecen mutuamente: es la propia ley del amor la que establece su unidad, una ley de amor perfectamente realizada por Cristo en su Pasión en favor de los hombres. Él es el Justo acechado y perseguido que presentan la primera lectura, Él es la sabiduría que viene de arriba y la paz de las que habla Santiago en la segunda lectura, Él es el Siervo, aquel que se ha abajado para amar a los más pequeños, y por ello ha sido ensalzado por Dios y resucitado.

    Como a los discípulos, también a nosotros nos cuesta recibir este anuncio de Cristo de una manera coherente. Como ellos aspiramos a grandezas, a reconocimientos y honores, a que nos estimen y nos aplaudan. Todo esto es incoherente, porque nosotros, como los discípulos, seguimos a un maestro que no sólo no busca puestos de honor, sino que quiere servir hasta dar su propia vida en rescate por todos. La eucaristía que celebramos nos está invitando a revisar y replantear las motivaciones de nuestra vida. El principio evangélico nos enseña que la verdadera grandeza consiste en servir: el que no sirve no es grande, no puede ser el primero. Para que se nos inculque mejor esta enseñanza, Jesús coge a un niño, lo pone en medio, y, abrazándole, dice a los discípulos: «Quien acoja a uno de estos niños en atención a mí, a mí me acoge». De este modo nos hace comprender que el servicio consiste en acoger a las personas y, sobre todo, a los humildes, a los niños. Veis que se trata de una enseñanza exigente, pero también muy necesaria y muy bella. No penséis que es algo abstracto o irrealizable. Ahí tenemos el testimonio impresionante de tantos santos, que han entregado su vida en servicio de amor desinteresado. Pidamos al Señor la gracia de comprender la enseñanza que quiere darnos hoy y de ser dóciles al impulso que nos viene del Espíritu Santo; la meta es hacernos cada vez más semejantes a Jesús, manso y humilde de corazón. Pidamos a María, la esclava del Señor, que nos ayude a entrar en el misterio del amor que se entrega, porque sólo se sirve a quien se ama; le pedimos un corazón libre y desprendido de las cosas como el suyo para estar dispuestos a obrar siempre el bien. Que así sea.

    Confesemos ahora nuestra fe recitando el Credo.

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