• 9 Sep

    P. Carlos Mata

  • Queridos hermanos en Xto, Jesús:

    Fariseo es un término que hoy empleamos cuando nos referimos a alguien hipócrita, alguien que es mentiroso dado que sus obras no corresponden con sus palabras, alguien que no vive como predica, que exige pero no cumple, alguien, es suma, que es un fraude.

    El fariseísmo es una de las características más fuertemente arraigadas en la sociedad occidental; ésta habla de solidaridad, de ecología, de igualdad, de democracia, de defensa del débil, de ayuda al desfavorecido, de libertad, de paz y de un sinfín de grandes principios que luego vemos que no se cumplen ni por casualidad. Y no se trata de falta de capacidad para vivir dichos principios y tampoco se debe a la debilidad propia de los humanos, ojala fueran estos los motivos, se trata más bien de una decisión firme de no vivirlos; defenderlos sí pero no ponerlos en práctica. Esto lo podemos constatar todos los días en los ámbitos de la política, de la economía, del trabajo, de la familia, de la educación, etcétera. La sociedad occidental, desgraciadamente, es profundamente farisaica e hipócrita.

    Este gran problema de occidente sería menos grave si no fuera por el hecho de que también los cristianos participamos de la misma hipocresía. Nosotros hablamos de caridad, de mansedumbre o de misericordia, de fidelidad al dogma, de apostolado, de entrega a Dios, de obediencia a la jerarquía…, y, sin embargo, la realidad es muy distinta. Podemos ir más allá, incluso, que los fariseos del tiempo de Xto: ellos olvidaron el mandato de Dios para ceñirse a la tradición y costumbres de los hombres, nosotros, en ocasiones, no nos sometemos ni a nuestras propias tradiciones y nos vamos detrás de la innovación, de lo que nos gusta, de lo último que nos ofrecen, sin pararnos a pensar en la moralidad o conveniencia de lo que vamos a seguir. Creemos, desde luego, pero creemos lo que nos apetece o lo que no nos complica la vida; en otras ocasiones somos más papistas que el papa y queremos dar lecciones de todo a todos porque vivimos tan imbuidos de nuestra propia convicción que si el papa dijera algo que no nos agrada, no dudaríamos en no hacerle caso en absoluto.

    Xto recrimina a los fariseos que dejan de lado los mandamientos de Dios para aferrarse a la tradición de los hombres; nosotros hacemos otro tanto cuando damos más importancia a la forma que al fondo, a lo material que a lo espiritual. Si, por ejemplo, nos quedáramos simplemente con el aspecto externo de la liturgia de la Eucaristía y no profundizáramos en su significado auténtico en cuanto memorial de la Muerte y Resurrección de Xto, en cuanto la alabanza que Xto y su esposa, la Iglesia, tributa al Padre, estaríamos desvirtuando el auténtico sentido de esta liturgia. Ejemplos similares podemos encontrarlos en muchas de nuestras actitudes cotidianas: consideremos el motivo por el cual asistimos a misa los domingos; los bautismos, primeras comuniones, bodas y funerales, ¿los hemos transformado en simples actos sociales?; ¿acudimos frecuentemente a los sacramentos de la penitencia y de la eucaristía, o comulgamos sin más?; en el caso de los religiosos, ¿para qué, por qué, cómo, cuándo y a quién obedecemos?; podríamos multiplicar, casi hasta el infinito, los ejemplos y, pudiera ser, que descubriéramos que realmente nos quedamos en la superficie y no profundizamos lo que deberíamos.

    Vivimos en un mundo extremadamente superficial, materializado y hedonista que no quiere ni oír hablar de algo que le coarte a la hora de buscar su propia satisfacción; los creyentes, aunque un poco más disimuladamente, buscamos mil artimañas para aferrarnos a nuestros intereses y justificarnos ante Dios como buenos cumplidores cuando, en la realidad, no estamos más que ajustando los mandamientos de Dios a nuestra propia conveniencia egoísta.

    Pero Xto es muy claro y no admite componendas, maquinaciones o excusas vanas; Él perdona siempre al arrepentido pero al hipócrita y al fariseo lo condena. La religión pura e intachable a los ojos de Dios es visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos con este mundo; lo que hace impuro al hombre es lo que sale de dentro de él. Dejémonos, de una vez por todas, de excusas que no van a ninguna parte, reconozcamos nuestra pobre situación y obremos como Dios quiere y manda.

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