• 26 Aug

    P. Santiago Cantera

  • Queridos hermanos en Cristo Jesús:

    Antes de comentar las lecturas que acabamos de escuchar, quisiera hacer una referencia a la Semana de Canto Gregoriano del Valle de los Caídos, que vive ya su XXXIII edición y nos puede hacer reflexionar acerca de algunos aspectos. En primer lugar, el Canto Gregoriano nos sorprende por su belleza estética. Pero si goza de ésta no es simplemente por algo externo, sino por su profundidad interior, ya que está construido sobre la misma Palabra de Dios, pues en su mayor parte son textos de la Sagrada Escritura que se tratan de realzar y meditar musicalmente. La belleza del Gregoriano es connatural a él, pues, como enseña Santo Tomás de Aquino, todo lo que se refiere a Dios es bueno, verdadero y bello, al ser Él mismo la Bondad, la Verdad y la Belleza supremas. Incluso quienes no conocen la entraña íntima del Canto Gregoriano ni saben latín, experimentan que les infunde una gran paz interior y la elevación de sus almas hacia Dios.

    En los últimos decenios, con frecuencia se ha pretendido atraer a los jóvenes a las celebraciones litúrgicas sustituyendo el órgano por la guitarra y el Gregoriano u otras formas de canto sacro por nuevas composiciones extremadamente sentimentalistas y de escasa calidad tanto musical como de contenido espiritual, y el resultado a medio y largo plazo ha sido más bien decepcionante. Un cristianismo mundanizado y una liturgia secularizada pierden siempre la fuerza de arrastre y de convicción. Frente a la moda, al mero sentimentalismo y a lo pasajero, el Canto Gregoriano, con más de mil años en sus orígenes, nos habla de la perennidad de los valores espirituales y de la eternidad de Dios. Al igual que sucede en especial con la denominada forma extraordinaria del rito romano, a la que lamentablemente hoy se siguen poniendo muchas trabas para su celebración a pesar de las últimas disposiciones del Papa, el Canto Gregoriano nos introduce en ese sentido del misterio y del sacrificio eucarístico en el que tanto ha insistido Benedicto XVI al hablar del espíritu de la Sagrada Liturgia.

    Pero pasemos ahora a hacer algunos comentarios sobre las lecturas de este domingo, que son muy ricas. De ellas habremos de seleccionar temas concretos.

    El texto del Evangelio (Jn 6,61-70) concluye el discurso o sermón del Pan de Vida que hemos venido leyendo en los últimos domingos, del capítulo 6 de San Juan. Tal vez lo que más nos puede sorprender es el abandono sufrido por Nuestro Señor Jesucristo: “Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con Él”. Jesús entonces pregunta a los Apóstoles, poniéndoles ante una elección: “¿También vosotros queréis marcharos?” Es una situación semejante a la que hemos observado en la primera lectura, del libro de Josué (Jos 24,1-2ª.15-17.18b), cuando ante el peligro de la apostasía idolátrica, Josué plantea al pueblo de Israel si quieren servir a los dioses falsos o al único Dios verdadero.

    La pregunta de Jesús penetra o debería penetrar hasta lo más hondo de nuestras inteligencias, de nuestros corazones y de nuestras almas: “¿También vosotros queréis marcharos?”

    En efecto, podemos marcharnos y abandonar al Señor, porque ser sus discípulos conlleva un compromiso de vida y unas exigencias que muchas veces resultan fastidiosos. Podemos abandonarle dando culto a falsos dioses como el dinero, el afán de promocionarnos profesionalmente al coste que sea y de quien sea, el buscar una vida cómoda y placentera, etc. Podemos abandonarle haciendo caso omiso de la verdadera fe y de la auténtica doctrina de la Iglesia y fabricándonos un cristianismo a la carta según nuestros pareceres y gustos personales. Podemos abandonarle dejando a un lado la práctica sacramental, especialmente la Misa dominical y la confesión.

    Pero, ¿a qué nos lleva abandonar a Jesucristo? San Pedro, como tantas otras ocasiones, da en el clavo en su respuesta: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos. Y sabemos que Tú eres el Santo, consagrado por Dios”. En efecto, abandonar a Jesús es perder la vida de la gracia, que nos abre las puertas de la vida eterna. Abandonar a Jesús es caer más tarde o más temprano en un sinsentido de la vida, en una sensación de hastío y de vacío, de esa “náusea” de la que hablaban los filósofos existencialistas ateos. Por el contrario, seguir a Jesús y con Jesús supone hallar el valor de nuestra vida terrena en una perspectiva trascendente que nos conduce hacia la eternidad. Sólo Jesús, que es Dios verdadero y nos ofrece, como a la samaritana, el agua que salta hasta la vida eterna (Jn 4,14), puede saciar la sed más profunda del hombre, que es la sed de Dios.

    Pero estas palabras deben resonar muy especialmente para quienes hemos consagrado por completo nuestra vida a Dios y para los jóvenes que están planteándose la vocación religiosa o sacerdotal o que se están formando en esa llamada. ¡Cuántas veces tal vez podrá asomarse la tentación de la huida, de marcharnos y dejar solo a Jesús, abandonado como en Getsemaní! ¡Cuántas veces el Diablo se valdrá de nuestra debilidad humana para que demos la espalda a Cristo! ¡O cuántas veces no nos asaltará la tentación abierta de la huida, pero sí la de buscar en nuestra vida sucedáneos que llenen un vacío que sólo Dios puede colmar! ¿Qué sucedáneos? Un afecto meramente humano, una amistad inmadura, afán de salidas y viajes, perder el tiempo con la televisión e Internet, etc. Pueden ser formas de dejar solo a Jesús sin abandonar abiertamente nuestra vocación.

    Entonces, en cualquiera de todas estas situaciones o ante la tentación clara del abandono, debemos escuchar a Jesús, que nos pregunta y nos pone ante una elección en la que sólo podremos responder escogiéndole a Él o rechazándole: “¿También vosotros queréis marcharos?” “¿También tú quieres abandonarme?” Si expresivo fue aquel “Tú también, hijo mío”, que Julio César dijo a Bruto cuando participó en su asesinato, más penetrante debe ser aún que Jesucristo mismo me pregunte: “¿También tú quieres marcharte y abandonarme?” Ante esta pregunta, ¿cómo no caer de mis miedos, de mis egoísmos y de mi cortedad de miras, y descubrir que sólo Jesús puede sanar mis heridas y darme fuerzas para seguirle? Entonces sólo cabrá la misma respuesta de San Pedro: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna […], Tú eres el Santo consagrado por Dios”. Que María Santísima, que con su “fiat” dio un sí absoluto a Dios, nos enseñe a “no anteponer nada al amor de Cristo”, según nos pide San Benito a los monjes (RB 4, 21).

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