• 19 Aug

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: en estos domingos se proclama el cap. 6 de S. Juan, su discurso del Pan de vida, que es Jesús mismo en su misterio eucarístico. La exposición del apóstol se desarrolla en círculos concéntricos en los que parece que repite siempre lo mismo, pero que en realidad profundiza progresivamente con ricos matices. Nos ha ido exponiendo que Jesús es el pan vivo y que el que lo come participa de la vida divina. Hoy introduce una nueva idea: Jesús comienza a ser ese pan desde su muerte. S. Juan nos invita a no quedarnos en la superficie, a apropiarnos el mensaje participando en la búsqueda de su significado con unas claves fáciles de lectura que requieren cierta atención para desembocar en un compromiso con Jesús. Aquí sugiere ese momento cambiando el presente por el futuro e indicando que ese pan es su carne: “Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo”.

    No se puede comer la carne de un ser vivo sin que muera. Jesús nos dará su carne desde su muerte redentora. Lo había anunciado muchas veces: “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre”. “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna”. “El buen pastor da la vida por sus ovejas”. “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto”. En la efusión de su sangre, Dios es glorificado y el hombre salvado.

    Jesús escandaliza a sus oyentes y aún hoy choca con nuestra mentalidad demasiado racionalista y mundana. Pero las resistencias no le retraen de llevar a cabo su misión profética y aprovecha el escándalo para afirmar con mayor claridad su revelación. Propone ganar la vida eterna dando la vida temporal por la renuncia a sí mismo y a los bienes terrenales, para anteponer la voluntad de Dios y los valores de su Reino a cualquier otra cosa. El realismo de comer su cuerpo se hace más denso al proponer beber también su sangre para tener vida eterna. Insiste para que cada cual se decida a darle toda su confianza o a desertar: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida”. Con ello no alude sólo a la asimilación corporal en la Eucaristía, sino a la comparación entre nuestra comida material y la comida espiritual con apariencia material, que en la consagración se convierte en alimento de vida eterna. El que comulga debidamente y persevera en esa unión íntima con el Señor sin perderla por el pecado, está predestinado a la gloria eterna. Antes de la comunión sacramental puede ser necesaria la confesión con absolución individual, que, salvo imposibilidad, convendría recibir al menos 1 vez al mes, aunque no tengamos conciencia de pecado grave y si lo hubiera, cuanto antes.

    Además, el Evangelio de hoy contiene una provocación oculta a ser víctimas con Jesús. No basta admirar, alabar y agradecer que Él haya dado la vida por nosotros en la Cruz para redimirnos y alimentarnos: Él, que nos ha precedido en la Cruz, quiere que en la Eucaristía nos fortalezcamos para llevar nuestra pequeña cruz sin quejas egoístas ni discusiones, aunque sean en nuestra intimidad: Él nos llama a vivir la comunión sacramental unidos a sus padecimientos, aunque haya mucha distancia, pero sin repugnancia cuando éstos nos salen al paso en el trabajo y la convivencia.

    Pero la presencia del Señor no se limita a la celebración eucarística. Jesús sacramentado sigue presente en las formas consagradas que se reservan en el sagrario. Una prueba palpable, en este I aniversario de la JMJ, es que esa presencia mantuvo durante largos minutos en un silencio sepulcral a millones de jóvenes abrasados de calor, en aquella inolvidable exposición eucarística nocturna con la presencia del Papa, una de las más bellas imágenes de aquellos inolvidables días.

    Si podemos pasar días enteros durante semanas para tostar nuestro cuerpo con los rayos del sol, dediquemos al menos unos minutos al día para broncearnos ante el sagrario. Ante él no necesitamos crema protectora, porque sus rayos de luz no perjudican al cuerpo, sino que benefician al alma, nos liberan de las actividades de las tinieblas y nos pertrechan con las armas de la luz. Este dulce y delicioso bronceado del alma no se pierde en pocas semanas, sino que es como una suave brisa que deja una huella imborrable en nuestra alma. Aunque el diablo nos intente engañar con la idea de que es un tiempo perdido, en realidad es el mejor aprovechado, en favor nuestro y de todos los hombres.

    De cada uno de nosotros dependen muchas cosas grandes. Nuestra oración puede salvar a este mundo que cada vez olvida más a Jesús sacramentado. Desde hoy no dejemos pasar ni un día sin comulgar en las debidas condiciones o al menos sin una visita al sagrario. Si no podemos ir a la Iglesia, hagamos al menos la comunión espiritual. Digamos por ejemplo: “Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza humildad y devoción con que os recibió vuestra Stma. Madre, con el espíritu y fervor de los santos”. Pidamos al Señor anhelar ese encuentro íntimo con Él, esa experiencia personal sin la que nunca “conseguiremos alcanzar sus promesas, que superan todo deseo” ni los “bienes inefables que Dios ha preparado para los que le aman”. Pidamos a la Ntra. Sra. del Valle, nuestra madre, que interceda ante su Hijo para que “infunda su amor en nuestros corazones y le amemos en todo y sobre todas las cosas”. Que así sea.

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