• 12 Aug

    P. Juan Pablo Rubio

  • Muy queridos hermanos en Cristo:

    En nuestro tiempo, una de las tentaciones más comunes que debemos afrontar los cristianos es el temor ante el futuro. Las circunstancias de la vida son siempre inciertas y cambiantes. Nos da miedo que alguno de los pilares de nuestra existencia —como la salud o el trabajo— se quiebre. La preocupación por lo que pueda suceder se nos graba a veces de tal forma en el interior que vivimos como si ya hubiera ocurrido de verdad. Y esto termina muchas veces por llenarnos de angustia y paralizarnos. Cristo resucitado y presente nos repite como a sus discípulos: «No tengáis miedo», «yo estoy a vuestro lado».

    También nos sucede a los cristianos de hoy que, ante una visión negativa de la sociedad (lo mal que está todo, la pérdida de valores, etc.), adoptamos la actitud de replegarnos en nosotros mismos y pactamos con una vida sumida en la mediocridad. Deberíamos recordar aquellas palabras de san Agustín: «No hay tiempos malos, los tiempos sois vosotros». Todo tiempo es gracia y oportunidad, una oportunidad para amar, para ser generosos y ayudar a los demás. No nos podemos bloquear, ni debemos vivir en medio de lamentos estériles. Si abrimos los ojos, veremos que hay mucha santidad en el tiempo presente, muy cerca de nosotros. Una cosa es cierta: nuestros miedos y nuestros pesimismos tienen raíces de incredulidad, en el fondo son una falta de fe. En esta eucaristía os invito a revisar cómo está el nivel de vuestra confianza en Jesús y en su Palabra. Ser cristiano consiste en interiorizar la Palabra de Dios y, movidos por ella, hacer el bien a cuantos nos rodean en la medida de nuestras posibilidades. «El cristianismo —nos ha recordado recientemente el Papa Benedicto XVI— no es una religión del miedo, sino de la confianza y del amor al Padre que nos ama».

    La liturgia de la Palabra de este domingo propone la continuación del discurso de Jesús sobre el pan de vida. El evangelio está, en cierto modo, preparado por un pasaje del primer libro de los Reyes que hemos escuchado en la primera lectura. Me voy a detener sobre todo en este relato, que presenta un momento dramático en la vida del profeta Elías. Elías había mostrado un coraje extraordinario y había triunfado sobre los profetas de Baal; sin embargo, tras ese triunfo la reina Jezabel decide darle muerte. Ante la noticia, el profeta es presa de un gran desaliento y huye para salvar la vida. Tal vez esperaba que Dios cambiara el corazón de la reina, pero no sucede así. Tal vez pensaba incluso que Yahvé lo había abandonado; lo cierto es que sus fuerzas se hunden, lo invade el miedo, la angustia lo oprime. En la fuga hay un detalle significativo: a Elías le acompañaba un criado, pero en un momento dado, al llegar a Berseba, el profeta no soporta ya su presencia, probablemente porque ha llegado a lo más profundo del desconsuelo. Hay horas en la vida en que la angustia es tan grande que no somos capaces ni siquiera de compartirla con nadie; solamente la soledad puede dejarla debilitar a la espera de que intervenga el Señor. Estamos, pues, ante un episodio desconcertante: un hombre de la talla espiritual de Elías, el más grande de los profetas de Israel, que huye hacia el desierto tratando de escapar de una muerte segura, atemorizado y en una situación de extremo agotamiento.

    Mirad, hermanos, la belleza de esta narración está en el hecho de que Dios interviene en el momento del miedo, del hundimiento psíquico, de la humillación y la debilidad. Dios siempre sabe cómo volvernos a traer a casa; Dios sabe cómo reconstruirnos con amor. Él no teme ninguno de los males del mundo, ningún pecado, Dios no teme ni siquiera nuestros miedos (C. M. Martini).

    Después de haber caminado largamente por el desierto, sin comer, llega un momento crucial. Elías deshecho, irreconocible, se echa en tierra y se declara vencido: «¡Basta ya, Yahvé!». Parece como si exclamara: «No puedo más, Señor, tú me has desilusionado y, sobre todo, yo me he desilusionado a mí mismo». Oímos aquí el grito de tantos seres humanos, cercanos tal vez a nosotros, que están al borde del abatimiento o en el límite del dolor. Puede incluso que sea un estado de ánimo que comprendemos bien porque lo hemos experimentado. Pero fijémonos que el relato no termina en el desconsuelo, sino en la consolación: Dios consuela a su siervo abatido. Vienen aquí a la memoria las palabras de san Pablo a los corintios: «Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, que nos consuela en cualquier tribulación nuestra…» (1Co 1, 3-4). Esta consolación se da mediante un ángel que le presenta un alimento y le invita a comer. Esto encierra una pedagogía de Dios hacia el hombre: mediante el sueño y la comida, con amor y sin reproches lo cura lentamente invitándolo a dejarse recuperar por los recursos naturales. El Señor podría dirigirle palabras severas: ¿por qué te has comportado así? ¿No te avergüenzas tú, que eres mi profeta? ¿Por qué has dudado de mí? Pero no es así; Dios consuela siempre con amor.

    Elías toma entonces conciencia de un hecho fundamental: su huir enloquecido tenía una meta en la mente de Dios. Por una parte, ha recuperado vigor físico, por el sueño, el pan y el agua; por otra, se ve reforzado por una imprevista iluminación: el ángel le habla del camino que ha de hacer, de un camino positivo y, aunque la meta es lejana, Elías ya no es presa del miedo. Así comprende que la suya no es ya una fuga, ni una traición, sino un retorno a la pureza de la fe de Israel, un renacimiento, una regeneración, para comenzar de nuevo en el Horeb, el lugar donde habían comenzado los antiguos padres.

    Este episodio, queridos hermanos, preanuncia la Eucaristía. El alimento del pan necesario para un camino que tantas veces excede la fortaleza del hombre apunta hacia el pan eucarístico. Como el ángel a Elías, también a nosotros nos dice el Señor, especialmente cuando nos invade el desaliento o la angustia: «Venid a mí, y yo os aliviaré» (cf. Mt 11, 28). Él nos ofrece un alimento maravilloso y una bebida extraordinaria: su Cuerpo y su Sangre para darnos la fuerza necesaria para caminar con ánimo y esperanza hasta el encuentro definitivo con Él. Se trata de un alimento para la vida espiritual, para la vida eterna, que contiene toda la fuerza del amor de Cristo, porque Él nos lo dio en el momento de su máximo amor por nosotros, en el momento en que atravesaba las mayores dificultades y en el momento de su mayor victoria sobre ellas (A. Vanhoye).

    La Eucaristía es el sacramento de la fe y sólo la recibe de modo pleno quien tiene fe. Y para tener fe sólo existe un camino: la docilidad interior, profunda, al Padre celestial. Jesús vino a vencer el mal con la fuerza del amor y para comunicarnos esta fuerza. Cuando lo recibimos en la Eucaristía, recibimos en nosotros ese fuerte impulso hacia una vida de entrega a Dios y al prójimo en el amor, libres de todo temor y de todo egoísmo. Ciertamente, hermanos, este camino de la entrega y del servicio nos supera. ¡La Palabra de Dios es exigente! Por eso necesitamos alimentarnos del Cuerpo y la Sangre de Cristo. En cierto modo, con vuestra presencia hoy en esta Eucaristía, unidos a esta comunidad de monjes benedictinos, estáis proclamando la verdad de las palabras de la última encíclica del beato Juan Pablo II: que la Iglesia vive de la Eucaristía; que la Eucaristía es el tesoro de la Iglesia y el corazón del mundo. De ella debemos sacar la fuerza para transparentar el amor de Dios a todos los hombres.

    En medio de las dificultades de la vida hagamos nuestra la oración de san Ambrosio de Milán: «Ven, pues, Señor Jesús… Ven hacia mí, búscame, encuéntrame, tómame en brazos y llévame». En la Eucaristía es Cristo mismo quien sale a tu encuentro como Buen Pastor, como Buen Samaritano, y te ofrece el don de una comunión de amor única con Él. A Santa María, mujer eucarística, que ofreció su seno virginal para la encarnación del Verbo de Dios, le pedimos que nos haga valientes y generosos en la misión de anunciar con nuestra vida la esperanza de Cristo. Que así sea.

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