• 29 Apr

    P. Alfredo Maroto

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    Queridos hermanos: hoy celebramos el IV Domingo de Pascua, el Domingo del Buen Pastor. Cristo es el Buen Pastor, el único Pastor. “Bajo el cielo, escucharemos en la primera lectura, no se nos ha dado otro nombre que pueda salvarnos”. Él ofrece su propia vida en sacrificio de amor por nosotros y por todos. Esto es lo que actualizamos cada vez que participamos en la Eucaristía. En nuestra oración, tendremos una intención especial: rezar por las vocaciones sacerdotales y religiosas, particularmente por las vocaciones nativas, a las que se destinará la colecta de este día. Dispongámonos todos a participar con fruto en esta celebración, incluidos todos aquellos que nos siguen por televisión, a quienes saludamos fraternalmente.

    Homilía

    Queridos hermanos: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues, ¡lo somos!” Con estas palabras,verdaderamente inspiradas, nos acaba de proclamar San Juan la realidad más honda de nuestro ser: que somos hijos de Dios, a semejanza del Hijo único del Padre, Jesucristo, nuestro Salvador y nuestro Buen Pastor.

    Queridos hermanos: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues, ¡lo somos!” Con estas palabras,verdaderamente inspiradas, Somos objeto del amor infinito de Dios; somos el fruto de esa relación única, transcendente y maravillosa que tienen las tres divinas Personas entre sí. Como el Padre conoce al Hijo y el Hijo conoce al Padre, en un conocimiento sustancial que consiste en un darse y recibirse su mismo ser que es vida infinita, y en un amarse perfecto de íntimo gozo en la unión del Espíritu Santo, “Señor y dador de vida”, así también nosotros somos engendrados por Dios, elevados a la categoría de hijos suyos y metidos en esa misma corriente vital de conocimiento y de amor divinos. “Toda persona humana, escribe el Papa en su mensaje para la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, es fruto de un pensamiento y de un acto de amor de Dios, amor inmenso, fiel, eterno. El descubrimiento de esta realidad es lo que cambia verdaderamente nuestra vida en lo más hondo”.

    Por eso, cuando Jesús afirma que el Buen Pastor conoce a sus ovejas y sus ovejas le conocen, nos tenemos que sentir profundamente conmovidos, pues nos está revelando nuestra identidad y, al mismo tiempo, nuestro origen y nuestra meta. Dios nos conoce, penetra la hondura de nuestro ser, nos mira como a la obra de sus manos; ve reproducida en nosotros su imagen divina, por eso nos ama con tierno amor. Pero también nosotros debemos conocerle y amarle; debemos reconocer el timbre inconfundible de su voz de Buen Pastor, tan distinta y distante de todos los demás. En definitiva, somos suyos, le pertenecemos. A Dios, al contrario de los asalariados y de los falsos pastores, le importamos, y mucho. Y la prueba es que ha dado su vida por nosotros. ¡Que todo un Dios encarnado dé la vida por sus hijos rebeldes y desobedientes, es la expresión máxima, a lo humano, del amor infinito, gratuito e incondicional, que Él nos tiene! Por eso el Padre ama a Cristo, porque ha cumplido la voluntad divina de inmolar su vida en un acto de amor perfecto: “nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente”, dice Jesús.

    ¡Qué grande es ser hijo de Dios! ¡Qué grande es participar de ese mutuo conocimiento y amor de las tres divinas Personas! ¡Y qué honor para nosotros, aunque tan inmerecido, el haber sido regenerados por la sangre de Cristo! De ahí que San Juan concluya diciendo: “Ahora somos hijos de Dios”, pero cuando le veamos tal cual es, en el cielo, entonces se manifestará en plenitud nuestra filiación divina, el ser hijos en el Hijo. Pero esta condición ya es aquí y ahora una realidad en nosotros por la gracia, si bien está velada por nuestra naturalezaespacio-temporal de criaturas. Pero ello no nos impide, si lo queremos de verdad, elevarnos por encima de nuestra fragilidad y participar, cada vez con mayor conciencia, de nuestra pertenencia a Dios.

    Ésta es precisamente la razón, entre otras, de por qué existe la vida consagrada y sacerdotal en la Iglesia. Incontables hombres y mujeres a lo largo de los siglos cristianos, y también en nuestros días, han buscado y buscan con ansia anticipar ya desde esta vida temporal lo que un día viviremos todos en el cielo. De este modo se han apresurado a ir tras las huellas de Cristo reproduciendosu mismo modo de vida casto, pobre y obediente. Han comprendido que Cristo, “Imagen de Dios invisible” (Col 1, 15), resplandor de la gloria del Padre, es realmente el único que merece la pena. Todo lo demás es “basura” (Flp 3, 8), como escribe San Pablo.

    Es cierto, hermanos, en la mirada de Cristo, el Buen Pastor, se percibe la profundidad de un amor eterno e infinito que toca las raíces del ser. Quien que se deja seducir y transformar por Él, abandona con gusto todo y no puede por menos que hacer de su vida una imitación lo más fiel posible de su vida, sus costumbres y sus enseñanzas (cf. VC, 18).

    Recemos, pues, como nos pide hoy la Iglesia, por los sacerdotes y las personas consagradas, “para que su fervor y su capacidad de amar aumenten continuamente” (del mensaje del Papa). Al mismo tiempo, elevemos nuestras súplicas al Dueño de la mies para que siga enviando obreros a su Iglesia. ¡Qué nunca deje de haber en la Iglesia y en el mundo hombres y mujeres que, ya desde su juventud, se entreguen al Señor con valentía y decisión!

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