• 22 Apr

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos en Xto. Jesús:

    El hilo conductor de las lecturas hoy proclamadas es la remisión de los pecados, que el Señor nos ha obtenido con los méritos de su Pasión. En la primera lectura, S. Pedro, con sus reproches a los judíos, pretende suscitar su arrepentimiento y conversión, para que puedan recibir el perdón de los pecados, al tiempo que muestra la misericordia divina. En la segunda lectura, S. Juan nos invita a no pecar. Jesús, con su pasión y resurrección, ha recibido la capacidad de ofrecernos el perdón de nuestros pecados y los del mundo entero. No podemos resignarnos al pecado, sino que debemos estar siempre dispuestos a cumplir los mandamientos. Nuestra disposición debe ser distinta de nuestras caídas. Santo no es el que nunca cae, sino el que siempre se levanta. Jesús nos obtiene el perdón de los pecados, un tema resaltado tanto en el evangelio del domingo anterior, II de pascua o de la divina misericordia, como en el de hoy: «el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén».

    Queridos hermanos: es importante que si hace mucho que no os confesáis, lo hagáis cuanto antes, aunque sea durante esta S. Misa, porque eso es el primer requisito para comulgar en las debidas condiciones. No nos privemos del manjar de los ángeles, pero tampoco comulguemos a toda costa. Como dice el himno eucarístico, “He aquí el pan de los ángeles, hecho viático nuestro; verdadero pan de los hijos, no lo echemos a los perros”. Aunque nos privemos de los infinitos beneficios de una comunión bien hecha, no debemos comulgar si no estamos en condiciones. ¿Desde cuándo no nos hemos confesado? ¿Seguiremos diciendo o pensando que lo mejor es confesarse directamente con Dios? Quizá hace mucho que ni nos lo planteamos, porque la Sta. M. Iglesia, como decía algún santo, más que madre es abuela y solo exige “confesar los pecados al menos una vez al año”, segundo de los mandamientos de la Sta. M. Iglesia, que podéis ver en el Catecismo de la Iglesia Católica, ese libro que no debería faltar en ningún hogar católico. Precisamente este tiempo pascual es muy propicio para reconciliarnos con Dios, pues el tercer mandamiento de la Sta. M. Iglesia, como ya sabemos, es “recibir el sacramento de la Eucaristía al menos por Pascua”. El diablo nos engaña si no examinamos nuestra conciencia lo suficiente antes de comulgar.

    El Señor nos da muchas oportunidades para arrepentirnos de nuestros errores, pero si no las tomamos en serio, nuestro corazón se irá endureciendo hasta que no haya forma de ablandarlo. No estamos aquí para pasar el tiempo. Jesús quiere darnos la gracia, pero, si dormimos, no podremos recibirla y ¿quién nos asegura que tendremos después fuerza para despertar? A muchas almas las ha sorprendido la muerte en medio de un profundo sueño y ¿dónde y cómo han despertado? Hermanos: está en juego nuestra salvación eterna, la posibilidad de gozar con Dios por toda la eternidad, algo que “ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman”. Tomemos en serio la confesión. Como dijo un santo de nuestros tiempos, “hagamos de hijo pródigo todas las jornadas, incluso repetidamente en las 24 horas del día; ajustemos nuestro corazón contrito en la confesión, verdadero milagro del amor de Dios”. Detengámonos en la meditación de la parábola del hijo pródigo. Sólo Dios puede perdonar los pecados a través de este gesto de alegría y de amor que es la confesión sacramental con absolución individual.

    Por último, quisiera referirme a una circunstancia escasamente conocida por la mayoría de los presentes: los difuntos sepultados en el Valle. Es evidente que los más conocidos, por derecho propio, son los caídos, que se cuentan por decenas de miles y que en un alto porcentaje recibieron la palma del martirio. Quince de ellos han sido ya declarados beatos por la Iglesia, otros tantos están en proceso de ser declarados muy pronto y muchos más lo serán próximamente, con lo que es muy probable que, en no demasiado tiempo, los beatos caídos sepultados en la basílica se cuenten por bastantes decenas. Pero también, al otro lado de la montaña que separa abadía y basílica, en nuestro cementerio monástico, reposan los difuntos de esta comunidad, un colectivo quizá no siempre suficientemente recordado. Aunque en circunstancias muy distintas a las de los caídos, estos casi veinte monjes gastaron su vida al servicio de esta comunidad benedictina y sin duda que ahora desde el cielo no dejan de interceder por ella. También algunos de ellos murieron con una cierta fama de santidad, entre otros nuestro tercer P. Abad, el P. Emilio Mª Aparicio, cuyo aniversario hoy celebramos y que durante muchos años fue capellán mayor de la basílica de la Virgen de los desamparados de Valencia.

    Queridos hermanos: en la hora de la prueba acudamos a nuestro ángel custodio, para que nos proteja contra el diablo y nos inspire pensamientos elevados. Recurramos también a la frecuencia en los sacramentos, de la oración, de la limosna, de los sacramentales, pero sobre todo seamos humildes y pidamos a Ntra. Sra. del Valle que nos ayude a no caer en la tentación y a levantarnos cuanto antes si por desgracia cayéramos. Que así sea.

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