• 15 Apr

    P. Juan Pablo Rubio

  • Muy queridos hermanos:

    La celebración de la Pascua debe inundar de gozo el corazón de los creyentes en Cristo. Ella es memorial del acontecimiento central de nuestra fe: Jesús de Nazaret, el Crucificado, ha resucitado de entre los muertos al tercer día, según las Escrituras. Dios Padre ha aceptado su sacrificio por nosotros. La victoria de Cristo, que es la victoria de un amor llevado hasta el extremo, es también la nuestra. Esto no es un slogan para cobrar ánimo en tiempos difíciles, sino que es la realidad más verdadera y definitiva de nuestra vida. Desechemos, pues, todo pesimismo: ¡Cristo vive resucitado y nos ha prometido su presencia y su cercanía!

    El evangelio de este domingo, con el que culmina la octava de Pascua, narra la aparición de Jesús resucitado a sus discípulos; primero, en ausencia de Tomás y, más tarde, también en presencia de éste. Se trata de un texto que sin duda todos conocéis bien; lo habéis escuchado muchas veces. Abramos nuestro corazón para dejar que su mensaje ilumine nuestro itinerario pascual y transforme nuestra propia vida. Como los otros relatos de apariciones, éste de san Juan conserva la frescura y la espontaneidad primera: no se oculta el sentimiento de fracaso de los apóstoles, ni sus temores y dudas, ni la presencia inesperada de Jesús.

    ¿Cuál era la situación en que se encontraban los discípulos tras la crucifixión de su Maestro? Juan nos dice que habían cerrado las puertas de la casa por miedo. Temían ser denunciados ante los judíos y correr la misma suerte que Jesús; todavía no habían superado la prueba que supuso el escándalo de la cruz. Ahora, reunidos de nuevo, se encuentran indecisos, desorientados, abatidos… ¿Qué cabía esperar después de aquel fracaso? Es entonces cuando el Resucitado se hace presente en medio de ellos: «Entró Jesús, se puso en medio y les dijo: —Paz a vosotros» (Jn 20, 19). Se trata de un encuentro realmente conmovedor. El primer mensaje del Señor es la paz; podría traer castigos contra quienes lo habían abandonado y negado, y en cambio, trae su paz, una paz conquistada a través del sufrimiento, una paz que sana todas las heridas y restaña todas las llagas. Antes ya les había dicho: «La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo» (Jn 14, 27). La paz de Jesús es fruto del amor y se encuentra sólo en la comunión y la amistad con Dios.

    Inmediatamente, les mostró las manos y el costado. Es éste un gesto que encierra un significado más profundo que el mero hecho de darse a conocer. Jesús enseña las marcas de la pasión no como el horrible resultado de la maldad humana, sino como la manifestación suprema de su amor; son llagas gloriosas precisamente por este motivo. Al mostrarlas, Jesús quiere decir: «Mirad hasta qué punto os he amado, vedlo, alegraos y confiad en mí» (A. Vanhoye). Aquellas huellas transfiguradas del sufrimiento pasado ya no son motivo de tristeza, sino que llenan de alegría el corazón de los discípulos. Encontrarse con el Resucitado es la fuente de paz y gozo verdaderos.

    Ahora bien, sabemos que en aquella ocasión extraordinaria faltaba Tomás. Y él permaneció escéptico y perplejo ante el testimonio de sus compañeros, que le decían: «Hemos visto al Señor» (Jn 20, 24). Tomás querrá reconocer a Jesús resucitado justamente a través de las marcas de la pasión. No se le pasó por la cabeza que la resurrección pudiera haber borrado esas señales de su amor extremado. Por ello, el segundo encuentro con Jesús en el Cenáculo, ocho días más tarde, tiene un valor precioso para nosotros. Jesús invita a su amigo incrédulo a «tocarlo», y Tomás toca; y esto lo convierte en testigo directo de su resurrección. La respuesta del apóstol es una conmovedora profesión de fe en la divinidad de Jesús: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20, 27-28). Os invito, hermanos, a renovar hoy la profesión de fe de Tomás, repitiendo estas palabras mismas en vuestro interior durante la celebración, sobre todo en el momento de acercaros a la comunión.

    La contemplación de este pasaje evangélico nos lleva a otra consideración. Cada uno de nosotros puede verse tentado por la incredulidad de Tomás. Basta pensar en el flagelo del hambre, en las enfermedades incurables, en las guerras, en el desprecio de la vida… en los mil rostros que hoy adquiere la violencia. ¡Cuántas heridas, cuánto dolor en el mundo! Y eso sin contar nuestras propias cruces… Todo ello pone a prueba nuestra fe. Sin embargo, precisamente ahí, la incredulidad de Tomás cobra un gran valor, porque nos ayuda a purificar toda concepción falsa de Dios y a descubrir su verdadero rostro: el rostro de un Dios que, en Cristo, ha cargado con las llagas de la humanidad. La fe de Tomás, que estaba casi muerta, ha renacido gracias al contacto con las heridas que Cristo no ha escondido, sino que ha mostrado y sigue mostrándonos en las penas y sufrimientos de cada ser humano. Estas llagas que Cristo ha contraído por nuestro amor nos ayudan a entender quién es Dios y a repetir también: «¡Señor mío y Dios mío!». Solamente un Dios que nos ama hasta cargar con nuestras heridas y nuestro dolor es digno de fe (Benedicto XVI).

    No quisiera concluir sin mencionar la misión encomendada por el Señor a sus discípulos: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo» (Jn 20, 21). Vencido todo temor, los apóstoles comprometieron su vida entera en el anuncio del evangelio. Hoy nuestra generación necesita también ver en nosotros testigos valientes y creíbles de Cristo vivo y presente; necesita encontrarlo y poder conocerlo como verdadero Dios y verdadero Hombre. Cuando muchas personas de nuestro entorno apenas conocen el mensaje cristiano ni se acercan a la Iglesia, nosotros debemos ser evangelio hecho vida, en el que muchos puedan leer y sentir cada día el amor y la paz de Jesús resucitado.

    Pidamos a María, que concibió al Hijo creyendo y creyendo esperó su resurrección, que nos haga testigos audaces y valientes del Resucitado, presente en su Iglesia hasta el fin del mundo. Que así sea.

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