• 25 Jul

    P. D. Anselmo Álvarez

  • España se honra, desde tiempo inmemorial, de invocar como su Patrono al Apóstol Santiago, es decir, como especial protector de nuestra Nación ante Dios, a la que él mismo condujo, en sus primeros pasos, hacia Cristo y hacia el Evangelio. Aquel hecho era, en realidad, una llamada divina a que en nuestra tierra germinara la fe para que entre nosotros se cumpliera el designio, establecido por Dios, de que “toda lengua proclame que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre” (Flp 2, 10). Así ha ocurrido, con las sombras inevitables, desde que existimos como nación, y hemos contribuido, además, a que muchas otras hayan abrazado la misma fe en Cristo.

    Para ellas y para nosotros esto ha significado la suprema riqueza y la máxima gloria que hemos poseído. Porque para los pueblos, lo mismo que para los individuos, Dios es siempre lo único decisivo. Dios es el Nombre y la medida sin medida de toda perfección, esa cualidad eminente hacia lo que todo lo humano tiende naturalmente, dentro de sus propios límites. Por eso, Dios nunca ha sido una barrera sino el que las ha derribado todas para que el hombre pudiera penetrar en la anchura y en la profundidad de esa perfección aplicada a su historia humana y a su ciudad terrestre.

    En Él está, porque Él es, el Poder y la Fortaleza, la Sabiduría y la Paz, la Justicia, la Verdad y la Libertad sobre la que se apoya todo hombre y toda sociedad. “De Él procede el imperio de los que gobiernan y la probidad de los que administran el derecho” (...). Él es la fuerza del débil y el freno del poderoso. Él es la fuente y la garantía únicas de la dignidad humana. Fuera de Él ‘los proyectos del hombre son engaño’ (cf Sal 118), mientras que “sus mandatos son vuestra sabiduría e inteligencia ante todos los pueblos” (Deut 4,).

    Nosotros hemos reconocido esta piedra angular sobre la que descansa la estabilidad del mundo y de las naciones y hemos proclamado con reconocimiento: “Dios ha sido siempre nuestro orgullo”; nuestro en cuanto colectividad nacional y como individuos.

    Pero, ¿hacemos hoy nuestras estas palabras? Lo cierto es que el clima en que estamos desarrollando nuestra conciencia personal y social ha variado profundamente, y que nuestras ideas y aspiraciones van en dirección opuesta a cuanto hemos sido y representado en el pasado. De hecho, la siembra de siglos ha sido casi arrasada y en su lugar ha crecido una jungla en la que hemos perdido las huellas de nuestros pasos. El resultado es que nos desconocemos a nosotros mismos y nos preguntamos de qué tierra venimos y a qué lugar nos dirigimos.

    Ajenos ya a las convicciones y tradiciones que han sido el alma de nuestro pueblo, las ideas y actitudes con los que expresamos nuestro nuevo modo de ser y de pensar son las propias de los constructores de aquellas torres de Babel, que hoy volvemos a levantar para mostrarle a Dios que nuestros caminos ya no son los suyos y que planteamos el mismo desafío de entonces: desterrarle del cielo y de la tierra. Aunque con el mismo resultado para nosotros: nuestra arrogancia se ha convertido en ese desconcierto en el que nosotros mismos no reconocemos ya un paisaje interior y exterior en el que la realidad de ayer y de hoy distan como del cielo a la tierra.

    España se está convirtiendo en una tierra y un pueblo estériles para Dios. Su espíritu es hoy como ‘un huerto desierto, como una tierra reseca, agostada, sin agua’. Hemos vuelto la espalda a Dios para mirarnos y encontrarnos a nosotros mismos, porque hemos creído que, por seguirle a Él, habíamos perdido todas las ventajas de la modernidad y del progreso. Pero lo cierto es que, “a la luz del día, a la vista de todos” (Ez… , el espolio del patrimonio espiritual y moral ha provocado un proceso de descomposición acelerada en el que la idea de España se disuelve al mismo ritmo que la de Dios. Espontáneamente, el estrago ha pasado del plano religioso y moral a todos los demás estadios de la vida civil: la historia y la cultura comunes, el Estado, la nación, la familia, el tejido social y económico.

    Desde nuestro fecundo pasado religioso hemos sido arrastrados a la presente miseria espiritual de la mayoría, que a su vez ha generado todas esas indigencias en que hoy se debate nuestra vida personal y social. Cuando Dios se eclipsa, cuando el espíritu se apaga, todo entra en penumbra y en bancarrota, en primer lugar las quimeras y las esperanzas fatuas con que los habíamos sustituido.

    Durante siglos España y Europa miraron y caminaron hacia Santiago, hacia el Apóstol y su santuario, hacia uno de los primeros de los llamados y seguidores de Cristo, hacia uno de los tres que fueron testigos de la gloria de Cristo en la transfiguración y de la agonía en Getsemaní, el protomártir de los apóstoles. Él fue la “estrella” que guió hacia Cristo a los pueblos europeos.

    A él le pedimos hoy que obtenga para nosotros un poderoso aliento del Espíritu de Dios para que nos haga renacer de nuestra extenuación, de manera “que bajo su patrocinio España se mantenga fiel a Cristo hasta el final de los tiempos” (Oración Colecta).

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