• 25 Sep

    P. Joaquín Montull

  • Introducción

    El Bto. Juan Pablo II manifestó en su momento que la celebración cristiana del domingo nos ayuda a reconocernos como elegidos y bendecidos por Dios Padre. De ese modo, las tareas de cada día encuentran su justa dimensión, sin perder el sentido de lo trascendente.

    Ya que por el Bautismo fuimos incorporados a Cristo, origen de todas nuestras bendiciones, pidamos al Señor....


    Homilía

    1.- Dios, ciertamente, y así lo proclamábamos en la oración que habéis vuestra con vuestro Amen, manifiesta especialmente su poder con el perdón y la misericordia.

    Dios nos perdona, Dios es misericordioso con nosotros; pero eso puede que no sea suficiente para que nos sintamos perdonados, para que nos sinta-mos objeto de las misericordias divinas. Esto nos obliga a asumir el sentido positivo del pecado, que no es otro que iluminar lo irredento que aún existe en nosotros; el pecado es el resultado de un ejercicio inadecuado de una virtualidad recibida con la vida. Por eso es importante tratar de averiguar en presencia de Dios las causas u ocasiones que han precedido a esa experiencia de debilidad, a esas experiencias de miseria, para que tal raíz del pecado pueda ser sanada por la misericordia divina.

    Dios manifiesta especialmente su poder mediante el perdón y la miseri-cordia; por eso la grandeza de las personas se mide también por su capacidad de perdonar y ser comprensivos con las flaquezas de los demás.

    Dios perdona, Dios es misericordioso, porque cree en la bondad del hombre que él mismo ha creado a su imagen y semejanza. El hombre es bueno y es débil a la vez; es consciente de lo inmensas que son sus aspiraciones y es consciente también de cuan grandes son sus limitaciones; aquí radica la causa de sus frustraciones, de sus conflictos, de sus desajustes, psíquicos y morales...

    Dios cree en el hombre. Por medio del testimonio de Jesucristo nos ofre-ce su cercanía para que asumamos el reto de vivir en la verdad el dinamismo de la vida, sabiendo que nuestra vida no puede estar reducida al horizonte temporal de este mundo que solo ofrece la muerte como el final de todo...

    Porque Dios cree en nosotros, nosotros debemos ejercitar también la fe en nuestros semejantes. Las autodefensas agresivas, por ejemplo, son signo de inmadurez de quienes aún no han descubierto vivencialmente la huella divina presente en ellos y en los demás.

    2.- San Pablo nos invitaba a tener entrañas compasivas, a no obrar ni por envidia ni por ostentación, a no encerrarnos en nuestros propios intereses, sino a buscar el interés de los demás; nos invitaba, en suma, a tener los sentimientos propios de Cristo Jesús, que “siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres [...], se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de Cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todo, y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre, [...], y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre” (Flp 2,5-14).

    ¡Qué elocuente es este himno cristológico! Cristo tiene que ser siempre nuestro punto de referencia, ya que nuestra vida cristiana, y más la vida sa-cerdotal y consagrada, carece de sentido si Cristo no se hace presente por el testimonio de la propia vida. “Seguir a Cristo significa –con palabras de Pablo VI- pensar como Cristo, amar como Cristo, sufrir como Cristo, imitar a Cristo[...]. Esta es la esencia de la vida cristiana”.

    3.- Pero volvamos a la oración de la Misa.

    Conscientes de que la grandeza de ánimo nos hace comprensivos ante las debilidades de los demás cuando ya se ha experimentado el perdón y la misericordia divinas, hemos pedido que derrame incesantemente su gracia sobre nosotros.

    Sólo piden en la verdad que derrame incesantemente su gracia quienes sienten necesidad de ella. Ahora será oportuno evocar alguno de aquellos momentos en los que, después de una prueba vivida en fidelidad, se ha experimentado la cercanía divina. La prueba nos ha purificado, la prueba nos ha revestido de Cristo, la prueba nos ha permitido comprobar cómo se poseen unos mismos sentimientos con Cristo. Evocar alguno de aquellos momentos cuando advienen nuevas experiencias de oscuridad.

    Para perseverar en la prueba es fundamental la celebración cristiana del domingo, la participación frecuente en la Eucaristía, la frecuente celebración de la reconciliación sacramental; esta frecuente celebración de la reconciliación sacramental, aunque sólo sea motivada por el polvo de cada día, ilumina los elementos irredentos más recónditos que existen en nosotros mismos.

    4.- Derrama incesantemente tu gracia sobre nosotros, “para que deseando lo que nos prometes”. Como al pueblo elegido Dios nos promete convertirnos en su “propiedad personal entre todos los pueblos [...]. Siendo para él un reino de sacerdotes y una nación santa” (Ex 19,5-6). De esa forma no sólo conseguimos los bienes del cielo, sino incluso numerosos anticipos del mismo en esta vida temporal.

    Aquí tenéis unas cuantas ideas. Que, con la ayuda de la Virgen María, podáis experimentar cuan grande es la misericordia de Dios.

    Que así sea, hermanos.

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