• 8 Sep

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: la Palabra de Dios proclamada, seleccionada por la Iglesia para nosotros, es alimento para nuestra vida, es el aliento que Dios nos ofrece para caminar en este mundo con una meta segura, sabiendo dónde nos dirigimos y las dificultades que nos esperan en cada encrucijada. Sin esta orientación divina, andaríamos errantes y dañándonos a nosotros mismos, como sucede con tantos hermanos nuestros que no la conocen o la rechazan y que acaban perjudicándose a sí mismos con lo que erróneamente piensan que es su bienestar y su felicidad.

    Las lecturas de hoy aparentemente carecen de conexión lógica pero hay un diálogo, pregunta y respuesta entre ellas. El autor sagrado del libro de la Sabiduría se plantea cómo conocer la voluntad de Dios. El evangelio ofrece una respuesta desconcertante: Dios quiere que pospongamos a nuestros padres, hermanos, cónyuge e hijos y que nos neguemos a nosotros mismos para concentrarnos en cargar con la cruz y seguir a Jesús como única meta de nuestra vida. La exigencia sube de tono hasta esa frase lapidaria: el “que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío”. Queridos hermanos: esos bienes no son solo nuestros seres más queridos, sino poder, riqueza, comodidad, prestigio, fama, currículum, placer, satisfacción y seguridad.

    Estas exigencias extremas de renuncia a bienes incluso legítimos, son sobradamente premiadas con las promesas de que Jesús no nos rechazará negando que nos conozca cuando llamemos a su puerta, sino que nos hará entrar al banquete celestial como auténticos discípulos suyos, por haberle seguido cargando con nuestra cruz y de que gozaremos de inmediatez de trato con Él, una dulce intimidad que nada ni nadie puede arrebatarnos y que es manantial inagotable de auténtica felicidad, ya en esta vida. La prueba de su poder de convicción es la pléyade de santos que han convertido en lema de su vida estas palabras, como S. Gregorio Magno o Sta. Teresa de Calcuta, conmemorados los días 3 y 5.

    Ante las exigencias desconcertantes de Jesús, volvemos al libro de la Sabiduría para esclarecer el designio de Dios en el evangelio, que no deja ninguna duda de que nuestros esfuerzos puramente humanos son vanos y de que es imposible conocer el plan divino si Dios no nos envía su santo Espíritu desde el cielo. En este momento de la revelación, no se dice que sea una persona divina, pero prepara el camino a la revelación completa de Jesús. Pidamos al Espíritu Santo que nos haga comprender lo imprescindible que es aceptar la cruz sin dudas ni repugnancias para seguir a Jesús.

    Esa es la única solución de nuestro conflicto espiritual, no resuelto muchas veces por falta de aprecio y formación adecuada sobre el sacramento de la penitencia, auténtica puerta del cielo por la que se perdona todo, excepto no querer ser perdonado. Algunos pecadores públicos empedernidos, al experimentar la gracia del perdón, han hecho santas locuras de amor por Jesús. Paradójicamente los católicos de toda la vida corren gravísimo peligro de presentarse con las manos vacías el día del juicio, por no haber acogido nunca esa gracia y por resistirse a reconocer que también han traicionado al Señor como los demás, lo que les lleva a un aburguesamiento espiritual que impide su conversión a fondo.

    Aun cuando nuestra conciencia se viera libre en general del pecado mortal, lo que deberíamos agradecer infinitamente a Dios, una de las gracias del sacramento de la penitencia con absolución individual, si se recibe con regularidad, es que nos ayuda a combatir nuestros pecados veniales, deliberados o habitualmente reiterados y a cargar con nuestra cruz y nos proporciona una presencia más viva del Espíritu Santo, que nos impulsa a que la voluntad de Dios sea la única meta de nuestra vida. El aprovechamiento de las ventajas de este gran medio de santificación nos ayudaría a abrazar nuestra cruz, a comprender su valor en nuestra vida y a no rebelarnos contra el Señor al rechazarla y dejarnos así engañar por Satán, que la dibuja como una montaña inaccesible para nosotros.

    El 2º de los mandamientos de la Santa Madre Iglesia, de los que ya nunca se predica, aun siendo plenamente actuales, establece que debemos confesar todos nuestros pecados mortales al menos una vez al año, en peligro de muerte y si se ha de comulgar. Por ello la Eucaristía ni puede comprenderse a fondo ni puede recibirse frecuentemente con fruto, sin la pureza que solo puede proporcionar la gracia de Dios mediante el sacramento de la reconciliación o penitencia con absolución individual. Por el contrario, la desgraciadamente tan extendida comunión en pecado mortal nos abocaría a un sacrilegio, una profanación mucho más grave que el pecado mortal que nos impedía comulgar en gracia de Dios.

    La adoración eucarística en la capilla del Stmo. hoy de 2 a 5,30, a la que estáis todos invitados, es una ocasión de oro para pedir una y otra vez con confianza: “Acuérdate, Señor, de tu misericordia y de tu amor, que son eternos. Reconduce mi insaciable curiosidad de novedades diarias, que me aparta de tu seguimiento y me impide acoger la novedad perenne de tu Evangelio, siempre nuevo”. Encomendémoslo a nuestro ángel de la guarda y a la BVM, cuyo misterio de su natividad habríamos celebrado hoy si no fuera domingo, para que nos libre de caer en poder de Satán, ese león rugiente que ronda siempre buscando a quién devorar. Que así sea.

  • 25 Aug

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos queridos en el Señor: Al acudir a esta celebración es en realidad el Señor quien ha salido a nuestro encuentro. Nos hemos dejado seducir por el encanto que ejerce su persona sobre cada uno de nosotros. Es algo indescriptible. Y deseamos que vaya en aumento. No retrocedamos nunca en el nivel de amistad al que hayamos llegado con el Señor. No queremos tener que sufrir que nos diga: “No sé quienes sois”. Estamos invitados a ver la gloria de Dios, lo mismo aquellos que nunca oyeron del Señor ni vieron su gloria manifestada en portentos que superan las realidades creadas. Pero la Palabra de Dios nos habla también del camino que lleva a esa amistad estrecha con el Señor y a esa contemplación de su gloria.

    El despliegue de imágenes que el profeta Isaías pone ante nuestros ojos en realidad se queda corto ante la realidad inefable de la presencia de Dios. Una realidad que de algún modo, más o menos tenue todos hemos experimentado en nuestra vida. Y que podría ser más frecuente si nosotros nos esforzásemos un poco en ponernos en las condiciones que favorecen esos encuentros. Todos aspiramos y deseamos vivir en esa Jerusalén celestial y no sólo por librarnos de los inconvenientes de vivir en este mundo que se va contaminando de pecado de modo creciente si Dios no lo detiene, sino porque llevamos grabado a fuego el amor de Dios en nuestros corazones.

    El largo discurso de Hebreos, del que sólo se acaba de leer un corto pasaje, pero admirable y verdadero oasis y descanso para el creyente verdadero, nos advierte que mientras vivamos en esta Jerusalén terrestre no transfigurada por la presencia del Espíritu, hay que dejarse corregir. A nadie gusta ir al médico, por las sorpresas con las que nos podemos encontrar ante el espejo verdadero de nuestra salud corporal. Porque hay enfermedades que no vemos. Podemos tener deteriorada la dentadura u otra parte de nuestro cuerpo y no percatarnos de ello apenas porque no nos duele. Pero en cuanto nos duele acudimos rápidamente al médico para quitarnos ese dolor. No buscamos tanto el buen funcionamiento de nuestro organismo para cuidar de la creación de Dios y darle gloria a Él, sino para acabar con esa molestia tan grande. Paralelamente, nos sucede lo mismo con la corrección, es una molestia muy grande para nuestro amor propio, al que somos tan sensibles, y por eso no nos gusta la corrección de nuestra conducta. Andamos ocupados en otras cosas, las nuestras, las rastreras y egoístas, las orientadas a la comodidad y honores que nos pueden venir de los que nos rodean. Y enseguida echamos en falta esas cosas que tanto nos halagan. Rectificar nuestros malos hábitos nos cuesta mucho, porque no tenemos puesta la vista en el verdadero objetivo de la vida, ni en el camino que conduce a ese fin y hacia esa meta de la Jerusalén celeste. Y eso que es allí donde se encuentra la paz que tanto deseamos.

    El Evangelio también habla de sentarnos en la mesa del Reino de Dios, pero previamente dice que hay algunos que son admitidos y otros excluidos. Y que no sabemos quienes serán elegidos o rechazados, pero sí la manera de participar en ese banquete. Y podríamos añadir: y además desde ahora es posible beneficiarnos de ese banquete, aunque no sea en las mismas condiciones, pero si hay un deseo sincero de Dios en eso no hay engaño, aunque el envidioso de nuestra salvación nos hace ver imaginativamente que vamos a ser excluidos a pesar de nuestros esfuerzos, o, por el contrario, que vamos a ser elegidos a pesar de nuestra despreocupación e indolencia en seguir el camino que conduce a la patria celestial.

    El Señor dice aquí y en la parábola de las vírgenes prudentes e insensatas una expresión de exclusión muy semejante: “No os conozco,” o bien: “No sé quiénes sois.” Y en otra ocasión repite el evangelio la expresión: “Misericordia quiero y no sacrificios, conocimiento de Dios y más que holocaustos.” Con lo cual tenemos una realidad suficientemente detallada de la materia de examen por el que de han de pasar los elegidos o excluidos del Reino de Dios.

    No conoce el Amo de la casa al que llama, si el que pide que se abra la puerta no se ha esforzado en conocer al Amo. Si no ha acudido al Evangelio a buscar al Señor, a saber cuál es su voluntad y esforzarse en vivir conforme a los mandatos del que allí habla de una manera inteligible para toda clase de personas, cultas o ignorantes, ricos y pobres, niños o ancianos, el Señor le dirá: No te conozco. Solo se reducen a dos los mandatos del Señor si nos atenemos a las palabras del Señor: el amor a Dios y al prójimo. Quien se esfuerce en ello de verdad, ese se está esforzando en entrar por la puerta estrecha. Incluso podríamos decir que es uno solo el mandato de Jesús: SÍGUEME, es como si dijera: Imita a Jesús, busca en el Evangelio cómo vivió y esfuérzate en hacer tú lo mismo.

    Jesús dejó bien claro cuáles son las cosas necesarias para ser su discípulo. “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará” (Lc9,23-24) Y también: “El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará.” (Jn 12,26) “Así pues, todo aquel de entre vosotros que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío” (Lc 14,33).

    El Amor de Dios fue derramado en nuestras almas y desde entonces lo busca, lo anhela, lo necesita, lo quiere, suspira por él, pero sólo en Dios lo puede encontrar. Cuando el esfuerzo, la fe, nos hace vivir en la puerta estrecha, el alma sigue suspirando por el Amor que anhela, pero el hombre sucumbe al esfuerzo, al esfuerzo de la fe, y va tras sucedáneos del amor: la mentira de Satanás. Porque sólo hay un Amor, y ese está en Dios.

    Hermanos, seamos valientes y aguerridos en la batalla de vivir en la fe cada día, seamos fuertes en esperar todo de Dios y no nos conformemos con la mentira, con el placer inmediato que nos llevará a las puertas del infierno; no, batallemos en el camino de la fe y esperemos todo de nuestro Dios y Señor, que Él verá nuestro esfuerzo y correrá hacia nosotros con sus consuelos, el gozo del Amor.

    Jesús nos llevará al Padre de su mano; nos presentaré ante Él, porque ha recorrido el camino con nosotros; Él sabe de nuestros sufrimientos y dolores. Él hablará al Padre de nosotros, nos presentará ante Él y defenderá nuestra vida como Abogado de nuestra alma ante El que todo lo escruta y todo lo sabe.

    El que juzgará nuestra alma, la llevará ante el Padre, la presentará ante Él. No nos asustemos porque de su mano estaremos ante el Creador del mundo que nos ama con un Amor tan infinito que envió a su Único Hijo a una muerte cruel y llena de ignominia por Amor a nosotros para un día tenernos ante Él y vivir una eternidad de Amor con nosotros.

    El Santo Espíritu nos asiste en cada momento, y nos lleva con Sus Santas Inspiraciones por el camino del Amor y la Salvación. Escuchémosle en nuestros corazones, qué gemidos de amor dirige al Padre en favor nuestro. Eso es orar en espíritu y verdad.

  • 15 Aug

    P. D. Anselmo Álvarez

  • Tradicionalmente conocemos esta fiesta como “la Virgen de Agosto”, y todavía podemos recordar el carácter entrañable que su celebración tenía tanto personalmente como de manera colectiva en pueblos y ciudades. Durante siglos ha sido entre nosotros una vibrante celebración religiosa de la que participaba el conjunto del pueblo, y en la que expresaba el vigor de su fe. Fe en María, en la que en este misterio de la Asunción, nos reconocíamos llamados a participar con Ella algún día en esa misma elevación, que significaba la culminación de nuestro camino y de nuestra vocación esencial como hombres y como cristianos.

    Era una convicción totalmente espontánea que pertenecía no sólo a nuestras creencias cristianas, sino a nuestra manera de entender el sentido y el desenlace auténticos de la existencia humana, a la que esperaba una forma completamente superior de vida. Esta ha sido nuestra filosofía y nuestra teología de la vida. Es decir, la sabiduría que a partir del Evangelio de Cristo ha inspirado, con las limitaciones propias de todo lo humano, nuestra manera de vivir nuestra fe cristiana.

    Aquellas generaciones tenían razón cuando sentían de esta manera, una razón que nosotros hemos perdido. Es decir, hemos perdido la razón y las razones más valiosas de la vida, al dejarla reducida a las medidas humanas. Sin embargo, en la visión del Autor de la vida, en la que se injerta la nuestra, toda la existencia humana es un vuelo hacia arriba, aunque mantengamos los compromisos que son propios de la realidad presente. Esto lo ha subrayado especialmente el cristianismo, de acuerdo con el sentido profundo de la existencia humana diseñada por Dios. Algo que no tiene alternativa, por mucho que sea el esfuerzo de cuantos pretenden forzar ese giro.

    Vivir la vida superior que pertenece al hombre superior es vivir en actitud ascendente. Como Jesús en su vida: descendió de su morada celeste para llevar a cabo en la tierra la misión de la liberación humana y, concluida ésta, ascendió de nuevo a su lugar de origen. También nosotros, con el concurso de nuestros padres, hemos descendido desde el pensamiento y el amor de Dios en que habitábamos, y permanecemos un tiempo aquí realizando la tarea asignada a cada uno de nosotros. Cumplido el tiempo hemos de regresar a nuestro lugar de origen. Pero lo mismo Jesús que su Madre María no dejaron vacío ese espacio de tiempo: “he venido para hacer la voluntad del que me envió” (Jn 5,30); “Mi alimento es hacer la voluntad de Mi Padre” (Jn 6,38), afirmó Jesús de Sí mismo. La Virgen dijo sencillamente: “hágase en Mí según tu palabra” (Lc 1,38). Y ello representó la ocupación que dio sentido y plenitud totales al tiempo de su paso por la tierra.

    Cuando nosotros, hombres y mujeres de nuestro tiempo, tomamos conciencia de nosotros mismos y nos preguntamos: ‘¿y yo qué hago aquí?’, sin encontrar ninguna respuesta positiva -lo que hoy sucede en la mayoría de los casos- ocurre que lo que decidimos es no seguir preguntando sino seguir viviendo de una manera primaria. Y entonces es la vida misma, en su forma más elemental, la que adoptamos como designio básico, es decir, la tierra misma y sus seducciones.

    Lo que sucede es que hemos invertido nuestra mirada y nuestra orientación: miramos a la tierra, y a veces a los abismos de la tierra, y creemos que por fin hemos descubierto el camino y la verdad. Todos somos testigos del frenesí con que nos abrazamos a los atractivos de la vida presente y a cuanto puede colmarla de satisfacciones exclusivamente ligadas al espacio temporal y material. Damos por hecho que no hay otras perspectivas. Nos identificamos con la mentalidad según la cual todas las convicciones del pasado deben ser vueltas del revés, y que nuestro horizonte se ciñe a la vida y a la tierra. Porque es aquí donde tenemos nuestra única casa y donde discurre toda nuestra existencia. Donde, por consiguiente, va a tener lugar la experiencia total de todo lo que los hombres representamos.

    Precisamente, lo característico de nuestra cultura es el abrazo que hemos dado a la tierra, las raíces profundas con que nos hundimos y fundimos con ella. En realidad, estamos confundiendo todos los datos acerca de nosotros mismos. Sin embargo, la primera necesidad del hombre es la de re-conocerse a sí mismo objetivamente; la urgencia de identificar su significado dentro del escenario al que pertenece. Una realidad personal que no se da a sí mismo, como ocurre con el conjunto de su entidad existencial.

    No es él quien ha elegido el estar y el ser en la existencia, por consiguiente, quien puede optar libremente por la naturaleza de cuanto le define esencialmente, ni por la cualidad, propiedades o categorías de su ecosistema superior. El hombre posee una naturaleza y una sobrenaturaleza, que se complementan pero que no se confunden. Una y otra proceden de quien es el Ser por excelencia, de quien es fuente de todos los seres, especialmente de los que tienen algún grado superior de semejanza con Él, como es el hombre.

    Esta es la lección de María en este día de su Asunción. Ella nos invita a transitar por la tierra realizando el designio inalterable de Dios sobre el conjunto de los hombres y sobre cada uno de nosotros. A comprender que es únicamente así como nos realizamos en libertad y verdad, y que fuera de Él no hay otra posibilidad de salvación presente o futura.

    Hoy María nos invita a habitar con Ella desde ahora en los cielos, mientras cumplimos todavía nuestro itinerario terrestre.

  • 14 Aug

    P.Santiago Cantera

  • Querido Fr. Pablo:

    Cuando te dispones a iniciar tu noviciado canónico, recuerdas que el fin esencial de la vida monástica es la búsqueda de Dios mediante la configuración con Cristo y bajo la acción del Espíritu Santo. Nuestro Padre San Benito lo vivió en primera persona cuando, como narra San Gregorio Magno, “deseando agradar a solo Dios, buscó el hábito de la vida monástica” (Diálogos, II, Prólogo).

    Soli Deo placere desiderans, “deseando agradar a solo Dios”. Ésta es la clave de bóveda del edificio benedictino. Y el propio San Benito, como norma fundamental al recibir a un postulante a la vida monástica, exigirá que se mire con solicitud “si realmente busca a Dios” (RB 58, 7). Es el “¡sólo Dios!” que exclamará alguien que murió bien joven pero que quiso empeñarse en seguir su senda, como fue San Rafael Arnáiz.

    Por lo tanto, el quaerere Deum, la centralidad de Dios, es la esencia misma de la vida monástica. Deseo de sólo Dios, de encontrarle a Él, de vivir para Él, de morar en el único Dios que es Trinidad de Personas y, por tanto, comunicación íntima de amor. Y el camino para ello es Cristo, el Dios humanado, el Verbo encarnado, de tal modo que el monje sepa que no debe anteponer nada al amor de Cristo (RB 4, 21; 72, 11). El Beato Carlos de Foucauld lo expresaría de forma bien clara: “Hay un único modelo: Jesús. No buscar otro”.

    En este camino y en esta imitación de Cristo, el monje cuenta también con el auxilio y con el modelo de María, la “estrella del mar”, como la invocaron tantos monjes medievales, entre ellos San Bernardo de Claraval al recordarnos que, cuando las dificultades, las tentaciones y las tribulaciones nos asalten, debemos mirarla a Ella y pedir su ayuda. Después de haber celebrado las I Vísperas de su Asunción gloriosa a los Cielos, parece oportuno fijarnos brevemente en María.

    En la Santísima Virgen, el monje descubre el valor de su vida escondida con Cristo en Dios (cf. Col 3,3). El monje puede y debe colaborar a la Redención del mundo desde su Nazaret, desde la soledad y el silencio, desde lo oculto de su monasterio, a imitación de María, quien, en la soledad y el silencio de su habitáculo, recibió al Verbo que se encarnó en Ella para la salvación de los hombres. Así es como el Señor quiere obrar contigo: en lo oculto del monasterio, en una entrega silenciosa cada día, en un diálogo constante de amor a través de la oración, del trabajo, de la lectio divina y del estudio; así quiere que le ofrezcas tu vida, día a día, para amarle por todos los que no le conocen y por los que no le aman, con el fin de reparar las heridas abiertas en su Corazón por los pecadores, para que su Amor infinito no sea desatendido y para que ellos finalmente lleguen a conocerle y a amarle sin reservas. Dios quiere amar por medio de tu amor a los que no le aman y que tú le ames a Él por todos esos que no le aman.

    Sin duda alguna, el mejor modelo de imitación de Cristo es su Madre, la primera que ha escuchado su voz, que ha obedecido a Dios y que ha cumplido su voluntad (cf. Mt 12,48; Lc 11,28) desde su “fiat” en Nazaret (Lc 1,38). Por eso, la imitación de Cristo conlleva la imitación de María y la imitación de María nos hace más fácil la imitación de su Hijo. San Rafael Arnáiz lo expresaba bien cuando decía: “Todo por Jesús, y a Jesús por María”.

    La Virgen María es la “Maestra de todas las virtudes”, como dijo el Venerable Pío XII. En Ella encontramos un modelo para vivir las tres virtudes teologales: la fe, con su “fiat” y con su exhortación en Caná para hacer lo que Él nos diga; la esperanza, con su actitud ante la Muerte de Jesús y la espera en su Resurrección; y la caridad, como la vivió con Jesús y San José, o en Caná hacia los jóvenes esposos o con los Apóstoles en los orígenes de la Iglesia. También es modelo para todas las virtudes morales y de todas las cualidades en la que debe crecer el monje: la castidad virginal, la obediencia a Dios y a San José, la humildad de “la esclava del Señor”, la fortaleza en la Pasión, la laboriosidad en el hogar de Nazaret, el silencio, la oración y la contemplación: no olvides cómo ella contemplaba y meditaba las cosas divinas y celestiales en su Corazón Inmaculado (Lc 2,19.51).

    Querido Fray Pablo: tomaste el hábito en la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe de México y pasas al Noviciado canónico en la víspera de la Asunción de la Virgen. Por lo tanto, parece claro que la Santísima Virgen te quiere acompañar en el camino de tu vida monástica, siendo tu sustento, tu auxilio y tu Madre celestial. Te dispones, como dice N. P. S. Benito, a “militar para el Señor, Cristo, el verdadero rey, (y) tomas las potentísimas y espléndidas armas de la obediencia” (RB, Pról., 3).

    El monje, como enseña toda la Tradición monástica, es el “soldado de Cristo”. Y hoy hemos celebrado la memoria de San Maximiliano Kolbe, mártir y ejemplo de caridad, quien por su parte instituyó la Milicia de la Inmaculada al servicio de la Virgen para gloria de Dios. Sé, así, un verdadero soldado de Cristo y de María, tomándolos por Capitanes; prepárate a combatir contra el demonio, el “viejo enemigo”, como se le llama en las vidas de los santos monjes, y disponte a conquistar las almas para Dios por medio de tu vida escondida de oración, de trabajo, de humildad y de obediencia en el monasterio.

  • 25 Jul

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    El culto a Santiago como Patrono de España se remonta a la Edad Media, en unión estrecha con la veneración de su sepulcro en Compostela. San Beato de Liébana le llamó “áurea cabeza de España, nuestro protector y patrono” (Himno O Dei Verbum) y Gonzalo de Berceo lo definió como “primado de España” (Vida de San Millán, estr. 422, v. 4), a la par que los reyes hispanos lo invocaban como “luz y espejo de las Españas” y los ejércitos en batalla se encomendaban a él pidiéndole su auxilio.

    Junto con él, y como nos recuerda el mosaico de Santiago Padrós de nuestra cúpula, también en la Edad Media se acudió a San Isidoro de Sevilla y a San Millán de la Cogolla como Patronos de España. Y en el siglo XVII, Santa Teresa de Jesús fue proclamada oficialmente Patrona de España y no ha dejado de serlo, si bien la Inmaculada Concepción sería al final quien ocupara el primer puesto como Patrona femenina.

    La devoción a Santiago y a la Inmaculada fueron llevadas por los españoles a las Españas de ultramar: a América, Filipinas y otros lugares del orbe a los que llegó nuestra cultura y en los que nuestra idiosincrasia se fundió en un abrazo de mestizaje con los pueblos indígenas bajo el abrazo redentor de la Cruz, dando lugar a eso que el filósofo mexicano José de Vasconcelos denominó “la raza cósmica”.

    Por toda una Historia y una Tradición de la que somos herederos, tenemos el deber de amar a España, de procurar su bien y de invocar la protección celestial para alcanzar su paz y su prosperidad, tal como diariamente hacemos los benedictinos en este lugar. Según enseña San Alberto Hurtado al hablar de los deberes cívicos en sus obras dedicadas a la Doctrina Social de la Iglesia, “el ciudadano debe considerar su país como su patria, la prolongación de la familia, y debe sentir por ella algo de lo que siente por sus padres. La patria aparece como una persona moral, encarnación de sentimientos de veneración, de afecto, de entrega. Ella evoca toda una historia familiar de hechos gloriosos y tristes en los que participaron nuestros mayores; un sentimiento de solidaridad que une a los compatriotas con vínculos cuasi familiares, mucho más íntimos que con los ciudadanos de los demás países; un sentido de obligación, de trabajar por ella, de engrandecerla, de hacer que todos los bienes que ella encierra actual o potencialmente hagan la felicidad de los ciudadanos. El patriotismo, más que un sentimiento emotivo, debe despertar en los ciudadanos la conciencia de gratitud por los bienes recibidos y el sentido del deber y del honor frente a la patria” (Moral social, I – 3.4.3.1).

    Por lo tanto, al ser el verdadero patriotismo una virtud de Ley Natural, la virtud del recto amor a la patria, derivado de la piedad filial, del cuarto mandamiento de la Ley de Dios, como se recoge en el Catecismo de la Iglesia Católica (nº 2239), tenemos el deber moral de procurar el bien de España, comenzando por la oración por ella y prosiguiendo por el cumplimiento de nuestros deberes, cada uno en su puesto, y continuando por el compromiso con todo aquello que vaya encaminado al bien común.

    En nuestros días, España vive una situación muy compleja e incluso dramática, que humanamente hace dudar sobre su futuro, porque se cuestiona su propia existencia, se menosprecia su Historia, se duda de ella como proyecto común y se han socavado los pilares del orden moral que fundamenta la vida en sociedad. Incluso observamos cómo la fe católica, que ha sido uno de los fundamentos en la construcción histórica de España y forma parte esencial del mismo ser de España, es objeto de desprecio y de continuos ataques contra ella, con vistas a arrancarla del alma de los españoles para lograr la implantación de un programa laicista que pretende construir una España sin raíces, sin Tradición, sin Historia y, en definitiva, sin ser, y que ya no sería, por lo tanto, España. En este punto, podemos decir lo que San Alberto Hurtado dijo acerca de Chile, aplicándolo igualmente a la Madre Patria de Chile, a España: “Todo lo que debilita la fe, debilita a la Patria. Luchar contra Cristo es luchar contra Chile”.

    Y sin embargo, a pesar de todo esto, nosotros no debemos caer en la desesperanza, porque la Historia de España nos muestra tantas veces cómo la Providencia divina ha sustentado a nuestra Patria y a nuestro pueblo en momentos en que todo se venía abajo. Así lo entendieron desde antiguo muchos cronistas medievales y autores y pensadores como Francisco de Quevedo o el benedictino Fray Ángel de Salazar en el siglo XVII.

    En este año del centenario de la consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles, no olvidemos las promesas que el Sagrado Corazón ha hecho con relación a nuestra Patria, la primera de ellas al Beato Bernardo de Hoyos en 1733: “Reinaré en España”; y la segunda a Santa Maravillas de Jesús a muy pocos kilómetros de aquí hace casi cien años: “España se salvará por la oración”. Tampoco olvidemos la que dijo la Santísima Virgen a San Antonio María Claret: “En el Rosario está cifrada la salvación de tu Patria”.

    Y si nos toca sufrir, afrontémoslo con alegría y con entereza, haciendo realidad aquello que dijera Quevedo: “no fuera yo español si no buscara peligros, despreciándolos antes para vencerlos después”. Y todo ello, sobre todo, desde la fe y con el ejemplo de los mártires, con el ejemplo de Santiago, protomártir de los Apóstoles: dispuestos a beber el cáliz que el Señor nos puede ofrecer (Mt 20,20-28), con el valor de los Apóstoles ante la persecución que hemos leído en el libro de los Hechos (Hch 4,33.5.12.27b-33; 12,1b) y con las palabras de ánimo que nos ha ofrecido San Pablo en la segunda Carta a los Corintios (2Cor 4,7-15).

    Éste fue el ánimo impreso en el corazón de los beatos mártires sepultados en esta Basílica, como es el caso de la beata Josefa María, religiosa salesa del Primer Monasterio de la Visitación de Madrid, quien rechazó el ofrecimiento de su familia para refugiarse en casa diciendo: “Si por derramar nuestra sangre se ha de salvar España, pedimos al Señor que sea cuanto antes”.

    Que Santa María de España, como la invocó el rey Alfonso X el Sabio, juntamente con Santiago, conduzcan de nuevo a España a descubrir y recuperar su esencia cristiana.

  • 30 Jun

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos en el Señor: Celebramos en esta Eucaristía el amor de Dios a los hombres que en Jesucristo nos llama a su seguimiento, a imitarle a Él, quien tomó nuestra carne mortal para hacernos partícipes de su naturaleza divina. La invitación a imitarle se dirige a los que quieren tener parte en su herencia eterna, en la comunión en su vida divina. Ahora bien, si queremos gozar de tan gran prerrogativa no podemos exigir ser eximidos de pasar por donde Él ha pasado. “No es más el discípulo que el maestro” (Lc 6,40; cf.Jn 13,16). Él es nuestro maestro y Señor, con esos títulos le llamaban sus apóstoles y discípulos. Él confirmó que eso era correcto (Jn 13,13). Pues si Jesucristo es nuestro Maestro y Señor no debemos rehuir seguir su camino de cruz para poder participar en su gloria.

    La primera lectura de hoy nos cuenta la historia de la sucesión del profeta Elías que deja como continuador de su ministerio a Eliseo. A través de un gesto muy significativo echándole su propio manto sobre los hombros comprendió Eliseo que debía continuar la estela profética de Elías y también que si su predecesor había sido perseguido y había tenido que huir al desierto por ser mensajero de la Verdad de Dios ante los hombres, a él no se le iban a ahorrar los padecimientos de ser fiel a su vocación. Antes de emprender su iniciación sirviendo a Elías, para después sucederle, se despide de su familia con una comida en la que se despoja de todas sus pequeñas pertenencias.

    El evangelio de Lucas desarrolla una enseñanza peculiar de Jesús. Jesús va de camino a Jerusalén donde va a sufrir la muerte ignominiosa de la Cruz. Cuando se presentan personas dispuestas seguirle Jesús habla de seguimiento, ese seguimiento supone incorporarse a itinerario de muerte en la Cruz, que tendría lugar en Jerusalén. Y además hay un contraste con la decisión de Eliseo. A él se le permite ir a casa a despedirse de su familia. En cambio a los seguidores de Jesús se les niega cumplimentar ese deber humano tan fundamental. La clave para entender tal negación es la urgencia inaplazable de los tiempos mesiánicos, de la instauración del Reino de Dios que recordamos a cada paso en el Padrenuestro y en la Eucaristía al decir: “Ven, Señor Jesús”. Pero tenemos una esperanza esclerotizada del Reino y por eso no nos dice nada. Para Jesús en cambio es una tarea inaplazable y por eso ciertos deberes humanos pasan a segundo lugar. Esto no quiere decir que la caridad con el prójimo sea algo secundario. San Pablo nos ha recordado hoy una enseñanza fundamental del Evangelio: “Sed esclavos unos de otros por amor” (Gál 5,13). El punto importante en esta enseñanza es que nos debemos ocupar ante todo de la tarea de predicar el Reino y los destinados ministerialmente a esa tarea misional deben urgir constantemente a la conversión, pero también debemos ocuparnos todos y cada uno en la propia conversión poniendo esta tarea por encima de todos los demás deberes, los cuales han de ser dejados para otro momento posterior.

    Y aquí es donde está nuestro pecado. Que no escuchamos este mensaje de urgencia. Que vivimos apoltronados en nuestras discusiones políticas, ocupados en nuestras comodidades cada vez más complejas, enquistados en nuestras apetencias sensuales que nos desvían de nuestro camino de santificación y nos instalan en el pecado sin salir de él. De nuevo recuerdo lo que acabamos de escuchar: “Caminad según el Espíritu y no realizaréis los deseos de la carne”. No escuchamos a Jesús que murió por nosotros en la Cruz. Antes Él era nuestro cimiento y piedra angular, pero ahora su pueblo es obstinado y quiere elegir él sus cimientos, y son materiales vanos y de poca consistencia hasta el punto que nunca podrá edificar sin la ayuda de su Señor.

    Ufanos y alegres disfrutamos de fiestas que provocan al Señor, que provocan la Ira de Dios, pero seguimos con nuestras fiestas y construcciones vacías y sin consistencia. ¿Hasta cuándo tendrá que aguardar el Señor nuestra vuelta a Él? Vamos por senderos que no conducen a ninguna parte, salvo al infierno; y en el fondo lo sabemos, pero no nos atrevemos a incomodar y a ser impopulares, pues sabemos que Jesús dijo bien claro que el sarmiento que no está unido a Él y en Él no da fruto lo corta el viñador y lo arroja al fuego eterno (Jn 15,6). El que se separa del que es la Vida se queda en la muerte, una muerte en vida, pues pensamos que estamos vivos, pero si el alma muere todo nuestro ser está muerto, y aún así cantamos, bailamos y reímos, pero estamos muertos porque hemos alejado la vida de nosotros.

    Dejemos que el Señor nos hable con rigor: el médico sabe utilizar el bisturí para sanar, para salvar y se lo permitimos, porque queremos salvar nuestras vidas; a Él que es nuestro Redentor, a nuestro Salvador, no le dejamos que nos hable con rigor para salvar algo más más grande que nuestra vida: nuestra alma.

    No seamos hijos rebeldes, que se nos acaban los día de nuestra vida sin darnos cuenta, que este mundo pasa; ya lo ha intentado todo nuestro Salvador y ha vertido demasiado sufrimiento en nuestras vidas. No creamos que todo va continuar con normalidad, pues si fuésemos mínimamente perspicaces percibiríamos la revuelta social que se está fraguando, no estaríamos tan ajenos a la realidad que nos circunda, pero hasta hemos perdido el sentido de la realidad: El príncipe de este mundo, el enemigo de nuestra lama anda rondando a quién devorar y nosotros sin enterarnos.

    Nos prometemos que siempre seremos felices cuando parece que todo sale según nuestro gusto, y deberíamos llorar si nuestra alma no está verdaderamente unida al Señor. Si viéramos con los ojos de Dios un alma en pecado mortal sentiríamos tal horror que iríamos rápidamente a confesar todos nuestros pecados y no querríamos jamás pecar, pues no podemos ni siquiera imaginar la putrefacción, el hedor, el corrompimiento infernal que habita en un alma en pecado mortal. Los cuerpos maravillosos que albergan almas hediondas ahora ríen y se divierten, pero ¿de qué les va a servir esa belleza efímera? Tengamos compasión de lo que eso supone para la vista del que ha derramado su Sangre por nosotros. Estemos o no en pecado mortal nadie debe consentir que vivan tantos hermanos nuestros en la ceguera. Las entrañas del Señor se conmueven y su Corazón sangra de dolor ante el futuro de esas almas: el infierno. No, hermanos, acudamos al Corazón de Jesús que hace un siglo fue testigo de cómo un rey, Alfonso XIII, que sin embargo no era moralmente ejemplar, cumplió el deseo del Señor de consagrar el país al Sagrado Corazón de Jesús a pesar de las amenazas de la masonería, que se cumplieron al obligarle a abandonar el país. Pero Dios le pagaría con creces, como al buen ladrón, ese testimonio público de amor. Bebamos del Agua pura de Su Santo Espíritu, lavemos nuestra alma en la preciosa Sangre del Señor por medio del sacramento de la penitencia.

    Se acaba la representación de este mundo, Dios no puede mirar a otro lado ante tanta burla que se hace de sus leyes más sagradas y no pueden seguir las cosas como si nada pasara. Hemos de preparar nuestra alma para su llegada de Amor y de Justicia. No podemos dejar para mañana nuestra conversión. Si Jesús nos habló de la urgencia de la conversión, sus palabras ante la situación de desolación moral en que nos encontramos deben ser para nosotros gritos angustiosos y, a la vez, llenos de cariño porque quiere nuestra salvación. Hemos de ser felices en el amor de Dios, sí, es totalmente cierto, pero si no avisamos a nuestros hermanos es que no conocemos al Señor ni su Evangelio, y entonces, ¿qué nos dirá? (Mt 25,12).

    A Él ya lo tuvieron por loco, y nosotros, ¿a quién seguimos? Hoy en estos momentos más o menos, cuando en el Cerro de los Ángeles se está consagrando a España al Sagrado Corazón nosotros también tenemos ocasión de mostrar al Señor nuestro Amor y de prometerle que no queremos seguir a los que nos prometen la felicidad en este mundo, sino a Él; que no queremos seguir clavados en este mundo, sino agarrarnos a su Cruz, que queremos amar nuestra cruz, la que nos ha tocado de nuestras enfermedades y limitaciones, de nuestra familia y la época en que vivimos, que no es maravillosa, pero es la que Dios ha querido fuera la nuestra. Digámosle que no queremos huir de la Cruz, del dolor, que creemos que sus heridas nos han curado y creemos que también LAS NUESTRAS PUEDEN A AYUDAR A OTROS A QUE SE CUREN Y NO SE ALEJEN DE ÉL. De dos a cinco estará en la capilla del Santísimo expuesto el Señor para que le adoremos, nos reconciliemos con Él y nos injerte en la comunión con Él que quizás estaba debilitada o casi perdida. Si nosotros manifestamos nuestra fe, el Señor manifestará su Gloria y su poder.

  • 9 Jun

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    El nombre de Pentecostés, la solemnidad que hoy celebramos, hace referencia a los cincuenta días después de la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, pues fue al cabo de ese tiempo cuando, estando reunidos los Apóstoles, el Espíritu Santo descendió sobre ellos para infundirles luz y fuerza. De este modo, vencido su miedo anterior, se vieron reconfortados y salieron enardecidos a anunciar el Evangelio a todo el mundo, como se ha leído en los Hechos de los Apóstoles (Hch 2,1-11). Es el Espíritu Santo quien guía, alienta, vivifica y santifica la Iglesia después de la Ascensión del Señor a los Cielos, según San Pablo nos ha explicado en la primera carta a los Corintios al hablar de la diversidad de dones, servicios, funciones y carismas que Él suscita (1Cor 12,3b-7.12-13).

    Como profesamos al rezar el Credo, el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. Y Él es igualmente enviado por el Padre y por el Hijo para vivificar la Iglesia y para dar vida espiritual en nuestras almas. Es el Amor que une al Padre y al Hijo y es el Don, el regalo que ellos nos hacen, que nos dan, para que nos llene de vida y de santidad. Es el Fuego que enciende nuestras almas en el amor de Dios para conducirnos hasta el Cielo. Es el Paráclito, el Abogado, el Defensor que Jesús nos ha prometido al volver Él junto al Padre: “el Paráclito, el Espíritu Santo que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho” (Jn 14,26).

    Necesitamos acudir a este “dulce huésped del alma” que es el Espíritu Santo, según lo hemos invocado en la secuencia antes del aleluya. Tristemente, pocos cristianos son conscientes de esta verdad sublime: la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, habitan en nuestra alma si permanecemos en gracia de Dios, sin pecado mortal. El Espíritu Santo se hospeda en nuestra alma y con Él juntamente también el Padre y el Hijo, según lo anunció Jesús: “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23). Esta maravilla es la “inhabitación trinitaria en el alma”, fuente inagotable de vida interior, de vida en Dios, de vida inmersa en la misma vida de Dios. El Espíritu Santo nos quiere introducir en la más íntimo y profundo de la vida de Dios, en la vida de amor existente entre las tres divinas personas de la Santísima Trinidad, pues el Espíritu Santo es el Amor del Padre y del Hijo.

    Debemos pedir al Espíritu Santo que nos inunde con sus siete dones, concedidos para que seamos dóciles a sus propias inspiraciones para elevarnos hasta Dios y asemejarnos a Él. Son disposiciones permanentes que nos hacen dóciles para seguir los divinos impulsos del Espíritu Santo. Como el Catecismo nos recuerda, son los dones de sabiduría, inteligencia o entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Y junto a estos siete dones, no olvidemos los doce frutos del Espíritu Santo, que son primicias de la vida eterna: caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad o perseverancia, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia y castidad.

    En consecuencia, San Juan de la Cruz ofrece una comparación bellísima en el Cántico espiritual cuando emplea la imagen del austro o ábrego, el viento apacible que trae lluvias y hace germinar la vegetación y abrir las flores, para referirla a la acción del Espíritu Santo en el alma enamorada de Cristo, y dice así que, “cuando este divino aire embiste en el alma, de tal manera la inflama toda, y la regala y aviva, y recuerda la voluntad y levanta los apetitos, que antes estaban caídos y dormidos en el amor de Dios, que se puede bien decir que recuerda los amores de él y de ella”, aspirando por el huerto del alma para producir su perfeccionamiento en las virtudes (canción XVII).

    El Espíritu Santo suscita la santidad de la Iglesia y hace realidad lo que se celebra en los sacramentos y que éstos sean eficaces para nuestras almas. Así, cuando en la Santa Misa que estamos celebrando tenga lugar la consagración, Él va a descender sobre las especies del pan y del vino para que se transformen realmente en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo. Y si recibimos la Comunión en las debidas condiciones, hallándonos en estado de gracia sin pecado mortal, Él hará que fructifique en nosotros este alimento espiritual, haciendo que, como decía San Agustín, nos transformemos en Jesucristo.

    Hay situaciones muy adecuadas para pedir la luz y la fuerza al Espíritu Santo. Por ejemplo: cuando un sacerdote se dispone a confesar, cuando una persona debe dar un consejo, cuando tenemos un problema que no sabemos cómo resolver, cuando vamos a estudiar o a redactar algo, cuando nos asalta una tentación, etc.

    En fin, que María Santísima, que estaba presente con los Apóstoles el día de Pentecostés, nos ayude a conocer mejor al Espíritu Santo para avanzar en nuestra vida espiritual y penetrar en las honduras del misterio de Dios.

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