• 12 Dec

    P.Santiago Cantera

  • Querido Fr. Pablo:

    Cuando los llamados “doce apóstoles de México” llegaron a la Nueva España, los habitantes de Tlaxcala quedaron impresionados por la pobreza de aquellos misioneros franciscanos, reflejada en sus hábitos y en su modo de vida, y comenzaron a repetir: motolinía, motolinía. Al saber fray Toribio de Benavente que aquella palabra náhuatl significaba “pobrecito”, decidió adoptarla como sobrenombre y unirla definitivamente al de fray Toribio, porque comprendió que la austeridad de sus hábitos reflejaba el espíritu de pobreza propio de los hijos de San Francisco.

    El hábito religioso, como ha recordado el Magisterio reciente de la Iglesia en el Concilio Vaticano II (Perfectae caritatis, n. 17) y por parte de los santos Papas Pablo VI (Evangelica testificatio, n. 22) y Juan Pablo II (Vita consecrata, n. 25), es “signo de consagración”. Es decir, significa exteriormente el modo de vida que hemos abrazado. Por eso ha tenido una importancia notable desde los mismos orígenes de la vida monástica, según se descubre entre los “Padres del Desierto” y lo reflejan textos como los Apotegmas, las disposiciones de San Pacomio y los escritos de Evagrio Póntico y Casiano.

    De siempre, el hábito monástico quiso ser signo de pobreza, evitando lo superfluo y la mundanidad. Así, N. P. San Benito no dispuso nada concreto acerca del color y la tosquedad de los hábitos, sino que los monjes se contentasen con lo que hallasen allí donde vivieran o con lo que pudieran comprar más barato, y estableció lo que creyó podía ser suficiente para cada uno (RB LV); discreción benedictina que tuvo en cuenta García Jiménez de Cisneros en las Constituciones para los monjes de Montserrat a finales del siglo XV (cap. 12). Sin embargo, sobre todo desde la reforma cluniacense (y bueno será recordar que nuestra Congregación de Solesmes es heredera canónica de las de Cluny, San Mauro y San Vitón y San Hidulfo), el hábito benedictino de color negro y tal como lo conocemos y vestimos quedó ya prácticamente establecido como una seña de identidad de nuestra Orden, hasta el punto de que los cluniacenses serían denominados popularmente “monjes negros” y los cistercienses “monjes blancos”.

    Por lo tanto, el hábito religioso es en verdad signo de consagración y quiere expresar que quien lo viste ha entregado su vida a Dios por completo para configurarse con Cristo pobre, obediente y casto. Es signo de consagración que exige vivir en verdad los consejos evangélicos y que recuerda que el modo de vivirlos ha de ser conforme al espíritu propio de una Orden concreta, en nuestro caso la benedictina, pues se convierte además en un signo de identidad y de pertenencia a una familia religiosa, de cuya historia y espiritualidad deben estar enamorados sus miembros.

    No en balde advertía Santa Teresa de Jesús que “no está el ser fraile en el hábito –digo en traerle– para gozar de el estado de más perfección que es ser fraile” (Libro de la Vida, cap. 38, 31), lo cual coincide con el famoso dicho que con razón afirma: “el hábito no hace el monje”. Por eso decía también un autor espiritual de nuestra Orden, Ludovico Blosio: “No traigas el hábito de monje en vano, haz obras de monje” (Espejo de monjes).

    En consecuencia, el hábito nos exige vivir como monjes, ser monjes de verdad; y es ahí donde el hábito puede y debe contribuir a que el monje sea un auténtico monje. El hábito debe ser nuestro signo de consagración y, en consecuencia, debe ser una muralla contra la mundanidad y el secularismo. ¡Cuántas congregaciones religiosas han sufrido en el posconcilio un proceso de secularización que siempre ha ido de la mano del abandono del hábito!

    Pero, para configurarte con Cristo como monje, ¿qué mejor modelo que la Santísima Virgen? Ella es modelo de todas las virtudes y, por lo tanto, la imitación de María te hará más fácil la imitación de Cristo, su Hijo, a quien ha estado asociada en su obra redentora. La Virgen María es mirada como modelo por todas las Órdenes religiosas, hasta el punto de que muchas la han invocado como Madre de Misericordia y la han representado acogiendo bajo su manto protector a los religiosos o las religiosas de su Orden. Tal vez una de estas pinturas más conocidas y hermosas sea la “Virgen de los Cartujos” de Zurbarán. El hábito de algunas Órdenes incluso contiene un significado mariano, y así Santa Teresa recuerda a sus monjas varias veces que llevan el que la familia carmelitana considera ser el hábito de la Virgen.

    Al revestirte, pues, del hábito monástico, para revestirte del hombre nuevo creado a imagen de Nuestro Señor Jesucristo (cf. Col 3,10 y Ef 4,24), revístete de las virtudes de nuestra Madre Santísima. Ten presente en tu interior la imagen de la Virgen de Guadalupe, a quien hoy recordamos. La advocación de Guadalupe une a España con México y con toda América, como hace unos días me recordabas con una bonita anécdota.

    Que la belleza de María quede impresa en tu interior como quedó impresa en la tilma de San Juan Diego. Que las constelaciones de estrellas del manto que cubre la imagen de la Virgen de Guadalupe y que son las mismas que había en el momento de la aparición, te cubran al revestirte del santo hábito y se transformen en ti en las estrellas de las virtudes de María, que brillen en tu interior y resplandezcan para bien de tu comunidad y de las almas. Y, cuando te pesen las cruces que conlleva abrazar el hábito religioso porque significa abrazar el seguimiento de Cristo hasta la Cruz, mira a María y escucha de su boca aquellas palabras de consuelo que dijo a San Juan Diego: “¿Acaso no estoy aquí Yo, que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra?”

  • 8 Dec

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    María es la más perfecta, la más excelsa y la más hermosa de las criaturas salidas de las manos de Dios, porque desde la eternidad Él la eligió para ser la Madre de su Hijo. María no es únicamente Madre de Jesús-hombre, sino Madre de Jesucristo entero, verdadero Dios y verdadero Hombre. En consecuencia, de la Maternidad divina de María nacen todos los otros privilegios y gracias con que Dios la ha ennoblecido.

    Uno de estos privilegios es el de su Inmaculada Concepción, que fue opinión piadosa hasta que en el año 1854 el Beato Pío IX la proclamara como dogma de la fe católica. Entonces reconoció algo que venía siendo defendido por muchos fieles y pastores, especialmente en algunos ámbitos como el franciscano y en España: que la Santísima Virgen fue preservada inmune de toda mancha del pecado original desde el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios, en atención a los méritos de Nuestro Señor Jesucristo. Cuatro años después, en 1858, la Santísima Virgen confirmó esta verdad a Santa Bernardita en Lourdes.

    Y es que convenía que, si María había de ser la Madre de Dios y no podría transmitir a Jesucristo el pecado original, Ella misma fuera preservada de éste. Como verdadera Madre de Dios, es desde el principio la “llena de gracia”, según hemos escuchado en el Evangelio (Lc 1,26-38). María es la toda limpia, la toda pura, la toda santa. Dios la ha colmado de singulares gracias, virtudes y santidad. Por eso la Tradición de la Iglesia ha aplicado a Ella las palabras del Cantar de los Cantares (cf. Ct 4,7): “Toda hermosa eres, María, y no hay mancilla en ti”.

    En el texto del Génesis de la primera lectura, se nos ha anunciado ya a la Mujer que aplasta la cabeza de la serpiente, que vence al diablo y a sus insidias (Gén 3,15). María ha sido asociada al Redentor y Mediador, su Hijo Jesucristo, como la primera Colaboradora en su obra salvadora. Como también hemos escuchado en el Evangelio, es además modelo de orante y contemplativa, deseosa de obedecer la voluntad de Dios, y es ejemplo de humildad, pues se presenta a sí misma como la “esclava del Señor”.

    Todos los años, en los monasterios de nuestra Congregación benedictina de Solesmes, renovamos una consagración especial a la Inmaculada Concepción, tal como hicimos ayer en las I Vísperas de la solemnidad, si bien la solemos realizar en las segundas del día 8. Esta costumbre procede de la devoción del abad restaurador de la vida monástica benedictina en Francia y fundador de nuestra Congregación, Dom Próspero Guéranger, quien no sólo profesó una particular devoción a este privilegio mariano, sino que además preparó un estudio teológico para apoyar la definición del dogma por Pío IX. Por eso es la Patrona principal de la Congregación de Solesmes, a la que pertenece nuestra Abadía, así como las de Silos y Leyre en España.

    Además, la Inmaculada Concepción es la Patrona de España. Si bien lo es oficialmente desde 1760, cuando el Papa concedió tal patronazgo a petición de los reyes españoles, éste fue el punto de llegada de un largo recorrido de siglos en la devoción hispana a la Inmaculada. Entre los siglos XIII y XV, varios teólogos y escritores como Ramón Llull o Juan de Segovia defendieron la Concepción Inmaculada de la Santísima Virgen. Entre finales del siglo XV e inicios del XVI, en el entorno de la Sierva de Dios Isabel la Católica y del Venerable Cardenal Cisneros, nació la Orden de las Concepcionistas de la mano de Santa Beatriz de Silva. En 1585, el milagro de Empel afianzó la devoción de los Tercios españoles a la Inmaculada y fue el motivo que llevaría a su adopción como Patrona del Arma de Infantería. En los siglos XVI y XVII, las Universidades hispánicas se comprometieron a defender este privilegio mariano. Los artistas de esa época, como Zurbarán o Murillo, plasmaron de manera magnífica su amor a María Inmaculada. Todo ello sería luego recordado y elogiado por varios Papas de los siglos XIX y XX.

    Por eso debemos acudir con amor y confianza a María, trayendo a la memoria lo que Ella anunció a San Antonio María Claret, el fundador de la Congregación del Inmaculado Corazón de María: “Antonio, continúa predicando sin cesar el Rosario, porque en el Rosario está cifrada la salvación de tu Patria”. También será bueno recordar el testimonio de la M. Mª Josefa del Sagrado Corazón de Jesús, carmelita descalza, acerca de la confianza de Santa Maravillas de Jesús en la intercesión de María: «Un día, en recreación, poco antes de morir, hablando de la Virgen y de España, le preguntábamos si ella creía que la Virgen salvaría a España, y nos dijo: “Sí, la salvará”».

    En fin, queridos escolanos Adrián, Rodrigo y Manuel: os disponéis a recibir por primera vez a Jesús Sacramentado. Como niños de nuestra Escolanía, vestís las cogullas blancas que significan la pureza y la sencillez de ángeles que debe brillar en vuestras almas y en vuestros corazones, donde Jesús quiere alojarse. Tenéis que ofrecerle en vuestras almas y en vuestros corazones una casa limpia y bonita a Jesús, como el seno de la Virgen María, en el que Jesús pasó nueve meses, y como la casa de María en Nazaret, donde vivieron. Los mayores os regalan muchas veces a los niños de hoy cosas atractivas pero que se estropean y se rompen. Un teléfono móvil, un Ipad, una Tablet, una Play se estropean; Jesús y María, sin embargo, nunca se estropean, siempre os quieren y vosotros podéis descubrir en ellos el tesoro más grande del mundo, mejor que cualquiera de esas cosas, porque Jesús y María os ofrecen una felicidad que no se acaba nunca. Que Jesús y María os bendigan y os guarden, y que vosotros jamás os queráis apartar de ellos.

  • 7 Dec

    P.Santiago Cantera

  • Querido Fray Javier y queridos hermanos todos en el Señor:

    Según me recordaste hace unos días, en tal fecha como hoy, 7 de diciembre, comenzaste hace 7 años tu noviciado canónico. Como sabes, el número 7 ha tenido un gran valor simbólico en la tradición bíblica por la relación que se le atribuye con la perfección de Dios. Y es bueno traerlo a colación el día de la profesión solemne de tus votos religiosos, por los que te comprometes a aspirar a la perfección de la vida cristiana a la que un día te abrió el sacramento del Bautismo.

    Esta realidad la expuso el Beato benedictino Columba Marmion al proponer a Jesucristo como ideal del monje: “Lo que es el bautismo para la vida cristiana, lo es para la vida monástica la profesión; no es ésta un sacramento, pero sus consecuencias guardan cierta analogía con las del bautismo. Es una inmolación de nosotros mismos, muy grata a Dios cuando es hecha con amor. […] Es, en efecto, la profesión monástica una inmolación, cuyo valor proviene por entero de estar unida al holocausto de Cristo” (Jesucristo, ideal del monje, VI).

    Esta idea de inmolación la expresó otro Beato benedictino, Aurelio Boix, monje de El Pueyo de Barbastro. Con sus 21 años, escribía así a su hermano unos días después de realizar la profesión solemne y pocos antes de morir como mártir por Cristo en 1936: “En poco tiempo, ¡qué dos gracias tan señaladas me concede mi buen Dios! ¡La profesión, holocausto absoluto…; el martirio, unión decisiva a mi Amor! ¿No soy un ser privilegiado?”

    Ciertamente, la vida monástica es una voluntaria inmolación a Dios por amor, a un Dios que es amor (1Jn 4,8.16). Cuando el monacato surgió en Egipto y Próximo Oriente en el siglo IV, los primeros monjes quisieron abrazar un martirio cotidiano de ofrecimiento amoroso por la propia salvación y por la de todos los hombres. Eso supone la profesión de los votos monásticos de estabilidad, conversión de costumbres y obediencia (RB 58,17), con la que te dispones a vivir un amor crucificado, renunciando a legítimas aspiraciones para aspirar a la más alta de las metas, que es la dicha eterna en el Cielo con el Dios uno y trino, aceptando en la vida presente las cruces con que puedas probar diariamente tu amor al Señor. Todo porque, como nos propone San Benito, deseas “no anteponer nada al amor de Cristo” (RB 4,21; 72,11).

    Las dificultades asustan, pero el cristiano las acoge con amor mirando el ejemplo de Cristo en la Cruz y consciente de que, como dice San Ambrosio de Milán, a quien hoy celebramos, “la Cruz del Señor abole y esconde todos los errores” (Apología del profeta David a Teodosio Augusto, VI, 24). Tú mismo has querido unir desde este día el nombre de la Cruz al de tu santo patrono Francisco Javier, misionero incansable y representante de la mística y del heroísmo de la España del siglo XVI, a quien siempre debes tomar como modelo. También dentro de unos días celebraremos a otro gran santo y teólogo místico español de la misma época, como fue San Juan de la Cruz, quien afirmó que “el que no busca la Cruz de Cristo, no busca la gloria de Cristo” (Dichos de luz y amor – Puntos de amor, 23).

    Con todo esto, ¿cómo no comprender que la Cruz del Valle bajo la que vives y deseas seguir viviendo y morir nos hace presente la realidad de una existencia de amor crucificado con Cristo (cf. Gal 2,19) y que puede ser ofrecido especialmente por nuestra España y por la paz entre los españoles, con la confianza de que “España se salvará por la oración”, según prometió el Señor a Santa Maravillas de Jesús a unos pocos kilómetros de aquí en 1919?

    La Cruz es fuente de esperanza. En este tiempo de Adviento, se nos propone la virtud de la esperanza, pues esperamos revivir el Nacimiento de nuestro Salvador Jesucristo y esperamos asimismo su segunda venida al final de los tiempos, además de su venida silenciosa a nuestras almas cada día. Y la esperanza produce alegría. Esperamos el cumplimiento de las promesas del Señor y tú has de confiar en que Él te acompañará y te guiará durante todo el camino de tu vida monástica hacia el Cielo, en los momentos de gozo y en los de cruz. Tú tienes por naturaleza un carácter alegre que debes hacer crecer y sobrenaturalizar mediante la acción interior del Espíritu Santo en tu alma. Esa alegría puede y debe ser así motivo de esperanza para nuestra comunidad benedictina y para todos los que se acerquen a ti.

    Uno de los signos de esperanza que podemos ver hoy en ésta tu comunidad, es que, en medio de las persecuciones y padecimientos que sufrimos al pie de una Cruz que llama al amor, al perdón y a la reconciliación, Dios nos está bendiciendo con un grupo de jóvenes vocaciones, en el cual se os ve que existe un espíritu de entrega al Señor, una buena sintonía y una alegría que contagia y que irradia luz. Y a estas jóvenes vocaciones, hay que sumar el grupo de jóvenes que recientemente se está gestando en torno a nuestra comunidad y que en gran medida os tiene como referente.

    Una forma inequívoca de comunicar la fe y la esperanza al mundo por parte de los monjes es nuestra dedicación a las alabanzas divinas, algo que a ti te llena como monje y como músico, recordando el mandato de San Benito para que, al salmodiar, “nuestra mente concuerde con nuestros labios” (RB 19,7), pues en nuestra oración comunitaria se hallan presentes el Señor y sus ángeles (RB 19,1.5-6). Cuando cantes y te sientes al órgano, recuerda aquello que dijo otro gran español del siglo XVI, nuestro mayor músico del Renacimiento y un verdadero místico, Tomás Luis de Victoria, en una carta a Felipe II: “¿Para qué debe servir mejor la Música que para las divinas alabanzas del Dios inmortal, de quien procede el número y la medida, cuyas obras todas están tan admirable y tan suavemente dispuestas, que llevan delante de sí y muestran cierta increíble armonía y canto?” Lo cual nos recuerda a las bellísimas imágenes usadas por San Juan de la Cruz cuando habla de la “música callada” y la “soledad sonora” (Cántico espiritual, XV).

    En fin, hoy es un día también para dar gracias a Dios por lo que Él te ha dado en tu vida, especialmente la fe en la que has podido crecer en el calor de tu familia, en nuestra Escolanía y en el Seminario Menor de Toledo. Pídele, por eso mismo, que Él haga brotar nuevas vocaciones a la vida monástica entre nuestros escolanos actuales y antiguos y al sacerdocio entre los alumnos del Seminario de Santo Tomás de Villanueva, para que nuestra Abadía y la Diócesis de Toledo, que siempre han estado hermanadas por la caridad y el afecto, sean también así bendecidas.

    Que María Inmaculada, modelo de esperanza a quien mañana honraremos, te alcance la perseverancia en el día a día para llegar al Cielo.

  • 20 Nov

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    En el aniversario de su muerte, ofrecemos hoy especialmente el Santo Sacrificio de la Misa por las almas de José Antonio Primo de Rivera y de Francisco Franco. A ellos unimos, como se hace en esta Basílica todos los días del año, la oración por las almas de todos los Caídos en la Guerra Española de 1936-1939, tanto del bando nacional como del bando republicano, y por las almas de otros difuntos sepultados en el Valle.

    Como sabéis, la Iglesia dedica de forma singular el mes de noviembre a los difuntos. Y como también conocéis al haber estudiado el Catecismo, hay dos obras de misericordia que se refieren a los difuntos: entre las obras corporales de misericordia, está la de enterrar a los muertos, y entre las obras espirituales de misericordia, la de rezar a Dios por vivos y difuntos.

    El deber de enterrar a los muertos nace de la convicción de la resurrección de los cuerpos al final de los tiempos, cuando tenga lugar la segunda venida de Nuestro Señor Jesucristo en gloria para el Juicio Final; entonces, como nos enseña nuestra fe, los cuerpos resucitarán conforme al modelo del suyo y se reunirán definitivamente con el alma. Por eso los cristianos siempre hemos dado sepultura a los difuntos, sabiendo que sus restos corpóreos se corrompen de forma natural, pero que gozan de dignidad y respeto y deseamos que puedan reposar en paz. En esos cuerpos ya no hay vida y por eso no encontramos ningún peligro en ellos. Nosotros no creemos en fantasmas, no nos asustan los muertos y no vivimos angustiados y temerosos ante el mal que nos pudieran hacer los cuerpos de los difuntos, pues ciertamente no nos pueden hacer ningún daño. Con la altura de miras que tenía un gobernante de la talla humana de Carlos I, se explica que él dejara reposar en paz los restos de Lutero cuando estuvo ante su sepultura en Wittemberg, dejando su juicio en las manos de Dios.

    En cuanto al deber de orar por los difuntos, nace de la fe que tenemos en la vida eterna. Los cristianos rezamos por todos los difuntos, no sólo por los cercanos a nosotros ni sólo por los que nos caen bien, ni tan siquiera sólo por los cristianos. Lo hacemos para rogar a Dios que por su Misericordia infinita borre sus pecados y permita que gocen de su visión y su compañía por siempre, para que, si sus almas se encuentran en el Purgatorio, puedan pasar lo antes posible al Cielo; y sabemos asimismo que, si ya se encuentran en el Cielo, la comunión de los santos hace que esta oración sea eficaz en beneficio de otras almas. Es nuestro deber orar por todos los difuntos, amigos y enemigos, así como debemos también orar por los vivos, tanto amigos como enemigos. Ésta es la grandeza del cristianismo, que supera la cortedad de miras humanas para trascender hacia la Misericordia y el Amor infinitos de Dios.

    De un modo muy especial, el Santo Sacrificio de la Misa posee una fuerza extraordinaria para alcanzar la dicha eterna del Cielo a las almas de los difuntos, ya que se trata del mismo Sacrificio redentor de Cristo en la Cruz que se renueva y actualiza en el altar. Según San Gregorio Magno, el primer papa-monje y biógrafo de San Benito, la Misa alcanza ante Dios un gran valor al ofrecerse por las almas de los difuntos. Como sabe todo aquel que tiene una cierta formación religiosa, la Misa por un difunto no es un homenaje humano hacia él, sino el acto máximo de nuestra oración por él ofreciendo el mismo Sacrificio de Cristo, que ha derramado su Sangre por la salvación de su alma y por la de todas las almas, incluidas las de aquellos mismos que le llevaron a la muerte, para los cuales pidió al Padre celestial el perdón desde la Cruz.

    En consecuencia, los cristianos no nos vemos turbados por los difuntos. Ellos han podido hacer bien o mal en sus vidas, pero hoy ya no pueden hacer ningún mal. De ahí que la presencia de los restos de tantos difuntos sepultados en el Valle nos conduzca a orar por las almas de todos ellos y a aprender la lección que sin duda nos quieren ofrecer: que si un día se enfrentaron y murieron en campos opuestos, hoy seamos capaces de alcanzar la paz sin odio, sin rencor, sin venganza, siendo capaces de construir el futuro de España sin destruir su pasado y venciendo el odio con el amor.

    Ésta es la lección que se puede aprender también bajo los brazos redentores de la Cruz, donde el Mediador entre Dios y los hombres, el único Salvador y Redentor, Jesucristo, nos alcanzó la Misericordia divina, nos obtuvo la filiación como hijos adoptivos de Dios y perdonó a sus verdugos. La reconciliación de los hombres con Dios, de quien nos habíamos apartado por el pecado, nos la alcanzó Cristo en la Cruz, y la reconciliación entre los hombres nace así de esa reconciliación teologal.

    Que María Santísima, que permaneció fiel al pie de la Cruz y recibió en sus brazos a su Hijo muerto, nos enseñe a los españoles a vivir en paz e interceda para que las almas de todos los difuntos gocen de la visión eterna de Dios.

  • 12 Nov

    P.Santiago Cantera

  • Querido Fr. Carlos:

    España, en su esencia y en su desarrollo histórico, está unida estrechamente a la fe cristiana. Desde la primera predicación apostólica y el pronto arraigo del cristianismo en tierras como la Bética de la que eres natural, la sangre de los mártires la hizo ser fecunda en frutos de santidad, de firmeza en la defensa de la fe y de capacidad misionera. Y por eso, la patria hispana, que sería desde tales inicios tierra de Cristo y “tierra de María”, como la denominara San Juan Pablo II, vería igualmente desde épocas muy remotas crecer la vida monástica, como recordamos hoy en esta memoria de San Millán y los Santos Monjes Españoles.

    En efecto: desde testimonios contemporáneos al final del período romano en los siglos IV y V, como los de la monja peregrina Egeria o Eteria y la relación de San Agustín con los monjes de la isla balear de Cabrera, y hasta nuestros días, España ha sido tierra de fuerte arraigo monástico y de santos y santas que han abrazado este género de vida. En ella brotaron pronto, en la época visigótica, grandes santos patriarcas del eremitismo como Emiliano o Millán y del cenobitismo como Fructuoso de Braga; San Braulio de Zaragoza, biógrafo del primero, se dirigió al segundo llamándole “esplendor sagrado de España”. Aquella España visigótica vio escribir y practicar reglas monásticas originarias que se perpetuaron durante siglos hasta que se afianzase en ella la de Nuestro Padre San Benito. San Fructuoso, precisamente, peregrinó por la Lusitania y la Bética hasta tu tierra gaditana para venerar las reliquias de los mártires hispanorromanos y en el entorno de Cádiz fundó monasterios masculinos y femeninos, entre los cuales brilló la santa monja Benedicta, que reunió en torno a sí a 80 discípulas que quisieron vivir la esponsalidad con Cristo, tal como también San Leandro se la hubiera propuesto a su hermana Santa Florentina igualmente en la provincia Bética.

    España ha sido fecunda en santos abades como Domingo de Silos y sus amigos Íñigo de Oña, Sisebuto de Cardeña y García de Arlanza, pacificadores de reyes enfrentados, y ha dado testimonios impresionantes como el de la monja reclusa Santa Oria. Ha sido fecunda y al mismo tiempo fecundada por la sangre de monjes y monjas mártires como los mozárabes, los de Cardeña o los de los años 30 del siglo XX, donde no podemos olvidar a nuestros benedictinos de Silos en Madrid y a los de El Pueyo y Montserrat, así como a los cistercienses de Viaceli y sus hermanas de Algemesí, al restaurador de los jerónimos y a los no beatificados aún de la cartuja de Montalegre y de los ermitaños de la Luz de Murcia.

    España ha visto nacer Órdenes monásticas como los jerónimos en el siglo XIV y más tarde los basilios, con cuyos fundadores en la Sierra de Córdoba trabaron amistad espiritual Santa Teresa de Jesús y San Juan de Ávila; además, el Beato Juan de España había dado nacimiento a la rama femenina de la Cartuja en el siglo XII. Todo esto, sin olvidar las reformas monásticas bajomedievales y que buena parte de la reforma de algunas Órdenes mendicantes como la franciscana por vía de fray Pedro de Villacreces y más tarde San Pedro de Alcántara, y la carmelitana por medio de Santa Teresa y San Juan de la Cruz, se orientaron en una línea de acentuación de los valores monásticos. Santa Teresa, queriendo retornar a los orígenes más puros del Carmelo, recordó a las carmelitas que eran comunidades de ermitañas y por eso en esta reforma se abrieron pronto “desiertos” en su rama masculina.

    Pero no puedo ni debo alargarme más en este recuerdo y elogio del monacato hispano y de sus santos y santas, pues de una homilía en la que proponerte un ideal y animarte a vivir desde esos preciosos ejemplos, correría el riesgo de pasar a una conferencia.

    El objetivo esencial de la vida monástica –lo sabes bien–, tanto entre los monjes españoles como entre todos los monjes cristianos, y así nos lo ha propuesto Nuestro Padre San Benito, es la búsqueda de Dios mediante la configuración con Cristo y bajo la acción del Espíritu Santo. Así decía San Braulio que San Millán vivía sus austeridades en la dureza del clima riojano “por amor de Dios, en la contemplación de Cristo y con la gracia del Espíritu Santo” (Vita Aemiliani, IV). Como monje, tienes que aspirar a ser morada de la Santísima Trinidad y a vivir en el seno de la Santísima Trinidad, a vivir la inhabitación trinitaria como la oblata benedictina Beata Ítala Mela y a buscar la unión transformante del alma en Dios que de forma tan hermosa y con tantas imágenes tomadas de la Sagrada Escritura y del paisaje castellano nos expuso San Juan de la Cruz.

    Quisiera proponerte además algunos modelos de monjes jóvenes que han vivido este ideal en tiempos recientes y en tierras hispánicas, y de ellos me voy a fijar en tres. El primero, el del cisterciense San Rafael Arnáiz, muerto por dura enfermedad a los 27 años recién cumplidos, maestro del amor de Dios y del vivir y sufrir crucificado con Cristo bajo el amparo maternal de la Virgen María. El segundo, el del Beato Aurelio Boix, monje de El Pueyo, quien a sus 21 años dijo a sus padres y a su hermano que iba a unir en breve el holocausto de su vida por la reciente profesión monástica y la unión definitiva a Dios, su Amor, por la inmolación gloriosa del martirio. Y el tercero, el del Siervo de Dios portugués Bernardo de Vasconcelos, fallecido a los 30 años, quien descubrió para sí y enseñó para otros la vivencia íntima de la Santa Misa como misterio supremo de la Liturgia, de la vida de la Iglesia y del verdadero espíritu cristiano.

    Que ellos y todos los Santos Monjes Españoles, bajo la guía de Jesús y de María, te ayuden en tu camino monástico.

  • 2 Nov

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    La Iglesia Católica dedica de un modo especial el mes de noviembre a la intercesión por las almas de los difuntos y, si ayer celebrábamos la solemnidad de Todos los Santos, que nos recuerda que todos estamos llamados a la santidad ante Dios y a la salvación eterna, la conmemoración litúrgica de hoy nos abre la puerta a este mes en el que se nos anima a orar por las ánimas del purgatorio. Tenemos ciertamente el deber de ofrecer nuestras oraciones, penitencias, limosnas y el Santo Sacrificio de la Misa para que las almas que se encuentran en ese estado puedan pasar a disfrutar de Dios. La conmemoración de los Fieles Difuntos fue instituida por el abad San Odilón de Cluny a inicios del siglo XI.

    La Iglesia Católica afirma la existencia del Purgatorio y lo definió solemnemente como un dogma en el II Concilio de Lyon en 1274. En la Sagrada Escritura, y muy especialmente en los libros de los Macabeos, hay numerosos textos en los que se descubre la realidad del Purgatorio o de unas penas purgatorias. Y es que es lógico que, para poder pasar a contemplar la belleza infinita de Dios en la eternidad, las almas deban estar limpias de toda mancha dejada por sus pecados. Lo mismo que cuando una persona asiste a una boda o a un encuentro importante tiene que ir con un vestido limpio, para ver a Dios tenemos que estar perfectamente purificados.

    San Agustín, San Gregorio Magno y otros Padres de la Iglesia trataron el tema del Purgatorio. San Gregorio Magno, biógrafo de nuestro Padre San Benito y primer papa-monje, resaltó en sus libros de los Diálogos la fuerza inmensa que posee el Santo Sacrificio de la Misa ofrecido por las almas de los difuntos para que queden liberadas de las penas purgantes y que así puedan pasar a la gloria celestial. Ciertamente, la Santa Misa es lo más grande que existe y que sucede sobre la faz de la tierra, pues es la actualización de la Pasión, la Muerte, la Resurrección y la Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo, trascendiendo las barreras del espacio y del tiempo. A ella debiéramos acudir siempre con devoción, con admiración y con asombro renovado ante lo que sucede delante de nosotros.

    El mes de noviembre nos coloca ante las realidades de lo que tradicionalmente se ha conocido como los “Novísimos” y de los cuales hoy por desgracia no hablamos mucho los sacerdotes.

    Ciertamente, el bien o el mal que hagamos en esta vida tienen repercusiones de cara a nuestra salvación eterna, a la que Dios nos invita. Nuestra vida no se termina con la muerte: más bien comienza. Todos debiéramos meditar acerca de la muerte, no con un sentido tétrico, sino como una realidad de la vida humana ante la que ésta encuentra su sentido y ante la que debe decantarse por el bien o por el mal, teniendo presente que tras ella vendrá la realidad eterna, ya de gloria en el Cielo, ya de pena en el Infierno, porque éste también existe. El Infierno no lo ha originado un Dios cruel, sino la obstinación diabólica y humana en el mal hasta el último momento, que se cierra a la misericordia divina.

    Los “Novísimos” se deben meditar siempre con esperanza, ya que la actitud cristiana es de esperanza, virtud teologal infundida por Dios en nuestra alma para confiar en la grandeza de la bondad y de la misericordia de Dios, que nos invita al arrepentimiento y a la conversión para alcanzar la vida eterna.

    “Dios quiere que todos los hombres sean salvos” (1Tim 2,3-4), dice San Pablo. Y Jesús nos habla de la inmortalidad y de que Dios “no es Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos están vivos” (Mc 12, 27; Lc 20,38). Dios desea que todos podamos llegar a gozar del Cielo, de la visión de Él mismo, introduciéndonos en la misma vida divina, que es vida de amor entre las tres divinas personas, vida de amor entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo. Y por eso quiere que le roguemos por la liberación de las ánimas benditas del Purgatorio, pues nuestras oraciones y sacrificios por ellas, y sobre todo el Santo Sacrificio de la Misa ofrecido por ellas, puede así conducirlas al Cielo.

    En todo el mes de noviembre se puede ganar en esta Basílica indulgencia plenaria aplicable por las almas del Purgatorio, con las debidas condiciones de confesión sacramental, comunión eucarística, oración por el Papa y aversión al pecado.

    Que María Santísima, que esperó con fe la Resurrección de su Hijo, interceda por las ánimas del Purgatorio y nos lleve a meditar en los misterios que ahora la Iglesia nos propone.

  • 1 Nov

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    En la solemnidad de Todos los Santos, la Iglesia honra a todos aquellos hermanos nuestros que han alcanzado ya la gloria celestial en la eternidad, tanto los que están oficialmente beatificados y canonizados, como aquella ingente multitud de hombres y mujeres que, habiendo pasado en su mayor parte desapercibidos y siendo desconocidos para nosotros, vivieron la vida cristiana con fidelidad. Entre ellos pueden contarse muchos familiares y amigos nuestros que han sido un verdadero ejemplo de vida cristiana para quienes los conocieron.

    Como afirmaremos en el Credo, una de las cuatro notas de la verdadera Iglesia es la santidad. Lo dice el Salmo 92: “La santidad es el adorno de tu casa” (Sal 92,5). Y lo es porque su fundador, Nuestro Señor Jesucristo, es santo y envía sobre ella el Espíritu Santo para que la vivifique y la santifique, produciendo en ella frutos de santidad. A pesar de las miserias y de los pecados de los cristianos, la Iglesia es esencialmente santa. Por eso mismo nos deben doler nuestros propios pecados y los de todos los hijos de la Iglesia, y especialmente de los sacerdotes, pues empañan la imagen de pureza que debe brillar en la Iglesia como Esposa de Cristo. En definitiva, debemos orar y sacrificarnos para que “la santa Iglesia, esposa de Dios, señora y madre nuestra, vuelva a ser libre, casta y católica”, como dijera el Papa y monje benedictino San Gregorio VII en el siglo XI.

    Desde sus mismos orígenes, la Iglesia rindió un culto especial a los mártires y los tomó como modelo, y muy pronto asoció a ellos a otros hombres y mujeres que sobresalieron por haber vivido las virtudes en grado heroico. La meta del cristiano es la santidad y el logro de la salvación eterna, porque suponen la fidelidad y entrega absoluta a Dios y el disfrute de su contemplación para siempre. En consecuencia, el ideal cristiano es la santidad: “¡Ser santos!”, como han proclamado muchos santos. “¡Hagámonos santos, que todo lo demás es tiempo perdido!”, nos han dicho muchos de ellos.

    La santidad consiste básicamente el ejercicio heroico de las virtudes. Y la virtud es una disposición permanente del alma para obrar el bien y evitar el mal. Para poder ejercitarla de un modo perfecto necesitamos la ayuda de la gracia divina, que es un anticipo de la gloria celestial y se nos comunica por medio de los sacramentos, la oración y las buenas obras; la gracia es la participación, ya en la tierra, de la naturaleza y de la vida divinas, como nos dice la segunda carta de San Pedro (cf. 2Pe 1, 3-4).

    Seamos santos, iluminemos al mundo que nos rodea con nuestro ejemplo y aspiremos al Cielo, viviendo las Bienaventuranzas que Jesús nos ha proclamado en el Evangelio (Mt 5,1-12) y anhelando pertenecer al séquito de los santos que eternamente glorifican a Dios, según la descripción del Apocalipsis (Ap 7,2-4.9-14), sabiendo que entonces, como nos ha dicho el apóstol San Juan, “seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es” (1Jn 3,1-3).

    La solemnidad de Todos los Santos, por tanto, es un doble estímulo a ser santos en la tierra y a alcanzar la gloria de los santos en el Cielo. Los santos, con su vida y con su ejemplo, han sido capaces de aportar al mundo caridad y justicia. Pero además, nos sirven de modelo para alcanzar la dicha eterna en el Cielo. Son un aliciente para la esperanza cristiana, la cual es una virtud teologal infundida por Dios en la voluntad, por la cual confiamos con plena certeza alcanzar la vida eterna y los medios necesarios para llegar a ella apoyados en el auxilio omnipotente de Dios.

    La solemnidad de hoy y el mes de noviembre, dedicado a los Fieles Difuntos, nos recuerdan la realidad trascendente del ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios y redimido por la Sangre de Jesucristo. Nos recuerdan la realidad de la inmortalidad del alma y la fe en la resurrección final de los cuerpos, según el modelo del Cuerpo resucitado de Jesucristo en estado glorioso. No está de más recordar, en consecuencia, que rezar por vivos y difuntos es una de las obras de misericordia espirituales, y enterrar a los muertos es una de las obras de misericordia corporales. Y de ahí el respeto que la fe cristiana, acorde con la Ley Natural inscrita en el corazón de todos los hombres cuya razón gobierna adecuadamente en sus vidas, impone a la memoria de los difuntos, a sus restos mortales y a sus sepulturas.

    En los tiempos que vivimos y en los que absurdamente se han generado en España problemas que no existían, bueno sería recordar lo que, en una época en que no sobresalían los mediocres, se cuenta de un gobernante de una gran talla cultural, moral y cristiana, como fue Carlos I. Según se narra en cierta tradición, ante el sepulcro de Lutero en Wittenberg, cuando alguno le propuso exhumar sus restos y dispersarlos, contestó: “No hago la guerra a los muertos; descanse en paz. Ya está delante de su Juez”. El ejemplo de Carlos I es el que corresponde al caballero cristiano español: dar la batalla por la verdad desde esa nobleza de alma y desde esa altura de miras, con la ayuda de Dios y de Santa María Virgen, con el ejemplo de los santos y de los héroes, siendo capaces de construir el futuro sin destruir el pasado y haciendo reinar el amor sobre el odio. Que Santa María, Reina de todos los Santos, nos ayude en el camino de la santidad.

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