• 24 Sep

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos: No podía haberse buscado un texto tan oportuno para los tiempos en que nos ha tocado vivir como el comienzo de las lecturas que hemos escuchado. Como si fuese el resumen de todo lo más sensato que pudiera decirse en este mundo. Como si se quisiera quintaesenciar el mensaje que todo cristiano desearía lanzar a este mundo que anda sumido en preocupaciones que no conducen al bien. Proclamo de nuevo esta palabra de salvación tomada de Isaías en el capítulo 55:

    “Buscad al Señor mientras se deja encontrar,
    invocadlo mientras está cerca.
    Que el malvado abandone su camino,
    y el malhechor sus planes,
    que se convierta al Señor, y Él tendrá piedad,
    a nuestro Dios, que es rico en perdón. (Is 55,6-7).

    Un texto que en apariencia no guarda relación con el Evangelio que se ha proclamado. Lo que ocurre es que este evangelio tiene una lección que no siempre se sabe dar con ella. El punto central de la parábola se suele poner en la generosidad del Señor dueño del campo, que representa a Dios magnánimo con los olvidados, con los que no encuentran trabajo. Esto no cabe duda que es verdad. Pero podemos abordar la parábola bajo la perspectiva de las formas equivocadas o acertadas de nuestra relación con Dios. El Señor está cerca ahora, pero puede pasar este tiempo de misericordia y entonces convertirse el mundo en un laberinto donde encontrar al Señor resulte casi imposible. Ahora lo tenemos cerca. ¿Cuál es la dificultad? La dificultad la ponemos nosotros, no el Señor.

    ¿Qué es lo que hacemos mal? El hombre pretende relacionarse con el Señor calcando el modo de abordar sus tareas y conquistas humanas. Y tarda en descubrir que tiene que dejarse enseñar por el mismo Señor, para que su búsqueda sea efectiva y así no quedará extenuado y no será vano su esfuerzo. Se nos ofrecen tres propuestas: desde la mínima confianza en Él hasta la plena.

    A lo largo de la Historia de la Salvación el hombre ha ensayado buscar a Dios y se ha llevado sorpresas decepcionantes. Ha puesto su yo, su capacidad humana como guía en su búsqueda, ha pretendido con sus solas fuerzas encontrar a Dios y hacerlo objeto de sus conquistas. El hombre puede conocer a Dios por su razón, sí, pero tan imperfectamente que se puede decir que lo encuentra por este camino es verse a sí mismo en el espejo. Ésta es la postura del hombre que pretende presentar a Dios el cumplimiento de los mandamientos como moneda de cambio para ser salvado. El hombre pretende ser salvado por sus propias fuerzas. Y por mucho que se fatigue descubre que es imposible y se aparta de Dios culpando a Dios o los que le rodean de su alejamiento de la casa paterna. Y la parábola nos refleja al hombre en esta situación en los trabajadores de primera hora que están allí a la aurora dispuestos a ofrecer al Señor su trabajo duro de sol naciente a sol poniente para satisfacer al que les contrata. Trabajan porque no quieren pasar hambre. Se duelen de sus pecados sólo por temor del infierno. Huyen del dolor. No les atrae la persona de Jesús, su Reino de Gracia. Sólo quieren los beneficios materiales de su salvación; a Él no le conocen, es decir, no les interesa ni le aman. Son como el ladrón crucificado juntamente con Jesús que no se arrepintió. Se atrevía a enseñar a Jesús lo que tenía que hacer: “sálvate a ti mismo y a nosotros”. Quería un mesianismo de triunfos humanos en el que no tiene cabida la conversión del hombre, el reconocimiento de su pecado, la ofensa y el dolor de Dios. Sólo le interesaba bajar de la cruz y quedar libre para seguir haciendo lo mismo. Sin embargo, el temor al infierno también puede ser un medio de salvación nada desdeñable si a eso se añade la confesión sacramental e incluso el deseo sincero de la misma si no pudiese llevarse ésta a cabo.

    El Señor también ha abierto otra vía para atraer a sus hijos con lazos humanos. Así lo dice en el profeta Oseas: “Con cuerdas humanas los atraía, con lazos de amor, y era para ellos como quien alza a un niño contra su mejilla, me inclinaba hacia él para darle de comer” (Os 11,4). Este proceder del Señor como la madre que cuida de su hijo pequeño queda identificado en la parábola por los trabajadores de mediodía: “Id también vosotros a mi viña y os pagaré lo debido”. Es la promesa de una recompensa. El hombre se siente motivado por ello. Los apóstoles preguntaron en otra ocasión al Señor. “¿Qué nos corresponde a nosotros que lo hemos dejado todo?” Ya sabemos, la respuesta del Señor es que recibirán cien veces más. Pero cuando llegó la prueba, en el Calvario sólo Juan de entre los doce se arriesgó a jugarse la vida junto con el Maestro, los demás huyeron. A pesar de la promesa no fueron capaces de superar el miedo y el desconcierto al ver a Jesús reducido por los soldados y humillado a pesar de que ni los vientos ni las tormentas se oponían a su palabra. Tampoco las promesas son un medio del todo eficaz para el hombre pecador y muchas veces acaba recayendo en el pecado y poniendo en serio riesgo su salvación eterna.

    Pero el seguro más eficaz es sin duda el que también está atestiguado en el Antiguo testamento: “el justo vivirá por la fe”, y encarnado en la persona de Abraham. Creyó en la promesa del Señor a pesar de que parecía que el mismo Señor le obligaba a hacer lo contrario de lo que había prometido al mandarle sacrificar a su hijo Isaac. Pero los ejemplos más acabados son María, la madre de Jesús, que contesta al arcángel Gabriel: “Hágase en mí según tu palabra” y el mismo Jesús: “Mi alimento es hacer la voluntad del Padre” y en el huerto de los Olivos: “Si es posible que pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”. En la parábola está representada esta actitud de confianza plena en la voluntad divina en la proposición que le hace el dueño a los del atardecer: “Id también vosotros a mi viña”. Así de escueto. Ni contrato de trabajo, ni siquiera una promesa de una paga proporcional justa.

    El Señor nos quiere enseñar que no nos quedemos en las cosas bajas de este mundo, que aspiremos a los bienes del cielo, a la Gloria eterna. Vivir identificados con la Voluntad de Dios debe ser lo que busquen nuestros ojos. No podemos distraernos con nada; estamos llamados a ser luz, a buscar la voluntad de Dios desinteresadamente. Que no nos contentemos con llevar una vida espiritual y religiosa; no, sino que vivamos la Gloria en nuestra vida, que nuestra vida sea una luz que alumbre. No nos conformemos con mirar a la luz, sino que seamos luz para este mundo perdido, que sea un reclamo para el pecador, para el obstinado en su pecado, que se halla abocado a las puertas del infierno. Este mundo está entenebrecido y la única luz que nos queda es la de la gracia, del bien y del amor.

    No podemos contemplar inertes cómo el maligno hace presa en nuestros familiares y amigos arrastrándolos al mal. No es un camino fácil. En ningún lugar del Evangelio nos dice Jesús que sea un camino fácil, pero es el camino de la salvación. A partir de la entrada del demonio en este mundo por el pecado original, con la consiguiente corrupción de las almas, hemos de caminar por el camino del dolor y del sufrimiento hasta llegar a ala Vida eterna. Vida par los que hayan vivido en el bien de sus almas y condenación eterna para los que, ni en el último instante de su vida, se acojan a la Salvación. Jesús nos invita a acogernos a su Cruz. Su sangre nos limpia de todo pecado. Debemos atraer a todos a la Eucaristía y al sacramento de la reconciliación para que sean lavados en la Sangre del Cordero y queden limpios antes de que sea demasiado tarde. Ahora se deja encontrar, ahora todavía está a nuestro alcance; cuando el pecado cobre más fuerza será casi imposible encontrar sacerdotes, lugares de culto, no ser impedido para usar de su derecho a la asistencia religiosa. Tenemos una tarea inmensa que realizar. Pidamos en esta Eucaristía el no descuidar nuestro deber.

  • 14 Sep

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Son preciosas estas afirmaciones que acabamos de escuchar de labios de Jesús en el Evangelio de San Juan (Jn 3,13-17), tomadas de su diálogo con Nicodemo: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó su Unigénito para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él” (Jn 3,16-17).

    Aquí está expresado y sintetizado todo el amor de Dios al hombre, todo el misterio de la Redención, obrada por ese inmenso amor que no ha permitido dejar al hombre en el estado de postración en que había quedado a consecuencia del pecado original. La Redención ha supuesto la máxima expresión del amor divino: Dios nos ha enviado a su Hijo, a la segunda persona de la Santísima Trinidad, al Verbo eterno del Padre eterno, para que, asumiendo la naturaleza humana y siendo así verdadero Dios y verdadero hombre, viniera a rescatarnos del pecado y a otorgarnos la filiación adoptiva de Dios, la condición de hijos adoptivos de Dios, hechos hijos en el Hijo, de tal forma que ahora podemos llamar Padre (Abba) a Dios y hemos sido hechos coherederos de Dios con Cristo, como enseña San Pablo en la carta a los Romanos (Rm 8,14-17).

    El envío de Jesucristo como Salvador y Mediador revela además el amor infinito de Dios mediante el abajamiento que supone la asunción de la naturaleza humana por parte de quien es Dios, tal como lo ha expuesto San Pablo en la segunda lectura, tomada de la carta a los Filipenses (Flp 2,6-11): “Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos”. Esto es lo que teológicamente se conoce con el término griego de kénosis, es decir, el abajamiento o la humillación del Hijo de Dios al hacerse hombre. Sin dejar de ser Dios ni perder nada de su condición divina, asumió las limitaciones de la naturaleza humana, hasta el punto de aceptar la crudeza de la muerte.

    Y precisamente, la muerte de Jesucristo es la expresión culminante de su amor por nosotros: una muerte de cruz, la peor del mundo antiguo, la más injuriosa, la más temida y la más cruel. “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13), dijo a los apóstoles al despedirse de ellos en la Última Cena. Y Él ha dado su vida por todos nosotros para rescatarnos del poder del demonio, del pecado y de la muerte, entregándose a esa muerte ignominiosa y terrible de cruz.

    Pero la muerte no ha tenido dominio sobre Jesucristo: aunque se sometió a ella demostrando su verdadera humanidad, triunfó resucitando en virtud de su divinidad. La Resurrección de Cristo, acontecimiento real y verdadero y a la vez histórico y que trasciende la historia, como enseña el Catecismo de Iglesia Católica (nn. 639, 647 y 656), es la victoria de Cristo. Y por eso mismo, la Cruz se ha convertido en símbolo máximo del amor de Dios, de la entrega de Jesucristo por amor, y en signo de triunfo y de victoria sobre el demonio, sobre el pecado y sobre la muerte.

    ¿Por qué extrañarnos entonces de que el signo de la Cruz sea combatido? Parecería, sin duda, que todos debieran reconocer en ella el signo del amor más grande, de la paz, del perdón y de la reconciliación. Y, sin embargo, es combatida. Indudablemente, el demonio no puede admitir que se dé culto a la Santa Cruz en la que él ha sido derrotado junto con el pecado y junto con la confusión que promueve con todas sus fuerzas entre los hombres. Hoy fácilmente se aplica por parte de algunos el sufijo “fobo” contra quienes no se suman al pensamiento único que tratan de imponer. Y sin embargo, los que tan fácilmente descalifican a otros tachándoles de xenófobos, islamófobos, homófobos, tránsfobos, etc., con frecuencia incurren ellos mismos en una cruel cristianofobia e incluso en una rabiosa Cristofobia, expresada, entre otros aspectos, en un intento constante por desterrar el signo de la cruz de todos los espacios públicos e incluso de los privados y de las personas si pueden. Por eso, no nos extrañemos de que la misma Cruz del Valle, mucho más allá de connotaciones políticas que la Cruz no tiene en sí, sea signo de contradicción.

    Pero nosotros, sin miedo a un terrorismo cristofóbico que pueda desarrollarse con violencia física, verbal, mediática e incluso legal, miremos al árbol de la Cruz, árbol de vida en el cual estuvo clavada la salvación del mundo: el propio Salvador, Jesucristo, que en la Cruz amó, en la Cruz perdonó, en la Cruz murió y en la Cruz triunfó sobre el demonio, sobre el pecado y sobre la misma muerte. Miremos a la Cruz con la misma confianza con que los judíos en el desierto miraban a la serpiente de bronce alzada por Moisés entre el pueblo como estandarte de curación (Núm 21,4-9). Miremos a la Cruz con la esperanza de la salvación, con la esperanza de la vida eterna, con la esperanza del Cielo. Miremos a la Cruz con la confianza en el perdón de Dios sobre nuestros pecados, con la confianza en la misericordia de Dios hacia nuestras miserias, con la confianza en el amor de Dios que se derrama sobre nosotros desde los mismos brazos redentores y pacificadores de la Cruz. Y miremos a la Cruz, a cuyo pie encontraremos a María, la Virgen casta, la Madre de misericordia, la discípula fiel de su Hijo que permanece junto a Él y ante Él intercede por nosotros, alcanzando de Él y del Padre para nosotros el amor, el perdón y la salvación.

  • 12 Sep

    P.Santiago Cantera

  • Querido P. Juan Pablo, querida Comunidad y queridos hermanos en el Señor:

    Celebrar hoy la profesión jubilar de 25 años o bodas de plata de los votos monásticos está envuelto en una belleza entrañable, porque tiene lugar en el día que la Iglesia festeja el Dulce Nombre de María y cuya memoria litúrgica hemos recuperado en nuestro monasterio muy recientemente. En el prefacio que se va a cantar, dirigiéndonos a Dios Padre, diremos que “en el nombre de Jesús se nos da la salvación”, “pero has querido, con amorosa providencia, que también el nombre de la Virgen María estuviera con frecuencia en los labios de los fieles”, quienes la contemplan confiados como estrella luminosa y madre en los peligros.

    Ciertamente, los nombres de Jesús y de María están íntimamente unidos, porque el Salvador nos vino por medio de María y Él la asoció como la primera Colaboradora en la Redención. Y estos nombres están especialmente unidos en la vida de un monje, cuya dedicación a la alabanza divina y a la contemplación de los misterios celestiales le conduce a bendecir los nombres de Jesús y de María, en los cuales encuentra su refugio, su consuelo y su fuerza. En toda la tradición monástica hay abundantes exhortaciones a invocar estos nombres con la esperanza de obtener su auxilio. Así, entre los monjes del Oriente cristiano, la oración de Jesús, la oración del corazón, se fundamenta en la invocación constante del nombre de Jesús, reproduciendo la oración del ciego Bartimeo, porque sólo Jesús puede apiadarse del pecador arrepentido que le suplica ser escuchado por Él. Y esto lleva a la conciencia de la presencia de Jesús en todos los momentos de la vida del monje, a la meditación de sus palabras y sus obras, a la contemplación del Señor Jesucristo.

    Pero, junto a Jesús, está María. Ambos nombres tienen incluso una sonoridad marcada por la dulzura que, en los oídos y en los labios del cristiano y más si cabe en los del monje, le comunican paz y alegría. San Bernardo, modelo de monje y abad, tiene un precioso elogio del nombre de María que hemos leído esta mañana en el Oficio de Lectura, donde incide en el significado atribuido a este nombre como “estrella del mar” y la denomina “la estrella más brillante y más hermosa”, “cuya luz se difunde al mundo entero, cuyo resplandor brilla en los cielos y penetra en los abismos”, “vigoriza las virtudes y extingue los vicios”. Por eso nos anima a que, en medio de las tormentas y de los naufragios de esta vida, en medio de las tentaciones y de las tempestades de los vicios o cuando nos veamos arrastrados contra las rocas del abatimiento, acudamos al nombre de María: “mira la estrella, invoca a María” (Homilía II en alabanza de la Virgen Madre, 17).

    La vida del monje, y lo sabe bien quien cumple ya 25 años de profesión de sus votos, tiene que atravesar momentos como éstos a los que alude San Bernardo y en los que el recurso a Jesús y a María es el sustento sólido de una vocación de entrega absoluta a Dios. Las tentaciones y las tempestades que acucian en la vida de cualquier persona no están ausentes, ni mucho menos, en la vida del monje. Incluso, si cabe, quizá lo zarandeen más, porque el demonio lucha siempre con el mayor ímpetu tratando de hacer desistir de su propósito a las almas consagradas. Pero los nombres de Jesús y de María, en esas dificultades, son los que conducen también hacia la luz de la contemplación, que es el fin de la vida del monje: la unión con Dios, unión transformante en el amor. La vida del monje se convierte entonces, de la mano de Jesús y de María, en un testimonio ante el mundo, en un testimonio luminoso, que bebe del nombre de salvación que es Jesucristo y del nombre de la estrella que es María.

    Jesús y María deben ser el fundamento espiritual que sustente el desarrollo de las cualidades y virtudes que Dios da a cada persona y a cada monje en particular. Y así, entre las que Dios ha otorgado a nuestro P. Juan Pablo, se encuentran una llamada especial al estudio, que es una labor secular en la historia del monacato, y de un modo más especial aún la dedicación al estudio de la historia de la Iglesia y de la sagrada liturgia, que es el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo y donde se encuentra la fuente y el culmen de la vida de la Iglesia, como enseña el Concilio Vaticano II (Sacrosanctum Concilium, nn. 7 y 10). Vivida desde el amor a Jesús y María y engarzada con las otras tareas del día a día en la vida de la comunidad monástica y al servicio de ella, esta dedicación puede y debe ser vehículo para la salvación eterna y la santidad, porque en ella el monje no habrá de buscar un brillo externo que no podrá llevarse a la sepultura, sino que el fin procurado debe ser siempre el crecimiento personal en la vida interior, un mayor conocimiento y amor de Dios, y el bien de la Iglesia y de las almas. No podemos olvidar, por otra parte, que tu vocación nació en el seno de la Escolanía, a la que también has dedicado una atención importante y donde sin duda comenzó también ese amor al canto gregoriano y a toda la música sacra que alimenta asimismo tu dedicación al estudio de la liturgia.

    En fin, que el Dulce nombre de María, la “Estrella del mar”, sea en todo momento luz y guía en tu vida monástica y, unido al santo nombre de Jesús, se convierta en la meta de todos tus deseos y aspiraciones. Que Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, te descubra el misterio sublime de la Santísima Trinidad y que María, verdadera Madre de Dios, te introduzca en el amor de su Hijo y de la excelsa Trinidad, para que la misma Trinidad divina habite en tu alma durante la vida presente y finalmente puedas contemplarla eternamente.

  • 12 Sep

    P. Juan Pablo Rubio

  • En este día tan especial de mi caminar monástico deseo expresar mi gratitud al Señor, Pastor bueno y buen Samaritano, que me ha rodeado de bondad y de misericordia todo este tiempo y ha sido siempre fiel, incluso cuando yo me he apartado del camino recto. Al mirar hacia atrás, compruebo que Él estaba siempre cerca, alentándome con su Palabra y sosteniéndome con su gracia.

    Gracias de todo corazón a vosotros, papá y mamá; al veros le pregunto al Señor: ¿cómo te pagaré todo el bien que me has hecho a través de su vida y de su testimonio de fe? Quiero dar las gracias también a mis hermanos, a mis sobrinos y a los amigos que hoy me acompañáis. Me llena de felicidad que estéis aquí. Por vosotros repito las palabras del salmista: «Te doy gracias, Señor, de todo corazón, proclamando todas tus maravillas»; y hago mío el pensamiento del Eclesiástico: «Quien encuentra un amigo, encuentra un tesoro».

    Mi gratitud se dirige de un modo particular a mi comunidad benedictina de Santa Cruz. En este monasterio he sido iniciado en la búsqueda de Dios y de su voluntad, por encima de todo, y en la primacía de la oración litúrgica, como servicio de alabanza y de intercesión. Cuántos ejemplos discretos de virtud he contemplado en mis hermanos, también en quienes ya pasaron a la presencia del Padre; en unos y otros he podido apreciar la actitud de escucha, el amor al silencio, la fidelidad a la oración, la constancia en el trabajo, la aceptación de la enfermedad…

    En mi memoria agradecida están también los nombres de muchas personas, familiares y amigos, monjes y religiosas que hoy no se encuentran aquí. Y también, vosotros, queridos escolanes, que nos habéis ayudado a rezar con vuestro canto en esta celebración.

    La perspectiva de estos años me ha permitido descubrir que el Señor ha ido disponiendo cada etapa del camino con sabiduría divina, que cada una era necesaria para crecer espiritualmente, para irme configurando a imagen de Jesucristo; me ha ido mostrando que la iniciativa es siempre suya y paso a paso he podido comprobar que soy más amado, más perdonado y más llamado.

    Hoy percibo con claridad que todo es mensaje de Dios amor; las cosas, las personas, los acontecimientos, los momentos de dolor y oscuridad, y los momentos de luz y de gozo. En todo está su presencia, su amor, su palabra y su vida divina que se nos comunica.

    Veinticinco años después de aquellos primeros votos, pronunciados con tanta ilusión y con tanta inexperiencia, me llena de asombro corroborar que la vida consagrada es un Sí, un Sí a la llamada de Dios, esa llamada que encierra un amor de predilección, un Sí que, pasando por mediaciones humanas, nos hace libres y felices, un Sí que nos sitúa en actitud de servicio a los hermanos.

    Pedid a Dios que, con la mirada fija en el Sí creyente y disponible de santa María, madre de los monjes, sea capaz de renovar día tras día el Sí de mi entrega.

    Hoy mi corazón se alegra, porque es eterna su misericordia.

    Hoy mi corazón se alegra y le canta agradecido.

  • 10 Sep

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: tomar a Jesús como el camino que conduce a la vida se nos antoja a veces empresa casi imposible, porque el mundo, el demonio y la carne nos ponen interminables obstáculos que nos parece que no podremos superar. Pero las lecturas de hoy, además de ofrecernos una respuesta válida a esta inquietud del espíritu humano, nos ofrecen tanto la sabiduría divina para la buena dirección en las encrucijadas de la vida como el alivio necesario para que caminar por los senderos del Señor no sea una carga pesada ni una tarea abrumadora por no saber cómo abordarla.

    Ante todo, las lecturas de hoy parten de nuestra situación después del pecado original, lo cual significa que toda buena obra que emprendamos se halla obstaculizada por los tres factores mencionados: el ambiente que nos rodea, el antiguo enemigo de nuestra salvación y nuestro propio egoísmo. Pero esta carrera de obstáculos se puede superar si, como proclaman tanto la profecía de Ezequiel como el Evangelio, nos aplicamos la corrección fraterna, que en el profeta Ezequiel se fija como tarea propia de profeta, pero que la Sagrada Escritura y la Iglesia han enseñado con toda claridad que somos un pueblo de profetas, sacerdotes y reyes. Todos somos partícipes de la función de la Cabeza que es Cristo, que al poseer por naturaleza la triple función de Profeta, Sacerdote y Rey no necesita ser investido como tal por autoridad humana y sin embargo acudió a Juan el Bautista para ofrecernos un modelo de obediencia, recibió el bautismo de penitencia del Bautista y ocupó su puesto, como uno más, en la fila de los pecadores. Todos los bautizados participamos de esa triple potestad y responsabilidad, pero también todos hemos de ser reconciliados con el Padre a través de una mediación humana, un sacerdote, como ha hecho el Papa Francisco a la vista de todos.

    Si nos remontamos en el Génesis a la amonestación de Dios a Caín, vemos el fondo de responsabilidad que nos afecta a todos: “¿Dónde está Abel, tu hermano?”. Caín trata de eludir su responsabilidad: “No sé; ¿soy yo el guardián de mi hermano?”. Ahí está la gran revelación desde las primerísimas páginas de la Biblia. No podemos escaparnos ante la misión que el Señor nos encomienda de ser custodios y protectores de nuestros hermanos, misión ante la que no nos deja indefensos ni ignorantes de cómo llevarla a cabo. Por san Pablo nos responde que hay un secreto que hace llevadero caminar por los senderos del Señor cuando dice: “todos los mandamientos se resumen en esta frase: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Si temes errar el camino en medio de tantas opciones, limítate a amar al prójimo y no te equivocarás. Tenlo como centro de tu vida: un objetivo bien claro, sencillo, unificador en todas tus tareas y gratificante para ti mismo.

    Jesús afina más su pedagogía en el Evangelio. La corrección fraterna ha de llevar un camino lleno de sabiduría, pues es el Creador del hombre quien nos enseña. Hay que hacer oración antes de dirigirse al hermano que obra mal, para evitar ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el que corrige y para abrir el corazón del hermano al propósito de enmienda. Si esta primera corrección confidencial no surte ningún efecto, hay que recurrir a dos testigos. Si ni aún así se corrige, se acude a la comunidad de hermanos en la fe. Muy diferente es lo que se suele hacer. Dentro de la Iglesia, enseguida se amenaza con pasarse al enemigo y acusar al presunto ofensor ante los tribunales civiles y los medios de comunicación, que persiguen por sistema a la Iglesia católica y a sus miembros. Fácilmente se pasa del santo propósito de corregir a contar la falta a todos e incluso a añadir ofensas a toda la Iglesia.

    El Señor nos enseña que debemos ser celosos de la salvación de todos los hombres, que no podemos estar cómodamente instalados en nuestros intereses mientras peligra la salvación de un solo miembro del Cuerpo de Cristo. Cuántos que se dicen creyentes viven en pecado mortal como si no pasara nada, sin darle ninguna importancia, ni darse cuenta de que están con un pie en el abismo. Porque se ha perdido el sentido del pecado y por desgracia hemos olvidado que eso es poner en peligro temerario nuestra salvación.

    El Evangelio nos ofrece un remedio más general y eficaz a esas inquietudes apostólicas, para alcanzar con mayor amplitud este objetivo. Basta que dos cristianos se unan para suplicar al Señor por una necesidad para que el Señor acuda presto a socorrer lo que angustia a sus hijos, siempre que la petición sea conforme al querer de Dios. La oración unida al sacrificio, que llega incluso a la inmolación de la propia vida, tiene un poder insospechado para nuestras estrechas miras temporales. Esto requiere hacerlo al menos con consejo y mejor aún, bajo obediencia, pero no es solo para los santos, que también fueron mortales y pecadores. Hoy día apenas se predica de la penitencia y del dolor sufrido por amor al Señor y en reparación de los pecados propios y ajenos, cuando estamos más necesitados que nunca. El egoísmo ha crecido tan desmesuradamente que si Dios no nos concede una abundancia de gracias en orden a que haya almas que se ofrezcan generosamente para que Él disponga de sus vidas para esta causa de la conversión de los hombres, numerosos hermanos pueden perecer sin remedio por sus pecados. Encomendemos todo ello a Mª, Madre de los pecadores. Que así sea.

  • 3 Sep

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos en el Señor: Las palabras que hemos escuchado en el evangelio son tan profundas que han conmovido a los creyentes de todos los tiempos. Y nosotros no queremos irnos de esta celebración sin que hallen el eco que se merecen en nuestro corazón. Las hemos escuchado muchas veces, pero la Palabra de Dios ilumina nuestra vida cada vez que se la escucha con deseo de poner la verdad que viene de Dios por encima de nuestras cavilaciones y de lo que sería la inconsistente postura de dejarse llevar por lo que dice la mayoría para no tener problemas.

    Si las palabras de Jesús han conmocionado la conciencia de tantos discípulos suyos a lo largo de los siglos, seguramente a muchos habrá sorprendido una vez más haber escuchado este relato de la primera lectura que nos ha introducido en la intimidad del profeta Jeremías, el cual se veía seducido por el llamamiento divino, y confiesa que se dejó arrastrar por esa voz divina, sin duda por el atractivo incomparable del que es la Verdad y por el consuelo de Dios que se abaja de tal modo al nivel humano que llega hasta hacer al profeta partícipe de esa especie de angustia al no encontrar a casi nadie dispuesto: ‘¿a quién enviaré?, ¿quién irá en mi Nombre?’ En el caso de Jeremías le dice que ha sido elegido antes de que se formara en el vientre materno como profeta no sólo de Israel, sino de las naciones (1,5). El profeta Jeremías no podía sospechar que las palabras que Dios iba a poner en su boca comprendieran incluso esa gran prueba escatológica previa al establecimiento del Reinado de Dios en este mundo. En lo humano era lógico el temor de Jeremías. Pero a pesar de querer detener el ímpetu de las palabras que Dios ponía en su boca, y sabiendo que se jugaba su seguridad personal, su misión le sobrepasaba y no se podía callar. En este aspecto Jeremías venía a ser una imagen viva de la vivencia humana que iba a tener Jesús en su ministerio profético. No podía rebajar el mensaje divino, aunque a los hombres de todos los tiempos su lenguaje pareciese duro e intolerable para los oídos humanos.

    Y así nos adentramos en el mensaje tan decisivo que nos sitúa nada menos que en la encrucijada en que se decide nuestra salvación o condenación eterna. Hermanos, un servidor de la palabra divina no puede edulcorarla por su cuenta, no puede quitarle aquello que tiene la sal que en su gusto tan ácido y chocante tomada en bruto, hay que administrarla tal cual, porque si no se la priva de su acción benéfica en las almas, que le hace al que así la toma expulsar la mediocridad, y le protege en la tentación de ajustarse a este mundo, como nos ha dicho san Pablo.

    Aunque sea impopular el hablar de la condenación eterna, e incluso blasfematorio en la corrección que nos quiere imponer la apostasía militante que impera en el ambiente, si no lo hiciésemos así los ministros de Dios: flaco servicio haríamos a su Palabra. Nos estaríamos predicando a nosotros mismos, buscaríamos el aplauso de los que ajustan su paso al criterio del príncipe de este mundo.

    Este mundo, hermanos, camina ciego a su perdición. Nos toca ir contra corriente. Esa es nuestra contribución inestimable a nuestros hermanos en el mundo, que no se detienen a pensar qué es eso del infierno. No meditan lo terrible que es una pena eterna: no en una cómoda cárcel moderna, sino penas insufribles en el cuerpo y en el espíritu por haber perdido el amor de Dios, que nos tenía envueltos en su solicitud amorosa aquí en la tierra y nunca lo habían valorado los que se han condenado.

    Jesús nos ha hablado con toda claridad de que si uno no toma su cruz y le sigue, por esa misma itinerario que lleva al Calvario, no es su discípulo y eso le conduce a la perdición. Si uno evita lo que resulta costoso a su sensibilidad: como puede ser aceptar las correcciones y ser humilde, no mostrando enfado y oposición al que le corrige, o evita el confesarse frecuentemente y cuando lo hace quita gravedad a sus pecados y los desfigura, porque no está suficientemente arrepentido, o porque no quiere sufrir la corrección que le tenga que hacer el confesor, o no quiere aceptar la cruz de sus limitaciones humanas en la enfermedad, o en la precariedad económica, o en sus deficiencias morales, entonces no es discípulo de Cristo: está como esperando que Dios haga un milagro con él: que le convierta en santo sin esfuerzo ninguno. Pero ¿sabéis cuál es el mayor milagro que Dios puede obrar en nosotros? El mayor milagro es la obediencia y la fidelidad a las palabras del Señor. Son muchas las formas de huir de la cruz en sus dimensiones de servicio y caridad al prójimo y no digamos en su vertiente de mortificación de nuestros impulsos pasionales con respecto a la lujuria, la sobriedad, la vanidad o el dominio de la lengua. La palabra de Dios a través del apóstol Santiago considera que un hombre es perfecto sólo por el dominio de la lengua. Pero recordemos, para resumir, que el medio más ordinario de progreso espiritual es el examen de conciencia diario de nuestros pecados, hecho, eso sí, a conciencia. Pidámosle al Señor ese milagro: que a través del examen de conciencia, de la meditación y contemplación de la palabra de Dios y de las correcciones que nos hagan personas con discernimiento, que no abundan, le seamos fieles.

    La pregunta decisiva que ha movido a tantos a la conversión es esta: “¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?” El hombre se marca a sí mismo objetivos ridículos, se encierra en mundos pequeños, porque no busca la verdad que viene de Dios. No quiere descubrir la grandeza del conocimiento que nos proporciona la Palabra de Dios, que es un conocimiento sobrenatural: el cual está muy por encima de los que nosotros podemos alcanzar con mucho esfuerzo por nuestras fuerzas y facultades humanas. Idolatramos nuestros pensamientos y supuestos descubrimientos: Tenemos que aprender a ser humildes y pequeños ante Dios para poder participar de su grandeza y de los tesoros de su ciencia y sabiduría. Dejémonos llevar de su mano cada día y en el silencio sea Él quien nos descubra y grabe en nuestro interior su camino que nos lleve a su mismo Corazón. En la oración colecta hemos expresado esto mismo al Señor: “infunde en nuestros corazones el amor de tu nombre, (es decir, el amor a tu persona divina) y concédenos que al crecer nuestra piedad, alimentes todo bien en nosotros y con solicitud amorosa lo conserves.”

    Tenemos una tarea ingente de ayudar a que todos descubran la verdad. Este es el mayor apostolado, decirles: arrepiéntete o morirás en el fuego que no se extingue. No basta ni siquiera confesar los pecados de labios afuera; sin nuestras lágrimas y verdadero arrepentimiento nuestros pecados permanecen, aunque nos hayamos confesado de ellos. Solo el corazón arrepentido recibe la misericordia divina. El tiempo se acaba, el tiempo de vivir como si nada pasara, como si nada fuera a pasar después de estar ofendiendo a Dios tan bárbaramente por todas partes. ¿Dios se puede cruzar de brazos ante esta provocación pública a su santidad de autoridades y súbditos? Un arrepentimiento sincero mueve montañas, y el que merecía el infierno por sus pecados alcanza la misericordia divina y la corona de gloria. Pero tenemos que arrepentirnos de verdad para heredar el Reino de los cielos.

    Miremos a Jesús en la Cruz y no nos avergoncemos viéndole tan dolorido y ensangrentado, clamando por nuestro arrepentimiento y conversión. Comprendamos hasta dónde llega el amor más grande que existe, el único Amor perfecto: el del Padre que entrega a su Hijo para salvación del mundo. No nos podemos permitir mirar a otro lado y que los que nos rodean, familiares y amigos y compañeros de trabajo o de ocio, acaben en el infierno mientras nosotros deseamos ir al Cielo. Tenemos que trabajar por su salvación y pedir a Dios nos quite el miedo de amonestarlos seriamente para impedir su condenación eterna. Este es el mensaje de las lecturas de hoy, ¿estamos dispuestos a hacerlas vida en nosotros?

  • 27 Aug

    P. Juan Pablo Rubio

  • ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? Para los discípulos, queridos hermanos, responder a aquella pregunta de Jesús fue fácil. De sobra conocían las diferentes opiniones que circulaban acerca de él. Ellos le contestaron: Unos dicen que eres Juan Bautista, otros [dicen] que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas. Pero el Señor comprendía que todas esas respuestas eran imperfectas, porque no veían en su persona más que un hombre. Y es entonces cuando añade una segunda pregunta: Y vosotros que estáis conmigo: ¿qué decís de mí?, ¿quién decís que soy yo? En realidad, es ésta una pregunta que el Señor continúa haciendo a los cristianos de cada generación, una pregunta que nos interpela hoy a nosotros, aquí reunidos, que confesamos ser seguidores de Cristo. El Señor nos vuelve a preguntar: ¿Tú quién dices que soy yo?, ¿quién soy yo para ti?, ¿qué testimonio das de mí?

    Nuestra respuesta ha de apoyarse en la fe de san Pedro: Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo. Ciertamente, esa profesión de fe sí que expresa la verdad acerca de Jesús, verdaderamente Dios y verdaderamente hombre, en palabras del obispo Ireneo Lyon. Pero además, fijaos que su confesión supuso un cambio radical en la vida del primero de los apóstoles: Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque eso te lo ha revelado mi Padre. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre ti voy a edificar mi Iglesia. Con el cambio de nombre, Pedro recibe la misión de ser fundamento mismo de la fe de la Iglesia. El papa Juan Pablo I comentaba así esta página del Nuevo Testamento: «Son palabras graves, importantes y solemnes que Jesús dirige a Simón… Jesús le cambia de nombre, poniéndole el de Pedro, y significando con ello la entrega de una misión especial… Me parece escuchar, como dirigidas a mí, las palabras que según san Efrén, Cristo dirige a Pedro: Simón, mi apóstol, yo te he constituido fundamento de la Santa Iglesia. Yo te he llamado ya desde el principio Pedro, porque tú sostendrás todos los edificios» (Alocución 3-IX-1978).

    Ciertamente, la respuesta de la fe, hermanos, como en el caso de san Pedro, implica un cambio en la vida, un compromiso, una conversión, implica salir de nuestros estrechos horizontes personales para abrirnos por completo al horizonte de la gracia de Dios. Supone abandonar los caminos que no conducen a ninguna parte y tomar la senda que conduce a la vida. Si hacemos silencio en nuestro interior, podremos escuchar la voz del Señor: ¿Quién dices que soy yo?

    Si os dais cuenta, en este domingo se nos presenta una ocasión preciosa para revisar la coherencia entre nuestra fe y nuestra vida, o mejor dicho, para comprobar la medida de nuestra fe examinando cómo vivimos. La fe que se traduce en obras, en un empeño decidido por imitar a Jesucristo en el día a día es la respuesta a la pregunta de Jesús. Esa coherencia es de suma importante, porque –como decía san Juan Pablo II– «los hombres de hoy están cansados de palabras y discursos vacíos de contenido, que no se cumplen. El mundo se resiste a creer las palabras que no van acompañadas de un testimonio de vida». Somos verdaderos creyentes, verdaderos testigos cuando nuestra existencia interpela a los hombres y mujeres de nuestra generación, cuando habla el discurso elocuente de las obras, de la vida entera, cuando habla el lenguaje del amor. Tu vida manifiesta tu fe en Jesús. No sirven los discursos vacíos, la fe que sólo es teoría: ama y dilo con tu vida, cree y dilo con tus obras. Y que tus obras y tu vida revelen que Jesús es el Señor, que Él es el Salvador del mundo.

    Respondamos a Jesús con una fe auténtica y generosa. Dichoso tú si respondes con san Pedro: Tú eres el Mesías, el salvador. Dichoso tú si aceptas la misión que el Señor te encomienda, si te mantienes fiel allí donde él te ha llamado, [dichoso tú] si vences todo aquello que te impide dar un testimonio claro y valiente de Jesucristo en tu ambiente familiar y profesional.

    La Palabra de Dios nos invita también hoy a renovar e intensificar nuestra oración por el sucesor de Pedro. No ceséis de orar por el Papa para que Dios le conceda luz y fortaleza. No os apartéis nunca de Pedro porque «donde está Pedro, allí está también la Iglesia; y donde está la Iglesia, no hay muerte, sino vida eterna» (San Ambrosio).

    Pidamos a nuestra Señora, Maestra de la fe y Madre de los Apóstoles, que nos ayude con su intercesión maternal para que en medio de las vicisitudes del mundo, el amor y la esperanza nos hagan tener los corazones firmes en la verdadera alegría, que es Cristo.

  • Mapa web

    Términos y condiciones de uso

  • Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos

    Carretera de Guadarrama/El Escorial. 28209 San Lorenzo del Escorial.

    Madrid. España


    Tf: +34 91.890.54.11. Fax: +34 91.890.55.94

    Hospedería: +34 91.890.55.11

    Escolanía: +34 91.890.38.05

    e-mail: abadia@valledeloscaidos.es


    (c)Copyright 2010. Todos los derechos reservados