• 17 Dec

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos amados en el Señor: Jesús se hace presente en esta asamblea de su pueblo congregado por su Palabra para celebrar su sacrificio en la Cruz, que se actualiza aquí y ahora en la Eucaristía. Nos lo ha dicho el Señor en su Palabra que se ha proclamado: “Dad gracias a Dios en toda ocasión: esta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús respecto a vosotros.” La Eucaristía significa Acción de gracias. La Eucaristía es la Acción de gracias por excelencia de la que sacamos fuerza para obedecer los impulsos del Espíritu. El Espíritu nos guía para ir descubriendo en los acontecimientos diarios, en el prójimo, en la actualización litúrgica de los misterios salvíficos, la presencia de Cristo hasta que se consume la salvación con el retorno de Jesús. Nos ha tocado vivir este final de los tiempos que no hay que confundir con el fin del mundo, sino que se refiere al establecimiento del Reinado de Dios aquí en la tierra, que ha quedado desfigurada por el pecado. Anhelamos la recapitulación de todas las cosas en Cristo. Ese “venga a nosotros Tu Reino”, del Padre nuestro, o sea el Reinado de Cristo de paz, de justicia y amor. Un anhelo que supera las fuerzas humanas. Un anhelo que solo el Espíritu de Dios puede llevar a cabo con ese poder de hacer todas las cosas nuevas en Cristo. Pero para ello hemos de pasar por la gran prueba escatológica de la que habla el Catecismo de la Iglesia, “La Iglesia sólo entrará en la gloria del Reino a través de esta última Pascua en la que seguirá a su Señor en su muerte y su Resurrección (Cf. Ap 19, 1-9). El Reino no se realizará, por tanto, mediante un triunfo histórico de la Iglesia (Cf. Ap 13, 8) en forma de un proceso creciente, sino por una victoria de Dios sobre el último desencadenamiento del mal (Cf. Ap 20, 7-10) que hará descender desde el Cielo a su Esposa (Cf. Ap 21, 2-4). El triunfo de Dios sobre la rebelión del mal tomará la forma de Juicio final (Cf. Ap 20, 12) después de la última sacudida cósmica de este mundo que pasa (Cf. 2 P 3, 12-13)”. [CatIC 677]. En el bautismo, y sobre todo en la Confirmación fuimos sellados en el Espíritu, para ser fieles a sus inspiraciones. El Catecismo proféticamente nos asegura que si somos fieles seremos protegidos en la prueba: “Este sello del Espíritu Santo, marca la pertenencia total a Cristo, la puesta a su servicio para siempre, pero indica también la promesa de la protección divina en la gran prueba escatológica (Cf. Ap 7,2-3; 9,4; Ez 9,4- 6)” [CatIC 1296]. Y como no sabemos cuando todo esto tendrá lugar siempre hemos de estar preparados. Estar preparados significa que nuestro objetivo primordial en la vida ha de ser no perder nunca la gracia de Dios. Podemos caer una y mil veces, pero siempre hemos de tener esa inquietud sana de vivir reconciliados con Dios y arrepentirnos de corazón si hemos pecado, prometiéndole al Señor que nos confesaremos en cuanto nos sea posible. Esto es vivir en la verdad. Todos somos pecadores, pero si somos humildes y reconocemos nuestro pecado y nos arrepentimos y nos acercamos al sacramento de la penitencia estaremos preparados en lo fundamental. Pero si nos engañamos diciendo que no hay que ser escrupuloso o fundamentalista o cualquier otro calificativo acomodaticio para adormecer nuestra conciencia, entonces no estamos viviendo una vida en Cristo. No somos sarmiento de la vid que es Cristo. Somos una rama seca que no da fruto. Y sin ese permanecer injertados en Cristo no llevamos vida verdadera. Pero el Catecismo nos asegura que si pertenecemos a Cristo recibiendo su gracia por los sacramentos y estando a su servicio seremos protegidos en la prueba escatológica.

    San Juan Bautista no quiso vivir en el engaño de hacerse pasar por el Mesías. Su gloria, lo que daba sentido a su vida, era ser: “la voz que clama en el desierto: allanad el camino del Señor”. Su mensaje estaba en continuidad con los profetas. Y hace referencia a las palabras de Isaías. San Pablo nos ha advertido seriamente: “No apaguéis el espíritu, no despreciéis el don de profecía.” Dios ha dispuesto que siempre haya profetas que nos recuerden las verdades sustentantes de la fe y que anuncien los correctivos que ha de enviarnos si nos apartamos del camino de sus mandamientos. Hay profetas falsos, siempre ha sido así. El deber de los pastores es estudiarlos, teniendo en cuenta que si desprecian las profecías verdaderas comprometen la salvación de los fieles. Dios no niega la luz al que acude a Él con sencillez. Hay que pedir a Dios por nuestros pastores para que no caigan en la tentación de dulcificar el mensaje de Jesucristo para gozar de popularidad y no tener que sufrir las protestas de los que no quieren abandonar su vida de pecado.

    La Navidad ya cercana exige de nosotros no plegarnos a los mensajes consumistas en los que nos sumerge por todas partes esta sociedad rebelde a Dios. Por todos los medios posibles quiere el mundo marcar las distancias con Dios vaciando de contenido la venida de Cristo, que es sin duda, la mejor y más grande noticia que se puede dar al hombre de todos los tiempos. Ahora nos quieren obligar a que lo consideremos una vergüenza. Y lo realmente vergonzosos es que nos dejemos arrebatar nuestra fe y no seamos capaces de proclamar de palabra y con la vida, como Juan Bautista y tantos otros, que el Bautismo de Jesús nos ha hecho HIJOS DE DIOS. Y estamos orgullosos de serlo y queremos serlo de verdad y no solo de nombre. A partir de ahora decir esto va a ser motivo de persecución a muerte. Ya es una muerte civil lo que provoca confesar claramente sus enseñanzas en aquello que más le duele al mundo opuesto a Dios en su proyecto de ingeniería social: borrar en el hombre la huella de Dios, la pertenencia a Dios. Tenemos que confesar que hemos caído tantas veces ingenuamente en su trampa y les hemos seguido el juego viviendo una vida en pecado como si no pasara nada. Adaptando las modas que nos ha traído esta cultura de la muerte. Hemos dejado envilecer nuestro cuerpo y nuestro espíritu aceptando sus nuevas costumbres opuestas al camino que Jesús nos ha enseñado y que los santos lo actualizan de modo heroico, para que sean ejemplo y motivación para nuestro vivir como cristianos. Nos hemos desgajado del tronco de Cristo: vid portadora de la savia de vida eterna. Nos alimentamos de la savia mortífera de este mundo infernal en tantos ámbitos de nuestro vivir cotidiano.

    Despertemos queridos hermanos, tomemos fuerza en la comunión con Cristo que hace vivo y actual su sacrificio en la Cruz en esta Eucaristía. No dejemos de avivar la presencia de Cristo en nosotros acercándonos a adorarle en tantos sagrarios abandonados, porque Él está viniendo siempre que le llamamos con nuestro amor. Estando con Él nos sacará de nuestras dudas y desengaños, disipará los miedos que el enemigo de Dios siembra en nosotros en cuanto le dejamos una brecha abierta. El mal espíritu se introduce por el descuido en no vivir el Evangelio y distanciarnos de sus palabras de vida eterna. Pero a los que no se avergüenzan de llamarse y de comportarse como hijos de Dios y se esfuerzan en conocerle y son constantes en orar y vivir alegres en el seguimiento de Cristo serán bendecidos eternamente. María, la Bienaventurada Madre de Jesús y nuestra, allanará nuestro camino. ¡Cuántas familias han hallado la paz que no lograban por otros derroteros, cuando empezaron a rezar el rosario en familia! ¿Por qué no hacemos todos la prueba? Quizás cueste al principio, pero no podemos cederle ya más terreno al enemigo. Empecemos la lucha por nuestra familia. Oremos juntos y confiemos en el Señor y no seremos defraudados.

  • 10 Dec

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: la Palabra de Dios nos ilumina y acompaña nuestro itinerario hacia el Señor. Este camino encuentra obstáculos, a veces se desdibuja y nos perdemos por vericuetos que no son los suyos, por lo que siempre hemos de pedir al Señor que enderece nuestros senderos torcidos. Preparar el camino es convertirse, tarea siempre pendiente, pero no por eso hay que acostumbrarse a oír como quien oye llover, pero sin escuchar con atención en orden a obedecer. La salvación anhelada debe ser completa o de lo contrario es una simple vuelta del destierro en la que los repatriados encuentran las ruinas de la muralla de la ciudad santa que dejaron. La Palabra de Dios no miente, se refiere a una salvación eterna, al nuevo cielo y tierra en los que habite la justicia. Esos deseos infinitos están en nuestro corazón, que no se satisfará hasta ser colmado con la promesa implícita en el bautismo del Espíritu: ser introducido en la vida de las tres personas divinas.

    La conversión, tarea ardua, lleva consigo una gran recompensa. Preparar el camino en el desierto es trabajoso, se nos hace muy larga la espera del fruto y casi ninguno se libra de la tentación de pensar que el Señor tarda en cumplir su promesa. S. Pedro nos enseña a dar la vuelta a la tentación y a enfrentarnos a nosotros mismos diciendo: el Señor es rico en misericordia, tiene mucha paciencia conmigo, pues me he acostumbrado a vivir en pecado y aguarda mi conversión, porque no quiere que ningún alma se pierda. Si deseo con todas mis fuerzas esperar al Señor viviendo en paz con Él, reconciliado con Él, intachable e irreprochable, debo acudir con frecuencia y regularidad al sacramento de la reconciliación o penitencia y hacer verdaderos y autoexigentes propósitos de enmienda. He de estar vigilante para que los afanes, placeres y vanidades terrenales no me cautiven. La vigilancia se ha de concretar en la sobriedad, para no dar un paso adelante y otro atrás y en la piedad, suplicando continuamente la gracia de Dios, porque debo reconocer humildemente mi incapacidad de alcanzar esos propósitos solo con mis fuerzas. La Eucaristía, fuente y culmen de toda vida cristiana, es la mejor ocasión para poner en manos de Dios mi desvalimiento y mi carencia de méritos propios, pues el Señor hace maravillas en los que confían en Él y piden lo que tanto agrada al Señor: hacer su voluntad por encima de todo.

    La voluntad divina la han cumplido y la siguen cumpliendo en su vida muchos seglares, tan de carne y hueso como los que estáis en los bancos, laicos que podrían estar hoy ahí sentados entre vosotros si la providencia divina no hubiera dispuesto lo contrario. La llamada universal a la santidad no es exclusiva de monjas y curas, sino que la recibe todo cristiano en su bautismo. Como dijo S. Juan Pablo II a los jóvenes en su último viaje a España: “se puede ser moderno y profundamente fiel a Jesucristo”. No es una quimera inalcanzable vivir una vida de piedad y moderna a la vez y nos sirve de ejemplo una joven periodista de nuestros días. Recordaréis hace años una sentencia internacional por la que fueron excarcelados terroristas, asesinos y violadores en serie, uno de ellos el asesino de Marta Obregón, burgalesa de 22 años, raptada en el portal de su casa y violentamente asesinada por resistir al intento de violación. El suceso conmocionó a la opinión pública y pronto se difundió por toda España, entre otras razones porque el rostro de la víctima parecía el de una virgen niña con paz.

    En este 2017, en que se han cumplido 25 años de su martirio, el arzobispo de Burgos ha publicado una carta el 21 de enero, día en el que Marta fue martirizada. La carta dice así: “Ayer sábado, día de Santa Inés, joven cristiana de los primeros siglos de la Iglesia, que murió mártir sellando con su sangre el don de la virginidad, se cumplían 25 años de la muerte de Marta Obregón, cuya causa de beatificación está abierta dentro de nuestra Diócesis de Burgos. El proceso sigue su curso normal, a la espera de la finalización de su fase diocesana. El anterior arzobispo de Burgos abrió en 2011 el proceso de beatificación de esta joven, cuya vida y cuya muerte conviene rescatar como modelo para nuestra juventud”. El arzobispo termina destacando “la grandeza de la castidad, como se hace visible cuando resiste y lucha hasta morir asesinada por defenderla. Una virtud hoy poco valorada, que nos ayuda a orientar el amor y la entrega hacia su plenitud y belleza más singular”.

    Marta atravesó sus crisis de fe y no fue ninguna mojigata, sino que tuvo sus caídas y tuvo que volver a empezar una y otra vez como todos nosotros. Sin embargo, el último de sus novios, con el que mantuvo un amor ejemplar, nos transmitió unas palabras de Marta: “La verdadera y única paz se encuentra en Dios, y todos estamos de paso en esta vida”. La sierva de Dios supo sopesar con sabiduría los bienes de la tierra y amar intensamente los del cielo.

    Queridos hermanos: no todos estamos llamados a dar nuestra vida por Cristo como esta nueva émula de Sta. Mª Goretti, pero sí podemos pedir a Dios que nos disponga a cumplir su voluntad y que nos infunda el santo deseo de salir animosos a su encuentro sin que lo impidan los afanes terrenales. Pidamos aprender la sabiduría celestial por mediación de Ntra. Sra. de Loreto, patrona del Ejército del Aire, a cuyos miembros encomendamos por celebrarla hoy y a la que se dedica una de las capillas de la nave central de nuestra basílica. Que así sea.

  • 8 Dec

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    La solemnidad de la Inmaculada Concepción de María es una fiesta muy querida entre los católicos y de fuerte arraigo en el pueblo español, donde desde muy antiguo saludamos a la Santísima Virgen con la fórmula “Ave María purísima – sin pecado concebida”. Los pinceles de Murillo, a quien este año se conmemora, plasmaron de un modo magistral esta devoción que brota espontánea de los corazones de sus hijos hispanos, como han reconocido los Papas. Fue éste el motivo por el que precisamente la Santa Sede concediera a España el privilegio de utilizar el azul celeste como color litúrgico para la fiesta.

    Lo que era una “opinión piadosa” muy extendida en el consenso de los fieles, más allá de los debates entre teólogos, se proclamó como dogma cuando el Beato Pío IX afirmó de forma solemne en 1854 el misterio por el que la Santísima Virgen fue preservada inmune de toda mancha del pecado original desde el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios, en atención a los méritos de Nuestro Señor Jesucristo. La misma Virgen confirmaría esta verdad a Santa Bernardita Soubirous cuatro años después en Lourdes.

    La Maternidad divina de María, su condición de verdadera Madre de Dios, es el fundamento de éste y de todos los privilegios y dones con que Dios la ha colmado. Además, es un fundamento muy importante el hecho de que, por la estrecha unión entre Madre e Hijo, Ella había de colaborar singularmente en su obra redentora. Por eso convenía que, si María había de ser la Madre de Dios y no podía transmitir a Jesucristo el pecado original, Ella misma quedara preservada de éste. Era lógico que María fuera desde el principio la toda limpia, la toda pura, la toda santa. Por eso el arcángel San Gabriel, según hemos escuchado en el Evangelio (Lc 1,26-38), la saludó como la “llena de gracia” y “bendita entre las mujeres”. Y por eso la Iglesia, aplicándole las palabras del Cantar de los Cantares (Ct 4,7), la ha exaltado secularmente diciendo: “Toda hermosa eres, María, y no hay mancilla en ti”.

    A María, antes ya de la Pasión, Muerte y Resurrección salvadoras de su Hijo, se le aplicaron los méritos de Él, y por eso Dios la preservó inmune de la mancha del pecado original en el instante mismo de su Concepción. Así lo explicó el Beato Duns Escoto, superando los escollos que otros teólogos encontraban en este asunto.

    Como hemos dicho antes, la devoción a la Inmaculada Concepción en nuestra Patria es antiquísima. Fue proclamada oficialmente Patrona de España en 1760, pero este privilegio venía siendo defendido desde la Edad Media y en la Edad Moderna por las universidades hispánicas y por escritores y pensadores de primera talla, a la par que nuestros mejores pintores y escultores la representaron con todo su fervor. También desde el siglo XVI es la Patrona del Arma de Infantería y entre finales del siglo XV e inicios del XVI nació la Orden de las concepcionistas, la primera Orden contemplativa femenina en pasar a tierras americanas.

    No olvidemos poner las necesidades de España, nuestra Patria, en manos de María. La Patria, como la entendían los antiguos, es “la tierra de los padres”, la herencia de nuestros antepasados; y por ello, el amor a la Patria –como enseña la doctrina católica– deriva del amor filial, del cuarto mandamiento de la Ley de Dios. Y si España, como dijera San Juan Pablo II, es “tierra de María”, pongámosla bajo el manto de María. Como recordaran éste y otros Papas anteriores, a María se la ha invocado en España secularmente como “la Virgen” por antonomasia, desde que San Ildefonso de Toledo defendiera en un bello tratado su virginidad perpetua, de tal modo que en España, cuando se habla de “la Virgen”, todos saben que nos referimos a María. ¿Qué región de España no cuenta con santuarios marianos importantes? Basta recordar sólo algunos nombres como el Pilar, Montserrat, Guadalupe, el Rocío, la Peregrina, Aránzazu, el Henar, el Lluc o los Desamparados, entre otros muchos.

    En su último viaje a España en 2003, cuando San Juan Pablo II se dirigió a España como “España evangelizada, España evangelizadora”, tenía presente que el nombre de María ha estado unido a la historia y al ser cristiano de España, como él mismo señaló. En efecto, el culto a la Virgen ha estado presente desde los albores de la cristianización de España y la tradición piadosa une la aparición de la Virgen sobre el Pilar de Zaragoza con la venida del Apóstol Santiago. Y cuando siglos después los misioneros españoles llevaron la fe a América y a otras partes del mundo, siempre portaban la devoción a María. En el Nuevo Mundo, los españoles fundaron ciudades bajo el patrocinio de la Virgen, como Asunción y Concepción, sin que debiéramos olvidar el origen mariano del nombre completo de Buenos Aires, La Paz o Los Ángeles, entre otras. Por tanto, en “tiempos recios” para España, no dejemos de invocar a la Virgen, recordando que el rey Alfonso X el Sabio fundó una Orden naval bajo el nombre de “Santa María de España”.

    En fin, hoy os acercáis a recibir la Primera Comunión Jesús Javier, Lucía del Carmen, David, Marcos y Sergio. Os felicito y os animo a recibir a Jesús con el corazón limpio propio de un niño. Y el mejor modelo para un corazón limpio es el Corazón Inmaculado de la Virgen María, que es vuestra Madre del Cielo. Ella fue niña y, según la tradición, fue ofrecida en el Templo de Jerusalén en su niñez para servir a Dios, lo mismo que como escolanos os habéis ofrecido para servirle en esta Basílica y sus hermanos participáis de esta entrega de vuestros hermanitos. Por eso, que María os lleve a recibir ahora y siempre a su Hijo Jesús como Ella lo acogió en su seno, lo cuidó y lo amó por encima de todo.

  • 26 Nov

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos en el Señor: La solemnidad de Cristo Rey es relativamente reciente, pero era esperada. Cuando el papa Pío XI en 1925 establece la solemnidad de Cristo Rey cumple un requisito imprescindible para que se establezca el reinado de Dios en este mundo: que Jesucristo fuera reconocido como Rey, que recibiera el título de Rey, como dice la parábola de las minas (Lc 19,11-27), pues el autor de la carta a los Hebreos reconoce que al presente no parece que Cristo sea el Rey del mundo (Hb 2,8; Jn 18,36c). Sigue pendiente que haga su juicio sobre las naciones al que hace alusión velada el pasaje que se nos ha leído del profeta Ezequiel: “el día de los nubarrones y de la oscuridad.” De ese día nos hablan todos los profetas del Antiguo testamento (Hch 3,21-26), y es el tema central, junto con la Parusía, del último libro de la Escritura: el Apocalipsis. Ese juicio del que no conocemos el día y la hora, pero del que el Señor nos dice que debemos escrutar los signos de los tiempos, por supuesto sin obsesionarnos con los signos, para reconocer su cercanía y potenciar y emplearnos a fondo en nuestra conversión, que siempre es urgente, estuviera o no cercano el juicio de las naciones. Pero como somos tan perezosos en trabajar en nuestra conversión, los signos de la cercanía de su reinado universal nos deben estimular a centrar todos nuestros esfuerzos en la conversión.

    Hemos escuchado en la lectura de Ezequiel (34,11-12.15-17), también esas otras palabras, aptas para conquistar el corazón más obstinado en el pecado, que nos revelan cómo el Señor se convierte en pastor que sigue el rastro de su rebaño disperso y que saca a las ovejas de lugares peligrosos. Que se emplea en ir tras las heridas y enfermas, las perdidas y descarriadas, sin descuidar a las gordas y fuertes guardándolas de todo menoscabo.

    Pero el mismo profeta apunta que ese Pastor va a juzgar entre oveja y oveja. Y en el Evangelio se nos despliega la perspectiva completa de ese juicio y esa separación, que eso significa el juicio. Y nos enseña que la separación entre los que se salvan y los que se condenan estriba en haber amado al prójimo o en haber pasado de él. El mandamiento del amor a Dios es el primero y principal, pero la prueba de su cumplimiento se establece a partir de que hayamos amado sin distinción a todos. Todos somos hermanos y lo que hagamos al hermano se lo hacemos a Él, a Jesús. Si nos empeñamos ya no sólo en hacer mal al hermano, sino tan solo en pasar de lado o dando un rodeo para no encontrarnos con el hermano, caminamos en tinieblas, sin saber a donde vamos y ese desprecio nos imposibilita la participación en el Sacramento del Amor (Mt 5,23-48). En el sermón de la montaña nos muestra Jesús la delicadeza que debemos tener hacia el prójimo en el matrimonio y hasta en las relaciones cotidianas más rutinarias desde el no negar a nadie el saludo, hasta llegar a amar al enemigo, cumbre de amor que en ninguna religión se ha propuesto y que Jesucristo no sólo predicó de palabra, sino que hizo de la Cruz una cátedra desde la que nos enseñó a perdonar y a rezar por el enemigo hasta el punto de suplicar al Padre que no se les tuviese en cuenta su pecado, porque no sabían lo que hacían.

    El cumplimiento de este mandamiento tan exigente de Jesús nos puede parecer muy costoso. Pero si meditamos el Salmo responsorial podemos verlo de otra forma. Podemos orar de este modo: ‘ “El Señor es mi Pastor y nada me falta” en mis fuerzas, en mi tiempo, en mis disposiciones si le pido ayuda para hacer eso que Tú quieres que haga bien. “Preparas una mesa ante mí enfrente de mis enemigos” En la Eucaristía me preparas a perdonar dándome tu propia vida, para que venza todas las repugnancias que se interponen para tratar con caridad al que me ofende o parece que no me quiere. Me “unges la cabeza con perfume”, con el don de tu Espíritu para que desaparezcan los prejuicios en contra de mis hermanos y esté dispuesto a hablarle y hacerle favores, pero no sólo esperando sentado a que me los pida, sino tomando la delantera para ofrecerle mis servicios. “Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida.” Gracias, Señor, porque me enseñas que mi conversión no consiste en hacer cosas difíciles, pero sí tengo que vencer inercias de egoísmos y comodidad para acercarme al prójimo y para cumplir con mis deberes religiosos de oír Misa los domingos y fiestas de guardar, confesarme con regularidad y siempre que esté necesitado de recuperar la gracia de Dios’.

    Hermanos todavía me permito animaros a dar un paso decisivo en esa conversión urgente con palabras de una mujer mística que no es santa, pero cuyos escritos ya han recibido la aprobación de Roma, Luisa Picarreta: Cuanto más el alma se despoja de las cosas naturales, tanto más adquiere las cosas sobrenaturales y divinas; cuanto más se despoja del amor propio, tanto más conquista el amor de Dios; cuanto menos se fatiga en conocer las ciencias humanas, en gozar los placeres de la vida, tanto de conocimiento de más adquiere de las cosas del Cielo, de la virtud, y tanto más las gustará convirtiendo las amargas en dulces. En suma, todas son cosas que van de la mano, de modo que si nada se siente de sobrenatural, si el amor de Dios está apagado en el alma, si no se conoce nada de las virtudes, de las cosas del Cielo y ningún gusto se siente por ellas, la razón es bien conocida.

    Lo dicho hermanos: conquistemos de la mano del Señor y guiados por el Espíritu Santo y con la intercesión de la que todas las generaciones han proclamado y proclamarán Bienaventurada, el Reino que Jesús nos viene a traer, aunque hayamos de pasar antes por el día del Señor, día de nubarrones y de oscuridad, pero día también de gloria y liberación, porque volverá a recrear la tierra y hacerla recuperar el brillo que tuvo antes del pecado original, y no seamos remisos en despojarnos de apegos a las cosas de este mundo pasajero, no sea que el Señor nos tenga que reprochar que no conocimos cuándo era el día de su visita (Lc 19,44) y eso que nos había dando tantos signos y mensajeros.

  • 5 Nov

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: el Evangelio de hoy nos presenta a Jesús hablando sin respetos humanos sobre el fariseísmo, actitud sin duda alguna presente en nuestra sociedad. En una primera forma de fariseísmo podemos caer tanto los consagrados en la vida religiosa como los que estáis en los bancos. Somos fariseos si nos justificamos y sentimos autosatisfechos, si caemos en la tentación de creernos mejores que los que no vienen aquí, porque asistimos a la S. Misa, porque frecuentamos los sacramentos, rezamos el S. Rosario o leemos la Sagrada Escritura.

    Con esto no estoy diciendo que, para ser mejores cristianos, dejemos de buscar la voluntad de Dios en la lectura de su Palabra y en el banquete eucarístico. Lo que debemos es pedir al Señor que purifique nuestra intención y que nos libre de nuestra costumbre tan arraigada de pasarnos la vida haciendo el examen de conciencia de los demás y no el propio. Esto es fundamental para evitar presentarnos ante el Señor con las manos vacías el día en que tengamos que rendirle cuentas en un juicio ya entonces inapelable.

    No curaremos nuestras desviaciones de la religiosidad suprimiéndola, sino realizándola con todo esmero y justicia. No pueden separarse el amor a Dios y a los hombres, ni agrada a Dios que los hombres se separen de él. La solución no es solo nuestra perseverancia en la oración, sino añadir el servicio a los demás, no descargando cómodamente en otros el peso de nuestros trabajos, ni desinteresándonos de la suerte de los pobres y enfermos, porque esos hermanos nuestros que sufren son Cristo en persona.

    La solución, hermanos, no es pues que abandonemos la Iglesia y nuestras prácticas religiosas, pensando que son una hipocresía, porque nuestra vida cristiana se debilitará y fácilmente caeremos en el otro extremo, igualmente repelente, del fariseísmo: la antirreligiosidad radical, la crítica demoledora e hiriente contra las creencias religiosas, tan de moda en la mayoría de medios de comunicación, personajes públicos, artistas e “intelectuales”, especialmente contra la Iglesia Católica, en muchos países considerada el enemigo público número uno. Esta postura aparentemente es muy razonable: según estos nuevos fariseos, todas las religiones son iguales, por lo que la mejor forma de garantizar la neutralidad entre todas es evitar toda religiosisad externa, pues la religión, dicen estos nuevos profetas, debe limitarse a la conciencia y no interferir en la vida pública.

    Otras veces el mal se infiltra por los propios pastores, que, en vez de buscar la gloria de Dios y de enseñar la doctrina trasmitida en la Sagrada Escritura, en ocasiones preferimos la falsa honra de lo que está de moda y halaga las pasiones humanas, porque es costoso adorar al Señor, obedecerle y dolerse de haberle ofendido y es más cómodo ser adulado que no contradicho y perseguido. En contraste, S. Pablo se muestra en la carta a los Tesalonicenses como totalmente entregado a sus fieles. Es lo que pedía Jesús a Pedro: “apacienta mis ovejas”, imita al buen pastor, que da la vida por sus ovejas. La mayor satisfacción de S. Pablo es que los que le escucharon, acogieron la Palabra de Dios como venida de Dios por medio de su apóstol. S. Pablo no busca hacerse valer por su saber: lo único que le importa es que se glorifique el nombre de Dios.

    Tampoco contribuimos a la causa del Evangelio criticando una y otra vez a los personajes públicos, ni siquiera a los que nos roban e insultan: empecemos ya mismo a perdonarlos y amarlos, porque Jesús redimió al mundo perdonando y amando y esa es nuestra única manera de contribuir a recuperar la paz social. Tengamos entrañas de misericordia para hacer volver al buen camino a los extraviados, muchos de los cuales nunca han recibido noticia correcta del amor de Dios. Hagámosles sentir la cercanía de Dios con nuestro servicio y comprensión. Nuestra paz social pasa hoy por eucaristías celebradas con intenso amor misericordioso, por nuestro olvido generoso de las rivalidades y por nuestra adoración, para que el Señor nos transforme, cuando ante su presencia real confiemos en que Él es más fuerte que nuestro deseo de revancha.

    Necesitamos a Dios para construir un orden social justo, en el que no habrá paz si todos buscamos nuestro provecho egoísta. Estamos ahogando todo posible entendimiento si creemos poder afrontar una utopía de solidaridad no solo sin Dios, sino consintiendo profanaciones y ofensas a Dios. Este es el panorama: se pisotea a Cristo porque la sociedad vive en la apostasía, pero también porque los pastores y fieles no somos diligentes y celosos en preservar el honor de Dios. Si los creyentes no nos convertimos a Dios y no entusiasmamos a otros por la verdad de nuestra fe, de nada servirán nuestros lamentos por esta situación. Pidamos a Dios que sane nuestros corazones lastimados por el odio y la venganza y que nos sintamos movidos a mayor amor y celo por la gloria de Dios. Sigue viva la amenaza divina de la que se hace eco el profeta Malaquías: “Si no os proponéis dar la gloria a mi Nombre, dice el Señor de los ejércitos, os enviaré mi maldición.” Que el Señor nos conceda elegir bien, pues nuestra salvación eterna depende de esa opción en la que nos jugamos todo. Encomendémoslo a Ntra. Sra. del Valle, a Sta. Ángela de la Cruz y a los, desde el próximo día 11 D.m., nuevos BB. Manuel Requejo, sacerdote paúl y Rafael Lluch, laico vicenciano. Con ellos serán al menos 54 los BB. mártires cuyas reliquias custodiamos en nuestra basílica y 5 siervos de Dios.

  • 22 Oct

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos: Celebramos hoy el Domingo del Domund o día dedicado a la evangelización en todo el mundo por medio de oraciones y colectas en favor de la propagación de la fe hasta los últimos rincones de nuestro planeta. Y esto hace que leamos las lecturas de la liturgia de hoy bajo este prisma, es decir, ver qué nos quiere decir el Señor en cuanto a esta misión de dar a conocer el Evangelio a los que no lo conocen, o recordar e invitar a los que no viven bajo su guía a los que ya han sido formados en el camino de Jesús, pero lo han abandonado por descuido o por algún trauma que les ha causado gran dolor y la fe ha sido dejada de lado por una reacción no lógica sino sentimental.

    Veamos la unión tan estrecha que se da entre la primera lectura, el Salmo y el Evangelio, aunque no sea así a primera vista. Porque cuando el profeta Isaías nos transmite los planes desconcertantes sobre el destierro en Babilonia del pueblo elegido, parece desmentir la elección de Dios, esa Alianza intangible por parte de Dios de su pueblo. Aunque políticamente Israel fuese una nación pequeña, que no podía aspirar a una paz autóctona, sino a abandonarse a las alianzas con las grandes potencias de su tiempo, ese no era el plan de Dios. Israel en su pequeñez tenía la promesa de ser protegido por Dios si era fiel a la alianza con Dios de cumplir los mandamientos. Pero como reiteradamente y sin enmienda traspasaba los mandamientos, Dios les hizo pasar por el castigo del destierro en Babilonia durante setenta años. Y entonces, para sorpresa suya, el elegido es Ciro, el poderoso rey de Babilonia, al que el Señor lleva de su mano.

    Sólo con este humillante sometimiento fue capaz Israel de reconocer su pecado y de expiarlo de algún modo. ¿No es esta la situación que denuncia Jesús ante los fariseos de su hipocresía que no quiere reconocer su desobediencia a Dios, y pretenden que Jesús asuma su pretensión política de sacudirse el sometimiento a otra potencia extranjera, el Imperio romano? ¿Acaso no es un a rebelión contra Dios el no aceptar que lo importante es que están desobedeciendo los mandamientos? El Señor les tiene que recordar que no sólo deben someterse al César romano para expiar su pècado, sino que además no deben descuidar el culto a Dios.

    ¿Cuál es el problema entonces y ahora? El hombre no quiere convertirse. No acepta que sea pecador. No quiere llegar tan hondo. Le basta con su autojustificación. Pero el que hace su voluntad y se separa de la Palabra de Dios, se suelta irremediablemente de la mano de Dios y cae en el precipicio de la oscuridad y las tinieblas, y allí es pasto de los ángeles caídos que buscan esas almas que andan errantes en medio de la oscuridad de sus pecados. ¡Y qué pecado hay en el hombre cuando rechaza la Santa Voluntad de Dios, sus Palabras! Cuando no están en nosotros las Palabras de Jesús, están las del mundo, las de nuestras pasiones, las de Satanás. No hay término medio: No podemos vivir el Evangelio y nuestra voluntad, que está inclinada al mal y a la concupiscencia. La conversión de todos los hombres es la gran tarea que tenemos que llevar a cabo. Todo lo demás es distraernos de nuestro fin por el que Dios nos ha creado. El hombre debe buscar a Dios sobre todo otro interés.

    Los que se determinan a ser amigos de Jesús “seréis mis amigos, si hacéis lo que Yo os mando” sufrirán esa ruptura que se produce entre Jesús y el mundo, entre los hijos de Dios y los hijos de las tinieblas. Pero sabemos que el que sigue el camino, que es el mismo Jesús, camina en la luz y en la Gracia. Nadie puede confundir a los hijos de la luz si el que está en la luz no quiere ser confundido; no seremos arrastrados al mal si no queremos ser arrastrados. Pero para esto no debemos separarnos de los sacramentos y de la luz del Evangelio. No podemos permitirnos hacer ni una sola concesión, pues después de una viene otra y así hasta acabar separándonos de Jesús sin darnos cuenta.

    Nuestra Madre del cielo vela a cada instante por nosotros. No debemos temer, pues Ella tiene el dominio, que ha recibido del Padre, para liderar este combate final, pero siempre que obedezcamos sus palabras: “Haced lo que Él os diga”. Lo que Cristo nos dice en su Palabra y lo que la Iglesia determina. Sólo así estaremos protegidos bajo su manto.

    El Salmo que ha sido cantado nos abre a la perspectiva de lo que será el Reino de Dios aquí en la tierra. No un reino de prosperidad material, sino un Reino en el que todos los pueblos se unirán en una sola alabanza a Dios: “el Señor es Rey, Él gobierna a los pueblos rectamente”., La Iglesia ha de llevar el Evangelio a todo el mundo. Cuando la Iglesia sin dejar de evangelizar en los países ya cristianos, se arriesga a salir de sus fronteras a predicar a Cristo fortalece la fe en los países de donde parte el impulso misionero.

    Pidamos y busquemos no sólo nuestra propia conversión, por ahí hay que comenzar, sino también la de nuestros hermanos. Porque eso fortalece nuestra fe, la purifica y la madura. La mies es abundante y hay muchos pastores que han desertado, o que han sucumbido al desaliento. Tenemos un gran medio para no caer en la tentación del desaliento: el Sacramento de la reconciliación, con él se desenmascara al enemigo. No nos creamos inmunes a esta tentación o a cualquier otra. Somos pobres pecadores, pero arrepentidos y sostenidos par la Gracia de los sacramentos. Aprovechemos ahora que tenemos libre acceso a los mismos. ¿Cómo ha podido ser que en algunas iglesias se dé cobijo a ideologías que en cuanto caigan las máscaras veremos que eran las de nuestros enemigos, que nos persiguen a muerte? La Palabra de Dios se había silenciado en esos ámbitos y se había abierto la puerta a la mentira y al odio. Ése es el engaño de nuestra época. Cuando no se evangeliza tal cual el Evangelio y se lleva generosamente a otros, se nos cuela el enemigo en nuestras filas. Tenemos al ejército de los ángeles a nuestra disposición si les invocamos y confiamos en que Dios nos los envía para nuestra salvación, para asistirnos en las tareas de evangelizar, que creemos son imprescindibles para mantener viva la fe. Por eso al final de la Misa invocaremos a San Miguel, jefe de la milicia celestial.

  • 12 Oct

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: la fiesta del Pilar apenas necesita presentación para la mayoría de los aquí presentes. El santuario levantado en Zaragoza, donde la Bienaventurada Virgen María se dignó posar su pie sobre una columna o pilar cuando todavía no había ascendido al cielo, por tanto, en carne mortal, es un lugar excepcional y con razón uno de los más visitados del mundo, porque allí le concedió el Señor ir a consolar al apóstol Santiago, pariente del Señor y hermano del también apóstol S. Juan en su predicación por tierras españolas.

    Este lugar ha sido a lo largo de la historia un punto de referencia particularmente para el pueblo español, pero con una proyección universal, sobre todo en Hispanoamérica, donde ha arraigado la devoción a esta advocación de la Bienaventurada Virgen María. La experiencia del apóstol Santiago el Mayor de ser confortado por nuestra Stma. Madre ha desbordado las fronteras de nuestra patria, por lo que la han hecho suya y la han sentido igualmente todos los que con fe la han invocado a partir de aquel hecho histórico guardado en la memoria del pueblo cristiano. El Papa Pío XII otorgó a todas las naciones hispanoamericanas y a Filipinas la posibilidad de celebrar la misma misa que se celebraba en España. La Virgen del Pilar es también patrona de numerosas instituciones españolas, entre otras nuestra querida Guardia Civil, tan vinculada con el Valle.

    Las lecturas proclamadas, queridos hermanos, nos recuerdan por una parte la fuerza de la oración con María que experimentaron los apóstoles y primeros cristianos y, por otra, la alabanza de las obras que Dios ha obrado en María y, a través de Ella en todos los hombres. Imprescindible son para nosotros ambas cosas: si no somos agradecidos con Dios por sus beneficios, no somos buenos hijos; si no nos dirigimos a Dios unidos a nuestra Bienaventurada Madre, nuestra oración será muy pobre y rara vez alcanzará su objetivo. La Bienaventurada Virgen María ocupa en la Historia de la Salvación un lugar muy imprescindible y nada desdeñable. La necesitamos para asegurar nuestra respuesta de amor al infinito amor que el Señor nos brinda a cada instante. Sin Ella, esa respuesta a la alianza de amor de Dios con el hombre sería tan difícil que solo algún que otro ser humano hubiese sido capaz de responder. María está a nuestro lado para que no echemos a perder la gracia de Dios. Ya antes de subir al cielo estuvo al lado de los apóstoles y discípulos del Señor para ayudarlos a perseverar en su fidelidad y ya antes de empezar sus milagros, Jesús adelantó la hora de los signos para facilitarnos el camino de nuestro acercamiento a Dios.

    Queridos hermanos: nos encontramos en un momento crucial para la unidad de nuestra patria. Una de las muchas bendiciones que esta ha recibido pasa a través de María, para aglutinar todos los pueblos de España en la misma fe. Hemos de ser respetuosos con todas las diferencias, pero conscientes del bien espiritual y humano que se sigue de la unión. Han sido siglos de luchas heroicas frente a todos los fermentos de desunión que ha mezclado el antiguo enemigo de nuestra salvación a lo largo de la historia para impedirlo. Cuando de nuevo nos amenaza la desunión, recurramos a nuestra Madre con renovado empeño y cerremos filas con nuestra oración unánime. En un momento en que es más necesario que nunca pedir que nos aglutine el amor, nuestro más rico tesoro y no los meros intereses políticos y económicos, la Virgen del Pilar es sin duda puerto seguro y una intercesora todopoderosa para desbaratar los intentos de fracturar la hispanidad y con ella su fe católica.

    Queridos hermanos: acojamos todas las iniciativas de oración y de reparación de nuestros pecados. Donde dos o tres están reunidos en nombre del Señor para pedir algo conforme al corazón del Señor, ahí está el Espíritu del Señor. Pidamos perdón por todos los pecados que se cometen en este suelo patrio que pisó la Hija predilecta del Padre, la Esposa del Espíritu Santo, la madre de Jesús. Encomendémoslo con gran fe y piedad a la Virgen del Pilar, representada artísticamente de forma muy original en una de las capillas de la nave central de nuestra basílica, en la que además custodiamos las reliquias y restos de numerosos mártires, algunos de ellos ya beatificados y otros muchos en proceso. Ellos también dieron su vida por España y sin duda no dejan de interceder ante nuestra Madre para que arranque de su Hijo la gracia que estamos suplicando. Que así sea.

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