• 10 Feb

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Muy queridos hermanos sacerdotes de la diócesis de Valencia, que compartís con nosotros esta celebración y hermanos todos en NSJC: La vocación, la llamada de Dios que recibieron los Apóstoles, y los profetas como Isaías y nosotros también, sacerdotes y fieles, es la razón de ser de nuestras vidas. La dignidad más alta del ser humano es el hecho de haber sido llamados a participar en la vida divina. La llamada a entrar en comunión con Dios, a participar del amor con el que las tres divinas personas se aman entre sí, es lo que nos sostiene en las batallas de cada día y nos alienta en nuestro caminar. Los Apóstoles fueron llamados a estar con el Señor y a predicar la buena noticia que habían escuchado de labios de Jesús. Ese estar con Jesús es lo que estamos haciendo nosotros en este momento. Este momento es tan íntimo gracias a que el Señor entregó su vida por nosotros y lo ha perpetuado en la Eucaristía comunicándonos su vida, de tal modo que vivimos por medio de Él. Vivimos gracias a Él al tomar su Cuerpo y Sangre: y así, cuando muramos a la vida terrena, ya tenemos preparada la eterna. Pertenecemos al grupo de los más afortunados. Hay otros que también tienen este tesoro, pero nadie tiene más que esta participación en su vida divina.

    Ahora bien, hemos recibido el don de la vida divina, pero ¿qué hemos hecho de esta herencia? ¿Lo hemos aprovechado para nuestro bien y el de nuestros hermanos, o lo hemos malgastado? Hermanos, nada quedará sin la recompensa debida al esfuerzo y al mérito de conservar la vida divina en la que fuimos introducidos en nuestro bautismo por las palabras: «Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo». Pero las llamas arden día y noche para los que no quisieron la salvación de Dios, el Único Dios verdadero, Uno y Trino.

    En todas la Misas pedimos al Señor que venga ya, y en el Padre nuestro le pedimos que venga su Reino y Resulta que no somos conscientes de que le estamos pidiendo que le veamos bajar al Hijo del hombre entre nubes, precedido del signo de la cruz, para que todos los pueblos sean reunidos y se postren ante quien deberán rendir cuentas aquel día, y nada podremos hacer aquel día para escapar del final de la vida: el Juicio y la recompensa, o la condenación eterna. Eso puede suceder a la vista de todos nosotros o morir uno antes y hallarse de modo equivalente ante la presencia de Dios para ese Juicio.

    Una balanza se cierne sobre nuestras vidas, en ella se pesará nuestras obras buenas y también las malas. El fiel de esa balanza será la Verdad, y seremos juzgados porque no vinimos a este mundo para el mal, sino para el bien y la justicia; para amar, no para odiar; para ser fieles a Dios, no para traicionarle y quitarle su ser de Creador y Redentor. Nada quedará sin la justicia debida, sin el rigor que exige entrar en la vida eterna.

    Tras esa purificación colectiva un mundo nuevo vendrá y el viejo acabará con su injusticia y su impiedad. Pero antes se ha de pasar por un proceso en el que habrá hambre y calamidad, guerra y terror de un mundo que quedará en manos de Satanás, porque la verdad y el bien, la justicia y el amor se excluirán de este mundo. Entonces suplicaremos día y noche que venga el Hijo del hombre. Pero ahora nos lo prometemos todo muy feliz y reímos estrepitosamente, y si no se nos enviara la calamidad nadie esperaría al Señor y todos andaríamos perdidos cuando llegase el día de comparecer ante Él. La cruz en nuestras vidas, hermanos, aunque nos duela reconocerlo, nos acerca a nuestro Salvador, a la verdad y a la Salvación de nuestras almas.

    Nosotros separamos el amor de la justicia, y la justicia del amor. No hemos conocido a Dios, incluso los que hemos estudiado teología, no le conocemos y vagamos en nuestras propias opiniones falsas y criterios que nos hacen errar el camino. Dios es justo y Dios es Amor; y es solo Uno: la Justicia y el Amor es uno en Dios, y es un solo atributo de Dios, porque todo es uno solo: Dios es. ¿No os acordáis, “Yo soy el que soy”?

    Volvamos, pues, a la pequeñez, porque es el único camino: Miremos a nuestro Redentor, que siendo Dios se hace uno de nosotros, se hizo pequeño, se abajó por amor al Padre. Tanto es así que eligió a doce hombres pequeños, sin relieve social ni moral, para que fuesen los fundamentos de la Iglesia. Jesús elige a pescadores, a un recaudador de impuestos odiado socialmente. Nosotros hubiésemos elegido a seis escribas y seis fariseos: hombres intelectuales, vestidos con amplios ropajes, educados para comer con distinción y elegancia y bien considerados. Jesús, en cambio, no se deja atrapar por prejuicios sociales e incluso religiosos, y hasta se dirige a su Padre de un modo insólito en la piedad judía, e incluso a sus discípulos nos cuesta seguirle y llamar a Dios: Abbá, querido papá. ¿Nos atrevemos a llamar así a nuestro Padre del cielo como lo hizo Jesús, nada menos que momentos antes de su pasión en el huerto de los olivos: Papá, papaíto? Pidamos ser pequeños, es la puerta del cielo. Obedezcamos sus mandamientos en toda su integridad, sometamos nuestro orgullo ante Dios y los hombres. Aprendamos del que es modelo increíble, porque es manso y humilde de corazón.

    Fijaos si será paciente que nos espera en nuestras Misa dominical, que tantas veces hay quien se las salta porque está cansado, tiene que hacer visita a los familiares o ir a comprar a esos super comercios tan tentadores, que tienen de todo lo que no necesitamos. Y ahí está el Señor olvidado en el Sagrario sin que nadie lo visite. Da la impresión que odiamos a nuestro Creador y Redentor. Su amor parece derrochado en balde. Actualiza en cada Misa lo que sucedió en el Calvario y nosotros nos permitimos hablar dentro de la Iglesia o incluso inmediatamente después de comulgar. Se ha quedado en el Sagrario para estar con nosotros y entramos a la iglesia o capilla sin hacer una genuflexión bien hecha, sin dedicarLe unos instantes de oración.

    Tenemos mil cosas en nuestras vidas que arreglar, en casa y fuera de casa, en la sociedad que nos rodea y como miembros vivos de la Iglesia. Pero por respetos humanos no somos capaces de recortar unos minutos nuestras conversaciones interminables en las que repetimos siempre los mismos tópicos, y no encontramos tiempo para el Señor y no se nos ocurre ir a pedirle ayuda. Tampoco “ayudamos a la Iglesia en sus necesidades”, en su mayor necesidad, que no es la económica, sino la de ‘la conversión de sus hijos’. Nos olvidamos de que Jesús está en el sagrario, de que allí nos espera el Rey de reyes y el ir allí, donde Él se ha dignado como prolongar su encarnación en cuerpo, alma y divinidad, hace que la oración sea mucho más efectiva que si la hago desde el sillón de mi casa. ¿Somos nosotros más que Él o nuestros asuntos más importantes que la Salvación que ha venido a traernos?

    Nosotros que estamos tan informados y a la última, ¿cómo podemos estar tan ciegos para ver que no está lejos el día que nos cerrarán las iglesias y ya no podremos venir a estar con Él? Ahora es el tiempo de salvación, pero no lo aprovechamos para salvar nuestra alma y nos falta fe para estar convencidos de que el Señor nos está esperando, y el sacerdote, puesto por Jesús, también te está esperando para una confesión sincera de toda tu vida, una confesión con profundo arrepentimiento y verdadero propósito de enmienda. Más aún el Señor nos espera en el Sagrario para que vayamos a hacerle las preguntas esenciales de nuestra vida, los problemas que nos agobian, los miedos que sólo a Él somos capaces de contarle. Vayamos a hacerle esas preguntas al Sagrario y a poner en sus manos esas angustias; perseveremos en ello sin buscar otra luz que la brilla en el Sagrario y encontraremos allí la respuesta y la paz que sólo Él puede dar. Él no falla al que confía.

    Tenemos hoy, todos los domingos desde este verano pasado, esa oportunidad de estar con Él, de experimentar lo que es su presencia viva y palpitante en el Tabernáculo, en el espacio entre las dos misas de una y de cinco en la Capilla del Santísimo para rezar por esas intenciones que agradan al Señor: la de la unidad de la Iglesia que nos ha pedido el Papa Francisco, la reconciliación y unión entre los españoles, suplicar la purificación de las almas que reposan aquí y en otros lugares de los que intervinieron en la guerra, además de nuestras intenciones particulares.

  • 2 Feb

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Celebramos hoy la fiesta de la Presentación del Señor en el Templo, que tradicionalmente hemos conocido asimismo como de la Candelaria y, unida a ella, también de la Purificación de Nuestra Señora. Son tres elementos de una misma fiesta, tal como los podemos descubrir en el Evangelio que hemos escuchado (Lc 2,22-40).

    Según la Ley dada por Dios al pueblo de Israel a través de Moisés, todo primogénito varón debía ser presentado y redimido en el Templo a los cuarenta días de su nacimiento para quedar consagrado a Dios y la madre debía someterse al rito de la purificación (Ex 13). En este punto, nosotros contemplamos la humildad y la obediencia de Jesús y de María, pues cumplieron fielmente este mandato del Señor sin estar estrictamente obligados a ello, ya que Jesucristo es el mismísimo Dios y su Madre se encontraba exenta de toda mancha de pecado, incluido del pecado original por su Inmaculada Concepción.

    El tercer aspecto de la fiesta es el que de un modo especial hemos celebrado al inicio de la Misa con la procesión de las candelas: la fiesta de Simeón o de la Candelaria. Hemos escuchado en la preciosa lectura del Evangelio las impactantes profecías de los ancianos Simeón y Ana. Las palabras del primero han calado de tal modo en la Tradición de la Iglesia que son recitadas desde época muy antigua en el rezo de las Completas al final del día: es el Nunc dimittis (Lc 2,29-32). Simeón reconoce a Cristo como lumen Gentium: “luz de las gentes”, “luz de las naciones”, la luz que alumbra a todos los pueblos gentiles de la tierra, además de ser la gloria de Israel, el pueblo escogido por Dios desde el principio. En verdad, Cristo es la única y verdadera luz que nos puede iluminar a los hombres; como Él mismo dirá de sí, “Yo soy la luz del mundo” (Jn 8,12).

    Tomando en consideración la consagración del propio Hijo de Dios encarnado y recién nacido al Padre celestial, tal como la rememoramos y revivimos en esta fiesta, la Iglesia celebra hoy asimismo la jornada de la vida consagrada, la cual supone una existencia “cristiforme”, como señaló San Juan Pablo II (Vita consecrata, n. 14): la del religioso o la religiosa es una vida modelada según Jesucristo, abrazada a Él e identificada con Él, incluso hasta la cruz. Es un buen día para dar gracias a Dios por las jóvenes vocaciones que está suscitando a nuestro monasterio y para pedirle que siga enviando más, así como para toda la Iglesia. Pidamos al Señor que haga brotar en la Iglesia jóvenes deseosos de entregarse sin reservas a Él, de consagrarle sus vidas, de convertirle en el centro de todo, tal como nos exhorta San Benito a los monjes: “No anteponer nada al amor de Cristo” (RB IV, 21 y LXXII, 11).

    Que María Santísima, modelo de toda vocación consagrada a Dios, nos permita contemplar estos misterios que hoy celebramos y nos haga crecer en el amor de su Hijo.

  • 13 Jan

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos en Nuestro Señor Jesucristo: Hoy con la fiesta del Bautismo del Señor concluye el tiempo de Navidad. El Bautismo del Señor concluye también el tiempo de Epifanía; la fiesta propiamente de Epifanía es la manifestación de Dios al mundo en la infancia de Jesús, y la del Bautismo es la Epifanía con la que da comienzo la vida pública de Jesús, como predicador itinerante. En la Navidad proclamamos nuestra fe en la divinidad de Jesucristo y en su obra de hacernos partícipes de su divinidad. Nos cuesta confesar la divinidad de Jesucristo, porque lo que ven nuestros ojos es un hombre como los demás, pero también nos cuesta ver la obra de su amor en nosotros, porque personal y colectivamente nos hemos apartado de Dios. Tanto en llamar a los magos por la estrella como en la santificación de las aguas en su bautismo confesamos que Jesús se encarnó para hacernos partícipes de su divinidad. En este intercambio de naturalezas, Él asume la nuestra y nos hace partícipes de la suya: envuelve a la Navidad en el misterio y en la admiración contemplativa del cristiano. Pero sin duda que esto provoca en nosotros la pregunta: pero ¿realmente los cristianos captamos la densidad de este misterio tan grande? Y más que una respuesta directa tendríamos que tener la conciencia de que ni nosotros merecemos esta dignidad tan grande, ni tampoco nadie nos ha dado la representatividad para negarnos a recibir tan gran regalo. Somos unos privilegiados, pero sería una arrogancia imperdonable el negarnos a ser agasajados por Dios de esta manera tan generosa que supera nuestros merecimientos, por supuesto, pero la falsa humildad de no querer recibir tan gran don se convertiría en un pecado contra el Espíritu Santo.

    Ni podemos negarnos a recibirlo ni podemos despreciarlo negándonos al esfuerzo de vestirnos de fiesta, que en este caso se traduce por vivir a la altura que ese don exige. El traje de fiesta del cristiano es revestirse de Cristo, cumplir sus mandamientos, pues Dios misericordiosamente nos perdona la deuda que habíamos contraído en Adán al haber dado cabida al pecado que introdujo el demonio en este mundo por su desobediencia al mandato divino. Pero una vez que se nos ha devuelto la dignidad de hijos de Dios por el bautismo hemos de cumplir los requisitos para que nuestros pecados actuales sean perdonados.

    Hemos de confesar nuestra fe en la Iglesia y recibir los sacramentos que nos curan, que nos fortalecen, que nos alimentan y nos hacen crecer en gracia.

    Las fiestas de la Epifanía, la manifestación del amor de Dios que trae la salvación a todos los hombres de todos los pueblos de la tierra en la persona de los tres Magos de oriente, y la fiesta del Bautismo del Señor que recibe su bautismo de manos de Juan no para ser purificado, sino para santificar el agua, para que así nosotros podamos ser hechos hijos de Dios por adopción, nos deben llenar de alegría y agradecimiento. Deben llevarnos a la contemplación de los misterios del nacimiento de Jesucristo, para cada día esforzarnos en no pisotear las perlas que nos regala el Señor como si fuésemos animales inconscientes, incapaces de apreciar la diferencia entre las piedras y las perlas.

    Celebramos que Jesús se dirigió al lugar donde Juan Bautista dispensaba un bautismo de penitencia. No reclamó que Juan se presentase ante Él. Jesús, a quien hemos confesado en su nacimiento como Dios, se dirige andando como un humilde peregrino hasta Juan el Bautista, el profeta del Señor; va a escuchar su testimonio, el que Dios le ha confiado: que aquel sobre el que se posase el Espíritu de Dios sería por eso mismo señalado como el Mesías, que durante siglos se había prometido y el pueblo de Israel esperaba. Pero, para hacer más creíble la señal, Jesús no interviene con un protagonismo, que en su caso no podría ser ni inconveniente ni exagerado. Era el Esposo y había de recibir el tratamiento del Esposo deseado por la Iglesia su Esposa. Y, sin embargo, se pone en la fila de los pecadores como necesitado de purificación. Pero al rasgar Dios los velos que le ocultaban a la mirada de los humanos con la aparición de la paloma, que se posa en Jesús, y la voz del cielo, que le descubre como el Hijo amado en quien el Padre se complace, reclama de nosotros que le escuchemos. De esta manera la prueba de su mesianidad se hace inconfundible a pesar de no ser una manifestación sobrecogedora, como la del Sinaí.

    Jesús, a pesar de ser el nuevo Moisés anunciado tantos siglos antes, no interfiere ni le quita el papel de profeta a Juan Bautista. Se presenta como un pecador de tantos. Toda una lección para sacerdotes y fieles: No es el discípulo mayor que el maestro. Jesús recibe el bautismo de penitencia en la fila de los pecadores. Todos somos instados por este ejemplo del Maestro por excelencia a escuchar a los profetas y no arrogarnos el estar por encima de ellos; lo ha ejemplificado el que sí que estaba muy por encima de Juan el Bautista; y recibe el agua purificadora el que no había de ser purificado sino el que iba a santificar el agua, para que en adelante tuviese el poder de purificar y santificar al ser administrada sacramentalmente, y para que ninguno de sus discípulos escondiese su condición de pecador y tuviese en cambio el deber de mostrar su arrepentimiento.

    Nosotros seguimos caminos de pecado e incredulidad, sólo queremos banquetear y estar en nuestras cosas, y eso tendrá un precio y será la purificación más grande que ha conocido este mundo. Lo estamos escuchando repetidamente en la Sagrada Escritura y no se nos pone la carne de gallina –¿realmente escuchamos la Palabra de Dios? ; nosotros solo miramos al suelo, pero no miramos con el anhelo del alma para encontrar la Paz, la Justicia, el Amor y la Misericordia que anhela nuestro ser en lo más íntimo. Estamos sometidos a nuestros instintos más bajos: ellos nos gobiernan y nos dicen el camino que debemos seguir. Hermanos, por compasión con los sufrimientos del Corazón de Nuestro Señor y de su Bienaventurada Madre, por compasión a este mundo, a nuestras almas perdidas y anhelantes del Bien, de la Justicia y Misericordia: hermanos, ha de venir una purificación, nuestras almas han de ser lavadas por el agua bautismal, para recuperar la pureza, y por medio del gran sufrimiento que supondrá tanto diluvio de agua y fuego, se abrirán nuestros corazones de piedra.

    Mientras esperamos esta purificación, que está muy próxima, el discípulo de Jesús no sólo ha de perdonar hasta los enemigos, sino también ser perdonado siempre y pedirlo ante los fieles aunque con confesión secreta. Jesús nos propone no sólo la necesidad de confesar los pecados, sino que con su doctrina y con su abajamiento, al ponerse en la fila de los pecadores, nos deja bien claro que sólo el corazón arrepentido es depositario de su Misericordia. No basta con ponerse en la fila y acercarse al confesor, lo que nos debe estimular, tanto al santo como al pecador más empedernido, es que un arrepentimiento sincero derriba muros de acero, y el que merecía el infierno por sus pecados, es acreedor de su Misericordia. Sin nuestras lágrimas y nuestro arrepentimiento nuestros pecados permanecen, pero al que pide a Dios llegar al dolor sincero le baña la Misericordia divina. ¿Ante semejante recompensa, y todavía más: ante tal oportunidad de agradar al Señor con un arrepentimiento de corazón, vamos a privarnos de vivir en gracia, aunque un determinado confesor nos pueda caer algo antipático o nos creamos que no está a la altura de su ministerio? Si se nos pasa ese pensamiento por la cabeza, recemos por nuestros sacerdotes y no los critiquemos. Jesús no dijo ¿quién es Juan Bautista para bautizarme a mí? La disposición humilde es la que nos posibilita estar preparados a su venida purificadora.

  • 6 Jan

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Como todas las fiestas del tiempo de Navidad, la de Epifanía nos ha llenado de alegría y gozo desde niños, con un carácter entrañable y lleno de ilusión que nos ha hecho esperar tantas veces el paso de los Reyes Magos, deseando encontrarnos con sus regalos y sus sorpresas. Las sonrisas de los niños en este día nos hacen pensar en la belleza de la inocencia y en la pureza carente de pecado y nos mueven a la generosidad y a transmitir alegría a los demás.

    Y como todas las fiestas navideñas, es Dios hecho Niño por amor al hombre caído, al cual viene a redimir, quien da sentido a esta fiesta. Él es “la luz del mundo” (Jn 8,12), la única que nos puede iluminar y demostrar que toda otra luz nace de Él y a Él orienta, como comprendieron los Magos. Y así, según hemos escuchado de la boca del profeta Isaías (Is 60,1-6), su luz ilumina ahora a la tierra que estaba cubierta de tinieblas y a los pueblos que caminaban en oscuridad. Es el misterio que San Pablo expone a los Efesios y que antes estaba reservado sólo a los judíos (Ef 3,2-3a.5-6). Esto es la Epifanía: la manifestación del verdadero Dios a todos los pueblos, anunciando que ha venido al mundo para salvar a todos los hombres. Los Magos venidos de Oriente, seguramente de regiones de Persia y quizá de algunas otras y muy probablemente de condición regia como ha recogido la Tradición conforme a las profecías mesiánicas, reflejan esta realidad (Mt 2,1-12): el Niño nacido en Belén es Aquel a quien ellos reconocieron como el “Emmanuel”, el “Dios con nosotros”, el “Mesías”, el “Cristo”, el “Ungido”, Jesús, el “Salvador”.

    No olvidemos, por otra parte, que en la fiesta de la Epifanía se han celebrado tradicionalmente tres elementos de una misma manifestación del Dios Salvador: la adoración de los Magos, el Bautismo de Jesús en el Jordán y el milagro de las bodas de Caná.

    En un doble sentido, el mensaje de la Epifanía es un mensaje esperanzador, que nos anuncia la buena nueva de la salvación que Dios ofrece a todos los hombres. Cristo ha venido a salvarnos y debemos gozarnos de ello y transmitirlo a todos. Es decir, todos los hombres, tanto judíos como gentiles, somos invitados por Dios a la salvación eterna. Más aún, casi somos requeridos amorosamente por Él a aceptar su salvación, a acogerla, pues su Unigénito llegará hasta el extremo de dar su vida por amor a nosotros en la Cruz redentora.

    El segundo sentido esperanzador en que podemos incidir, es que la Epifanía nos manifiesta a Jesucristo como Señor de la Historia. Tal como se dice al comienzo de la Carta a los Hebreos: “En muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a los padres por los profetas. En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo y por medio del cual ha realizado los siglos” (Hb 1,1-2).

    A partir de aquí y de meditar la Historia de Israel y del mundo, al contemplar al Dios único y verdadero guiando su curso hacia el advenimiento del Salvador, varios Padres de la Iglesia comprendieron la existencia de una auténtica Teología de la Historia: es decir, la existencia de un sentido teológico en la Historia, de un plan divino sobre la historia del hombre en la tierra, enfocado a la redención de éste y al logro de su plenitud en Dios mismo. Algunos de estos Padres, como San Agustín, San Gregorio Magno, San Isidoro y San Beda, tomando como punto de partida el texto citado de la Carta a los Hebreos y mirando al conjunto de la Historia de la Salvación, delinearon unas edades del mundo que apuntaban como objetivo a la primera venida del Hijo de Dios con su Encarnación y a la segunda en su Parusía o manifestación gloriosa.

    Esto nos debe proporcionar esperanza en nuestras vidas y en los tiempos que vivimos. La Epifanía del Señor es la manifestación del Dios Salvador a todos los pueblos, la manifestación de Jesucristo como Señor de la Historia, la manifestación de la Providencia divina, que vela con amor por su Creación y muy especialmente por el hombre, a quien ha querido rescatar del fango del pecado y hacer con él en Jesucristo y por Jesucristo una nueva creación (Col 1,15-20), un hombre nuevo (2Cor 5,17; Ef 4,22-24; Col 3,9-10), cuyo modelo es el Hombre perfecto, Jesucristo mismo (Ef 4,13), verdadero Dios y verdadero Hombre. La Epifanía nos habla del anonadamiento del Verbo de Dios, que se ha abajado asumiendo la debilidad de nuestra naturaleza humana para elevarnos consigo (Flp 2,6-11), haciéndonos así partícipes de la naturaleza divina (2 Pe 1,4) e introduciéndonos en la vida misma de Dios, vida íntima de amor entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo (cf. Jn 14,16-17.23.26: inhabitación trinitaria; Jn 15,9-10; 17,21-26).

    Por eso, sabiendo que Dios es providente, que mira por nosotros, que hasta los cabellos de nuestra cabeza tiene contados y nos sostiene aún con mayor amor que el que tiene hacia las aves del cielo y los lirios del campo (Mt 6,26-30; 10,30; Lc 12,7.24.27), debemos vivir sin miedo, confiados plenamente en su Bondad infinita que guía el curso de la Historia y de nuestras vidas. En medio de los avatares, de las incertidumbres, de los sufrimientos, de las persecuciones, de las cruces con que Él realmente no quiere sino bendecirnos y hacernos partícipes de su Cruz gloriosa (Gal 2,19-20; 6,14), confiemos en este Dios providente y redentor que sabe sacar bien del mal y que de la Cruz ha hecho el árbol de la vida (cf. Gn 2,9). No temamos, porque Él nos ama, nos alienta en nuestras luchas hasta el final (1Cor 1,4) y nos quiere llevar consigo al Cielo.

    Miremos también a María Santísima, a quien los Magos tuvieron la dicha inmensa de conocer al llegar a adorar al Niño Dios, y con Ella mostremos en Él al Emmanuel ante el mundo.

  • 27 Dec

    P.Santiago Cantera

  • Rvdmo. P. Abad de Silos, queridos concelebrantes y queridos hermanos todos en el Señor:

    La enfermedad y la muerte de nuestro P. Laurentino nos han golpeado con mucha fuerza, tanto a la Comunidad benedictina, como a tantos que os habéis acercado hoy y muchos otros que no han podido hacerlo, pero que nos han expresado sus condolencias y su cercanía. Nos han llegado testimonios preciosos de agradecimiento por sus enseñanzas y por su amistad y hemos leído otros muy emotivos en internet. Gracias a todos por este afecto que mostráis a su persona, a nuestra Abadía y a los años que muchos habéis pasado como niños en la Escolanía y que demostráis llevarla en vuestros corazones.

    Como comentaba el otro día con uno de sus discípulos más cercanos, sin haber sido un intelectual o un investigador, el P. Laurentino ha sido sin embargo una autoridad en el campo del canto gregoriano y un verdadero maestro. Ha sido el alma de la Escolanía durante prácticamente sus 60 años de existencia y ha sido forjador u orientador de muchas vocaciones musicales, así como punto de referencia fundamental para numerosos coros, directores y otros músicos.

    Ciertamente, su enfermedad y su muerte nos han golpeado porque, a pesar de sus 87 años, todos hemos conocido su vitalidad, su energía inagotable, su capacidad de afrontar y de reemprender proyectos con ilusión frente a toda adversidad, y, ¿por qué no decirlo?, todos hemos conocido asimismo ese espíritu de mando y ese genio que parecía a veces ser el motor que le daba vida y que, al lado de la aspereza, pronto dejaba descubrir su profunda entraña humana, con un encanto que dejaba huella.

    Como ayer le comenté a nuestra Comunidad, pese a que pueda parecer chocante lo que voy a decir, su enfermedad y su muerte anunciada debemos entenderlas como una gracia de Dios, tanto para él, como para los monjes del Valle y para todos los que le hemos conocido. Lo que corresponde a él, lo dejo para el final.

    En cuanto a la Comunidad benedictina y a los que podéis haberlo tratado más de cerca en esta última etapa, nos ha hecho posible ver de primera mano cómo esa naturaleza llena de vitalidad se deterioraba en pocos meses y al final de manera casi precipitada en muy pocos días. Esto nos ha permitido unirnos más a su sufrimiento, acercarnos más a él, compadecernos en el sentido puro de la palabra: es decir, “padecer con” él, sobre todo al ver su dura agonía. Dios nos ha facilitado por su medio poder volcarnos con él, vivir el espíritu de caridad fraterna que debe reinar en una comunidad monástica, atender al hermano enfermo como si del mismo Cristo se tratase, según nos pide N. P. S. Benito. Podemos dar gracias a Dios porque ha vivido su enfermedad en el monasterio y ha muerto en él, atendido por los hermanos de su comunidad, como él quería.

    Pero además, para todos, su enfermedad y su muerte anunciada deben ser comprendidas como una gracia, pues Dios nos ha hablado a través de ellas ofreciéndonos una meditación profunda acerca del misterio de la vida y de la muerte. Una naturaleza enérgica y llena de vitalidad, que parecía inmortal para la propia vida terrena, se ha desmoronado y agotado en seis meses, especialmente en los últimos tres y de forma muy llamativa en los últimos días. ¿No debería esto hacernos reflexionar acerca de que todos habremos de afrontar un día el trance de la muerte? La vida del monje, vivida en plenitud, es una preparación para el paso a la vida eterna, a la vida que nunca se acaba, a la vida junto a Dios. El monje y cualquier cristiano han de caminar siempre con la perspectiva de esta meta, pues nuestra peregrinación en la tierra habrá de apuntar hacia el Cielo.

    En fin, la enfermedad y la muerte anunciada también han sido una gracia para el propio P. Laurentino. Aunque no era un hombre dado a expresar sus vivencias interiores más profundas y podía dar una impresión incluso equivocada con relación a su vida espiritual, debéis saber que él lo vivió así, como os lo voy a demostrar. Y murió como deberíamos desear morir: aceptando la enfermedad y la muerte anunciada como venidas de la voluntad de Dios, pudiendo prepararse para el encuentro con el Señor de la vida, haciendo en los días previos una confesión general y recibiendo el sacramento de la Unción. Algunos hemos recibido de Dios la dicha de tener en estos días conversaciones preciosas con él, en las que hemos podido comprobar la plena conciencia de su situación y que ya tenía toda su confianza puesta únicamente en Dios y en la Virgen María, a la que siempre amó y rezó con asiduidad el Santo Rosario. Notó muy favorablemente la fuerza que Dios le daba por la oración de muchas monjas y religiosas, así como a través del P. Santiago Alameda, monje de Silos muerto en olor de santidad, a quien siempre tuvo en gran estima y de quien me dijo haber advertido siempre su intercesión. Mirando a un cuadrito de Jesús en su celda, me dijo dos días antes de morir que en la Cruz veía a Cristo y que en Cristo veía su Sagrado Corazón.

    No es esto un elogio ni una alabanza de sus virtudes, sino que creo de verdad que su manera de afrontar y vivir la muerte y la enfermedad es un motivo de edificación, al igual que sus propias palabras en una carta que envió a las MM. Carmelitas de la Encarnación de Ávila en julio y que os voy a leer, aunque nos alarguemos un poco más y aunque sea mi homilía más larga hasta la fecha, pues merece realmente la pena y sé que a ninguno os va a importar que tardemos unos minutos más. Estuvo un año impartiéndoles clases de gregoriano y disfrutó mucho con ellas y ellas con él. Para él fue una especie de año de ejercicios espirituales que sin duda le preparó para afrontar la prueba que el Señor le iba a dar. Cuando fui a pasar unos días de retiro a la Encarnación este verano, me dio una carta para ellas. Aunque el sobre venía abierto y lógicamente me habría apetecido leerla, no lo hice por guardar su intimidad y su confidencialidad, pero unos días después la priora con las demás carmelitas me la quisieron leer para que tuviera conocimiento de ella, pues les había emocionado. Ahora les he pedido que me faciliten una copia para leerla hoy y así lo han hecho. Leo sus palabras, en las que podemos descubrir al hombre, al monje y al maestro.

    “Abadía de Santa Cruz, 16 de julio de 2018.

    Rvda. Madre (Carmen de Jesús, Priora), Sor Mª Teresa del Sgdo. Corazón y queridas Hermanas de mi amado Monasterio de la Encarnación:

    ‘Hágase tu voluntad’ es lo que pido al Señor en todo momento y sobre todo en los Laudes y Vísperas, momento en los que N. P. San Benito nos pide escuchemos al superior, ahora lo cantamos todos, la Oración dominical. Desde el mismo momento en que supe lo que el Señor me ha mandado, noté una ‘fuerza’ superior, la ayuda de vuestras oraciones y de otras muchas Religiosas (tengo una hermana Marianista) y personas que me conocen, que me ayudó a recibirlo con serenidad y alegría interior, porque el Señor se ha acordado de mí. Me pongo en las manos del Señor y pido a Ntra. Madre de Clemencia me ayude a aceptar con alegría lo que Él quiera de mí en cada momento.

    Aun me encuentro débil, pero recuperando las fuerzas, poco a poco. Curiosamente, los dolores de rodilla, que comenzaron hace ahora un año y que me impedían subir y bajar escaleras, han desaparecido totalmente. Tampoco he tenido, ni antes ni en todo este tiempo, desde el 27 de mayo, dolor alguno, simplemente fiebre en algunos momentos, lo cual ha causado extrañeza a los médicos y a mí mismo.

    Recuerdo con ilusión y satisfacción los momentos pasados con vosotras, repitiendo una y otra vez las piezas gregorianas que había que preparar para los diversos tiempos litúrgicos y sobre todo la salmodia, que es a la vez lo más fácil, una simple lectura, y lo más difícil, que debe ser bien hecha y llegar a ser verdadera oración cantada. Los esfuerzos no eran en vano, pues pude apreciar que poco a poco la salmodia resultaba más ágil y bien acentuada, consiguiendo el ritmo propio de las palabras. Me gustaría poder seguir cantando con vosotras, pero eso lo dirá el Señor.

    Confío en vuestras oraciones y me uno a ellas pidiendo al Señor sigan siendo verdaderas hijas de Ntra. Madre Santa Teresa,

    Laurentino Sáenz de Buruaga, osb”

    Tenemos la impresión de que en el día de Navidad en que ha muerto el P. Laurentino, el Niño Jesús ha venido a buscarle a nuestro Valle, junto con su Madre, la Virgen María, cuyos prefacios estuvo musicalizando hasta sólo unos pocos días antes de morir. En sus manos ponemos su alma y encontramos también el consuelo por su partida de este mundo.

  • 25 Dec

    P. D. Anselmo Álvarez

  • Recordemos el comienzo de este texto del Evangelio: ‘En el principio ya existía la Palabra; la Palabra era Dios, y mediante Ella se hizo todo. Ella era la Vida y la Luz de los hombres. Brilló en las tinieblas, pero las tinieblas no la aceptaron’. Dentro de su brevedad, probablemente estas son las palabras más decisivas que se han escrito en cualquier tiempo.

    Desde hace 20 siglos Cristo ha polarizado la historia de la parte más dinámica de la sociedad humana, sea como referencia central de la existencia humana, o bien, en sentido contrario, para polarizar en él el rechazo de la mayoría de los hombres, que le señalan hoy como el mayor obstáculo para el progreso de una humanidad que cree poder caminar sola y libre hacia la plenitud de sí misma, liberada ya de los viejos dogmas que habrían desviado el auténtico dinamismo de la historia.

    Esta actitud de ruptura del hombre con la Verdad, a la que la Sagrada Escritura califica como apostasía (2Tes 2, 3), tiene el significado de deserción, retractación o repudio de la palabra inalterable de Dios. Esa palabra en la que hemos escuchado que se hizo hombre y habitó entre nosotros. La misma que había creado los mundos y en ellos al hombre, para que ambos se gobernaran por las leyes que debían regir la estructura interna de que habían sido dotados por la mano de su Autor.

    Sabemos que Cristo, Hijo de Dios, el mismo cuyo nacimiento histórico renueva y celebra la Iglesia todos los años, y cuya presencia se ha hecho permanente en el tiempo a través del sacrificio y sacramento eucarísticos, está llamado a reunir en Sí mismo todas esas realidades, de las que es único Soberano, y presentarlas al Padre en nombre de todas las criaturas. Ello constituirá el acontecimiento final de la historia, porque tal es el designio de Dios y la finalidad de la encarnación. En torno a esta proyecto divino gira toda la historia humana y cósmica, y en ella estamos totalmente implicados cada uno de nosotros, lo aceptemos o no.

    Pero entretanto, Cristo, el Niño, el Hombre y el Rey recién nacido, sigue siendo la cumbre de la historia. Ningún proyecto de anular su memoria o sus símbolos va a afectar a su presencia real en ella. Por el contrario, como de hecho está ocurriendo, Cristo sigue creciendo y actuando poderosamente, aunque ello esté oculto a nuestros ojos, y sigue burlando los poderes de este mundo, como ocurrió en el caso de Herodes y los Reyes Magos.

    Por eso, “en medio de las tinieblas ha aparecido una gran Luz”, porque “la omnipotente Palabra de Dios descendió hasta nosotros desde su sede real en las alturas”, de manera que “el pueblo que caminaba en la oscuridad vio una luz grande., y en ella apareció “el Nombre de quien es maravilla de Consejero, Dios fuerte, Padre perpetuo, Príncipe de la paz”.

    En realidad, en esta hora en que aparentemente hemos situado a Dios en las catacumbas, el suyo sigue siendo “el único Nombre en el que podemos ser salvados”. Él es el Salvador, la referencia máxima de toda plenitud y perfección para quienes las buscan en su fuente. Él es la Verdad, la Sabiduría, la Justicia únicas para quienes buscan un terreno firme sobre el que asentar los fundamentos estables de la tierra y del hombre. De hecho, no se nos ha dado otro Nombre en el que podamos ser salvados”…

    Todo lo que estamos declarando como final de Dios y de cuanto ha representado su Nombre, el Nombre de este Niño de Belén, Jesús, es la declaración de nuestro propio final como civilización, el final de cuanto hasta ahora ha supuesto la condición humana, que sólo tiene en Dios su razón de ser.

    Cristo es el quicio fundamental de la historia humana , y lo ha sido muy especialmente de nuestra nación. Ante el nuevo paganismo que nos envuelve repitamos con los justos del Antiguo Testamento: “Que se abra la tierra y que germine el Salvador”. Que Él sea de nuevo la enseña bajo la que se acojan todos los pueblos, y que nuestro mundo y nuestro tiempo encuentren en Él el camino que le conduzca por el desierto hacia la única tierra prometida en la que el hombre puede encontrarse de nuevo consigo mismo y con Dios.

  • 24 Dec

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Desde niños, todos hemos vivido con un gozo especial esta “noche santísima”, como la ha denominado la oración colecta, y no por algo tan mundano como las luces, los adornos, los regalos o incluso algo más bello como son las reuniones familiares con todo su encanto. En ocasiones, la falta de alguien que siempre nos acompañaba en estas fechas y que ya ha fallecido o se encuentra gravemente enfermo, nos causa tristeza. Pero, a pesar de ello, nada elimina un motivo profundo de alegría en esta noche santa, y es, por supuesto, la celebración del Nacimiento de Jesús.

    Jesucristo, la segunda persona de la Santísima Trinidad, el Verbo encarnado y, por lo tanto, verdadero Dios y verdadero hombre, es “irradiación esplendorosa de su gloria” (de la gloria del Padre), como nos dice el libro de la Sabiduría y lo repite la Carta a los Hebreos (Sab 7,25; Hb 1,3) y es “la luz del mundo” que nos otorga “la luz de la vida”, como Él ha dicho de sí mismo (Jn 8,12). Esto nos hace comprender la afirmación que hemos escuchado al profeta Isaías cuando nos ha hablado de la “luz grande” que ha brillado en medio de la tiniebla (Is 9,2-7). Y es así como esta luz grande, Dios que es luz, ha envuelto de claridad a los pastores en Belén, según nos ha descrito el Evangelio (Lc 2,1-14).

    Durante el tiempo de Adviento hemos venido preparándonos para este acontecimiento que desborda todos los cálculos humanos: que Dios asuma nuestra naturaleza para hacerse uno de nosotros y reconciliarnos consigo, viniendo al mundo para vivir entre nosotros, morir y finalmente resucitar. Cristo nos ha reconciliado así con el Padre, nos ha devuelto su amistad y nos ha alcanzado incluso el ser hechos hijos adoptivos de Dios, comunicándonos la vida divina por el Espíritu Santo.

    El Adviento, en efecto, nos ha preparado para celebrar, rememorar y revivir esta primera venida del Hijo de Dios al mundo, la venida del Verbo encarnado. Asimismo, nos ha recordado que debemos estar vigilantes para su segunda venida gloriosa, la Parusía, que tendrá lugar en un momento que nosotros no podemos conocer, para vencer definitivamente al demonio, al pecado y a la muerte y juzgar a todos los hombres y que todo sea recapitulado e instaurado en Él (cf. Ef 1,10).

    Pero además, el Adviento nos tiene que haber venido haciendo recalar en otra venida intermedia de Jesucristo, de la que habla San Bernardo, y de la que debemos tomar singular conciencia en el tiempo de Navidad. Es su venida a nuestras almas y a nuestros corazones, y muy especialmente también en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía. Alabemos al Niño Jesús en el pesebre y cantémosle villancicos, agradecidos por su primera venida para redimirnos del pecado y otorgarnos la salvación. Mirémosle pequeño, humilde, necesitado y mendigo de nuestro amor, y unámonos a María y a José para darle todo lo que precisa. Adorémosle con los ángeles, con los pastores y con los magos, porque en Él reconocemos al Dios verdadero, al Mesías Salvador y al modelo perfecto del hombre.

    Pero también hagamos que su venida sea posible realmente en nuestro interior, en nuestras almas y en nuestros corazones. Preparémonos para ser nosotros mismos el portal de Belén, conscientes de que, si evitamos el pecado mortal y lo confesamos cuanto antes, y si tratamos asimismo de evitar todo pecado y de hallarnos en estado de gracia, limpios y puros para Jesús, Él vendrá a morar en nosotros, a habitar en nuestras almas, a depositar todo el amor de su Sagrado Corazón dentro de nuestro pobre corazón.

    Él lo ha prometido, y ha prometido que con Él vendrán también el Padre celestial y el Espíritu Santo, para que seamos así realmente morada santa de la Santísima Trinidad, casa de Dios, refugio de su amor infinito: “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23); “Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad” (Jn 14,16-17). De este modo, también nuestro cuerpo se convierte en templo del Espíritu Santo, como afirma San Pablo (1Cor 6,19-20).

    Queridos hermanos: si somos conscientes de esta riqueza inmensa, de este tesoro inagotable de gracia y de vida espiritual que es conocer y alentar la vida divina en nuestro interior, en nuestras almas y en nuestros cuerpos, entonces la realidad de Belén se hará verdadera y permanentemente actual en nosotros y estaremos preparados para cuando el Señor vuelva en gloria y majestad o para cuando venga a llamarnos al final de nuestras vidas. Descubramos al Niño Jesús también muy especialmente presente en la Santísima Eucaristía, en el momento de la consagración, al recibirlo en la comunión, cuando esté reservado en el sagrario y cuando lo veamos expuesto en la custodia. No olvidemos en estas Navidades asistir a la Santa Misa, sobre todo en los domingos y en los días de precepto, cosa que pido a los padres de los escolanos que recordéis a vuestros hijos.

    Al término de la Misa, la Escolanía ofrecerá el tradicional recital de villancicos delante del coro. Cabe destacar que justamente hoy se cumplen los 200 años del villancico “Stille Nacht”, “Noche de Dios, noche de paz”, que se estrenó en Oberndorf, una aldea del Imperio Austro-Húngaro, en la Misa del Gallo del 24 de diciembre de 1818. La letra fue escrita por el sacerdote Joseph Mohr y la música fue compuesta por Francis Xavier Gruber.

    A todos, que el Niño Jesús os bendiga y os conceda una Feliz Navidad.

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