• 4 Jun

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Como sabéis, el nombre de origen griego con que denominamos la solemnidad de hoy, “Pentecostés”, hace referencia a los cincuenta días transcurridos desde la Resurrección del Señor hasta la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, que hemos escuchado en la primera lectura, tomada del libro de los Hechos (Hch 2,1-11). Con este acontecimiento, a partir del cual los Apóstoles recibieron luz y fuerza para anunciar el Evangelio por el mundo, consideramos que comenzó propiamente la vida de la Iglesia, que nuestro Señor Jesucristo instituyó sobre la roca firme de los mismos Apóstoles y con Pedro a la cabeza. En efecto, Él prometió enviar al Paráclito, al Espíritu Santo, que había descendido sobre Él mismo el día de su Bautismo en el Jordán, y en la Cruz exhaló el espíritu para comunicarnos también el Espíritu Santo; igualmente, en el relato del Evangelio hemos escuchado cómo, apareciéndose a los Apóstoles después de resucitar, les comunicó el Espíritu Santo y les dio el poder de absolver y de retener los pecados (Jn 20,19-23).

    Es ciertamente el Espíritu Santo quien guía, alienta y santifica la vida de la Iglesia después de la Ascensión del Señor a los Cielos, como nos ha expuesto San Pablo en la primera carta a los Corintios al hablar de la diversidad de dones, servicios, funciones y carismas que Él suscita para el bien común de la Iglesia (1Cor 12,3b-7.12-13). Y sin embargo, ¡cómo ignoramos la acción de la tercera persona de la Santísima Trinidad! Un gran teólogo dominico español fallecido hace unos años, el P. Royo Marín, le denominó “el Gran Desconocido”, porque tristemente muchas veces no somos conscientes de la importancia de su acción en el alma y en el conjunto de la Iglesia. Por el contrario, los cristianos orientales son grandes devotos del Espíritu Santo y ellos sí son muy conscientes de su acción eficaz en la vida de la Iglesia y en los sacramentos.

    El Espíritu Santo, que es el Amor y el Don del Padre y del Hijo, pues el Padre y el Hijo se aman en el Espíritu Santo, es enviado igualmente por el Padre y por el Hijo para vivificar la Iglesia y para comunicar la vida espiritual en nuestras almas, introduciéndonos en el seno mismo de la vida divina, en esa corriente infinita de amor intratrinitario, del amor entre las tres divinas personas. Por eso se dice también que Él es el Fuego que enciende nuestras almas en el amor de Dios para conducirnos hasta el Cielo. Es además el Paráclito, el Abogado, el Defensor que Jesús nos ha prometido al volver Él junto al Padre y que nos enseñará todo lo referente a Dios y a la vida espiritual (Jn 14,26).

    En la Edad Media se compusieron algunas piezas de gran belleza en honor del Espíritu Santo. Así, en la secuencia que hoy se ha cantado, se le reconoce como Espíritu divino, Padre amoroso del pobre, Don, Luz que penetra las almas y Fuente del mayor consuelo. Se le llama igualmente “dulce huésped del alma”, y ciertamente deberíamos ser conscientes de esta realidad: si permanecemos en gracia de Dios, sin pecado mortal, el Espíritu Santo se hospedará en nuestra alma y con Él juntamente también el Padre y el Hijo, según lo anunció Jesús: “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23). Esta maravilla, conocida como “inhabitación trinitaria en el alma”, debería ser para nosotros una fuente inagotable de vida interior, de vida en Dios, de vida inmersa en la misma vida de Dios, hasta el punto de que alcanzáramos la unión transformante del alma en Dios, de la que nos hablan los grandes místicos. Lo cual, no lo olvidemos, siempre es gracia, siempre es don, porque es don del mismo Don de Dios, esto es, del Espíritu Santo.

    Pidamos al Espíritu Santo que nos inunde con sus siete dones, concedidos para que seamos dóciles a sus propias inspiraciones para elevarnos hasta Dios y asemejarnos a Él. Si recordamos lo que deberíamos haber aprendido en el Catecismo, son los dones de sabiduría, de inteligencia o entendimiento, de consejo, de fortaleza, de ciencia, de piedad y de temor de Dios. Son disposiciones permanentes que nos hacen dóciles para seguir los divinos impulsos del Espíritu Santo.

    Queridos hermanos: oremos al Espíritu Santo, pidámosle que nos conceda sus siete dones, que haga efectivos en nosotros sus frutos, que nos permita conocerle mejor a Él mismo y conocer mejor al Padre y al Hijo, que nos aliente el deseo del Cielo y el ansia de penetrar en la vida trinitaria. Pidámosle que nos haga ser conscientes de que Él suscita la santidad de la Iglesia y de que Él hace realidad lo que se celebra en los sacramentos y que éstos sean eficaces para nuestras almas. Hay momentos que resultan muy adecuados especialmente para pedir la luz y la fuerza al Espíritu Santo: así, cuando una persona debe dar un consejo, cuando tenemos un problema que no sabemos cómo resolver, cuando vamos a estudiar o a redactar algo, cuando nos asalta una tentación, cuando un sacerdote se dispone a confesar, etc. Con una sencilla jaculatoria invocando al Espíritu Santo podemos pedirle luz y fuerza.

    Que María Santísima, que estaba presente con los Apóstoles el día de Pentecostés, nos ayude a conocer mejor al Espíritu Santo para progresar con provecho en nuestra vida espiritual penetrando en el misterio de Dios. Y pidámosle también que Ella ruegue para que el Espíritu Santo fortalezca a los cristianos perseguidos, especialmente en estos días a los coptos de Egipto, entre quienes la devoción al Espíritu Santo y a la Virgen María ocupa un lugar muy importante.

  • 28 May

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    La Ascensión del Señor a los cielos, al igual que su Resurrección, es un hecho real y verdadero, acontecido en un momento histórico determinado y en un lugar geográfico concreto. No se trata de un hecho imaginario ni de un producto de la sugestión de los Apóstoles, que eran bastante incrédulos hacia este tipo de fenómenos extraordinarios. El relato de los Hechos de los Apóstoles que hemos escuchado lo dice expresamente y nos ha indicado que los Apóstoles “lo vieron levantarse hasta que una nube se lo quitó de la vista” y que ellos “miraban fijos al cielo, viéndole irse”, cuando dos ángeles les aseguraron que volvería (Hch 1,9-11). La Ascensión del Señor es, por tanto, una verdad que debemos creer y por eso lo vamos a profesar al rezar el Credo. Ya en el Antiguo Testamento nos encontramos con una prefiguración de este acontecimiento en la asunción de Enoc (Gén 5,24; Sir 44,16) y en la del profeta Elías (2Re 2,11; Sir 48,12).

    Podemos extraer varias lecciones de este hecho, de las que cabe destacar sobre todo algunas.

    Por una parte, la Ascensión hace efectivo el cumplimiento de la promesa de Nuestro Señor de enviarnos al Espíritu Santo como Paráclito, como Abogado, como Defensor y Consolador que iluminará y dará fuerza a la Iglesia naciente para predicar el Evangelio: “os conviene que Yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito” (Jn 16,7). Jesucristo no nos abandona, pues lo ha dicho claramente en el Evangelio de hoy: “sabed que Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Esta presencia, que nos da fuerza para anunciar la buena nueva, se hace efectiva por la misión del Espíritu Santo, por el envío de la tercera persona de la Santísima Trinidad, que procede del Padre y del Hijo. El Espíritu Santo alienta la vida de la Iglesia, hace eficaz la gracia divina que se derrama a través de los sacramentos, de la oración y de las buenas obras, y nos permite conocer así a Jesucristo, quien a su vez nos muestra al Padre y nos conduce a Él (cf. Jn 14,6-11). La acción del Espíritu Santo, que se ha hecho posible plenamente a raíz de la Ascensión de Jesús, nos introduce de este modo en la vida de la Santísima Trinidad. El domingo próximo celebraremos la gran fiesta del Espíritu Santo, el día de Pentecostés.

    Otra lección muy importante de la Ascensión del Señor es la promesa del Cielo para nosotros. Jesucristo nos ha abierto el camino a la gloria eterna. El descenso de su alma humana al seno de Abraham después de la muerte en la Cruz, yendo a rescatar a los justos del Antiguo Testamento para llevarlos al Cielo, así como su Resurrección en la carne, nos dan la clave de su misión entre nosotros: Cristo ha venido al mundo, enviado por el Padre, para rescatarnos del pecado, para reconciliarnos con Dios y para abrirnos las puertas de la gloria eterna. Su cuerpo resucitado nos enseña el estado glorioso al que nuestro cuerpo está llamado también cuando tenga lugar la resurrección de la carne al final de los tiempos, algo que no sólo la fe nos enseña, sino que además la realidad metafísica de la persona humana exige, como enseña la filosofía iluminada por la fe.

    San Beda el Venerable, monje inglés de los siglos VII-VIII, lo expresa claramente: “He aquí que con la Ascensión al cielo del Mediador entre Dios y los hombres hemos sabido que les había sido abierta a éstos la puerta de la patria celestial. Por tanto, apresurémonos con todo nuestro afán hacia la eterna felicidad de esa patria” (Homilía en la Ascensión del Señor).

    En fin, la despedida de Jesús antes de la Ascensión nos habla también del deber de la evangelización: “Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”. Desde hace unos decenios, parece que en el seno de la Iglesia tuviéramos pavor a anunciar a Cristo a los demás y a que éste sea el fin principal de las misiones, derivando el sentido de éstas hacia la labor social y benéfica; la cual, por supuesto, es de grandísima importancia, pero el núcleo esencial de la misión es la evangelización, es anunciar a Cristo, su mensaje y su reino. Tenemos miedo a que se nos acuse de proselitismo y olvidamos así el mandato tan claro de Jesús. En realidad, si no anunciamos a Jesús, seremos malos discípulos suyos. Convencidos de que Él es el Camino, la Verdad y la Vida, anunciémosle sin temor a los hombres de nuestro entorno y a todos los pueblos de la tierra y pidamos por medio de la oración que su salvación llegue a todos los hombres.

    Que María Santísima nos alcance la luz y la fuerza del Espíritu Santo para llevar a los demás hacia su Hijo y para alcanzar la gloria celestial.

  • 21 May

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: después de cinco semanas en las que estamos celebrando la pascua con lecturas y oraciones que irradian la alegría pascual, ésta se incrementa en este VI domingo. En el domingo III de pascua, el introito o canto procesional de entrada era “Aclamad al Señor tierra entera”; el siguiente, “La misericordia del Señor llena la tierra”; el domingo pasado, “Cantad al Señor un cántico nuevo”; en este sube la intensidad del canto: “Anunciadlo con gritos de júbilo… El Señor ha redimido a su pueblo”. Hemos acudido a la llamada interior a cada uno de celebrar esta Eucaristía, donde se actualiza el misterio de nuestra redención, pero que también tiene que visibilizarse, de modo que, como dice la oración colecta, “manifestemos siempre en las obras lo que repasamos en el recuerdo”.

    Las lecturas hoy proclamadas nos ayudan a profundizar en la obra admirable de nuestra redención llevada a cabo por Cristo, nuestro Señor. En la primera lectura late esa deuda histórica del pueblo judío con sus hermanos de Samaría, territorio que queda en medio de la tierra prometida y que formó parte de la misma, pero que se había alejado de la fe pura de Israel y se había convertido en una de esas periferias existenciales de las que nos habla el Papa Francisco. El diácono Felipe abre brecha en la misión a los gentiles, en este caso antiguos fieles israelitas. Estaban sedientos de su antigua fe, ahora enriquecida con el cumplimiento de las promesas de los profetas. La novedad de su vuelta a la fe de Israel fue enriquecida de tal forma que supuso para ellos una explosión de alegría.

    En el salmo se proclama el reinado universal de Dios, que abarca toda la tierra, profecía que en nosotros se ha cumplido en extensión, pero que falta completar en fidelidad y profundización en la fe. Nuestra esperanza y colaboración está abierta hasta el heroísmo para llevar la profecía a su culmen histórico, obra principalmente de la redención, pero con los pocos panes y peces que podemos aportar para que el Señor haga el milagro de multiplicarlos. Hay muchas maneras de colaborar en la redención, dice S. Pedro en la segunda lectura, sin salir en la portada de los periódicos; por ejemplo, padeciendo por hacer el bien, sufriendo calumnias por anunciar con mansedumbre, respeto y buena conciencia el Evangelio con la palabra y la vida.

    El Evangelio es el antídoto del pesimismo y la tristeza, a pesar de que Jesús ya les previene de que su partida de su vida terrena iba a provocar el desánimo entre los apóstoles y discípulos. Pero Jesús les anuncia algo tan grande que no podía simplemente ser dejado para última hora. Jesús ya les había hablado de que si uno cree en Él, si se entrega, si confía y está unido a Él, brotarán de su interior ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyeran en Él. En su discurso de despedida es más explícito, pues ya estaba a punto de ser glorificado. Jesús dejará de estar visible, pero no sólo nos envía su Espíritu como aliado en nuestra lucha contra el mal, bien nos ataque en forma de desánimo o nos induzca a cualquier pecado, sino que además promete que aunque se vaya y los que tengan el espíritu del mundo no lo vean, sus discípulos le verán actuando en ellos y participando en sus luchas, verán los frutos de su presencia espiritual y de esa gran promesa del Padre que es el Espíritu Santo. El Espíritu Santo nos otorga el arrepentimiento de nuestros pecados, pero también lo previene, pues cuando nos impulsa a un acto heroico no sólo evita el propio pecado, sino que todo el pueblo de Dios siente la repercusión benéfica de esa gran docilidad a su gracia y el ánimo renovado de vivir en plenitud su consagración bautismal y su renuncia a las seducciones del demonio se hacen extensivos a muchas personas, de forma invisible pero real.

    Acto heroico es renunciar a las riquezas, al prestigio y a una vida social intensa y placentera y fiarse de Dios lanzándose al vacío sin paracaídas en un seminario o monasterio. Así lo hizo Akiko Tamura, de familia convertida del sintoísmo al catolicismo, que hace escasos meses emitió sus votos perpetuos en las carmelitas descalzas de Zarauz. Había estudiado medicina en la Universidad de Navarra, hecho prácticas en Harvard y acumulado un exitoso currículum en la Clínica Universitaria de Navarra. Fue una de las pioneras en España en realizar cirugías microscópicas con un robot. Sus amigas la definían como “la reina de la fiesta y del gin tonic”.

    La visita de S. Juan Pablo II en 2003 a Cuatro Vientos fue decisiva para Akiko. En nuestros oídos aún resuenan estas palabras del santo papa: “vale la pena dedicarse a la causa de Cristo y, por amor a Él, consagrarse al servicio del hombre. ¡Merece la pena dar la vida por el evangelio y por los hermanos!”. Muchos recordáis cómo los jóvenes repitieron a coro: “vale la pena, vale la pena”. Pero a esta carmelita le conmovió otra frase del santo papa: “La evangelización requiere hoy con urgencia sacerdotes y personas consagradas”. Algunos testimonios de esta carmelita en una entrevista son: “La vida de un cristiano es no poner impedimentos. Dejarse querer, dejarse hacer”. Y también: “puedes ser carmelita y ser feliz, estar encerrada y ser feliz y ser libre. Sí, soy feliz y no lo cambiaría por ningún quirófano ni por nada del mundo”.

    Dios no se deja ganar en generosidad y sigue llamando, pero estas noticias no salen en las portadas de los medios de comunicación, a no ser por sensacionalismo. Encomendemos a Nuestra Sra. del Valle que dejemos de buscar nuestra felicidad por caminos equivocados y que, como reina de las vocaciones, nos obtenga la gracia de que haya cada vez más jóvenes dispuestos a entregar su vida en servicio a sus hermanos. Que así sea.

  • 7 May

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos en el Señor: Estamos celebrando en esta Pascua el Sacrificio de Jesús por nosotros, su entrega generosa: “padeció su pasión por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas”, hemos escuchado en la segunda lectura. Nosotros hemos desterrado de nuestro lenguaje muchas expresiones de la Sagrada Escritura. Nos hemos acostumbrado a un mensaje blandengue que no convence a nadie. Sólo queremos oír aquello que concuerda con las alabanzas de los que quieren vivir en este mundo sin la contradicción y persecución con la que fustiga este mundo a los que quieren seguir de verás el ejemplo de nuestro Señor haciendo el bien y soportando el sufrimiento. “Para esto hemos sido llamados los cristianos”. Si nuestro pastor y guía “llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia, y sus heridas nos han curado”, eso significa que no podemos renegar de la herencia que nos ha dejado. Tenemos que andar su misma trayectoria, de una manera u otra. Muchos son los que nos comportamos como enemigos de la Cruz de Cristo. Pero si decidimos “volver al guardián y pastor de nuestras vidas”, entonces tendremos luchas en esta vida, pero también la paz de andar por el único camino verdadero. No caminar por el camino que es Cristo, no entrar por la única “puerta” verdadera que es Él, es el camino de la perdición: fijarnos nosotros un fin que no sólo carece de consistencia, sino que acaba en la ruina perpetua.

    El sábado próximo Dios mediante, celebraremos el centenario de las apariciones de Fátima, que tuvieron lugar el 13 de mayo de 1917. Su mensaje es el mensaje que se viene predicando desde que Cristo envió a sus apóstoles a dar testimonio a todo el mundo: todo lo que habían visto y oído de Él. Pero ese mensaje que hace hincapié en la oración y la penitencia y en el culto al Inmaculado Corazón de María como barrera contra el espíritu del mundo tenemos el peligro de irlo disminuyendo o deteriorando por influencia de los enemigos del alma: el mundo, el demonio y la carne. Por lo cual Dios dispuso, como expresó el Concilio Vaticano II, tanto en la Constitución referente a la Iglesia (Lumen Gentium 12), como en el Decreto sobre el Apostolado de los seglares (Apostolicam Actuositatem, 3) que el Espíritu Santo además de dirigir y santificar a la Iglesia mediante los sacramentos, los ministerios diversos en la Iglesia y el ejercicio de las virtudes, también distribuyera gracias especiales entre los fieles de cualquier condición por medio de los carismas extraordinarios, que deben ser acogidos con gratitud y consuelo, porque son muy adecuados y útiles a las necesidades de la Iglesia. Estos dones extraordinarios, si bien no deben pedirse con presunción, y de estar sometidos al juicio de la Iglesia, le compete a ella ante todo no sofocar el Espíritu, sino probarlo todo y retener lo que es bueno. Las apariciones de la Virgen en Fátima y en tantos otros lugares responden a esta necesidad imperiosa de salvar la estabilidad y permanencia de la barca de Pedro en medio de las muchas tormentas que la sacuden provenientes no sólo de fuera, sino también por parte de algunos de sus miembros.

    Muchas veces nos ha podido suceder, o quizás ese es nuestro problema actual, que hayamos seguido a falsos pastores que eran en realidad ladrones y bandidos, es decir, “ladrones de gloria, porque la buscan para sí mismos y no para el Padre como hacía Jesús (cf. 5, 43 s.; 7, 18); y salteadores de almas, porque se apoderan de ellas y, en vez de darles el pasto de las Palabras reveladas (v. 9) para que tengan vida divina (v. 10; 6, 64), las dejan “extenuadas y abandonadas,” (Mt. 9, 36) y “se apacientan a sí mismos” (J. Straubinger 07).

    Para evitar caer en tales manos no tenemos otra salida que conocer cada día mejor a Jesucristo acudiendo a su Palabra por una parte, pero también entablando diálogo personal con Él en la oración, e imitando todo lo que Él ha hecho. Las enseñanzas de Jesús no se limitan a sus palabras, por más sublimes que sean. Para que se nos grabaran en el corazón y fuesen eficaces llegó hasta el punto de no contentarse con enviarnos mensajeros que nos hablaran de su parte, sino que asumió nuestra naturaleza humana, y sufriendo una muerte sacrificial reparadora nos diese la vida y así no tuviésemos duda sobre lo que nos enseñó y pensásemos que su mensaje es irrealizable, o que es uno más entre tantos. Todo lo que ha dicho lo ha dejado bien rubricado con su vida. Y la firma imborrable de que es verdad todo lo dicho por Él la tenemos en su muerte en la Cruz y su resurrección. ¿De qué otra persona se pueden decir las palabras de San Pedro que se han proclamado en la segunda lectura: “Él no cometió pecado, ni encontraron engaño en su boca. Él no devolvía el insulto cuando lo insultaban; sufriendo no profería amenazas; sino que se entregaba al que juzga rectamente”?

    El signo de identidad, por nuestra parte, de que seguimos el verdadero camino, y para esto se apareció la Virgen en Fátima, entre otras cosas, es que nos abracemos a la cruz, la que nos ha tocado en la vida. Y entonces la cruz se convierte en una luz que nunca se extingue: La Luz de la Gracia, del Bien y del Amor, que durará por los siglos de los siglos. Si uno se agarra fuertemente a la Cruz de Cristo presente en su vida y sus ojos no dejan de mirar esa Luz de la que proviene la Gracia, entonces ese tal no se separará de la Luz. No se perderá, ha encontrado el camino verdadero.

    Nunca nos dijo el Señor que su camino fuera fácil, y esto se lo dejó bien claro la Virgen a los tres pastorcitos Jacinta, Francisco y Lucía, pero es el camino de la Salvación. Desde que el demonio corrompió nuestras almas por el pecado original el camino del dolor y del sufrimiento se ha convertido en nuestra senda hasta llegar a la Vida Eterna. Lo que el mundo aborrece, la cruz, es Vida para los que aceptan las contradicciones, las enfermedades, las limitaciones económicas, sociales y personales, como el bien de sus almas, y en cambio para los que las rechazan es condenación eterna, si ni siquiera en el último instante de su vida se acogen a la Salvación que viene de la Cruz de Cristo. El Señor por su parte hasta el último aliento de nuestra vida nos está suplicando que nos acojamos a su Cruz, que vino a traernos la Salvación y la Redención de nuestras almas. La Sangre que brota de sus heridas nos limpia y lava de todo pecado. Si el hombre acepta lavarse en los sacramentos con la Sangre del Cordero, recibiéndolos con las debidas disposiciones, queda limpio de sus pecados.

    Es tal la unión que busca tener el Señor con nosotros que no hay un instante en que su Corazón no anhele estar con nosotros, pero nosotros somos ingratos con Él, y sólo le concedemos los tiempos fijados por nuestra mente y nuestra razón. Somos como el hijo mayor de la parábola del hijo pródigo, deseamos la independencia de ese Padre que tanto nos ama y preferimos comer aparte con nuestros amigos, ignorando de donde procede todo lo que tenemos y que somos hijos suyos.

    Cuando nosotros decidamos darle al Señor toda nuestra vida, todo nuestro tiempo, y ya sea en nuestros trabajos, como en nuestro descanso, ya estemos compartiendo alegres momentos de ocio con nuestros hermanos o en soledad, y estemos unidos a Él de corazón y en Él cifremos todos nuestros deseos. Entonces no ansiará nuestra alma otros apriscos que no sea el del Señor. No existirá en nuestra vida el tiempo de estar con el Señor y el tiempo de hacer nuestra voluntad al margen de la suya o contra su voluntad. Mientras mantengamos esa separación entre nuestros momentos de estar con Él y aquellos otros para disfrutar de nuestra independencia de sus mandatos, el león rugiente aprovechará todos esos resquicios en los que no estamos unidos en su voluntad para perder nuestras almas.

    Hoy la colecta está destinada a las vocaciones nativas. La oración de la Iglesia se eleva hoy pidiendo al Señor que en todas latitudes no falten vocaciones de almas generosas consagradas y seglares que entreguen su vida al apostolado, para que el mundo crea y no perezca.

    Nosotros en esta Eucaristía tenemos la ocasión de conocer, como los discípulos de Emaús, más íntimamente al Señor. Ellos no entendieron la Escrituras hasta que celebraron con el Señor ese partir su Pan que su Cuerpo y sangre para la vida del mundo. Este es el pasto que nos ofrece el Señor a sus ovejas. Aquí anticipamos lo que será la visión de Dios en la gloria futura. No impidamos con nuestras resistencias a la cruz, nuestra oposición a las personas con las que nos toca convivir, con odios o antipatías, con rebeliones apara aceptar nuestras limitaciones de todo tipo, lo que Dios ha permitido nos sucediera en nuestra vida y así podamos recibir tantos dones como nos quiere dar.

  • 5 May

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos concelebrantes y monjes de las comunidades de Santa María de El Paular y Santa Cruz del Valle de los Caídos, recordando también hoy a los monjes de Santa María de El Parral que no han podido venir; hermanos todos en el Señor:

    Las ocasiones en que los monjes de las comunidades mencionadas nos podemos reunir son siempre motivo de alegría, porque nos permiten confraternizar en nuestro ideal común de servir y seguir al Señor en el camino de la vida monástica, nos posibilitan alentarnos mutuamente en medio de las dificultades sufridas y de un modo especial ante la crisis de vocaciones del mundo occidental de hoy, y nos deben encender en el amor de Dios y de la Santísima Virgen, que es la que nos sostiene como Patrona singular en los tres lugares. Ella, la Madre de Dios y Madre nuestra, la Madre de la Iglesia y Reina de todos los monjes, es nuestro modelo más perfecto de seguimiento de su divino Hijo en la vida consagrada. A Ella, en este tiempo pascual, la invocamos particularmente como Reina del Cielo, que se alegra con la Resurrección de Cristo y nos transmite a nosotros esa misma alegría pascual.

    Con el ejemplo de María, los monjes debemos ser portavoces de la alegría pascual. No en balde se ha dicho: un santo triste es un triste santo. Si nuestro ideal es la santidad, es decir, vivir las virtudes cristianas ejemplarmente e incluso en grado heroico, y si la santidad es reflejo de una vida inmersa en Dios y embebida de las realidades sobrenaturales, hallaremos ahí precisamente la fuerza y la alegría. Aun en medio de las dificultades y de los padecimientos, la presencia de Cristo vivo y resucitado entre nosotros siempre tiene que ser motivo de alegría. María enseñó a los apóstoles a mantener la llama de la esperanza después de la Pasión y la Muerte de su Hijo: cuando todos se vinieron abajo y sintieron el fracaso y la frustración, Ella sostuvo la fe y la esperanza de la Iglesia. Por eso Ella sería también la primera en alegrarse ante la Resurrección de su Hijo, porque fue la única que había permanecido firme en la convicción de que esto sucedería, como así fue.

    Las muchas dificultades por las que hoy atraviesa la vida religiosa y que palpamos de manera evidente en cada una de nuestras comunidades día a día, no deben permitir que desaparezca o decaiga una profunda vida interior, de oración, de trato íntimo con Dios. Si esta raíz fundamental desaparece, entonces sí que vendrá el hundimiento absoluto. Pero si nuestra vida está firmemente arraigada en Dios y sólo en Dios y además se encuentra sostenida por María, no sólo permaneceremos fieles dentro de los planes que la Providencia pueda tener sobre nosotros (sean los del aparente éxito o los del aparente fracaso desde el punto de vista humano, que eso no importa), sino que además viviremos todo el acontecer de nuestra vida monástica con alegría, con esa alegría pascual que nace de la conciencia de la presencia real de Cristo resucitado entre nosotros.

    María es nuestra luz, es nuestro faro, es la estrella que ilumina nuestra navegación por este mundo. Al pie de la Cruz, Ella ha permanecido fiel; tras la Muerte de su Hijo, Ella se ha mantenido en la fe en su Resurrección; después de su Resurrección, Ella ha alentado la vida de la Iglesia naciente y ha recibido junto con toda la Iglesia, como Madre de la Iglesia, la fuerza y el aliento vivificante del Espíritu Santo, quien ha estado siempre unido estrechamente a Ella desde su Inmaculada Concepción y de un modo especial desde que acogió el plan divino sobre Ella para convertirse en la Madre de Dios.

    Acudamos, pues, a María como puerto seguro, donde, bien amarrados a Ella, las tormentas de la vida no nos podrán hundir y, una vez superadas, podremos volver a navegar por los mares que desee su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo.

  • 23 Apr

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: en este domingo de la octava de Pascua, el mismo día en que el Autor de la vida sale victorioso del sepulcro, se aparece a sus discípulos y les comunica el poder de perdonar los pecados. Pero en una nueva aparición a los ochos días, como Tomás permanecía recalcitrante ante la resurrección, le confirma en la certeza de que está vivo y de que no es un fantasma, le muestra sus llagas y le permite ver y palpar. Si la fe de los apóstoles es el cimiento de la fe de la Iglesia, la duda del apóstol incrédulo es una gracia para los que seguimos con muchas dudas dos mil años después y a los que nos debe llenar de gozo saber que vale mucho más la fe que ver y palpar a Jesucristo con los sentidos corporales. Además hoy celebramos la fiesta de la Divina Misericordia, instituida por S. Juan Pablo II y en la que el santo papa en 2005 murió en el Señor y comenzó a vivir para siempre.

    La Misericordia divina es infinita, como nos enseña la oración colecta del comienzo de la Eucaristía. No la puede abarcar ni el santo en su contemplación, ni el pecador arrepentido que ha dado la espalda a su perdición, de la que era consciente cuando se encaminaba a su extravío, sin poner remedio hasta su conversión. Es necesario que cuando celebramos los misterios centrales de la fe, alabemos la Misericordia de Dios y acudamos al sacramento de la penitencia o reconciliación, que restaura la amistad con Dios, perdida cuando cometemos un pecado mortal. Esta pérdida no quiere decir que Dios nos abandone: Dios nos ama más cuanto más le hacemos sufrir por nuestro alejamiento por el pecado. Aunque Dios nos busca con tesón, las oraciones de los que rezan por nosotros, no siempre por nuestro nombre, le permiten obrar con holgura, pues es sumamente respetuoso de nuestra libertad.

    De ahí el cambio del “por muchos” recientemente introducido en la fórmula eucarística en la consagración del vino: Cristo murió por todos los hombres, pero el derramamiento de su sangre no beneficia a todos, pues Dios respeta a quienes, en el uso soberano de su libertad, por desgracia rechazan conscientemente la oferta de la salvación. El mundo se jacta de esa libertad mal usada, de esa prerrogativa divina de optar contra el mismo que nos ha creado y amado tanto. El hombre de hoy se ha vuelto desagradecido y no distingue la luz de las tinieblas, ve la luz material, pero es un cegato espiritual; ha perdido el sentido de la trascendencia y se está distanciando como nunca de Dios. Esto debe estimularnos a orar y sacrificarnos continuamente por esta noble causa de intentar atraer a todos los alejados del Señor que caminan a su perdición.

    Si nos duele que no crean tantos hermanos nuestros, los pocos afortunados que por la misericordia de Dios conservamos la fe, tendremos que vivirla con mayor intensidad y convicción. A todos nos llama la atención ver a un católico rezar concentrado discretamente ante el sagrario. Si todos los católicos tomásemos el santo propósito de entregarnos a la oración cada vez que entramos en una iglesia, por la conversión de los alejados, nos daríamos cuenta de los progresos espirituales alcanzados. Podríamos rezar la invocación inicial de la Coronilla de la Divina Misericordia, aprobada por la Iglesia y que el Señor inspiró a Sta. Faustina Kowalska: “Padre eterno, yo te ofrezco el Cuerpo y la Sangre, el alma y la Divinidad de tu amadísimo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, como propiciación de nuestros pecados y del mundo entero”. Aunque uno solo de todos los presentes tomase esta determinación, no pasaría desapercibida su influencia en el Cuerpo místico y habría conversiones silenciosas.

    No se trata de que en una iglesia y menos aún en esta basílica subterránea, no se pueda hablar nada ni preparar las celebraciones más complejas ni explicar el motivo de su construcción ni el contenido de su arte ni escuchar conciertos ni mucho menos aún enseñar las verdades de nuestra fe. Pero sí podemos acortar mucho nuestras conversaciones vanas y especialmente y en esto todos faltamos mucho, siempre deberíamos empezar o concluir nuestra entrada en una iglesia con una oración que honre al único Dios verdadero. Esta es nuestra casa, pero en la casa de Dios rigen sus propias normas y no las que a cada cual se le antojan, como en nuestro hogar. Cuando visitamos los templos de otras religiones, respetamos las estrictas exigencias que nos imponen en todos los detalles, mientras que en nuestra propia casa, en el templo católico, cada vez todos nos descuidamos más y más, en una espiral que no parece tener límite, en conversaciones, compostura, decoro y ahora que llega el buen tiempo en la vestimenta.

    Aunque no veamos visiblemente a Dios, quien reza y respeta el lugar sagrado cree que habita Dios en él y es su casa, se cree invitado a entrar en el cielo unos instantes, a pesar de ser pecador y no estar purificado del todo y especialmente es escuchado cuando es consciente y agradece este privilegio. Eso significan las palabras de Jesús a Tomás y a todos nosotros: Bienaventurado quien cree sin haber visto mi rostro con sus ojos corporales.

    Por último, queridos hermanos, hoy en esta basílica, por concesión expresa de la Santa Sede, puede lucrarse indulgencia plenaria con las acostumbradas condiciones de confesión sacramental con absolución individual, comunión eucarística, exclusión de todo afecto al pecado y oración por las intenciones del Papa. Además hoy, en toda la Iglesia universal, fiesta litúrgica de la Divina Misericordia, podemos ganar una indulgencia especial todos los que agradezcamos y recibamos su misericordia, confesemos hoy y comulguemos: recibiremos de su misericordia infinita el perdón de todos nuestros pecados y la gracia desmedida de la remisión de todas nuestras culpas, es decir, un estado de alma semejante al de un recién bautizado. Pidamos a Ntra. Sra. del Valle que nos dé la gracia para no desaprovechar este privilegio tan especial del día de hoy. Que así sea.

  • 16 Apr

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    La Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo es la culminación de su Pasión redentora, pues con ella ha vencido a la muerte, al pecado y al demonio. Los misterios de dolor conducen ciertamente a los misterios de gloria. Su Ascensión a los Cielos hará posible también que sea enviado sobre la Iglesia el Paráclito, el Espíritu Santo. Por eso la realidad de la Resurrección define y determina por completo la vida de la Iglesia y del cristiano.

    San Pablo lo dijo claramente a los Corintios: “Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también vuestra fe. […] Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís estando en vuestros pecados. […] Si hemos puesto nuestra esperanza en Cristo sólo en esta vida, somos los más desgraciados de toda la humanidad” (1Cor 15,14.17.19).

    En efecto, si nos quedáramos simplemente con el mensaje de Jesús como una enseñanza moral y a Él no lo viéramos más que como un hombre bueno, al estilo de Buda o de otro fundador de alguna religión o escuela filosófica, pero que finalmente hubiera muerto sin nada más después, nos podríamos considerar unos auténticos fracasados. Seríamos los hombres más desdichados del mundo. Así se sintieron en un primer momento muchos de sus discípulos al verlo colgado en la cruz o cuando les llegó la noticia de su crucifixión. En tal desazón se encontraban los discípulos de Emaús (Lc 24,13.19-21) y por eso también los apóstoles se encerraron en una casa llenos de miedo (Jn 20,19).

    Si todo hubiera terminado con la muerte en la cruz, habría sido realmente un fracaso. Jesús podría haber pasado a la Historia, en todo caso, como un héroe asesinado injustamente, incluso como un ejemplo a imitar en su conducta y como un maestro por sus enseñanzas. Pero no habría pasado más que como un hombre.

    Sin embargo, Jesucristo es verdadero Dios y una de las pruebas más grandes de su divinidad es precisamente su Resurrección gloriosa. Gracias a ella, nosotros podemos tener la esperanza de nuestra inmortalidad, la certeza de que nuestra alma es inmortal y de que nuestro cuerpo resucitará como el suyo al final de los tiempos para reunirse definitivamente con el alma. Gracias a su Resurrección, podemos estar seguros de la existencia de la vida eterna y de que estamos llamados a gozar de Dios en ella. Así puede afirmar San Pablo en la misma Carta a los Corintios: “Pero Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto” (1Cor 15,20). Él ha sido el primero en resucitar para siempre, abriéndonos la esperanza de la vida eterna que habíamos perdido por el pecado de Adán. Él es así el nuevo Adán, como el propio San Pablo lo refleja: “Si por un hombre vino la muerte, por un hombre vino la resurrección. Pues lo mismo que en Adán mueren todos, así en Cristo todos serán vivificados” (1Cor 15,21-22).

    Sólo Jesucristo podía abrirnos el camino auténtico para la vida eterna, por ser verdadero Dios y verdadero hombre. Con su Pasión, Muerte y Resurrección, ha obrado lo que nadie podía hacer: redimirnos del pecado y reconciliarnos con el Padre, haciéndonos hijos adoptivos de Dios y que también nosotros podamos llamarle “Padre” (cf. Rom 8,15; Mt 6,9; Lc 11,2). Nadie, salvo Jesucristo, puede salvar de verdad al hombre.

    La Resurrección de Cristo es una verdad fundamental de nuestra fe que hay que afirmar sin temor, como decíamos en la Vigilia Pascual. Se trata de un hecho real, verdadero, acontecido en un momento histórico y que al mismo tiempo trasciende la Historia, como enseña el Catecismo de Iglesia Católica (nn. 639, 647 y 656).

    Pero además, la Resurrección conlleva para nosotros una inmensa alegría: la alegría pascual. El cristianismo no es una religión de la tristeza, como algunos pretenden decir, sino de la alegría. Si todo acabara en la Pasión y la Cruz, pudiera ser lo primero. Pero la Resurrección de Cristo transforma por completo al cristiano, le infunde alegría y paz, felicidad y esperanza, como les sucedió a las santas mujeres, a los apóstoles y a todos los discípulos. Más aún: al enviarnos Jesús después el Espíritu Santo, Éste nos robustece, alienta y santifica con sus dones y frutos. De este modo, la vida del cristiano ante el mundo es una vida transfigurada por la Resurrección.

    Pidamos a María Santísima, que vivió con singular gozo la alegría de la Resurrección de su Hijo, que seamos capaces de penetrar en la comprensión de estos misterios de gloria para poder llegar al Cielo.

    Debo decir, en nombre de la comunidad benedictina, que, a pesar de que los días de la Semana Santa suponen un redoblado esfuerzo para dicha comunidad y una alteración de su vida ordinaria, nos satisface plenamente comprobar la respuesta que los fieles habéis dado viniendo a las celebraciones de la Basílica y a nuestras hospederías interna y externa, valorando la solemnidad de la liturgia con que queremos dar a Dios el culto debido y reconociendo el Valle de los Caídos como un foco de irradiación espiritual en el centro de España.

    Recuerdo también que, por concesión expresa de la Santa Sede a nuestra Basílica, en estos días del Triduo Sacro y durante toda la Octava de Pascua se puede ganar indulgencia plenaria en ella con las debidas condiciones de aversión al pecado, confesión con absolución individual, comunión eucarística y oración por el Papa.

    A todos, feliz Pascua de Resurrección.

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