• 21 Apr

    P. D. Anselmo Álvarez

  • "Nosotros que hemos vivido los días de la pasión del Señor..." (Liturgia de la Vigilia pascual), hemos escuchado también, con las santas mujeres y con los apóstoles, que el Señor vive, y con ellos hemos entendido las Escrituras: "que Él había de resucitar de entre los muertos" (Jn 20, 9) para nuestra justificación.

    Estamos culminando la celebración del misterio pascual:

    El Jueves Santo hemos contemplado a Cristo ofrecerse sobre la mesa de la Eucaristía en comida y bebida, en cuerpo y sangre, para la vida del mundo. El Viernes, sobre la mesa de la Cruz, Jesús ha extendido su cuerpo y vertido su sangre como holocausto para la gloria del Padre y la vida del hombre. Anoche, en la Vigilia Pascual, Dios se ha puesto al frente de su pueblo para hacerle salir de la tierra de la esclavitud y de la idolatría y conducirlo, de día con una nube y de noche con el resplandor del fuego, hacia una nueva patria de libertad, hacia la tierra del encuentro y de la convivencia entre ambos -Dios y su pueblo- y que por eso sería una tierra que manaba leche y miel.

    En esta mañana del Domingo de Pascua la resurrección anuncia a todos que Cristo vive y que Él es la resurrección y la vida de todos los hombres. Estos son los misterios pascuales que constituyen la piedra angular del pasado y del futuro de la humanidad. En ellos Dios ha dicho y ha hecho, a la vez simbólica y realmente, todo lo que sustenta la esperanza presente y eterna del ser humano. Aquí se encierra todo lo que debemos saber y todo el camino que hemos de recorrer en nuestra propia existencia.

    vEllos son los indicadores de la situación del hombre ante Dios y ante sí mismo. En ellos están toda la realidad y todos los símbolos que describen la obra de Dios para hacer posible la salvación humana, ayer, hoy y hasta el final de los tiempos. Y en ellos está toda la energía con que contamos para realizar el sentido y la empresa humanos.

    Dios ha hablado al hombre muchas veces y de muchas maneras (Hbr), pero nunca tan fuertemente, nunca con argumentos tan perentorios, como en su Pasión y Resurrección. Este lenguaje contiene los hechos más portentosos y decisivos de Dios, porque representan el gesto máximo de su acción por el hombre, algo sin paralelo en la historia de Dios, y que para nosotros es el momento de nuestra segunda creación. El rechazo de estas acciones divinas, de esta mano tendida por Dios, renovaría por nuestra parte la voluntad de exclusión de Dios de la esfera humana, la declaración de incompatibilidad con Dios, pero también la renuncia a alcanzar la figura y la medida del hombre perfecto, la posibilidad de acceder a la plenitud de vida y perfección previstos por Dios.

    Pero estos acontecimientos, en los que hemos oído al ángel anunciar: "no está aquí: ha resucitado", no pertenecen únicamente al pasado. Ni tampoco a la leyenda. La Iglesia y la humanidad no son convocados para rememorar, año tras año y día tras día, en la Eucaristía, una metáfora o una historia apócrifa. Si así fuera todo lo levantado en su nombre sería también una quimera, y como todo lo legendario, se habría disuelto hace mucho tiempo. Pero las palabras del ángel tienen hoy la misma fuerza y el mismo significado de entonces.

    En Cristo estaba la vida y la vida era la luz de los hombres. La resurrección es la garantía de que para el hombre siguen abiertas las posibilidades infinitas de Vida, de Amor, de Felicidad y de Plenitud que él anhela instintivamente porque Dios las depositó en él. No tendría noción de ellas si no hubieran sido grabadas en el ser recibido de Él. Un ser hecho a su imagen y por eso lleno, según su medida, de lo que constituye el propio ser de Dios, manifestado ejemplarmente en Cristo, lleno de gracia y de verdad. La vida es gracia, participación en el ser de Dios, en la potencia ilimitada de su energía y fuerza vital, y por eso rica y exuberante, porque bebe en la misma fuente de la vida.

    Hay vida cuando en ella hay esperanza verdadera, cuando el alma puede expansionarse en la certeza de que ante ella se abre la riqueza, el gozo y la belleza infinitos de Dios, y Dios mismo es la suprema expectativa de la vida. Hay vida cuando experimentamos que nuestra capacidad está colmada, cuando nuestros graneros están llenos no de baratijas, sino de la plenitud de Dios.

    Cristo sigue siendo el centro y el corazón del mundo. Su Palabra tiene el peso de la eternidad. En ella está, para nosotros y para siempre, la dirección verdadera de la existencia, y ella contiene cuento es necesario saber para hacer veraces la obras humanas.

    La existencia, presencia y acción de Dios no depende del visto bueno de los hombres. Nadie pudo impedir la resurrección de Xto, nadie podrá impedir su regreso: al corazón de los hombres, a la sociedad humana, a la vida personal e histórica.

    Xto volverá a ser, también visiblemente, Cabeza y Centro de la Humanidad, Rey y Señor del universo.

    - Dios es más fuerte que el pecado y la muerte, más que todos los poderes del infierno o de la tierra coaligados contra Él y contra el hombre.

    La muerte y resurrección llevan consigo la renovación del mundo, la nueva creación del hombre. Estas realidades representan el itinerario que la humanidad y cada uno de nosotros debemos recorrer para volver de nuevo a la vida, a la verdad. No hay ningún otro camino alternativo; no hay para el hombre ninguna posibilidad de modificar ni su propia realidad, ni los proyecto divinos.

    El empeño en esa dirección no hace más que oscurecer la mente humana y adentrar al hombre en tinieblas cada vez más densas, incluso cuando a esas sombras las llama ‘Luces’ o ‘Progreso’ o ‘Ciencia’. “Uno sólo es vuestro Maestro”, uno solo el Salvador, uno solo el Camino y la Vida, como uno solo ha sido el Resucitado. “Nadie puede poner otro fundamento”, ni hay “otro Nombre en el que podamos ser salvados”.

    Que Dios continúe encontrando entre nosotros amigos, servidores, apóstoles, testigos, que sigan anunciando: “Cristo ha resucitado verdaderamente”.

    Felices Pascuas.

  • 20 Apr

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    En medio de la oscuridad de la noche, nos alegramos ya con la luz de Jesucristo resucitado, que ilumina al mundo desde su victoria sobre la muerte, sobre el pecado y sobre el demonio, como hemos venido recordando desde la bendición del fuego y la preparación y encendido del cirio pascual que simboliza a nuestro Salvador luminoso y victorioso. Lo hemos seguido y cantado en la procesión de entrada y en el pregón pascual se ha proclamado la alegría por este acontecimiento. Tenemos presente así lo que dijo: “Yo soy la luz del mundo” (Jn 8,12).

    Nos alegramos al haber recibido la noticia dada a las santas mujeres por los ángeles en el sepulcro de Jesús, como hemos escuchado en el Evangelio de San Lucas (Lc 24,1-12): “Ha resucitado”. Ellas iban allí como el ciervo que busca las fuentes de agua, según afirma el salmo 41 y se ha cantado en el responsorio gregoriano previo al Gloria. Cristo nos da el agua viva que salta hasta la vida eterna y, quien beba de esta agua, no tendrá sed, como dijo a la samaritana (Jn 4,13-14). Por eso, la alegría pascual lleva a la Liturgia a restaurar el canto del Gloria (el que se ha cantado, gregoriano, es del siglo X), así como del Aleluya.

    La Resurrección de Cristo es una verdad fundamental de nuestra fe. Se trata de un hecho real, verdadero, acontecido en un momento histórico y que al mismo tiempo trasciende la Historia, como lo recuerda el Catecismo de Iglesia Católica (nn. 639, 647 y 656). En ella se cumplen todas las Escrituras y por eso la liturgia de la Vigilia Pascual va ofreciendo varias lecturas del Antiguo Testamento desde el relato de la Creación, pues la Resurrección ha supuesto una nueva creación del hombre según el modelo del Hombre nuevo, Jesucristo, el segundo Adán, el Verbo encarnado, el Dios humanado, como expone San Pablo en varias cartas (así, Ef 4,22-25 y Col 3,9-10). Estamos llamados a configurarnos según su modelo por la acción del Espíritu Santo, para ser definitivamente glorificados el día de la resurrección de los cuerpos y su reunión definitiva con nuestras almas.

    Esto lo hemos visto también expuesto en el texto de la carta a los Romanos que se ha leído (Rom 6,3-11): “si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él”. Por Él, nosotros renacemos a la vida de la gracia y resucitaremos a la vida eterna. Su Resurrección perfecciona la condición humana y la eleva a la gloria eterna, participando de la naturaleza divina por la gracia, como dice San Pedro (cf. 2Pe 1,4).

    En consecuencia, este nacimiento a la nueva realidad del hombre justifica que en esta noche santa se lleve a cabo el bautismo de los catecúmenos, de los adultos que se han venido preparando para recibir el sacramento por el que se les borrarán el pecado original y todos los pecados y por el que serán constituidos hijos de Dios y miembros de la Iglesia. A continuación vamos a proceder a la liturgia bautismal: después de invocar la intercesión de los santos con el canto de las letanías, realizaremos la bendición del agua y la renovación de las promesas bautismales.

    La inmersión de Cristo en el sepulcro y su salida gloriosa resucitando para nuestra salvación, con la cual se enlaza de lleno la liturgia bautismal, será simbolizada por la inmersión parcial del cirio en la pila, después de la cual la Escolanía entonará el Fontes gregoriano: “Fuentes, bendecid al Señor, ensalzadlo con himnos por los siglos”, conforme a un versículo del cántico de los tres jóvenes en el horno encendido que recoge el libro de Daniel (Dan 3,77). Maravillémonos de saber que el gregoriano es un canto esencialmente de la Palabra de Dios, elaborado casi todo él a partir de textos de la Sagrada Escritura y construido de tal modo que se realza la fuerza de cada palabra, porque es Palabra de Dios, en el acento de la misma. De ahí la fuerza espiritual que hace del gregoriano, como también sucede con el canto bizantino y otros cantos litúrgicos antiguos del Oriente cristiano, un canto que trasciende los siglos.

    Después de la liturgia bautismal pasaremos a la liturgia eucarística. La fuerza del supremo sacrificio de Cristo en la Cruz y de su Resurrección gloriosa está contenida en el Sacramento de la Eucaristía, donde Él realmente permanece con nosotros hasta el final de los tiempos (Mt 28,20).

    La Santa Misa nos sitúa en Jerusalén en los mismos momentos de la Pasión y de la Resurrección. Estos acontecimientos tienen una dimensión supratemporal y por eso la Escolanía cantará durante el ofertorio la antífona Haec dies en versión de William Byrd, compositor inglés del Renacimiento tardío que con su familia padeció frecuentes dificultades por su firme adhesión a la fe católica: “Éste es el día que hizo el Señor; alegrémonos y regocijémonos en él. Aleluya”.

    Comulguemos con devoción, si nos encontramos en estado de gracia, meditando las palabras del centurión a Jesús: Domine, non sum dignus, “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”, que la Escolanía cantará con partitura del músico claretiano español Luis Iruarrízaga, perteneciente a la llamada “generación del motu proprio”, en alusión al documento con que San Pío X se empeñó en promover el adecuado canto litúrgico.

    Para terminar, podemos contemplar a la Santísima Virgen María llena de alegría ante la Resurrección de su Hijo. Si bien los Evangelios canónicos no cuentan la aparición de Jesús resucitado a Ella, muchos autores de la Tradición de la Iglesia, entre ellos San Ignacio (EE, 218-225), San Juan de Ávila (Sermón del Lunes de Pascua) y Santa Teresa (Cuentas de conciencia, 13ª, 12), han considerado que sería la primera en recibir su visita. Alegrémonos con Ella rezando el Regina Coeli, que se cantará al final en versión de Gregor Aichinger, sacerdote católico alemán.

    A todos, feliz Pascua de Resurrección.

  • 19 Apr

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Jamás los sabios de la Antigüedad, como tampoco los posteriores que no han tenido la dicha de verse iluminados por la fe, han sido capaces de percibir que la más elevada cátedra de la sabiduría se encuentra en el escenario donde la lógica humana menos podría pensar: en el monte del Calvario, en la Cruz de un condenado a muerte entre dos malhechores, allí donde ese condenado resultaba vituperado, maltratado y finalmente muerto. Y, sin embargo, como nos advierte San Juan de la Cruz, “para entrar en estas riquezas de su sabiduría [de Dios], la puerta es la cruz, que es angosta” (Cántico espiritual, canción XXXVI, 11).

    La Pasión de Cristo es la mejor cátedra donde podemos aprenderlo todo sobre el amor de Dios, expresado en la entrega de su Hijo humanado para nuestra redención. En la Pasión del Verbo encarnado descubrimos el misterio de un Dios que es amor (1Jn 4,8.16) y que, lejos de abandonar al hombre que se había apartado de Él por el pecado, ha salido a su rescate para restaurar la imagen divina con que lo había enriquecido al crearlo e incluso ha querido elevarlo más aún, concediéndole la filiación divina, el ser hecho hijo adoptivo de Dios gracias al Hijo y por el Espíritu Santo. La Cruz, por tanto, es la cátedra que nos descubre el misterio del hombre a la luz del misterio de Dios Creador y Redentor.

    El camino y el modo de obrar divino, por tanto, es completamente diferente del que nosotros habríamos adoptado, buscando medios de éxito según el mundo. El camino divino es el anonadamiento, el abajamiento, la humillación, lo que en griego se llama la kénosis, para desde ahí alcanzar la elevación hasta Dios. Eso es lo que se ha cantado en el precioso y serio gradual gregoriano previo al canto de la Pasión, tomado del texto de San Pablo a los Filipenses donde se compendia esta doctrina. Christus factus est: “Cristo se hizo obediente por nosotros hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó y le concedió el Nombre sobre todo nombre” (Flp 2,8-10).

    Este camino de anonadamiento es el profetizado por Isaías acerca del Siervo de Yahveh (Is 52,13-53,12), donde se nos anuncia al verdadero Mesías Redentor, Jesucristo, como el Siervo sufriente de Dios: “Nuestro castigo saludable cayó sobre Él, sus cicatrices nos curaron”. Y este Mesías es el Hijo de Dios, según hemos escuchado en la Carta a los Hebreos (Hb 4,14-16; 5,7-9), la cual nos lo presenta como el Sumo Sacerdote que ha dado satisfacción por nuestros pecados y se ha convertido en autor de salvación eterna. Él es el único Salvador, Redentor y Mediador.

    Todo ello lo vemos cumplido en la lectura de la Pasión, cuyo canto hemos escuchado del relato de San Juan (Jn 18,1-19,42). Debemos tomar en consideración la parte que todos y cada uno hemos tenido en los sufrimientos y en la muerte de Jesús, porque Él, como bien advirtió San Pablo, “me amó y se entregó por mí” (Gal 2,20). Y esto nos lo debemos decir a nosotros mismos: es verdad, Cristo me amó y se entregó por mí. Mis pecados le han clavado en la Cruz. Por eso, meditemos bien lo que se va a cantar en los Improperios durante la preparación del altar, donde se ponen en boca de Jesús unas preguntas dolorosas al pueblo de Israel, a partir de un texto del profeta Miqueas (Miq 6,3): “Pueblo mío, ¿qué te he hecho?, ¿o en qué te he contristado? Respóndeme. Porque te saqué de la tierra de Egipto, preparaste una Cruz para tu Salvador. Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten piedad de nosotros”.

    Aprovechemos que esta pieza de los Improperios, del Popule meus, se cantará del repertorio de Tomás Luis de Victoria, quien en la música española del siglo XVI supone el equivalente a la literatura mística de Santa Teresa y San Juan de la Cruz. Al escuchar la polifonía de Victoria, siempre se descubre en ella un algo especial, como un toque divino que la eleva a una altura espiritual raramente conseguida por otros autores. Por eso ha sido calificado como “el compositor de Dios”. La música sacra siempre ha formado parte de la riqueza litúrgica de la Iglesia, en Oriente y en Occidente, y debe elevar el alma hacia los misterios celebrados. En la Semana Santa, nos debe ayudar a penetrar en la Pasión de Cristo, a vernos insertos en ella, tal como también San Ignacio desea procurar en el ejercitante. Y según el mismo San Ignacio propone, hagamos un diálogo con Cristo en la Cruz, como de amigo a amigo, y preguntémonos cada uno: “¿Qué ha hecho Cristo por mí? ¿Qué he hecho yo por Cristo? ¿Qué hago por Cristo? ¿Qué debo hacer por Cristo?” (EE, 53-54).

    En fin, al pie de la Cruz descubramos a María y contemplemos su Compasión corredentora en la Pasión de su Hijo, como nos recordará el canto del Stabat Mater que, en versión del músico romántico Rheinberger, interpretará la Escolanía en la comunión. Recordemos que fue al pie de la Cruz como Jesús nos la entregó por Madre nuestra en la persona de su discípulo predilecto, el evangelista San Juan, y acudamos a Ella con filial confianza, rumiando el texto de esta pieza latina que Lope de Vega vertió así en su primera estrofa: “La Madre piadosa parada, junto a la cruz, lloraba mientras el Hijo pendía. Cuya alma, triste y llorosa, traspasada y dolorosa, fiero cuchillo tenía”.

    En estos días del Triduo Sacro, por concesión de la Santa Sede a esta Basílica, se puede ganar indulgencia plenaria con las debidas condiciones de aversión al pecado, confesión con absolución individual, comunión eucarística y oración por el Papa. Por otra parte, la colecta de hoy va destinada, como todos los años, a los cristianos de Tierra Santa.

  • 18 Apr

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Nos autem gloriari oportet in cruce Domini nostri Iesu Christi: “Nosotros debemos gloriarnos en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo, en la que se encuentra nuestra salvación, vida y resurrección, y por la cual hemos sido salvados y liberados”. Esto es lo que hemos cantado en el introito gregoriano de la Misa, durante la procesión de entrada, a partir de un texto de la Carta de San Pablo a los Gálatas (Gal 6,14).

    Ciertamente, la celebración de los misterios de la Pasión de Nuestro Señor en estos días de la Semana Santa nos hace penetrar en la centralidad y en el corazón mismo de nuestra redención, obrada por Él para liberarnos del pecado y de sus efectos mortíferos a través precisamente de su muerte en la Cruz y de su Resurrección victoriosa sobre la misma muerte, sobre el pecado y sobre el demonio. Ha sido la manera de realizar nuestra salvación en la que se descubre la entraña profunda del amor inmenso que Dios nos ha tenido, enviando a su Hijo Unigénito y Amado (cf. Jn 3,16) para que se ofreciera como Víctima en holocausto por todos nosotros. Por eso, a nosotros nos corresponde gloriarnos en su Santa Cruz, convertida en el Árbol de la Vida y en signo de triunfo, que ha hecho posible recuperar nuestra amistad con Dios e incluso nos ha alcanzado el ser hechos hijos adoptivos suyos, recibiendo el Espíritu Santo que nos vivifica.

    Este amor infinito de Dios, que ha obrado de tal modo nuestra redención, se manifiesta en el gesto de humildad y de caridad fraterna del lavatorio de los pies por Jesús a sus apóstoles, según lo hemos escuchado en el Evangelio de San Juan (13,1-15); a continuación lo rememoraremos con doce niños de la Escolanía. Pero además, ese mismo amor infinito de Dios hacia nosotros en su Hijo Jesucristo se expresa de modo sublime en la institución del Sacerdocio ministerial de la Nueva Alianza y del Santísimo Sacramento de la Eucaristía en la Cena del Jueves Santo y lo vamos a saborear durante el ofertorio de las especies eucarísticas con el canto del Ubi caritas, obra de un autor anónimo de Italia de entre los siglos IX y X. Ubi caritas est vera, ibi Deus est: “Donde la caridad es verdadera, Dios está allí. El amor de Cristo nos ha congregado a la unidad. Exultemos y gocemos en él. Temamos y amemos al Dios vivo y amémonos con corazón sincero”, se dice en la primera estrofa.

    Las dos lecturas previas al Evangelio nos han llevado a contemplar especialmente la institución de la Eucaristía y del sacerdocio. En el Éxodo (12,1-8.11-14), las prescripciones sobre la cena pascual dadas a Moisés son un anticipo de la Pascua definitiva, la que el Señor Jesucristo instituiría en la Eucaristía y en su obra redentora mediante su Pasión, muerte y Resurrección. Él es el verdadero Cordero pascual que se ofrece al Padre para nuestra salvación. En la lectura de la primera Carta a los Corintios (1Cor 11,23-26), San Pablo nos ha descrito cómo Jesús instituyó la Eucaristía como nueva comida pascual en la Última Cena, y de aquí se toma precisamente el texto que se interpretará en el canto gregoriano de la comunión, recordando las palabras de la institución: Hoc corpus, quod pro vobis tradetur; hic calix novi testamenti est in meo sanguine; “Esto es mi Cuerpo, que se entrega por vosotros; este cáliz es la nueva alianza en mi Sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía”.

    En la Última Cena, anticipo de la Pasión redentora de nuestro Salvador, Judas salió del Cenáculo para ir a entregarlo a las autoridades religiosas judías. Veamos cómo también nosotros, con nuestros pecados, lo estamos entregando cada día a su Pasión, que Él asume por nosotros, y meditemos así también en la comunión el canto polifónico que interpretará la Escolanía, Judas mercator, tomado de un responsorio del Oficio de Tinieblas del Jueves Santo de Tomás Luis de Victoria, de 1585, y en el que el místico compositor abulense, con un dramatismo musical intenso, nos presenta ese momento: “Judas, pésimo mercader, entregó con un beso al Señor; Él, como un cordero inocente, no le negó el beso a Judas. Por un puñado de denarios, Cristo fue entregado a los judíos. Más le hubiera valido, si no hubiese nacido” (cf. Lc 22,48).

    La Pasión y la Resurrección de Cristo, ocurridas en un lugar y en un momento de la Historia, trascienden sin embargo el tiempo y el espacio. Y así, si bien Judas traicionó a su Maestro y nosotros le traicionamos con nuestros pecados, también podemos aliviarle en su Pasión, reclinando nuestras cabezas sobre su Corazón como San Juan Evangelista, llevando nuestras oraciones y buenas obras a la consolación ofrecida por el ángel en el Huerto de los Olivos, orando allí con Él y reparando así el sueño que vencía a los apóstoles, o siendo nuevos cireneos que le ayudemos a llevar la Cruz. ¿Cómo lo podemos hacer hoy? Entre otras maneras, visitando y adorando el Santísimo Sacramento en el monumento en diversas iglesias, dando nuestra limosna para obras sociales y de caridad o acompañando al final de la celebración de hoy a Jesús Sacramentado en la procesión eucarística, en la que los escolanos alternarán gregoriano y polifonía para cantar el precioso himno del Pange lingua que Santo Tomás de Aquino, teólogo contemplativo, compuso en el siglo XIII.

    Que la Virgen María nos lleve a profundizar en estos misterios.

    En estos días del Triduo Sacro se puede ganar en nuestra Basílica indulgencia plenaria con las debidas condiciones de aversión al pecado, confesión con absolución individual, comunión eucarística y oración por el Papa.

  • 7 Apr

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos: Cada Eucaristía es una convocación a vivir la vida de Dios en nosotros. Cada domingo cuando nos reunimos a celebrar la Pascua del Señor, confesamos que Él es el Cordero de Dios capaz de liberarnos del pecado y de la muerte. Pero no sabemos bien qué hacer y necesitamos ser instruidos por Dios para que nos enseñe su camino. Pero su enseñanza no es un conocimiento natural que se archiva en el cerebro y con eso ya es suficiente. El conocimiento del que nos habla hoy el Señor es entrar en comunión con Él. Y lo sorprendente es que esa comunión que nos identifica con Jesús no es en gustos placenteros de este mundo, sino una comunión con sus padecimientos. ¿Habrá quién le siga de esa manera? Pero de estar unidos a Jesús en su muerte se pasa a participar también de su resurrección y de su gloria eterna. Vengamos a que nos enseñe ese camino que conduce a la gloria, fiémonos de sus palabras de vida eterna. Sólo siguiendo su camino de cruz encontraremos la luz y la verdad.

    La lectura del Evangelio nos enseña el camino a la alegría pascual. Salir de la muerte a la vida sólo es posible por Aquel que nos ha abierto el camino al morir por nosotros. Solo quien tiene el poder de vencer el pecado y la muerte, y así lo ha hecho muriendo por nosotros, es el que puede salvar. Su camino de salvación es el único.

    Es importante captar en la escena magnífica de este pasaje evangélico la figura de Jesús que transmite serenidad y confianza. La mujer adúltera se dejó captar por la majestad que irradiaba, pero a su vez el destello de su verdad acabó infundiendo temor a los que iban buscando cómo tenderle una trampa. La mujer llega a ese conocimiento de Jesús que le proporciona confianza y no huye como los demás. Siente cómo junto a Jesús recupera su dignidad, antes incluso de que Jesús declare que no la condena. Jesús no dice que no haya pecado, ni que su pecado no tenga importancia, le dice: “Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.” El pecado también es una carga para nosotros insoportable: nos avergüenza, nos decepciona, porque lejos de proporcionarnos felicidad nos hunde en la tristeza. Nosotros tratamos de sacudir esta carga silenciando la conciencia o justificándonos pensando que todos hacen lo mismo. Pero Jesús no ha venido para bajarnos de la cruz, que es lo que pedían los ladrones que estaban crucificados junto a Él. Él ha venido para enseñarnos cómo llevar la cruz. Y esta es la asignatura que tenemos pendiente la mayoría.

    La mujer adúltera queda cautivada por la serenidad y cercanía de Jesús. No siente que le dé repugnancia que ella esté tan cerca de Él, como en el caso de los fariseos que proclaman su pureza, que es solo de fachada, acusando y despreciando a la mujer. Ella mira a Jesús y sólo responde a su pregunta sin que conste que pidió perdón, aunque se va nueva en su dignidad de persona y llena de la presencia de Dios. No está mal que completemos la pedagogía divina de Jesús con el relato del buen ladrón en la cruz. El buen ladrón tampoco ha oído discursos de Jesús, de los que decían los guardias del templo: “Jamás nadie ha hablado así.” El buen ladrón primero miró a Jesús, pero también se dejó mirar por Él y confesó y defendió a Jesús frente a todos los que le injuriaban. En la mirada de amor de Jesús la mujer pecadora y el ladrón lo entendieron todo. ¿Nosotros venimos a la Eucaristía a mirar a Jesús con un corazón manso y humilde para aprender de Él y a que Jesús nos mire y nos transforme con su mirada? ¿O resulta que venimos a que nos miren los demás, ‘¡cómo cumplo todos los domingos, qué puesto tan importante tengo en la asamblea!’ seamos seglares o sacerdotes? Al final resulta que todos tropezamos en la misma piedra. Pero tenemos que salir de esta Eucaristía con las pilas bien llenas y con la elección correcta. ¿Dónde quiero estar, en el grupo de los acusadores cuya religiosidad es un traje de quita y pon, o en el de los pecadores que miran a Jesús y se dejan mirar por Él en su realidad de pecadores llamados a una vida nueva?

    Volvamos a san Pablo que hizo el cambio de ser un fariseo enrabietado contra los cristianos a dejarse envolver por la luz que le derribó del caballo de sus falsas seguridades y acabó proclamando aquello que también ha resonado hoy en nuestros oídos y esperemos nos haya llegado al corazón: “Todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por Él lo perdí todo y todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo y ser hallado en Él” (Flp 3,8). Tenemos que asumir la cruz que nos toca vivir en nuestra vida, nuestros dolores, incapacidades, falta de estima, etc., y morir en ella, porque si no Jesús nos puede decir: “No os conozco” (Mt 25,12). Eso significaría que ni le miramos ni dejamos que nos mire. Nos escapamos de su presencia y mirada. Pero si vivimos nuestra cruz como lo hizo Él: perdonando de verdad, es decir sonriendo, hablando y haciendo servicios al que no nos ama, y aceptando nuestros sufrimientos, entonces seremos verdaderos discípulos de Jesús. Él sufrió una muerte en cruz por los pecados ajenos, los nuestros, que ya tiene mérito increíble; nosotros hemos de sufrir muchísimo menos para reparar unidos a Él por nuestros pecados. Es Jesús el que nos presta su propio Corazón para que con su fuerza asumamos nuestro dolor y lo ofrezcamos como Él.

    Hermanos, tenemos que aprender en esta cuaresma santa que no podemos llegar a compartir la resurrección de Jesús, si no hay esa comunión con los padecimientos de Jesús (Flp 3,10-11), muriendo su misma muerte. Pero ahora ya sabemos que eso no es una desgracia, sino un conocimiento sublime, es decir llegar a la intimidad con Jesús, que nos hace considerar que todo lo demás es basura a su lado. Abramos nuestro corazón al verdadero y profundo arrepentimiento de nuestros pecados, aprovechemos para hacer una buena confesión y empecemos a recapitular qué es lo que tengo que hacer y qué es lo que me impide agradar a Jesús que me regala su amistad para no ser yo un falso amigo.

  • 6 Mar

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Damos comienzo a la Cuaresma, tiempo litúrgico orientado a la conversión interior, a una vuelta hacia Dios, del que nos hemos venido apartando por el pecado. Es una oportunidad que Él nos concede, pero que exige de nosotros la respuesta adecuada. Por eso, nos puede sorprender un poco la invitación que hace San Pablo en la segunda Carta a los Corintios (2Cor 5,20-6,2): “Dejaos reconciliar con Dios”; y un poco más adelante, nos dice: “Os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios”.

    Cuando el Apóstol nos pide que nos dejemos reconciliar con Dios, está diciendo que, si nosotros libremente no queremos que Él nos perdone, no nos podrá perdonar, porque Él respeta nuestra libertad. El perdón exige sólo una cosa: arrepentimiento sincero. Si el pecador no se arrepiente, no se le perdona, porque él mismo se niega a ser perdonado. No es falta de misericordia por parte de Dios, sino falta de sinceridad por nuestra parte cuando nos empeñamos en mantenernos en nuestro pecado, tal vez en nuestra vida de falsedad e hipocresía.

    El arrepentimiento debe ser sincero, no sólo de palabra y externo, y nunca debemos olvidar que a Dios no se le puede engañar. Por eso el rey-profeta David ha rogado en el Salmo 50, el Salmo “Miserere”: “Crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme”. Y el profeta Joel también ha transmitido la invitación de Dios a convertirnos de todo corazón, rasgando los corazones, no las vestiduras (Jl 2,12-18).

    La Cuaresma es un tiempo para la conversión. Conversión auténtica, sincera, interior, del corazón y del alma. A ella nos invitan Joel y el propio Jesús: de nada valen la limosna, la oración y el ayuno, de nada sirven la penitencia y las palabras piadosas, si realmente no queremos cambiar por dentro. Ninguna validez tienen las promesas devotas que luego no se cumplen. Hace falta arrepentimiento sincero. Con Dios no se juega: a Él no se le engaña. No podemos jugar diciendo hoy una cosa y mañana otra, cambiando de parecer ante Dios o ante los hombres según nos conviene.

    Pero además, para que el arrepentimiento sea sincero y creíble, debe existir verdadero propósito de la enmienda, es decir, una intención firme de corregirnos en aquello que fue nuestro pecado o en aquello que lo motivó; y, en la medida de lo posible, también debemos tener la intención firme de reparar el daño ocasionado.

    San Benito nos enseña que la virtud principal es la humildad (RB VII). Ante Dios sólo podemos presentarnos con humildad, porque Él es nuestro Creador y, por medio de su Hijo Unigénito, nos ha hecho además ser hijos adoptivos suyos. Ante Dios no cabe, por nuestra parte, más que la mirada humilde, sencilla y sincera, la del que se reconoce pequeño y pecador, la del que mira con ojos limpios y transparentes, la del que pide perdón sin esperar nada a cambio.

    Si logramos en esta Santa Cuaresma adquirir las actitudes y las virtudes que hemos señalado, no dudemos que alcanzaremos la Misericordia amorosa de Dios. Experimentaremos entonces su dulzura y su perdón. Por medio de la penitencia exterior y de la conversión interior, participando de los padecimientos de Cristo en la Pasión, participaremos después también de la gloria de su Resurrección y Ascensión, como nos recuerda el propio San Benito (cf. RB Pról., 50). Porque la Cuaresma no se cierra en sí misma, sino que se abre a su culminación en la Pascua: es camino que nos conduce al Cielo.

    Que María Santísima nos ayude a vivir este tiempo con espíritu de conversión y de humildad.

  • 17 Feb

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: cada domingo se reúne toda la Iglesia en torno a la mesa del sacrificio de Cristo. Su muerte sacrificial es para nosotros un testamento, un legado y todo un programa de vida. Puede parecer chocante con nuestro lenguaje actual tan blando y acomodado al buenismo actual. Pero la Sagrada Escritura no se anda con rodeos y llama a las cosas por su nombre. El gran problema de nuestro tiempo es que hemos claudicado de vivir en la verdad: no se quiere aceptar que hay verdades absolutas e inamovibles, lo que debía ser algo por lo que tendríamos que estar agradecidos a Dios, que nos ha revelado la verdad, nuestra seguridad y nuestra más rica pertenencia. Sin embargo, hoy día se nos hace ver estas verdades como imposición y negación de nuestra autonomía personal.

    Nos sorprende una afirmación tan rotunda: “Maldito quien confía en el hombre y busca el apoyo de las criaturas, apartando su corazón del Señor.” El Señor también llega a aseverar: “Bienaventurados vosotros cuando os odien los hombres y os excluyan y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo”. ¿Acaso puede el Señor ser complaciente con el demonio y decir que quien no crea en Dios no pasa nada, en lugar de decir que quien no crea en Él, será condenado? Estas son las consecuencias de creer en Dios. A los hombres apartados de Dios les cuesta mucho aceptar que están en el error; si lo hiciesen, estarían ya convertidos. Para superar esa dificultad, tenemos que considerar que hemos sido rescatados del dominio de Satanás pagando no una miseria, sino a precio de la sangre de Cristo; luego si no amamos al Señor, que ha dado su vida por nosotros, no podemos ser salvados.

    De ahí la importancia del cambio que el 17 de octubre de 2006 el Papa Benedicto XVI aprobaba en un decreto, por el que se establecía que en la parte de la Consagración donde se decía que la Sangre de Cristo “será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados”, se debería decir “por vosotros y por muchos”, en vez de “por todos”, para así reflejar mejor el original en latín, pues a los que no quieren ser perdonados, no les beneficia el sacrificio de la sangre redentora de Cristo. Qué terrible es, queridos hermanos, escuchar a personas, algunas muy conocidas, que hacen profesión pública de su impiedad, afirmando entre otras cosas que la ciencia demuestra que Dios no existe, cuando los más famosos científicos de la Hª de la humanidad han creído en Dios a pies juntillas. ¿Cómo superar la angustia vital de pensar que todo acaba aquí?

    Los creyentes tenemos pues una deuda de agradecimiento: no reconocer a Jesús como nuestro Redentor es una injusticia imperdonable. El Señor en las Bienaventuranzas nos dice que esa deuda se paga sufriendo sin rebelarse contra Dios, aceptando la pobreza de nuestra condición humana con enfermedades y limitaciones de todas clases, que si tenemos que pasar estrecheces económicas o incluso hambre confiemos en su Providencia y no lo insultemos, porque somos pecadores y hemos de tratar de corregir el injusto reparto de los bienes de este mundo sin violencia. Si nos persiguen por ser fieles a Jesús no nos separemos de Él, pues bien se va a cuidar de nosotros y a recompensarnos con creces por el amor y fidelidad que le hayamos mostrado sufriendo por Él.

    Las bienaventuranzas no son solo un medio para alcanzar la felicidad en este mundo, sino que apuntan a la eterna, son el camino de asemejarnos a Cristo y de adquirir la identidad de hijos de Dios. Por el bautismo ya fuimos hechos hijos de Dios, pero si a lo largo de la vida no ratificamos ese don recibido y no nos adherimos a esa gracia de la adopción filial, esa elección de Dios se pierde. S. Lucas nos revela que el camino contrario a estas cuatro bienaventuranzas de pobreza, hambre, lágrimas de dolor y persecución por la fe cristiana, tienen como contrapartida cuatro situaciones de felicidad terrena aparente y engañosa. La riqueza, la satisfacción de las necesidades básicas, la ausencia de dolor y la buena fama, ninguna de las cuales es de por sí pecado, sin embargo, como nos señalaba la lectura de Jeremías, pueden convertirse en un ídolo al confiar absolutamente en el hombre, en apoyarse en los bienes terrenos y apartar su corazón del Señor. El pecado es la egolatría de preferirse a sí mismo por encima de todo y de valorarse a uno mismo más que a Dios.

    La eucaristía es el centro de nuestra vida. La entrega de Jesús y su muerte la tenemos que asumir nosotros en nuestra vida. Si no nos ofrecemos con Jesús a la Voluntad del Padre, no vivimos bien lo que estamos celebrando. Si no aceptamos nuestras cruces, estamos tomando la comunión rutinariamente y sin provecho. Si escondemos nuestra condición de cristianos para que no nos persigan, tampoco Jesús nos defenderá delante de su Padre. No podemos vivir el evangelio a medias. Pidamos al Señor que nos ayude a vencer el miedo a vivir como cristianos en medio de una sociedad neopagana, mal endémico de los cristianos hoy día.

    Para todo ello tenemos una valiosa intercesora en la BVM. Así lo hicieron los siete santos fundadores de la Orden de los Siervos de la BVM. Estos comerciantes florentinos encontraron la perla preciosa del Reino de Dios y como en la parábola, vendieron todo su patrimonio para comprarlo. Por eso el Señor les premió con multitud de gracias y con ser cabeza de una orden religiosa que aún pervive. Esta comunidad os invita a la adoración eucarística de hoy en la capilla del Stmo. de 13.45-16.45. Todo lo que no sea oración y sacrificio son cataplasmas ineficaces con las que Satanás nos entretiene. Pidamos a la Virgen del Valle que interceda ante su Hijo para cumplir con su gracia estos santos propósitos. Que así sea.

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