• 3 Sep

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos en el Señor: Las palabras que hemos escuchado en el evangelio son tan profundas que han conmovido a los creyentes de todos los tiempos. Y nosotros no queremos irnos de esta celebración sin que hallen el eco que se merecen en nuestro corazón. Las hemos escuchado muchas veces, pero la Palabra de Dios ilumina nuestra vida cada vez que se la escucha con deseo de poner la verdad que viene de Dios por encima de nuestras cavilaciones y de lo que sería la inconsistente postura de dejarse llevar por lo que dice la mayoría para no tener problemas.

    Si las palabras de Jesús han conmocionado la conciencia de tantos discípulos suyos a lo largo de los siglos, seguramente a muchos habrá sorprendido una vez más haber escuchado este relato de la primera lectura que nos ha introducido en la intimidad del profeta Jeremías, el cual se veía seducido por el llamamiento divino, y confiesa que se dejó arrastrar por esa voz divina, sin duda por el atractivo incomparable del que es la Verdad y por el consuelo de Dios que se abaja de tal modo al nivel humano que llega hasta hacer al profeta partícipe de esa especie de angustia al no encontrar a casi nadie dispuesto: ‘¿a quién enviaré?, ¿quién irá en mi Nombre?’ En el caso de Jeremías le dice que ha sido elegido antes de que se formara en el vientre materno como profeta no sólo de Israel, sino de las naciones (1,5). El profeta Jeremías no podía sospechar que las palabras que Dios iba a poner en su boca comprendieran incluso esa gran prueba escatológica previa al establecimiento del Reinado de Dios en este mundo. En lo humano era lógico el temor de Jeremías. Pero a pesar de querer detener el ímpetu de las palabras que Dios ponía en su boca, y sabiendo que se jugaba su seguridad personal, su misión le sobrepasaba y no se podía callar. En este aspecto Jeremías venía a ser una imagen viva de la vivencia humana que iba a tener Jesús en su ministerio profético. No podía rebajar el mensaje divino, aunque a los hombres de todos los tiempos su lenguaje pareciese duro e intolerable para los oídos humanos.

    Y así nos adentramos en el mensaje tan decisivo que nos sitúa nada menos que en la encrucijada en que se decide nuestra salvación o condenación eterna. Hermanos, un servidor de la palabra divina no puede edulcorarla por su cuenta, no puede quitarle aquello que tiene la sal que en su gusto tan ácido y chocante tomada en bruto, hay que administrarla tal cual, porque si no se la priva de su acción benéfica en las almas, que le hace al que así la toma expulsar la mediocridad, y le protege en la tentación de ajustarse a este mundo, como nos ha dicho san Pablo.

    Aunque sea impopular el hablar de la condenación eterna, e incluso blasfematorio en la corrección que nos quiere imponer la apostasía militante que impera en el ambiente, si no lo hiciésemos así los ministros de Dios: flaco servicio haríamos a su Palabra. Nos estaríamos predicando a nosotros mismos, buscaríamos el aplauso de los que ajustan su paso al criterio del príncipe de este mundo.

    Este mundo, hermanos, camina ciego a su perdición. Nos toca ir contra corriente. Esa es nuestra contribución inestimable a nuestros hermanos en el mundo, que no se detienen a pensar qué es eso del infierno. No meditan lo terrible que es una pena eterna: no en una cómoda cárcel moderna, sino penas insufribles en el cuerpo y en el espíritu por haber perdido el amor de Dios, que nos tenía envueltos en su solicitud amorosa aquí en la tierra y nunca lo habían valorado los que se han condenado.

    Jesús nos ha hablado con toda claridad de que si uno no toma su cruz y le sigue, por esa misma itinerario que lleva al Calvario, no es su discípulo y eso le conduce a la perdición. Si uno evita lo que resulta costoso a su sensibilidad: como puede ser aceptar las correcciones y ser humilde, no mostrando enfado y oposición al que le corrige, o evita el confesarse frecuentemente y cuando lo hace quita gravedad a sus pecados y los desfigura, porque no está suficientemente arrepentido, o porque no quiere sufrir la corrección que le tenga que hacer el confesor, o no quiere aceptar la cruz de sus limitaciones humanas en la enfermedad, o en la precariedad económica, o en sus deficiencias morales, entonces no es discípulo de Cristo: está como esperando que Dios haga un milagro con él: que le convierta en santo sin esfuerzo ninguno. Pero ¿sabéis cuál es el mayor milagro que Dios puede obrar en nosotros? El mayor milagro es la obediencia y la fidelidad a las palabras del Señor. Son muchas las formas de huir de la cruz en sus dimensiones de servicio y caridad al prójimo y no digamos en su vertiente de mortificación de nuestros impulsos pasionales con respecto a la lujuria, la sobriedad, la vanidad o el dominio de la lengua. La palabra de Dios a través del apóstol Santiago considera que un hombre es perfecto sólo por el dominio de la lengua. Pero recordemos, para resumir, que el medio más ordinario de progreso espiritual es el examen de conciencia diario de nuestros pecados, hecho, eso sí, a conciencia. Pidámosle al Señor ese milagro: que a través del examen de conciencia, de la meditación y contemplación de la palabra de Dios y de las correcciones que nos hagan personas con discernimiento, que no abundan, le seamos fieles.

    La pregunta decisiva que ha movido a tantos a la conversión es esta: “¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?” El hombre se marca a sí mismo objetivos ridículos, se encierra en mundos pequeños, porque no busca la verdad que viene de Dios. No quiere descubrir la grandeza del conocimiento que nos proporciona la Palabra de Dios, que es un conocimiento sobrenatural: el cual está muy por encima de los que nosotros podemos alcanzar con mucho esfuerzo por nuestras fuerzas y facultades humanas. Idolatramos nuestros pensamientos y supuestos descubrimientos: Tenemos que aprender a ser humildes y pequeños ante Dios para poder participar de su grandeza y de los tesoros de su ciencia y sabiduría. Dejémonos llevar de su mano cada día y en el silencio sea Él quien nos descubra y grabe en nuestro interior su camino que nos lleve a su mismo Corazón. En la oración colecta hemos expresado esto mismo al Señor: “infunde en nuestros corazones el amor de tu nombre, (es decir, el amor a tu persona divina) y concédenos que al crecer nuestra piedad, alimentes todo bien en nosotros y con solicitud amorosa lo conserves.”

    Tenemos una tarea ingente de ayudar a que todos descubran la verdad. Este es el mayor apostolado, decirles: arrepiéntete o morirás en el fuego que no se extingue. No basta ni siquiera confesar los pecados de labios afuera; sin nuestras lágrimas y verdadero arrepentimiento nuestros pecados permanecen, aunque nos hayamos confesado de ellos. Solo el corazón arrepentido recibe la misericordia divina. El tiempo se acaba, el tiempo de vivir como si nada pasara, como si nada fuera a pasar después de estar ofendiendo a Dios tan bárbaramente por todas partes. ¿Dios se puede cruzar de brazos ante esta provocación pública a su santidad de autoridades y súbditos? Un arrepentimiento sincero mueve montañas, y el que merecía el infierno por sus pecados alcanza la misericordia divina y la corona de gloria. Pero tenemos que arrepentirnos de verdad para heredar el Reino de los cielos.

    Miremos a Jesús en la Cruz y no nos avergoncemos viéndole tan dolorido y ensangrentado, clamando por nuestro arrepentimiento y conversión. Comprendamos hasta dónde llega el amor más grande que existe, el único Amor perfecto: el del Padre que entrega a su Hijo para salvación del mundo. No nos podemos permitir mirar a otro lado y que los que nos rodean, familiares y amigos y compañeros de trabajo o de ocio, acaben en el infierno mientras nosotros deseamos ir al Cielo. Tenemos que trabajar por su salvación y pedir a Dios nos quite el miedo de amonestarlos seriamente para impedir su condenación eterna. Este es el mensaje de las lecturas de hoy, ¿estamos dispuestos a hacerlas vida en nosotros?

  • 27 Aug

    P. Juan Pablo Rubio

  • ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? Para los discípulos, queridos hermanos, responder a aquella pregunta de Jesús fue fácil. De sobra conocían las diferentes opiniones que circulaban acerca de él. Ellos le contestaron: Unos dicen que eres Juan Bautista, otros [dicen] que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas. Pero el Señor comprendía que todas esas respuestas eran imperfectas, porque no veían en su persona más que un hombre. Y es entonces cuando añade una segunda pregunta: Y vosotros que estáis conmigo: ¿qué decís de mí?, ¿quién decís que soy yo? En realidad, es ésta una pregunta que el Señor continúa haciendo a los cristianos de cada generación, una pregunta que nos interpela hoy a nosotros, aquí reunidos, que confesamos ser seguidores de Cristo. El Señor nos vuelve a preguntar: ¿Tú quién dices que soy yo?, ¿quién soy yo para ti?, ¿qué testimonio das de mí?

    Nuestra respuesta ha de apoyarse en la fe de san Pedro: Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo. Ciertamente, esa profesión de fe sí que expresa la verdad acerca de Jesús, verdaderamente Dios y verdaderamente hombre, en palabras del obispo Ireneo Lyon. Pero además, fijaos que su confesión supuso un cambio radical en la vida del primero de los apóstoles: Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque eso te lo ha revelado mi Padre. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre ti voy a edificar mi Iglesia. Con el cambio de nombre, Pedro recibe la misión de ser fundamento mismo de la fe de la Iglesia. El papa Juan Pablo I comentaba así esta página del Nuevo Testamento: «Son palabras graves, importantes y solemnes que Jesús dirige a Simón… Jesús le cambia de nombre, poniéndole el de Pedro, y significando con ello la entrega de una misión especial… Me parece escuchar, como dirigidas a mí, las palabras que según san Efrén, Cristo dirige a Pedro: Simón, mi apóstol, yo te he constituido fundamento de la Santa Iglesia. Yo te he llamado ya desde el principio Pedro, porque tú sostendrás todos los edificios» (Alocución 3-IX-1978).

    Ciertamente, la respuesta de la fe, hermanos, como en el caso de san Pedro, implica un cambio en la vida, un compromiso, una conversión, implica salir de nuestros estrechos horizontes personales para abrirnos por completo al horizonte de la gracia de Dios. Supone abandonar los caminos que no conducen a ninguna parte y tomar la senda que conduce a la vida. Si hacemos silencio en nuestro interior, podremos escuchar la voz del Señor: ¿Quién dices que soy yo?

    Si os dais cuenta, en este domingo se nos presenta una ocasión preciosa para revisar la coherencia entre nuestra fe y nuestra vida, o mejor dicho, para comprobar la medida de nuestra fe examinando cómo vivimos. La fe que se traduce en obras, en un empeño decidido por imitar a Jesucristo en el día a día es la respuesta a la pregunta de Jesús. Esa coherencia es de suma importante, porque –como decía san Juan Pablo II– «los hombres de hoy están cansados de palabras y discursos vacíos de contenido, que no se cumplen. El mundo se resiste a creer las palabras que no van acompañadas de un testimonio de vida». Somos verdaderos creyentes, verdaderos testigos cuando nuestra existencia interpela a los hombres y mujeres de nuestra generación, cuando habla el discurso elocuente de las obras, de la vida entera, cuando habla el lenguaje del amor. Tu vida manifiesta tu fe en Jesús. No sirven los discursos vacíos, la fe que sólo es teoría: ama y dilo con tu vida, cree y dilo con tus obras. Y que tus obras y tu vida revelen que Jesús es el Señor, que Él es el Salvador del mundo.

    Respondamos a Jesús con una fe auténtica y generosa. Dichoso tú si respondes con san Pedro: Tú eres el Mesías, el salvador. Dichoso tú si aceptas la misión que el Señor te encomienda, si te mantienes fiel allí donde él te ha llamado, [dichoso tú] si vences todo aquello que te impide dar un testimonio claro y valiente de Jesucristo en tu ambiente familiar y profesional.

    La Palabra de Dios nos invita también hoy a renovar e intensificar nuestra oración por el sucesor de Pedro. No ceséis de orar por el Papa para que Dios le conceda luz y fortaleza. No os apartéis nunca de Pedro porque «donde está Pedro, allí está también la Iglesia; y donde está la Iglesia, no hay muerte, sino vida eterna» (San Ambrosio).

    Pidamos a nuestra Señora, Maestra de la fe y Madre de los Apóstoles, que nos ayude con su intercesión maternal para que en medio de las vicisitudes del mundo, el amor y la esperanza nos hagan tener los corazones firmes en la verdadera alegría, que es Cristo.

  • 22 Aug

    P. D. Anselmo Álvarez

  • El 22 de agosto se celebra la fiesta de Santa María Reina, que la liturgia ha hecho coincidir con el octavo día después de la celebración de la Asunción de María, el pasado 15 de agosto. Con ocasión de aquélla fiesta el P. Anselmo Álvarez, Abad Emérito del Valle, pronunció en la Basílica la siguiente homilía:

    “La Madre de Dios ha sido elevada en cuerpo y alma a los cielos”, ha proclamado la Iglesia y han creído los siglos cristianos. Vosotros estáis aquí porque participáis de esta fe y queréis celebrarla en unión con toda la Iglesia, y de alguna manera compartirla con todos los hombres. Porque nuestra Madre ha sido objeto de este privilegio único, del que todos nosotros estamos llamados a participar algún día, cuando Dios convoque ante Sí a todos los que fuimos llamados originalmente a ser ascendidos hasta Él, después de nuestro paso por esta tierra.

    Esto forma parte de las palabras y de las promesas divinas que no pasan, que tienen un cumplimiento indefectible, en el tiempo y en la forma previstos por Él. Aunque a veces tengamos la impresión de que son palabras demasiado incomprensibles y demasiado vagas, e incluso demasiado innecesarias para un tiempo y una humanidad que considera que ya ha aprendido lo suficiente para prescindir de ellas, e incluso de quien las pronunció.

    Porque ahora somos nosotros los que nos estamos elevando por nosotros mismos, los que estamos creando una tierra y unos cielos nuevos, hechos a nuestra imagen y a nuestra medida. Esta es la idea de la ascensión o de la asunción que nos estamos forjando quienes hemos dejado atrás la fe en el Dios revelado y aparecido en la persona de Jesús.

    Pero no ha habido ninguna otra revelación ni ningún otro Maestro. Ni lo va a haber, aunque hayan aparecido legiones de pseudo maestros y pseudocristos. De ellos hemos escuchado infinitas palabras que el viento se ha llevado o que han traído tormentas apocalípticas. Sólo Sus palabras, las del Señor, “permanecen eternamente”, con la frescura y la eficacia que únicamente pertenecen al Verbo de Dios.

    Esas palabras y esos hechos que nos hablan a través de realidades como las ascensión de Jesús y la asunción de María, y que nos dicen que la mirada, y la acción y las aspiraciones esenciales del hombre deben sobrevolar la tierra, y dirigirse a la patria de donde provenimos y a la que, convencidos o no, nos dirigimos. En ellos hay una dirección, una tensión permanente hacia arriba, que es lo que caracteriza esencialmente la dimensión del hombre, destinado a habitar temporalmente esta tierra y a regresar a su patria de origen.

    Nada ha cambiado en esta perspectiva, ni nada va a cambiar, pese a los esfuerzos que llevamos haciendo desde hace mucho tiempo para transformar el signo de esta realidad. El hombre no va a dejar de ser, fundamentalmente, el que ha sido imaginado por Dios, por mucho que se empeñe en darse una realidad distinta, según le fue sugerido desde el principio por quien el Evangelio llama el padre de la mentira.

    Pero el hecho de que nos empeñemos en plantar definitivamente nuestra tienda en este suelo, en echar en él raíces profundas, y en renunciar a cualquier horizonte que no alcancen nuestros ojos, da todavía mucho más realismo a este acontecimiento de la asunción de la Virgen. Él nos abre, una vez más, los ojos ante la única vocación humana auténtica, que culmina en nuestra proyección hasta el seno de Dios, no sólo en el momento final, sino según una realidad que, como la escala de Jacob, va ascendiendo a lo largo de nuestra existencia.

    Ningún empeño va a modificar este plan de Dios acerca del hombre, y por el contrario puede hacer estéril aquella parte de la historia humana que se empeñe en cambiar los designios de Dios acerca de ella. Más aún, tal empeño puede volverse completamente contra ella, y así podemos concluir que está sucediendo hoy, si tenemos ojos para ver y oídos para escuchar. Toda planificación que intente sustituir la realidad humana modelada por Dios por cualquiera de nuestros designios humanos, es una construcción levantada sobre arena. Es la lección permanente de la historia, tantas veces advertida por la palabra de Dios.

    Por el contrario, el misterio de la asunción de María nos está mostrando la opción abierta por Dios al hombre: la ascensión, el progreso, el salto al infinito, al mundo de lo absolutamente superior a lo terrestre, sin dejar de pisar la tierra y hacer en ella la obra humana y terrestre que se nos encomendó en el momento de nuestra creación. No hay ninguna renuncia a ninguno de los proyectos que fueron previstos como tarea del hombre en la tierra. Más bien es la posibilidad de darles la fecundidad de una obra que es de Dios y del hombre al mismo tiempo. Por eso, los tiempos modernos están encomendados especialmente a María, porque al mostrarnos el único camino que la humanidad está llamada a recorrer, nos ha abierto las puertas de la ciudad que nos espera, las de nuestra verdadera tierra del reino de los cielos.

  • 6 Aug

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos: La fiesta de la Transfiguración es una manifestación del Señor a tres de sus discípulos para que más tarde diesen testimonio de lo que ellos vieron y gozaron, y sirviera de fundamento a la fe de los vendríamos tras ellos a creer en Jesús. Jesús no sólo se había manifestado como hombre, también les había enseñado a sus discípulos que era Hijo de Dios, Dios verdadero. Poco a poco Jesús les va revelando, aunque no del todo, el misterio de su persona divina. Les va clarificando lo esencial, pero todavía le quedará al Espíritu Santo revelar muchas cosas, que sin ser nuevas y hallando en la Sagrada Escritura su base, han ido iluminando el misterio de las tres divinas personas. La transfiguración tiene un objetivo más inmediato, asumir la muerte de Cristo no como el hundimiento de la obra de Cristo y su encarnación, sino como una etapa, aunque totalmente imprevisible en la revelación natural más pura, y menos aún en la lógica y ni siquiera en la imaginación humana, en los planes de Dios era muy importante la muerte redentora de Cristo como satisfacción por la gran injusticia del pecado.

    En los planes divinos se contemplaba el desconcierto humano por la muerte tan humillante de Cristo, que a pesar de estar profetizada, sobre todo por el mismo carisma profético de Jesús en su predicación, sus discípulos no daban crédito a esas palabras. Esa oposición a admitir que su Maestro tuviera que pasar por tal ignominia atestigua la veracidad histórica de los relatos evangélicos y su inspiración divina, que rompe todos los moldes del pensar y actuar humano más racionales.

    La Transfiguración ocurrió para fortalecer la fe de los tres discípulos, y además la de la multitud de discípulos que iban a sumarse durante siglos, para asumir en fe que era necesario que Cristo muriese vicariamente por los hombres, para que el Padre recibiese la gloria de la justicia satisfecha, y el Hijo fuese glorificado por el Padre por su gran amor al Padre y a los hombres, a los que tomó por hermanos. La Transfiguración es una manifestación del amor del Corazón de Jesús para nosotros. Hoy, pues, nos encontramos sacramentalmente envueltos en la nube que cubrió a los discípulos en lo alto del monte, identificado por la tradición en el monte Tabor. Esto significa que el Señor nos hace partícipes aquí y ahora de este don por el que nos quiere comunicar un conocimiento interno del misterio de su persona. Abramos nuestro corazón a esta participación en el misterio de Cristo.

    Esta comunicación es misteriosa en sí misma y no la podemos sentir en el cuerpo ni cuantificar mentalmente. Pero a través de los textos de la Sagrada Escritura que se han proclamado, y de los textos litúrgicos, que el Espíritu Santo también ha inspirado, en esa revelación que no ha cesado jamás en la Iglesia, aunque no tenga el peso de la revelación pública, nos ofrecen rasgos bien definidos del tenor del don divino que el Señor nos quiere comunicar hoy: la aceptación del misterio de Dios, no condicionado por la estrechez de la mente humana, sino el misterio del que hace partícipes a los hombres que aman a Dios y se fían de su amor infinito al hombre.

    En el Antiguo Testamento el profeta Daniel descubre un rasgo del Hijo del hombre muy novedoso: el Hijo del hombre comparte trono, por así decir, con Dios mismo. Antes de Cristo era impensable identificar al Hijo del hombre con el Mesías. Identificar al Mesías con Dios para un judío suponía una blasfemia. De hecho esa fue la acusación que presentaron contra Jesús sus enemigos los fariseos, escribas y sacerdotes unidos en un mismo objetivo aunque tuviesen contenciosos siempre abiertos de unos contra otros: “Éste se hace llamar Dios.”

    Nosotros aparentemente no tenemos ningún problema al confesar no sólo dos, sino tres personas divinas. A nivel cerebral nosotros parece como si estuviésemos muy por encima de esas polémicas verbales. El problema aparece por así decir en la práctica. En nosotros hay una resistencia, nada fácil de vencer, en dejar a Dios que sea “el Pastor supremo” (1 Pe 5,4) en nuestra vida. Nosotros nos hemos apropiado el decir la última palabra en todo. Podemos incluso protestar y decir que eso no es así. Al final se cumplirá lo que nos dice el profeta Daniel: que todas las naciones le servirán. Pero ahora estamos en ese tiempo de prueba, que es nuestra vida terrena, en que podemos permitirnos discrepar de la Voluntad de Dios y tomar el rumbo que nos parezca, pero tendremos que dar cuenta si nos encaminamos en dirección opuesta a los mandamientos de Dios.

    En el Evangelio la voz del Padre, además de dejar claro que Jesús es su Hijo, nos da un único mandamiento. Esto también es novedoso, pues mientras el mismo Jesús había enseñado que todos los mandamientos se reducen a dos: “el amor a Dios y al prójimo,” el Padre desde la nube lo compendia aún más en uno solo: “Escuchadle”. Una sola palabra. Pero ¡qué mensaje tan profundo y cuánto abarca esa sola palabra! En vez de cosas que cumplir se centra en una persona, la persona de Jesús. Escucharle equivale a obedecerle. Para obedecer es evidente que hay que estar pendiente de sus labios, o, si se quiere, de sus manos, “como están los ojos de los esclavos fijos en las manos de sus señores” – dice el Salmo 123, pues estas también transmiten mensajes que todos entendemos.

    Nos da miedo escuchar a Dios. Nos puede hacer imposible el vivir a nuestro aire: “ahora sigo esta línea, si me canso voy por este otro camino, ahora me propongo ser caritativo, pero si no me lo agradecen o me lo interpretan mal me vengo secreta o abiertamente de los que no me alaban, etc.” Estar firmemente decididos a seguir la Palabra de Dios no es tarea llevadera, es necesario pedir constantemente al Señor que nos ayude, pues nos desanimamos con facilidad al ver la oposición que suscita, o lo arduo que es negarse a sí mismo. Nos falta la confianza del niño que mira al padre y le escucha pensando que su padre sabe todo y no le engaña. No debemos desconfiar de ese padre infinitamente sabio y bondadoso. ¿Cómo nos atrevemos a corregir a Dios? ¿No hay que ser como niños? Cada vez que desobedecemos nos ponemos por encima de Dios. También maltratamos a Dios en su Eucaristía, por falta de reverencia. Si nosotros creemos en su Palabra y tratamos al Señor con amor, cuidando y protegiendo que en su distribución no se haga nada indigno, entraremos triunfantes en el cielo, de lo contrario tendremos que pasar una larga purificación.

    Escuchar a Jesús es no solo aplicar el oído externo a lo que dice; es seguirle e imitarle en sus actitudes: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29); es también contemplarle para que su mensaje quede grabado en nuestro interior e incluso sea Él mismo quien hable en nuestro interior, porque le hemos dado cabida en nuestro corazón: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Jn 14,23).

    La contemplación de Jesús nos impulsa a una vida de caridad verdadera, a una caridad que no se quede en el pensamiento, sino que tenga gestos efectivos de amor, incluso con aquellos con los que nos cuesta relacionarnos. Pero, para que ese impulso pueda llevar a término esas inspiraciones del Espíritu, necesita de la gracia que recibimos en los sacramentos. Sin la participación asidua y cada vez mejor preparada y acogida de estos dones sagrados, que nos injertan en Cristo, nunca pasaremos de ser cristianos mediocres, incapaces de convencer a nadie a que siga a Jesús y le ame.

    La Eucaristía que celebramos es ocasión, por la intercesión de la Santísima Virgen, que no debemos perder para que nos ayude a quitar esas trabas, esa falta de arrepentimiento de nuestras faltas, que nos impiden avanzar y nos infunda la fuerza de amar a Dios y a nuestros hermanos efectivamente.

  • 30 Jul

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: La predicación de la Palabra de Dios es una tarea llena de satisfacciones, pero también lleva consigo exigencias que comprometen al que predica y al que escucha. Todos encaramos los mismos peligros y avistamos los grandes panoramas que se presentan ante el que se deja llevar por la mano de Dios. El compromiso es llegar a poseer el pensamiento de Cristo, dejarle entrar en nuestra vida para que seamos auténtica imagen de Jesús, al que ha confiado la misión de ser el primogénito de muchos hermanos. Así nos habla el Señor a través de la carta de san Pablo a los Romanos y por eso queremos que esta celebración nos haga avanzar en esta identificación con Jesús en su relación tanto con el Padre, cuya voluntad es su alimento, como con los hermanos, pues en el Corazón de Jesús y en el de sus verdaderos discípulos, nadie enferma, sufre ni se alegra sin que no se haga uno con él para aliviarle y compartir sus alegrías.

    Todos recordamos el relato de las 2 mujeres que disputaban ser madres del mismo hijo y el veredicto de Salomón. El Señor alaba de Salomón, prototipo de hombre sabio, no ser una enciclopedia viviente, sino haberse dirigido a Él para que le concediera discernimiento para escuchar y gobernar. El hombre de hoy tiene grandes dificultades para escuchar y discernir, porque la civilización moderna nos invade con sus ruidos y tampoco en muchos ambientes se educa a niños y adultos para vivir momentos de silencio en los que dirigirse a Dios y conocerse en sus debilidades, en los dones de Dios y en las misiones que se les confían.

    Escuchar a Dios significa silenciar tanto nuestro orgullo, que se complace en sus proyectos e ideas, como nuestro egoísmo, que busca satisfacer sus instintos y procurarse su seguridad, porque se fía más de sí mismo que de Dios. No es fácil escuchar a Dios, pues supone renuncias, pero tiene su recompensa y da paz. Descubrir la amistad de Dios, poder hablarle siempre y en toda circunstancia es un privilegio a nuestro alcance, pero no todos estamos dispuestos a darlo todo para merecer su compañía, para confiarle nuestras alegrías, penas, dudas y esperanza basada en su amor.

    Queridos hermanos: el silencio, que el Señor nos descubre como cauce para encontrarnos con Él, también está presente en el Evangelio de hoy. Quien encuentra el tesoro en el campo no lo cuenta porque se lo robarían. Cuando ha comprado el campo se alegra, pero tampoco entonces se dice que lo cuente: trata de interiorizar ese tesoro. Por su parte, el comerciante que busca solo perlas finas, ha interiorizado el tesoro por medio del silencio. Pero lo que le distingue de otro comerciante es que es capaz de darlo todo, porque sabe que esa perla fina colma plenamente sus deseos.

    Ahí nos vemos confrontados nosotros. ¿Valoramos tanto nuestra amistad con el Señor que somos capaces de darlo todo por ser amigos de Cristo? ¿Estamos dispuestos a seguirle cargados con nuestra cruz como Él? ¿Queremos contarnos entre sus amigos, pero sin seguirle en su cruz? Salomón prefirió suplicar a Dios el don del discernimiento para ejercer bien su servicio de autoridad y no le pidió riquezas ni éxitos personales. Hay una gran diferencia en encontrarse con un tesoro sin esfuerzo, aunque después no lo habría alcanzado sin el silencio del encuentro con Dios.

    Pero hay un paso más al que el Señor nos invita, queridos hermanos, porque si buscamos perlas finas, si seguimos a Cristo hasta la Cruz e imitamos su pasión, que diría san Ignacio de Antioquía, causamos una conmoción que no pasa desapercibida y arrastra a muchos indecisos. El B. benedictino Alfredo Ildefonso Schuster, cardenal-arzobispo de Milán, dijo a sus seminaristas poco antes de morir: “La gente parece que no se deja convencer por nuestra predicación, pero frente a la santidad todavía cree, se arrodilla y reza; la gente parece que vive de espaldas a las realidades sobrenaturales, indiferentes a los problemas de la salvación, mas si pasa un santo auténtico, vivo o muerto, todos acuden a su encuentro”. Al poco se confirmó la verdad de sus palabras y el carisma profético de su vida, porque a su entierro asistió una multitud, como ocurrió con otros profetas de nuestro tiempo como S. Pío de Pietrelcina o el Papa S. Juan Pablo II.

    La Eucaristía no nos puede dejar indiferentes. Si he conocido a Dios, si creo que Jesús se hace presente aquí y que me invita a seguirle, no puedo darle la espalda y si lo hago, no podré heredar la vida eterna. No basta decir Señor, Señor, para pertenecer a Cristo; es preciso cumplir lo que nos manda: seréis mis amigos si hacéis lo que yo os mando. Pero tanto en el evangelio de este domingo como en el del anterior, si damos la espalda a Cristo, ante sus hijos necesitados o con nuestra vida opuesta a los mandamientos, un día los ángeles nos separarán de los buenos y nos echarán al horno encendido. Una seria advertencia que no podemos pasar por alto para que no seamos piedra de escándalo, sino buscadores de la perla fina de la amistad con Cristo hasta la Cruz.

    Por último, queridos hermanos, hoy se celebra el aniv. del martirio de los BB. Agustín María, Anselmo Pablo, Braulio José, Oseas, Norberto José, Crisólogo, Esteban Vicente y Virginio Pedro, todos ellos religiosos de la Orden de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, más conocidos como hermanos de la Salle o lasallianos, cuyas reliquias custodiamos en nuestra basílica. Encomendémosles nuestras intenciones por mediación de Ntra. Sra. Valle. Que así sea.

  • 25 Jul

    P.Santiago Cantera

  • “Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro”, nos ha dicho San Pablo en la segunda carta a los Corintios (2Cor 4,7-15). ¿A qué tesoro se refiere? A la fe en Jesucristo que se nos ha transmitido. Un tesoro que hemos recibido en España, según una venerable tradición, gracias a la labor evangelizadora del propio San Pablo –cosa que verifica el papa San Clemente I– y de Santiago, el primero de los apóstoles en beber el cáliz del martirio que el Señor le anunció en el texto del Evangelio que se ha leído (Mt 20,20-28) y que se nos ha narrado en la lectura de los Hechos de los Apóstoles (Hch 4,33.5.12.27b-33; 12,1b). Por eso Santiago y San Pablo están representados en el mosaico de nuestra cúpula al frente de los grupos de santos y mártires españoles.

    El tesoro de la fe es el mayor que sin duda alguna podemos haber recibido, porque es la fe en el Dios verdadero y en su Hijo Jesucristo, el único Salvador para todos los hombres y para todos los pueblos. Y así, como dice San Pablo a los corintios, aunque hoy nos aprieten por todos lados, nos acosen y nos derriben, no quedamos aplastados, ni desesperados, ni abandonados, ni derrotados, porque participamos de la vida y Pasión de Jesús y también de su presencia resucitada, que nos da una fuerza inquebrantable. Por eso, porque la Iglesia en España entiende que lo más precioso para nosotros es la fe recibida, pide en la oración colecta de la Misa que, por el martirio y la intercesión de Santiago, “España se mantenga fiel a Cristo hasta el final de los tiempos”.

    ¿España y la fe en Cristo? Hoy a algunos les produce escalofrío pensar en la relación entre España y la fe en Cristo, por rechazo a ambas o a una de las dos, y lamentablemente esta confusión está presente incluso entre algunos católicos, como confusión también supone el temor a hablar del concepto de “patria” y del patriotismo. Sin embargo, San Juan Pablo II no dudó en proponer una “teología de la patria” sobre fundamentos bíblicos (Memoria e identidad, Madrid, 2005, caps. 11-15) y explicó que la patria es un patrimonio, “el conjunto de bienes que hemos recibido como herencia de nuestros antepasados”, que “incluye también valores y elementos espirituales que integran la cultura de una nación” (Memoria e identidad, 2005, p. 78). Ya San Isidoro de Sevilla, invocado en la Edad Media como “Doctor de las Españas”, explicaba que “el nombre de patria se debe a que es común a todos los que en ella han nacido” (Etimologías, lib. XIV, 5, 19).

    Asimismo, el santo papa Juan Pablo II enseñaba que el patriotismo es parte del cuarto mandamiento de la Ley de Dios y que “significa amar todo lo que es patrio: su historia, sus tradiciones, la lengua y su misma configuración geográfica. Un amor que abarca también las obras de los compatriotas y los frutos de su genio”. Frente al riesgo del nacionalismo, que quiere sólo el bien de la propia nación sin contar con los derechos de las demás, el santo Papa proponía precisamente el patriotismo, porque es un amor social ordenado, un amor a la patria que reconoce a todas las otras naciones los mismos derechos que reclama para la propia (ibid., pp. 85-88).

    Ciertamente, el verdadero patriotismo es una virtud de Ley Natural, la virtud del recto amor a la patria, según lo ha entendido siempre la moral católica, que lo hace derivar de la piedad filial, del amor a los padres, del cuarto mandamiento de la Ley de Dios. Así se expresa con claridad en el Catecismo de la Iglesia Católica, donde se dice que “el amor y el servicio de la patria forman parte del deber de gratitud y del orden de la caridad” (nº 2239).

    Como el amor a la patria es de Derecho Natural y, por lo tanto, se descubre universalmente en todos los pueblos, el siervo de Dios cardenal Van Thuan lo enseñaba y exhortaba a él en un poema del que selecciono algunos versos en los que, si queréis, podéis poner el nombre de España donde él dice Vietnam, y que tituló “Tú tienes una patria”: “Tú tienes una patria, el Vietnam; / un país tan amado, a lo largo de los siglos, / es tu arrogancia, tu alegría. […] Ama su historia gloriosa, / ama su pueblo laborioso, / ama sus heroicos defensores. […] Ayuda a tu patria con toda tu alma, / sé fiel a ella. / Defiéndela con tu cuerpo y con tu sangre, / constrúyela con tu corazón y con tu mente, / comparte la alegría de tus hermanos / y la tristeza de tu pueblo. / Un Vietnam. / Un pueblo. / Un alma. / Una cultura. / Una tradición. / Católico vietnamita, / ¡ama mil veces tu patria! / El Señor te lo enseña, la Iglesia te lo pide. / Pueda el amor de tu patria ser todo uno / como la sangre que corre en tus venas”.

    La confusión, por tanto, no está en hablar del sentido de la patria o de España en concreto como patria, ni en entender que aquello que esencialmente ha configurado la tradición hispánica es la fe en Cristo. De algún modo, usando la imagen paulina, los hitos principales de la Historia de España y gran parte de las mejores obras de nuestro arte, de nuestra literatura y de nuestro pensamiento, son las vasijas de barro en las que España ha conservado y transmitido el tesoro de la fe en Cristo.

    No dudemos, pues, en invocar hoy a Santiago como Patrón de España, como lo hiciera, entre otros muchos, Fray Luis de León, que recordaba que por la intercesión del Apóstol “son las Españas / del yugo desatadas / del bárbaro furor, y libertadas”, y “a España, a quien amaste / […] tu cuerpo le enviaste / para dar luz a donde / el sol su resplandor cubre y esconde” (Poesía a Santiago). Pidamos que Santiago, a quien ya San Beato de Liébana denominó “áurea cabeza de España, nuestro protector y patrono” (Himno O Dei Verbum), y la Virgen Santísima, Reina de los Apóstoles, a la que Alfonso X el Sabio invocó como “Santa María de España”, conduzcan de nuevo a nuestra patria y a todas las patrias de Europa a descubrir y recuperar su esencia cristiana.

  • 16 Jul

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: la Palabra de Dios, que acaba de proclamarse, es imprescindible en toda acción sacramental. Aquí cobra un valor peculiar por el cual la gracia de Cristo Salvador se hace presente y eficaz, hasta el punto de que puede recibirse fuera de la celebración sacramental y no perder su eficacia, siempre que existan un impedimento legítimo de asistir a la celebración sacramental comunitaria y una referencia voluntaria con esa celebración. La celebración comunitaria, que exige el sacramento, tiene también una riqueza que no posee la oración personal escondida, aunque esta también sea imprescindible en la vida del cristiano, cuando participa en la celebración sacramental y cuando se dirige a Dios en el silencio y la soledad.

    Las lecturas nos proclaman estas realidades con lenguaje muy claro y accesible a todos los hombres de buena voluntad, pero sin esconder esa condición innegociable que siempre late en toda relación humana: que el grado de compromiso que estemos dispuestos a aceptar en nuestra relación con nuestro Señor, condicionará el grado de eficacia de su Palabra salvadora.

    Las gráficas imágenes de la primera lectura parecen no hablar de este condicionamiento innegociable de la Palabra de Dios. Pero si acudimos al libro de la Biblia donde estas palabras se encuentran en su totalidad, sin esta reducción a unos versículos, aparece por cualquier página que se abra la Escritura. Lo grandioso de la Palabra y del amor de Dios del que nos habla la misma, es que si bien el hombre es frágil y no cesa de pecar, siempre que vuelva a Dios y se arrepienta sinceramente, en la Palabra encontrará la novedad de su acción sanadora, eficaz y portadora de salvación.

    El salmo responsorial, una oración de acción de gracias por la cosecha abundante, cobra todo su sentido aplicado a la semilla de vida eterna que Dios siembra en nuestras almas, como nos sugiere el versículo tomado del Evangelio que sirve de respuesta.

    El Evangelio, a pesar de su antigüedad, refleja las actitudes de los hombres de hoy ante la Palabra de Dios y la persona de Jesús. La semilla caída al borde del camino representa al que no le interesa comprender la Palabra, al que se deja llevar por prejuicios y no la examina con objetividad, sino con prevención o miedo a que le comprometa y tenga que renunciar a su comodidad y antojos.

    La semilla que brota en terreno pedregoso refleja la actitud de poca profundidad del que ha acogido la Palabra, pero, ante las opiniones desfavorables de los demás, teme por su prestigio o seguridad y se acomoda al pensamiento único que impone lo políticamente correcto, aun pisoteando los derechos a la vida y a la libertad religiosa supuestamente protegidos por la ley civil.

    Por último, está muy bien caracterizada y es sumamente actual el perfil que refleja la semilla que cae entre zarzas. Ahí nos retratamos todos cuando, dejándonos llevar por los impulsos sensibles y faltándonos el silencio interior, necesario para que la Palabra germine en nuestro espíritu, buscamos nerviosos ser reconocidos como persona erudita, inteligente, eficiente, elegante…; cualquier cosa menos ser dóciles a la voluntad de Dios.

    S. Pablo nos dice que todo este esfuerzo, de vivir según la senda que nos indica la Palabra viva y palpitante de Dios, no pesa nada en comparación de la gloria que un día se nos descubrirá por haber obrado conforme al plan de Dios. Hoy día hasta la creación padece, mucho más que en tiempo del apóstol, el sometimiento al imparable desorden introducido por el pecado del hombre. Si hasta la creación es sensible a nuestro pecado, ¿qué deberíamos hacer el ya reducido rebaño de católicos que queremos ser dóciles a lo que el Señor nos enseña como imprescindible para nuestra salvación?

    Precisamente ayer se conmemoraba a S. Félix, que, en la actual Túnez, ante la orden del procurador romano de arrojar al fuego los libros de la Biblia, respondió que prefería ser abrasado él antes que obedecer y por ello se le atravesó con la espada. ¿Estamos tan convencidos los cristianos de hoy, que creemos haber alcanzado la mayor clarividencia de todas las épocas en cuanto a la interpretación de la Palabra de Dios, del valor de esa Palabra? ¿Cómo puedo habitualmente encontrar un pequeño espacio de tiempo para orar y contemplar despacio algunos versículos de la Palabra de Dios? La Eucaristía es el espacio privilegiado para escuchar esta voz tan dulce que nos invita a este compromiso y a la vez es el manantial de la gracia que hace posible superar nuestras posibilidades humanas para llevarlo a término.

    Hoy se celebra la Virgen del Carmen, que ocupa una de las capillas de la nave central de nuestra basílica. En el s. XIII, la Virgen Mª, con multitud de ángeles, se apareció al general de los carmelitas con el escapulario de la Orden en sus manos y le dijo: "Tú y todos los Carmelitas tendréis el privilegio de que quien muera con él no padecerá el fuego eterno"; es la promesa de la salvación eterna para cuantos mueren revestidos con el escapulario carmelita. Quien lleva el escapulario debe procurar tener siempre presente a la Virgen e intentar obrar como Ella ("He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra") y rezar todos los días una oración mariana, al menos 3 Ave Marías, mejor siempre en el mismo momento del día para que no se nos olvide. El escapulario ha de bendecirlo un sacerdote, aunque solo es necesario que lo imponga la primera vez. Por último, con motivo del 59 aniversario de la fundación de esta abadía, que D.m. se cumplirá mañana, encomiendo a vuestra oración las intenciones de la misma y en especial sus vocaciones. Que así sea

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