• 30 Jun

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos en el Señor: Celebramos en esta Eucaristía el amor de Dios a los hombres que en Jesucristo nos llama a su seguimiento, a imitarle a Él, quien tomó nuestra carne mortal para hacernos partícipes de su naturaleza divina. La invitación a imitarle se dirige a los que quieren tener parte en su herencia eterna, en la comunión en su vida divina. Ahora bien, si queremos gozar de tan gran prerrogativa no podemos exigir ser eximidos de pasar por donde Él ha pasado. “No es más el discípulo que el maestro” (Lc 6,40; cf.Jn 13,16). Él es nuestro maestro y Señor, con esos títulos le llamaban sus apóstoles y discípulos. Él confirmó que eso era correcto (Jn 13,13). Pues si Jesucristo es nuestro Maestro y Señor no debemos rehuir seguir su camino de cruz para poder participar en su gloria.

    La primera lectura de hoy nos cuenta la historia de la sucesión del profeta Elías que deja como continuador de su ministerio a Eliseo. A través de un gesto muy significativo echándole su propio manto sobre los hombros comprendió Eliseo que debía continuar la estela profética de Elías y también que si su predecesor había sido perseguido y había tenido que huir al desierto por ser mensajero de la Verdad de Dios ante los hombres, a él no se le iban a ahorrar los padecimientos de ser fiel a su vocación. Antes de emprender su iniciación sirviendo a Elías, para después sucederle, se despide de su familia con una comida en la que se despoja de todas sus pequeñas pertenencias.

    El evangelio de Lucas desarrolla una enseñanza peculiar de Jesús. Jesús va de camino a Jerusalén donde va a sufrir la muerte ignominiosa de la Cruz. Cuando se presentan personas dispuestas seguirle Jesús habla de seguimiento, ese seguimiento supone incorporarse a itinerario de muerte en la Cruz, que tendría lugar en Jerusalén. Y además hay un contraste con la decisión de Eliseo. A él se le permite ir a casa a despedirse de su familia. En cambio a los seguidores de Jesús se les niega cumplimentar ese deber humano tan fundamental. La clave para entender tal negación es la urgencia inaplazable de los tiempos mesiánicos, de la instauración del Reino de Dios que recordamos a cada paso en el Padrenuestro y en la Eucaristía al decir: “Ven, Señor Jesús”. Pero tenemos una esperanza esclerotizada del Reino y por eso no nos dice nada. Para Jesús en cambio es una tarea inaplazable y por eso ciertos deberes humanos pasan a segundo lugar. Esto no quiere decir que la caridad con el prójimo sea algo secundario. San Pablo nos ha recordado hoy una enseñanza fundamental del Evangelio: “Sed esclavos unos de otros por amor” (Gál 5,13). El punto importante en esta enseñanza es que nos debemos ocupar ante todo de la tarea de predicar el Reino y los destinados ministerialmente a esa tarea misional deben urgir constantemente a la conversión, pero también debemos ocuparnos todos y cada uno en la propia conversión poniendo esta tarea por encima de todos los demás deberes, los cuales han de ser dejados para otro momento posterior.

    Y aquí es donde está nuestro pecado. Que no escuchamos este mensaje de urgencia. Que vivimos apoltronados en nuestras discusiones políticas, ocupados en nuestras comodidades cada vez más complejas, enquistados en nuestras apetencias sensuales que nos desvían de nuestro camino de santificación y nos instalan en el pecado sin salir de él. De nuevo recuerdo lo que acabamos de escuchar: “Caminad según el Espíritu y no realizaréis los deseos de la carne”. No escuchamos a Jesús que murió por nosotros en la Cruz. Antes Él era nuestro cimiento y piedra angular, pero ahora su pueblo es obstinado y quiere elegir él sus cimientos, y son materiales vanos y de poca consistencia hasta el punto que nunca podrá edificar sin la ayuda de su Señor.

    Ufanos y alegres disfrutamos de fiestas que provocan al Señor, que provocan la Ira de Dios, pero seguimos con nuestras fiestas y construcciones vacías y sin consistencia. ¿Hasta cuándo tendrá que aguardar el Señor nuestra vuelta a Él? Vamos por senderos que no conducen a ninguna parte, salvo al infierno; y en el fondo lo sabemos, pero no nos atrevemos a incomodar y a ser impopulares, pues sabemos que Jesús dijo bien claro que el sarmiento que no está unido a Él y en Él no da fruto lo corta el viñador y lo arroja al fuego eterno (Jn 15,6). El que se separa del que es la Vida se queda en la muerte, una muerte en vida, pues pensamos que estamos vivos, pero si el alma muere todo nuestro ser está muerto, y aún así cantamos, bailamos y reímos, pero estamos muertos porque hemos alejado la vida de nosotros.

    Dejemos que el Señor nos hable con rigor: el médico sabe utilizar el bisturí para sanar, para salvar y se lo permitimos, porque queremos salvar nuestras vidas; a Él que es nuestro Redentor, a nuestro Salvador, no le dejamos que nos hable con rigor para salvar algo más más grande que nuestra vida: nuestra alma.

    No seamos hijos rebeldes, que se nos acaban los día de nuestra vida sin darnos cuenta, que este mundo pasa; ya lo ha intentado todo nuestro Salvador y ha vertido demasiado sufrimiento en nuestras vidas. No creamos que todo va continuar con normalidad, pues si fuésemos mínimamente perspicaces percibiríamos la revuelta social que se está fraguando, no estaríamos tan ajenos a la realidad que nos circunda, pero hasta hemos perdido el sentido de la realidad: El príncipe de este mundo, el enemigo de nuestra lama anda rondando a quién devorar y nosotros sin enterarnos.

    Nos prometemos que siempre seremos felices cuando parece que todo sale según nuestro gusto, y deberíamos llorar si nuestra alma no está verdaderamente unida al Señor. Si viéramos con los ojos de Dios un alma en pecado mortal sentiríamos tal horror que iríamos rápidamente a confesar todos nuestros pecados y no querríamos jamás pecar, pues no podemos ni siquiera imaginar la putrefacción, el hedor, el corrompimiento infernal que habita en un alma en pecado mortal. Los cuerpos maravillosos que albergan almas hediondas ahora ríen y se divierten, pero ¿de qué les va a servir esa belleza efímera? Tengamos compasión de lo que eso supone para la vista del que ha derramado su Sangre por nosotros. Estemos o no en pecado mortal nadie debe consentir que vivan tantos hermanos nuestros en la ceguera. Las entrañas del Señor se conmueven y su Corazón sangra de dolor ante el futuro de esas almas: el infierno. No, hermanos, acudamos al Corazón de Jesús que hace un siglo fue testigo de cómo un rey, Alfonso XIII, que sin embargo no era moralmente ejemplar, cumplió el deseo del Señor de consagrar el país al Sagrado Corazón de Jesús a pesar de las amenazas de la masonería, que se cumplieron al obligarle a abandonar el país. Pero Dios le pagaría con creces, como al buen ladrón, ese testimonio público de amor. Bebamos del Agua pura de Su Santo Espíritu, lavemos nuestra alma en la preciosa Sangre del Señor por medio del sacramento de la penitencia.

    Se acaba la representación de este mundo, Dios no puede mirar a otro lado ante tanta burla que se hace de sus leyes más sagradas y no pueden seguir las cosas como si nada pasara. Hemos de preparar nuestra alma para su llegada de Amor y de Justicia. No podemos dejar para mañana nuestra conversión. Si Jesús nos habló de la urgencia de la conversión, sus palabras ante la situación de desolación moral en que nos encontramos deben ser para nosotros gritos angustiosos y, a la vez, llenos de cariño porque quiere nuestra salvación. Hemos de ser felices en el amor de Dios, sí, es totalmente cierto, pero si no avisamos a nuestros hermanos es que no conocemos al Señor ni su Evangelio, y entonces, ¿qué nos dirá? (Mt 25,12).

    A Él ya lo tuvieron por loco, y nosotros, ¿a quién seguimos? Hoy en estos momentos más o menos, cuando en el Cerro de los Ángeles se está consagrando a España al Sagrado Corazón nosotros también tenemos ocasión de mostrar al Señor nuestro Amor y de prometerle que no queremos seguir a los que nos prometen la felicidad en este mundo, sino a Él; que no queremos seguir clavados en este mundo, sino agarrarnos a su Cruz, que queremos amar nuestra cruz, la que nos ha tocado de nuestras enfermedades y limitaciones, de nuestra familia y la época en que vivimos, que no es maravillosa, pero es la que Dios ha querido fuera la nuestra. Digámosle que no queremos huir de la Cruz, del dolor, que creemos que sus heridas nos han curado y creemos que también LAS NUESTRAS PUEDEN A AYUDAR A OTROS A QUE SE CUREN Y NO SE ALEJEN DE ÉL. De dos a cinco estará en la capilla del Santísimo expuesto el Señor para que le adoremos, nos reconciliemos con Él y nos injerte en la comunión con Él que quizás estaba debilitada o casi perdida. Si nosotros manifestamos nuestra fe, el Señor manifestará su Gloria y su poder.

  • 9 Jun

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    El nombre de Pentecostés, la solemnidad que hoy celebramos, hace referencia a los cincuenta días después de la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, pues fue al cabo de ese tiempo cuando, estando reunidos los Apóstoles, el Espíritu Santo descendió sobre ellos para infundirles luz y fuerza. De este modo, vencido su miedo anterior, se vieron reconfortados y salieron enardecidos a anunciar el Evangelio a todo el mundo, como se ha leído en los Hechos de los Apóstoles (Hch 2,1-11). Es el Espíritu Santo quien guía, alienta, vivifica y santifica la Iglesia después de la Ascensión del Señor a los Cielos, según San Pablo nos ha explicado en la primera carta a los Corintios al hablar de la diversidad de dones, servicios, funciones y carismas que Él suscita (1Cor 12,3b-7.12-13).

    Como profesamos al rezar el Credo, el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. Y Él es igualmente enviado por el Padre y por el Hijo para vivificar la Iglesia y para dar vida espiritual en nuestras almas. Es el Amor que une al Padre y al Hijo y es el Don, el regalo que ellos nos hacen, que nos dan, para que nos llene de vida y de santidad. Es el Fuego que enciende nuestras almas en el amor de Dios para conducirnos hasta el Cielo. Es el Paráclito, el Abogado, el Defensor que Jesús nos ha prometido al volver Él junto al Padre: “el Paráclito, el Espíritu Santo que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho” (Jn 14,26).

    Necesitamos acudir a este “dulce huésped del alma” que es el Espíritu Santo, según lo hemos invocado en la secuencia antes del aleluya. Tristemente, pocos cristianos son conscientes de esta verdad sublime: la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, habitan en nuestra alma si permanecemos en gracia de Dios, sin pecado mortal. El Espíritu Santo se hospeda en nuestra alma y con Él juntamente también el Padre y el Hijo, según lo anunció Jesús: “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23). Esta maravilla es la “inhabitación trinitaria en el alma”, fuente inagotable de vida interior, de vida en Dios, de vida inmersa en la misma vida de Dios. El Espíritu Santo nos quiere introducir en la más íntimo y profundo de la vida de Dios, en la vida de amor existente entre las tres divinas personas de la Santísima Trinidad, pues el Espíritu Santo es el Amor del Padre y del Hijo.

    Debemos pedir al Espíritu Santo que nos inunde con sus siete dones, concedidos para que seamos dóciles a sus propias inspiraciones para elevarnos hasta Dios y asemejarnos a Él. Son disposiciones permanentes que nos hacen dóciles para seguir los divinos impulsos del Espíritu Santo. Como el Catecismo nos recuerda, son los dones de sabiduría, inteligencia o entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Y junto a estos siete dones, no olvidemos los doce frutos del Espíritu Santo, que son primicias de la vida eterna: caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad o perseverancia, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia y castidad.

    En consecuencia, San Juan de la Cruz ofrece una comparación bellísima en el Cántico espiritual cuando emplea la imagen del austro o ábrego, el viento apacible que trae lluvias y hace germinar la vegetación y abrir las flores, para referirla a la acción del Espíritu Santo en el alma enamorada de Cristo, y dice así que, “cuando este divino aire embiste en el alma, de tal manera la inflama toda, y la regala y aviva, y recuerda la voluntad y levanta los apetitos, que antes estaban caídos y dormidos en el amor de Dios, que se puede bien decir que recuerda los amores de él y de ella”, aspirando por el huerto del alma para producir su perfeccionamiento en las virtudes (canción XVII).

    El Espíritu Santo suscita la santidad de la Iglesia y hace realidad lo que se celebra en los sacramentos y que éstos sean eficaces para nuestras almas. Así, cuando en la Santa Misa que estamos celebrando tenga lugar la consagración, Él va a descender sobre las especies del pan y del vino para que se transformen realmente en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo. Y si recibimos la Comunión en las debidas condiciones, hallándonos en estado de gracia sin pecado mortal, Él hará que fructifique en nosotros este alimento espiritual, haciendo que, como decía San Agustín, nos transformemos en Jesucristo.

    Hay situaciones muy adecuadas para pedir la luz y la fuerza al Espíritu Santo. Por ejemplo: cuando un sacerdote se dispone a confesar, cuando una persona debe dar un consejo, cuando tenemos un problema que no sabemos cómo resolver, cuando vamos a estudiar o a redactar algo, cuando nos asalta una tentación, etc.

    En fin, que María Santísima, que estaba presente con los Apóstoles el día de Pentecostés, nos ayude a conocer mejor al Espíritu Santo para avanzar en nuestra vida espiritual y penetrar en las honduras del misterio de Dios.

  • 4 Jun

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos concelebrantes y monjes de las comunidades de Santa María de El Parral, Santa María de El Paular y Santa Cruz del Valle de los Caídos; hermanos todos en el Señor:

    Celebramos hoy los LIX años de la Dedicación y Consagración de esta Basílica por el Cardenal Gaetano Cicognani como representante del papa San Juan XXIII, después de haber conmemorado los LX años de la fundación de nuestra Abadía en julio de 2018 y de la inauguración oficial del Valle de los Caídos el pasado mes de abril.

    Los nombres del Venerable Pío XII y de San Juan XXIII han quedado permanentemente vinculados a este santo lugar del Valle de los Caídos, en virtud de los documentos con los que el primero erigió de inmediato este monasterio de la Santa Cruz en Abadía –caso único en el siglo XX– y el segundo concedió el rango de Basílica menor a esta iglesia abacial. Desde ese punto de partida, la Basílica, la Abadía y todo el conjunto del Valle de los Caídos quedan amparados por el Derecho Pontificio.

    Cabría recordar incluso, como dato anecdótico y curioso, pero a la par como un dato histórico y de un valor canónico singular, que el Cardenal Cicognani realizó la aspersión ritual de la Basílica rodeando todo el Risco de la Nava en coche y haciéndola desde él, de tal modo que todo el conjunto comprendido en la montaña realza su carácter sacro y el conjunto basilical engloba las sepulturas de los caídos de uno y de otro bando que hoy reposan juntos bajo los brazos de la Cruz, que son los brazos del perdón y del amor, los brazos en los que Cristo nos alcanzó la reconciliación con el Padre celestial y desde los cuales nos invitó a la reconciliación entre los hombres, tal como hizo cuando pidió a su Padre que perdonase a sus verdugos, pues no sabían lo que hacían (Lc 23,34).

    Ésa es una de las misiones fundamentales de la presencia benedictina en este sagrado lugar: orar por la paz en España y por las almas de todos los caídos sepultados en el Valle de los Caídos y en otros lugares de España, tanto del bando nacional como del bando republicano, sin distinción. Que los muertos descansen en paz y quiera Dios que los vivos podamos también vivir en paz.

    Entre ellos, esta Basílica se enriquece espiritualmente de un modo especial porque alberga los restos de numerosos mártires por la fe, que murieron por amor a Cristo y perdonando a sus verdugos, y de los cuales son ya 55 los que han alcanzado el honor de los altares en sucesivas beatificaciones bajo los pontificados de San Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco, además de 6 Siervos de Dios actualmente en proceso de beatificación y de otros cuyos procesos se abrirán. Entre ellos hay hombres y mujeres y pertenecen a todos los estados de la vida cristiana: seglares, sacerdotes, religiosos y religiosas, siendo el más joven un laico valenciano de 19 años, Rafael Lluch, detenido tan sólo por ser miembro de la Asociación de la Medalla Milagrosa y porque portaba una estampa de la Virgen de los Desamparados en el bolsillo, y que se despidió de su madre diciéndole: “No llores, Mamá; quiero que estés contenta, porque tu hijo es muy feliz. Voy a dar la vida por nuestro Dios. En el Cielo te espero”.

    Junto a todas sus reliquias y a las de otros santos que se pueden venerar en este sagrado lugar y las que encuentran en los diversos altares, ¿cómo no recordar el Lignum Crucis, la reliquia de la Santa Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, que San Juan XXIII regaló a nuestra Basílica justamente con motivo de la Consagración y Dedicación de la misma?

    Quisiera tener también un recuerdo muy especial a quien hoy habría cumplido 88 años y el Señor quiso llevarse el día de Navidad del pasado año: nuestro P. Laurentino, cuyo nombre quedará siempre unido a nuestra Abadía, a nuestra Escolanía y a la promoción del canto gregoriano desde el Valle de los Caídos en toda España. Que Santa María, Virgen y Madre, de la que siempre fue devoto rezador del Rosario, le haya alcanzado de Dios la gloria eterna.

    Y al mencionar a María, terminaré recogiendo las palabras que a Ella dedicó San Juan XXIII en su mensaje con motivo de la Consagración y Dedicación de esta Basílica: “Nuestra súplica confiada va en estos momentos a la Virgen Santísima, venerada con tanta devoción en España, la que en sus más significativas advocaciones tiene puesto de honor en ese Santuario y a la que pedimos cobije bajo su manto las almas de cuantos en él duermen fraternamente unidos su último sueño”.

    Que así sea y Ella nos bendiga a los monjes de El Parral, de El Paular y del Valle, hermanados en los Nombres de Jesús y de María y en el seguimiento de San Jerónimo y de San Benito.

  • 2 Jun

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    La Ascensión del Señor a los cielos, al igual que su Resurrección, es un hecho real y verdadero, no algo imaginario nacido de la sugestión de los Apóstoles. En los Hechos de los Apóstoles se ha dicho que ellos “lo vieron levantarse hasta que una nube se lo quitó de la vista” (Hch 1,9-11). Y San Lucas, el mismo autor del libro de los Hechos, nos dice en su Evangelio que, mientras los bendecía, “se separó de ellos subiendo hacia el cielo” (Lc 24,46-53). La Ascensión del Señor, por tanto, es una verdad que debemos creer y por eso la afirmaremos al rezar el Credo.

    El domingo próximo celebraremos la fiesta de Pentecostés, la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles para dar luz y fuerza a la Iglesia naciente. La Ascensión hace efectiva la promesa de Jesús de enviarnos al Espíritu Santo como Paráclito, como Abogado y Consolador que iluminará y dará fuerza a la Iglesia para predicar el Evangelio.

    Además, la Ascensión del Señor nos hace presente la promesa del Cielo. Jesucristo nos ha abierto el camino a la gloria eterna, nos ha reconciliado con el Padre y nos ha alcanzado de Él el don inmenso de la filiación divina, de ser hechos hijos adoptivos de Dios, don que se nos da por medio del Espíritu Santo. Por la vida de la gracia, entramos a participar ya de la misma naturaleza de Dios (2Pe 1,3-4) y de la vida de la Santísima Trinidad, vida de amor entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo. Asimismo, el cuerpo resucitado de Jesús nos muestra el estado glorioso al que nuestro cuerpo está llamado también cuando tenga lugar la resurrección de la carne al final de los tiempos, algo que no sólo la fe nos enseña, sino que además la realidad metafísica de la persona humana exige, como enseña la filosofía perenne iluminada por la fe.

    Esta vida nueva de la gracia a la que estamos llamados como hijos adoptivos de Dios, vida en Dios con Cristo por el Espíritu Santo, vida que es anticipo de la gloria celestial, es y ha de ser vida de santidad, de conocimiento y amor de Dios, de identificación total con Cristo, verdadero Hijo de Dios y modelo perfecto para el hombre. Es y ha de ser una vida de crecimiento en la virtud, una vida de santidad.

    Hermanos: ¡estamos llamados a ser santos! No necesariamente santos conocidos a perpetuidad por los hombres, sino santos a los ojos de Dios e irradiando también la luz y el amor de Dios a los hombres por medio de una vida santa. El ideal cristiano es el ideal de la santidad, del hombre regenerado en Cristo por el Espíritu Santo, del hombre que aspira al Cielo y santifica las realidades de la tierra durante su peregrinación en ella.

    ¡Ser santos! ¡Santos porque Dios es Santo, porque Él es tres veces Santo: Santo el Padre, Santo el Hijo y Santo el Espíritu! ¡Santísima Trinidad en cuya vida santa hemos de penetrar y bucear! ¿Cómo? Por medio de la vida de la gracia, que se nos otorga de modo ordinario a través de los Sacramentos, de la oración y de las buenas obras.

    Hermanos: parece que algunos creen que las iglesias y los seminarios se van a llenar a través de una propuesta ecologista, pacifista y de sincretismo con otras religiones. Pero eso jamás llenará las iglesias y los seminarios; bien al contrario, se vaciarán, como ya se han vaciado con proyectos más o menos semejantes. Las iglesias y los seminarios se llenan cuando a los jóvenes se les hace una propuesta de vida de santidad, de búsqueda de Dios, de seguimiento e imitación de Cristo, de visión sobrenatural de las cosas, de vida interior, de celo por la salvación de las almas y por la difusión del Evangelio a todos los pueblos. ¡No necesitamos del lenguaje mundano para llenar las iglesias y los seminarios, sino hablar de Dios! El hombre, aunque no sea consciente de primeras, tiene sed de lo absoluto, tiene sed de Dios.

    Jesucristo, por tanto, nos ofrece al agua que salta hasta la vida eterna, el agua de salvación que sacie nuestra sed de infinito (Jn 4,13-14). Sólo Él puede traernos la salvación y por eso debe reinar en nuestros corazones y en la vida misma de las sociedades humanas (Pío XI, Quas primas, 8 y 9). En este mes de junio, adoramos especialmente el Sagrado Corazón de Jesús, símbolo que expresa el misterio del Verbo encarnado y el amor redentor de Dios por el hombre. Por eso, como dijo Pío XII, en el Corazón de nuestro Salvador se descubre, “en cierto modo, la síntesis de todo el misterio de nuestra Redención” (Haurietis aquas, 24).

    Y este año 2019 conmemoramos el centenario de la Consagración de España al Sagrado Corazón en el Cerro de los Ángeles, erigido con un deseo singular de dar cumplimiento a la promesa hecha por el Corazón de Jesús al Beato Bernardo de Hoyos en 1733: “Reinaré en España y con mayor devoción que en otras partes”. Promesa que, dicha en aquel momento, se extiende a todo el mundo hispánico. Además, este año 2019 se conmemora el ingreso de Santa Maravillas de Jesús en el Carmelo de El Escorial, donde Nuestro Señor le mostró la imagen del Cerro de los Ángeles y le pidió que fundara en él un convento y le hizo una promesa, con las siguientes palabras llenas de un sentido de reparación y desagravio y de esperanza para nuestra Patria: “Aquí quiero que tú y estas otras almas escogidas de mi Corazón me hagáis una casa donde tenga Yo mis delicias. Mi Corazón necesita ser consolado, y este Carmelo quiero sea el bálsamo que cure las heridas que me abren los pecadores. España se salvará por la oración”.

    Que el Inmaculado Corazón de María, que contempló la Ascensión de su divino Hijo a los Cielos, nos alcance la luz y la fuerza del Espíritu Santo para amar con el amor del Corazón de Jesús y para alcanzar la gloria eterna.

  • 6 May

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos: Celebrar la solemnidad de Nuestra Señora del Valle es algo que nos compromete a mucho. Celebrar con verdad que la Bienaventurada Virgen María es Nuestra Señora no puede ser un título vacío en nuestros labios, pues sería una burla. No podemos pasar por alto llamar Señora Nuestra a la Santísima Virgen María y no esforzarnos en vivir como hijos. Si le pedimos en el himno de Vísperas que se manifieste como nuestra Madre, Ella tendrá en justa reciprocidad su derecho a pedirnos a nosotros que manifestemos que somos sus hijos.

    María santísima no es solo Señora, es tan cercana a nosotros que debemos tenerla por modelo sin que esto sea una vana pretensión. Es un deber de hijos. Tenemos que vivir en una sana tensión de auparnos a imitar al modelo, aunque sabemos que siempre existirá el contraste de una altura infranqueable. Pero lo que no se debe perder es la relación de analogía, una aspiración altruista que se convierta en alabanza para el modelo y un estímulo y confianza en los pobres hijos que quieren agradar a su Madre celestial, para, en definitiva, agradar a Dios que nos ha conferido el rico legado de su maternidad en la Cruz, con el fin de que en todo busquemos vivir en la Voluntad de Dios, como Ella.

    Nuestra Madre no solo hacía la Voluntad de Dios, sino que siempre ha vivido en la Voluntad de Dios. En la Voluntad de Dios ha establecido su morada. Toda la vida de María se desenvuelve en la Voluntad de Dios: “Hágase en mí, según tu palabra”. Vivir en la Voluntad de Dios es mucho más que el mero cumplimiento externo de lo mandado. Es introducirse en el corazón divino, sentir al unísono con Él, no como algo independiente, no como quien tiene que aceptar unos mandatos costosos y extraños al que obedece. Quien hace la opción de vivir en la Voluntad de Dios no le ha de ser desagradable el Querer de Dios, porque ya lo ha hecho su vida. Se agarra al Querer divino de modo semejante a nuestra sujeción al instinto de supervivencia, que es el más fuerte en nuestro ser. Pero esto es solo una muy imperfecta comparación. La Voluntad de Dios para la Bienaventurada Virgen, nuestra Madre es su misma vida, es el descanso y anhelo vital de su ser. La razón de ser de esta hija por excelencia de Dios Padre es la Voluntad de Aquél mismo que la ha dotado de una gracia tan singular, que es inigualable. Nadie la puede igualar en su vivir establecida en la Voluntad de Dios, y sin embargo debemos aspirar a asemejarnos en su vivencia de la unión íntima con el Querer de Dios.

    ¿Qué podemos hacer nosotros para llegar a mostrarnos como hijos de tal Madre? Empecemos por invocarla con constancia y con amor con palabras salidas del corazón del mismo Hijo de Dios e Hijo de María, que se digna poner en nuestro pequeño e incluso mezquino corazón, pero tan querido de su Corazón misericordioso: Oh María, sin pecado concebida, digna Madre del Redentor, Obra Maestra de la Gracia, hija humildísima del Padre, Reina del cielo, Madre adorada del Redentor, Flor del paraíso, ruega por nosotros. Y esto digámoslo desde el silencio de nuestro corazón. Ella es Madre, Madre del Redentor y Madre de todos los hombres por la Misericordia de Dios. Contemplemos su pureza, su humildad y su obediencia al Padre, su docilidad al Espíritu Santo. Ella es la Obra Maestra de la Gracia por su ‘sí’ a los planes de Dios en su vida. Su vida era una sola cosa con la Voluntad de Dios y por eso es la Reina de la Creación, pues Dios quiere que su Voluntad se haga aquí en la tierra como en el cielo. En el cielo está junto al Padre y al Salvador, junto a Dios Espíritu Santo, que la colmó de Gracia y de Bendición. Digámosle muchas veces desde lo más hondo del corazón con el Ave María y otras plegarias: ‘Ruega por nosotros’. La intercesión de la Madre de Dios es poderosa ante Dios, y como Buena Madre sabe hablar a su Hijo de las necesidades de nuestro corazón para nuestra salvación. Aprendamos a amar a la Madre de nuestro Redentor, hermanos, que ha sido su propio Hijo quien nos dio a su Madre en el mismo suplicio de la Cruz: fue el último regalo de un Moribundo a un mundo que no le escucha y se ha alejado de Su Amor. Escuchémosle nosotros que somos hijos de su Pasión, y llevemos a nuestra Madre, como Juan, a la casa de nuestro corazón. Dejémosla que Ella nos lleve al regazo de nuestro Redentor que es todo Amor, a la obediencia al Padre, a vivir como Ella en esa obra de gracia que es la docilidad del Espíritu de Dios. Sí, hermanos, en este día de Nuestra Señora del Valle, en el momento culminante de la Eucaristía el Señor nos dice a cada uno: ahí tienes a tu Madre, recíbela con amor.

  • 5 May

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos en el Señor: En el tiempo pascual Jesús se aparece a sus apóstoles y discípulos para confirmarlos en la fe y para confiarles la misión de anunciar el Evangelio con testimonio de palabra y de vida. Tal como Él lo hizo, sus seguidores caminarán tras sus huellas que conducen al calvario. La misión que se ha proclamado en el Evangelio la vemos realizada históricamente en el testimonio escrito en los Hechos de los Apóstoles. Hemos escuchado que los Apóstoles dieron testimonio valiente ante el sanedrín jugándose la vida por decir la verdad. Para nosotros esto supone una confirmación de nuestra fe: sin la fuerza que viene de Dios no serían capaces de hablar con esa valentía. Luego Jesús esta vivo, ha resucitado. Pero la armonía de las Escrituras no se detiene ahí. La lectura del libro del Apocalipsis refleja algo de las celebraciones litúrgicas de las primeras comunidades cristianas, a la vez que establece una relación entre la liturgia terrestre y la celeste. Nuestras celebraciones se suman a estos acordes del testimonio de que Jesús es nuestro Salvador, es el Cordero degollado, digno de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor la gloria y la alabanza. Nosotros también nos postramos y adoramos como se hace en el cielo. Y pedimos la fuerza para ser testigos de Cristo hasta el derramamiento de la sangre, si el Señor nos eligiera para esa misión.

    Si los 10 mandamientos se pueden resumir en dos palabras: el amor a Dios y al prójimo, sorprende que Jesús supere esta concisión. La última palabra que hemos escuchado resume todo el mensaje que Jesús nos ha transmitido: SÍGUEME. La vida cristiana no consiste en una doctrina: no es la nuestra una religión del libro. Nuestra religión se puede decir que consiste en seguir a Jesús. Es la palabra clave que pronuncia Jesús en todo llamamiento. Solo Él tiene poder para llamar con verdad de esta forma, y en boca de cualquier otra persona sería una pretensión vacía de contenido.

    En el Evangelio emerge la figura de Jesús en una continuidad de su enseñanza sin fisuras tanto en los comienzos de su misión como en su culminación, ya en cuerpo glorioso. Pero después de su resurrección, si cabe, acentúa la conexión de su seguimiento con la cruz. No se refiere sólo a la cruz como conclusión de una misión, sino sobre todo a la cruz de cada día, la que en algunos de sus seguidores se culmina en una imitación de su muerte cruenta en cruz, como lo fueron dos de sus apóstoles, los hermanos de sangre Pedro y Andrés.

    El discípulo de Jesús ha de recoger toda su enseñanza y conservarla viva en su corazón sin disminuir aquellos aspectos que se hacen difíciles de aceptar a nuestra naturaleza caída. La enseñanza del Señor no se limita a la materialidad de la Escritura. El Señor advirtió a los Apóstoles que no podían cargar con toda su enseñanza, que el Espíritu Santo iría recordando y revelándoles todos los desarrollos que estaban contenidos en su palabra como en germen. De hecho tantas personas a lo largo de la historia e incluso hoy día no conocerán las enseñanzas contenidas en la Biblia y no pocos de las que las leen no son capaces de conocerla en profundidad. Dios ha previsto el hablar a través de la naturaleza y de la conciencia de todo hombre. Su providencia amorosa no lo ha abandonado todo a la fortuna de que tuviésemos buenos maestros desde nuestra infancia. Afortunados son aquellos que se han visto rodeados de buenos e íntegros preceptores que les han guiado con mano firme y bondadosa a la vez por el camino del bien íntegro. Esta circunstancia es muy rara en la vida, pese a lo que nos imaginamos a veces los que hemos nacido en una buena familia cristiana. Pero en esa misma familia hay carencias o desviaciones parciales en la transmisión de la enseñanza que nos ha traído el Señor. El Señor ha de proveer continuamente a que nos llegue su luz por todos los medios posibles. Abramos nuestro corazón, dejémonos enseñarnos por los humildes mensajeros que nos envía.

    El papa emérito Benedicto recientemente ha recordado lo importante que es la revelación a través de la naturaleza en materia moral. Y cómo “entre las libertades por las que la Revolución de 1968 peleó estaba la libertad sexual total, de tal manera que ya no tuviera normas. La voluntad de usar la violencia, que caracterizó esos años, está fuertemente relacionada con este colapso mental. De hecho, las películas sexuales ya no se permitían en los aviones, porque podían generar violencia en la pequeña comunidad de pasajeros. Y dado que los excesos en la vestimenta también provocaban agresiones, los directores de los colegios hicieron varios intentos para introducir una vestimenta escolar que facilitara un clima para el aprendizaje. Parte de la fisionomía de la Revolución del 68 fue que la pedofilia también se diagnosticó como permitida y apropiada” . Lo que la Biblia no dice expresamente hasta las compañías aéreas imponen unas normas morales deducidas de la observación de la conducta humana alterada por ver películas pornográficas. Cuántas veces se ha oído que la Iglesia debe escuchar y seguir lo que dice el mundo, y hasta se alude a los principios de la revolución del 68. ¡Qué ceguera entre los miembros de la propia Iglesia: mientras las compañías aéreas perciben los efectos nocivos de la revolución y obran en consecuencia, todavía hay miembros de la Iglesia que aplauden sus principios!

    “El cielo y la tierra pasarán, más Mis Palabras no pasarán”, nos dice el Señor. No pasarán nunca, son más estables que el cielo. Sus palabras están escritas en nuestros corazones de piedra por el mismo Alfarero que nos creó; están escritas sus Leyes en nuestro corazón: allí las puso Dios, para que sean nuestro alimento día y noche; meditémoslas en el silencio de nuestro corazón, hermanos, y no nos cansemos de orar y pensar en ellas, porque allí está nuestra salvación: en la obediencia a sus Mandatos.

    Sí, hermanos, hoy hemos escuchado sus Palabras aquí convocados por Él a esta Eucaristía, pero también ha puesto sus Leyes en nuestro corazón; son el camino del amor y de la salvación de nuestra alma: apliquémonos a aprenderlas, digámoslas en nuestro corazón, saboreemos cada Palabra, cada Mandato, dejemos que nuestra alma se sacie de ellas y llevémoslas a la práctica en nuestra vida, para que un día nuestros ojos ojos vean la Luz y nuestra alma la Salvación. No nos arrepentiremos de obedecer sus Palabras, las que hoy nos dirige, nosotros que somos hijos del Alma de un Padre que vela por nosotros, porque en ello va nuestra salvación y el camino de nuestra vida.

    Sus Mandatos, tienen que ser para nosotros como miel en nuestra boca, dulces al paladar, rocío para nuestras almas secas de tanto caminar por este valle de desolación en el que hemos convertido este mundo. Pero hoy nos dice nuestro Redentor con esa intimidad que se dirigía a Pedro: ¿me amas? A nosotros también nos dice: hijo de Mi Alma, ven, ven a Mi Santo Corazón, y repasa, aprende, medita y lee Mis Mandatos y saborearás junto a Mí lo que es Amor, lo que es Verdad y Justicia, lo que es Caridad, el Bien y el Amor, la Paz en tu alma. No desoigas Mis consejos y ponte a caminar, obedece a tu Señor y, aquel día cuando estés ante Mí, te alegrarás con un gozo nuevo que aún, hijo, no conoces.

    Obedezcamos sus Palabras y reparemos, con nuestra obediencia, su dolor: el dolor de su Santo Corazón, porque este mundo no le escucha y no obedece sus Mandatos de Amor. El camino de este mundo es la perdición porque se ha separado de su Santo Amor. El que no obedece sus Leyes de Amor, se separa de su Amor; y la desobediencia al Amor es el camino de la perdición. Esta Eucaristía tiene que ser para nosotros un punto de partida de ver las cosas desde la perspectiva del Corazón de Cristo de vivir en el Amor de Cristo en la fidelidad a su Amor, con el arrepentimiento sincero de todo aquello con que le ofendemos cada uno y el trabajo espiritual y apostólico para lograr la vuelta de los que se han convertido en enemigos de la Cruz de Cristo (Flp 3,18-19).

  • 21 Apr

    P. D. Anselmo Álvarez

  • "Nosotros que hemos vivido los días de la pasión del Señor..." (Liturgia de la Vigilia pascual), hemos escuchado también, con las santas mujeres y con los apóstoles, que el Señor vive, y con ellos hemos entendido las Escrituras: "que Él había de resucitar de entre los muertos" (Jn 20, 9) para nuestra justificación.

    Estamos culminando la celebración del misterio pascual:

    El Jueves Santo hemos contemplado a Cristo ofrecerse sobre la mesa de la Eucaristía en comida y bebida, en cuerpo y sangre, para la vida del mundo. El Viernes, sobre la mesa de la Cruz, Jesús ha extendido su cuerpo y vertido su sangre como holocausto para la gloria del Padre y la vida del hombre. Anoche, en la Vigilia Pascual, Dios se ha puesto al frente de su pueblo para hacerle salir de la tierra de la esclavitud y de la idolatría y conducirlo, de día con una nube y de noche con el resplandor del fuego, hacia una nueva patria de libertad, hacia la tierra del encuentro y de la convivencia entre ambos -Dios y su pueblo- y que por eso sería una tierra que manaba leche y miel.

    En esta mañana del Domingo de Pascua la resurrección anuncia a todos que Cristo vive y que Él es la resurrección y la vida de todos los hombres. Estos son los misterios pascuales que constituyen la piedra angular del pasado y del futuro de la humanidad. En ellos Dios ha dicho y ha hecho, a la vez simbólica y realmente, todo lo que sustenta la esperanza presente y eterna del ser humano. Aquí se encierra todo lo que debemos saber y todo el camino que hemos de recorrer en nuestra propia existencia.

    vEllos son los indicadores de la situación del hombre ante Dios y ante sí mismo. En ellos están toda la realidad y todos los símbolos que describen la obra de Dios para hacer posible la salvación humana, ayer, hoy y hasta el final de los tiempos. Y en ellos está toda la energía con que contamos para realizar el sentido y la empresa humanos.

    Dios ha hablado al hombre muchas veces y de muchas maneras (Hbr), pero nunca tan fuertemente, nunca con argumentos tan perentorios, como en su Pasión y Resurrección. Este lenguaje contiene los hechos más portentosos y decisivos de Dios, porque representan el gesto máximo de su acción por el hombre, algo sin paralelo en la historia de Dios, y que para nosotros es el momento de nuestra segunda creación. El rechazo de estas acciones divinas, de esta mano tendida por Dios, renovaría por nuestra parte la voluntad de exclusión de Dios de la esfera humana, la declaración de incompatibilidad con Dios, pero también la renuncia a alcanzar la figura y la medida del hombre perfecto, la posibilidad de acceder a la plenitud de vida y perfección previstos por Dios.

    Pero estos acontecimientos, en los que hemos oído al ángel anunciar: "no está aquí: ha resucitado", no pertenecen únicamente al pasado. Ni tampoco a la leyenda. La Iglesia y la humanidad no son convocados para rememorar, año tras año y día tras día, en la Eucaristía, una metáfora o una historia apócrifa. Si así fuera todo lo levantado en su nombre sería también una quimera, y como todo lo legendario, se habría disuelto hace mucho tiempo. Pero las palabras del ángel tienen hoy la misma fuerza y el mismo significado de entonces.

    En Cristo estaba la vida y la vida era la luz de los hombres. La resurrección es la garantía de que para el hombre siguen abiertas las posibilidades infinitas de Vida, de Amor, de Felicidad y de Plenitud que él anhela instintivamente porque Dios las depositó en él. No tendría noción de ellas si no hubieran sido grabadas en el ser recibido de Él. Un ser hecho a su imagen y por eso lleno, según su medida, de lo que constituye el propio ser de Dios, manifestado ejemplarmente en Cristo, lleno de gracia y de verdad. La vida es gracia, participación en el ser de Dios, en la potencia ilimitada de su energía y fuerza vital, y por eso rica y exuberante, porque bebe en la misma fuente de la vida.

    Hay vida cuando en ella hay esperanza verdadera, cuando el alma puede expansionarse en la certeza de que ante ella se abre la riqueza, el gozo y la belleza infinitos de Dios, y Dios mismo es la suprema expectativa de la vida. Hay vida cuando experimentamos que nuestra capacidad está colmada, cuando nuestros graneros están llenos no de baratijas, sino de la plenitud de Dios.

    Cristo sigue siendo el centro y el corazón del mundo. Su Palabra tiene el peso de la eternidad. En ella está, para nosotros y para siempre, la dirección verdadera de la existencia, y ella contiene cuento es necesario saber para hacer veraces la obras humanas.

    La existencia, presencia y acción de Dios no depende del visto bueno de los hombres. Nadie pudo impedir la resurrección de Xto, nadie podrá impedir su regreso: al corazón de los hombres, a la sociedad humana, a la vida personal e histórica.

    Xto volverá a ser, también visiblemente, Cabeza y Centro de la Humanidad, Rey y Señor del universo.

    - Dios es más fuerte que el pecado y la muerte, más que todos los poderes del infierno o de la tierra coaligados contra Él y contra el hombre.

    La muerte y resurrección llevan consigo la renovación del mundo, la nueva creación del hombre. Estas realidades representan el itinerario que la humanidad y cada uno de nosotros debemos recorrer para volver de nuevo a la vida, a la verdad. No hay ningún otro camino alternativo; no hay para el hombre ninguna posibilidad de modificar ni su propia realidad, ni los proyecto divinos.

    El empeño en esa dirección no hace más que oscurecer la mente humana y adentrar al hombre en tinieblas cada vez más densas, incluso cuando a esas sombras las llama ‘Luces’ o ‘Progreso’ o ‘Ciencia’. “Uno sólo es vuestro Maestro”, uno solo el Salvador, uno solo el Camino y la Vida, como uno solo ha sido el Resucitado. “Nadie puede poner otro fundamento”, ni hay “otro Nombre en el que podamos ser salvados”.

    Que Dios continúe encontrando entre nosotros amigos, servidores, apóstoles, testigos, que sigan anunciando: “Cristo ha resucitado verdaderamente”.

    Felices Pascuas.

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