• 6 May

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos en el Señor: La misión que tiene la Iglesia es predicar el Evangelio hasta los confines de la tierra. Llevar el Evangelio a otros puede parecer una tarea fácil. Pero predicar el Evangelio no es sólo hablar de Jesús. Conocer el Evangelio no basta; solo quien predica y cumple los mandamientos merece el nombre de discípulo de Jesús. El que guarda sus mandamientos es el que permanece en Él, el que le es fiel, el que conoce los planes del Señor porque el mismo Señor se digna comunicárselos. Hay una comunión de amor entre el Señor y el discípulo. Si alguien aspira a entrar en comunión con Dios tiene que ser coherente con lo que dice creer y ponerlo por obra. El que cree y no cumple los mandamientos es un impostor, puesto que dice seguir a Jesús y le traiciona no obedeciendo, no haciendo de la Palabra de Jesús su alimento, su vida. El que tiene fe hace lo que Jesús hizo y enseñó.

    Jesús comunicó su Espíritu a sus Apóstoles y discípulos. Aquel en quien se hace presente su Espíritu por sus obras es auténtico discípulo. Incluso no habiendo sido bautizado. La gracia de los sacramentos se puede alcanzar antes de haberlos recibido por un deseo profundo de la gracia que trasmiten, del deseo de estar en comunión viva con Dios, de creer con fe viva, es decir de fe acompañada de caridad. Eso es lo que se deduce del relato de los Hechos de los Apóstoles sobre Pedro en casa del oficial romano Cornelio.

    Una manifestación del Espíritu es proclamar la grandeza de Dios, prorrumpir en alabanzas al Señor en lenguas desconocidas por los que pronuncian esas alabanzas. Y esa es la prueba que da el Espíritu: alabar al Señor en lenguas que desconocen, porque el Espíritu no actúa a través de las facultades de la persona, sino que llega a sustituir su memoria e inteligencia. Rezar en lenguas es un carisma que el Señor sigue comunicando a quien lo desea y lo pide con humildad. La persona beneficiada experimenta una irrupción del Espíritu en beneficio de la Iglesia: si la oración en general es poderosa, la oración de una persona que ora en lenguas tiene una eficacia mucho mayor para iluminar, consolar o curar a las personas por las que ora. Una oración bajo el influjo directo del Espíritu hace superar pruebas y tentaciones con prontitud, puede sanar corporal y espiritualmente a las personas por las que ora. San Pablo anima a aspirar a dichos carismas con tal de que haya esa condición básica de querer servir a la causa del Evangelio, no para provecho propio, sino para servir a los hermanos en la fe y atraer a los alejados. No se puede negar que la persona que obra bajo la acción de un carisma es bendecida ella misma, pero a su vez es una responsabilidad y un peso grande, pues compromete a mayor desprendimiento de la propia voluntad y sufre persecución e incomprensiones. Los carismas son una contribución a la misión de la Iglesia de mucho valor. Y como hemos escuchado en el Salmo cantado: el Señor por medio de los carismas da a conocer su salvación, y los confines de la tierra contemplan la verdad contenida en su anuncio.

    Ahora bien, los carismas son muchos y san Juan en su primera carta viene a describir uno de ellos sin nombrarlo como tal. Es aquel que consiste en ser partícipe del amor de Dios en una medida que supera la habitual, porque no obra al modo habitual que supone la rémora de las trabas de la naturaleza humana caída, sino que el Espíritu hace que con su influjo directo una persona ame de tal forma que el haber nacido de Dios y conocer a Dios sea algo que se patentice en una medida y modo superior a lo habitual. Personas en las que la caridad hacia sus semejantes es una evangelización que arrastra y convence sin forzar. Su misión evangelizadora goza de una irradiación que conquista para Dios muchas almas que estaban adormecidas, que no lograban salir de su tibieza. Esta caridad fruto de un influjo extraordinario del Espíritu lleva consigo para la persona que recibe dicho carisma una purificación muy notable de amor, un desprendimiento continuo de sus intereses, de sus apreciaciones de la personas según su propia sensibilidad. Cuando actúa el Espíritu desaparecen esas consideraciones paralizantes de sospechas, resentimientos, en fin todo aquello que por el actuar equivocado o conflictivo de una persona nos hace estar en guardia y dispuestos a contradecir toda palabra del otro. El carisma hace que el amor desbordante supere las repugnancias de la naturaleza a amar a esa persona sin considerar su pasado ni sus desviadas disposiciones.

    El tiempo pascual es el tiempo en que los dones recibidos por la vivencia fuerte de los misterios de la muerte y resurrección de Cristo deben fructificar en testimonio de palabra y de vida, de la vida nueva que Cristo nos ha conseguido. Es el tiempo de espera y preparación para la efusión del Espíritu. Nuestro deseo de esos dones del Espíritu nos irán preparando, nuestra humilde súplica nos irá haciendo ver que no somos dignos de ellos, pero a la vez mantiene viva nuestra esperanza de que los carismas abrirán nuevos horizontes.

    La Eucaristía es un momento privilegiado de gracia para comprender las palabras del Señor y para rogarle que Él haga descender estos carismas y otros muchos sobre los hijos de Dios, para que su Reinado se abra paso y se extienda allí donde encuentra dificultades para su desarrollo.

  • 5 May

    P.Santiago Cantera

  • Querido Fray Miguel:

    María proclamó y sigue proclamando en la Iglesia y ante el mundo la grandeza del Señor, como acabamos de escuchar en el Evangelio (Lc 1,39-47). Ella, la Madre de Jesús, permanecía también como Madre de la Iglesia orando junto a los apóstoles y a las santas mujeres, según se ha leído en el libro de los Hechos (Hch 1,12-14). Cuando los monjes cantamos el Magnificat cada tarde en el rezo de Vísperas, cumpliendo la disposición de San Benito en la Regla (RB 17,7-8), tenemos la oportunidad de alabar cotidianamente a Dios con las mismas palabras de María, haciéndolas nuestras y de toda la Iglesia, porque, como sabes bien, la oración de los monjes es oración de intercesión por toda la Iglesia y por todos los hombres. De este modo, obedeciendo al mandato de San Benito para que, al salmodiar, “nuestra mente concuerde con nuestros labios” (RB 19,7) y, lo mismo que como él nos dice, en nuestra oración comunitaria se hallan presentes el Señor y sus ángeles (RB 19,1.5-6), también lo está María, y así rezamos con María y con toda la Iglesia.

    A esta labor de oración e intercesión a la que nos entregamos los monjes, viviendo la vocación de los ángeles de alabar, adorar y amar a Dios, y de ser auténticos intercesores entre Dios y los hombres para que Él derrame su amor y su misericordia sobre éstos, nos ha convocado el amor de Dios o, mejor dicho aún, nos ha convocado el Dios que es amor, como lo ha definido el apóstol y evangelista San Juan en la segunda lectura (1Jn 4,7-16). Dios es amor porque, como en el mismo texto se nos descubre, es amor eterno entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo; amor trinitario que se nos comunica por el mismo Espíritu, en virtud de la obra salvadora del Hijo a quien envió el Padre.

    La vida del monje, por tanto, es vida de amor, en el amor y para el amor de Dios, y debe, en consecuencia, convertirse a su vez en amor a los hermanos, como nos ha dicho San Juan. El amor es difusivo y comunicativo, porque es don, y ciertamente el Amor de Dios, el Espíritu Santo, es el Don del Padre y del Hijo. Si el monje bebe de este amor trinitario y llega a sumergirse en él e incluso a transformarse en él, hará partícipes de él a los demás, comunicará a su alrededor ese amor, de tal modo que, como nos pide San Benito, los hermanos ejerciten la caridad fraterna en la comunidad monástica (RB 72,3-8).

    Ahora bien, querido Fray Miguel: te dispones a abrazar para toda tu vida los votos monásticos de estabilidad, conversión de costumbres y obediencia (RB 58,17). Quieres vivir para siempre esta vida que tiene su razón de ser en el amor de Dios. Pero debes saber, y ciertamente lo sabes, que la vida del cristiano y muy especialmente la del monje, y más aún si cabe la de quien quiere ser monje en el Valle de los Caídos, es una vida de amor crucificado, que se puede traducir en cierto momento en una auténtica existencia crucificada.

    Con esto no quiero desanimarte, sino, muy al contrario, alentarte a abrazar este altísimo y sublime ideal, pues te conozco y sé que te lo puedo proponer sin eufemismos. Es un ideal duro, severo y terrible para una mirada simplemente humana y terrena, inasumible para quien no quiera dejar las cosas del mundo ni a sí mismo, pero precioso y con premio seguro en la vida eterna, además de recibir ya el ciento por uno del amor de Dios en la vida presente, para aquellos que lo quieran dar todo por amor absoluto e incondicional a Cristo (cf. Mt 19,29; Mc 10,29-30; Lc 18,29-30). Porque, como sabes, San Benito nos insta a no anteponer nada al amor de Cristo (RB 4,21; 72,11). Y por eso debes abrazar la vida monástica consciente de que, como asimismo nos dice San Benito, si participas con paciencia en los sufrimientos de Cristo, merecerás compartir también su reino (RB Pról., 50). Al decir de San Juan de la Cruz, “el que no busca la cruz de Cristo, no busca la gloria de Cristo” (Dichos de luz y amor – Puntos de amor, 23).

    La renuncia incluso a tus legítimos deseos humanos, la obediencia por la que muchas veces hayas de desistir de tus apetencias, la convivencia fraterna que no deja de tener sus espinas porque los monjes somos humanos, son formas de participar en la cruz de Cristo. Pero además, la gran cruz monumental del Valle nos recuerda el misterio de nuestra existencia: vivir abrazados a la cruz redentora y reconciliadora de Cristo, con la falta de tantas seguridades humanas que podríamos desear, con un mañana incierto y que sólo es confiado a la Providencia divina, con la realidad de ser de algún modo malditos y proscritos, con la posibilidad de ver un día tu nombre y tu fama denigrados, y otros posibles sufrimientos que te enseñarán a crecer aún más en el amor de Cristo, en un amor purificado por la experiencia de la cruz y que, a medida que avance hacia las cumbres de la santidad, pueda llegar a pedir, como San Juan de la Cruz: “Señor, lo que quiero que me deis es trabajos que padecer por Vos, y que sea yo menospreciado y tenido en poco”.

    La inmensa cruz del Valle nos recuerda la realidad de una existencia de amor crucificado con Cristo (cf. Gal 2,19) y que puede ser amor crucificado ofrecido especialmente por nuestra España y por la paz entre los españoles, con la conciencia clara de que “España se salvará por la oración”, como prometió el Señor a Santa Maravillas de Jesús a unos pocos kilómetros de aquí. Pero, si inmensa es esta cruz, mira también la imagen de Nuestra Señora del Valle, cuya solemnidad celebramos hoy, y observa en ella algo de lo que puedes extraer una lección: la cruz, en la cual se cifra el misterio de la redención al que estamos llamados a colaborar, está al pie de María y es más pequeña que la Virgen. ¿Qué puedes interpretar de aquí, si quieres? Que las cruces que el Señor te dé para llevar con Él por la salvación de España y del mundo, serán siempre llevaderas si te dejas sostener por la gracia de Dios y por la intercesión de María, a cuyos brazos te animo a lanzarte, para que Ella, como tu Madre celestial, Madre de la Iglesia, Reina de los monjes, Reina de la paz, Reina de España y Señora del Valle, te lleve hasta su Hijo amado para, con el Padre y el Espíritu Santo, vivir eternamente inmerso en el amor del Dios uno y trino, del Dios que es Amor, que te ama y que hoy acoge con sumo agrado tu plena consagración a Él.

  • 8 Apr

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos muy amados en el Señor: Hoy, segundo domingo de Pascua, a los ocho días de la Resurrección del Señor, también se celebra la Fiesta de la Divina Misericordia, instituida por San Juan Pablo II. En este día tributamos a Dios ese homenaje a su atributo divino de la Misericordia. La gran revelación que nos ha comunicado Jesucristo al hacerse hombre y morir por nosotros es que la definición de Dios más perfecta de su persona divina es su Amor. “Dios es Amor” (1 Jn 4,16). Nadie había ni descubierto ni expresado esta realidad tan profunda y tan consoladora para el hombre. El Amor de Dios envuelve todo su gobierno divino en el mundo, aunque el hombre sin la luz del Espíritu Santo no puede comprender en modo alguno y no acepta que esto sea verdad. Los cristianos profesamos esta verdad, pero nos falta convencimiento interno de ella y en la práctica dudamos de que así sea.

    La misericordia divina no es una verdad que a nosotros nos pueda dejar indiferentes. Tampoco el hecho de que sea el mayor atributo de Dios. Jesucristo nos ha enseñado: “Sed misericordiosos, como vuestro Padre celestial es misericordioso”. Los atributos divinos deben encontrar en nosotros una correspondencia, una aspiración que para nosotros se traduce en un trabajo de vigilancia sobre nuestras obras, en una súplica constante, porque sin la ayuda de Dios nada podemos, una acción de gracias por las maravillas de regeneración constante que obra Dios en nosotros levantándonos a cada paso de la postración a que nos reduce el pecado. Este obrar divino permanece secreto si nosotros por nuestra parte no le dedicamos una admiración contemplativa, a ejemplo de nuestra Bienaventurada Madre y no conservamos, no meditamos en nuestro corazón esas intervenciones amorosas de Dios, que nos restauran, nos iluminan, y nos animan por medio del Espíritu Santo y del sacramento de la Penitencia.

    Y no basta con admirar, agradecer, suplicar que la Misericordia divina actúe sin cesar en nuestra vida; nos queda imitar el proceder divino impregnado de Amor, impulsado por una misericordia infinita como lo ha calificado la oración colecta de este domingo. Felizmente la nueva traducción del Misal Romano para España refuerza el sentido admirativo de cuáles son los motivos de la alabanza por la misericordia infinita del Señor: “qué bautismo nos ha purificado, qué Espíritu nos ha hecho renacer y qué sangre nos ha redimido”. No podemos reclamar las misericordia de Dios sobre nosotros si por nuestra parte, teniendo tan grandes motivos para alabar su misericordia, no nos aplicamos a impregnar nuestras relaciones humanas de misericordia, si el amor no es el primerísimo objetivo de todas nuestras acciones, si no corregimos con perseverancia heroica nuestras inclinación al mal (odio, venganza, resentimiento, etc.) que nos ha quedado como consecuencia del pecado original.

    La lectura de los Hechos de los Apóstoles con el ejemplo que nos propone de compartir los bienes de la comunidad apostólica no puede ser más elocuente en la necesidad de llevar a la práctica la misericordia que cada día recibimos de Dios. No podemos truncar esa corriente de gracia que Dios quiere circule entre el cielo y la tierra, entre los dones de Dios y la posibilidad de que todos los hombres alaben la misericordia de Dios, porque sus hermanos les han socorrido en sus necesidades.

    La lectura de la carta de San Juan es una enseñanza muy profunda sobre el amor a Dios y al prójimo como inseparables. No puede haber amor verdadero a los hijos de Dios si no hay amor a Dios que a su vez debe ser autentificado con el cumplimiento de sus mandamientos. El amor a Dios y al prójimo se ha presentado en ocasiones como propio de personas débiles, que no son capaces de triunfar en esta jungla humana en la que vivimos. Pero Dios nos revela a través del Apóstol san Juan que la fe en Jesús es la que nos da la victoria sobre el mundo y sus seducciones. Jesucristo con el agua y la sangre, que podemos traducir con sus sacramentos nos da la gracia para obtener esta victoria. Por tanto la misericordia que nosotros somos capaces de transmitir en realidad es un don de gracia que Dios nos da por los sacramentos para vivir la vida de Jesús. Somos objeto de la misericordia de Dios y debemos ser comunicadores de la misericordia de Dios en nuestras obras en favor del hermano al que perdonamos y pedimos perdón, al hermano al que servimos y del que nos dejamos humildemente servir cuando necesitamos su ayuda.

    El evangelio nos ha llenado de luz con esa bienaventuranza del que cree sin haber visto de la que nos podemos beneficiar constantemente. Repasemos meditativamente todas las misericordias que Dios derrama sobre nosotros y aquellas otras que quiere que llevemos a cabo con la fuerza y la luz que nos ofrece el Señor en sus sacramentos. Nada menos que en el sacramento de la reconciliación ante el ministro de Dios se producen, en fe, grandes milagros de gracia. En el tribunal de la misericordia hemos de buscar consuelo confesando con fe nuestra miseria y el milagro de la Misericordia de Dios se manifestará en toda su plenitud.

    No hay que peregrinar muy lejos: lo podemos llevar a cabo aquí en la basílica. Y aunque nuestra alma fuera como un cadáver en descomposición se puede dar ese milagro de su restauración completa, si hay fe y se confiesa uno sin esconder su miseria ante Dios y su ministro.

  • 1 Apr

    P. D. Anselmo Álvarez

  • “El Señor ha resucitado verdaderamente”, han proclamado las primeras palabras de la liturgia de este Domingo de Resurrección.

    Ayer Jesucristo estaba enterrado, hoy está resucitado y vivo. De un día para otro Jesús ha pasado de la muerte a la vida. En la tarde del Viernes los judíos creyeron que el impostor, el blasfemo, el enemigo de la nación y del pueblo santo de Israel había, por fin, sucumbido. Israel había derrotado a quien había considerado su máxima amenaza, al falso Mesías que había estado a punto de provocar la destrucción del pueblo de Dios y había amenazado al Templo Santo. Había pasado la pesadilla. Aunque en realidad sólo momentáneamente: 40 años después todas estas amenazas tuvieron un cumplimento devastador a manos de los romanos.

    ¿Tiene algún sentido recordar y celebrar hoy aquellos acontecimientos, ocurridos hace dos mil años? En realidad esa historia tenía un sentido al mismo tiempo real y prefigurativo, de manera que cuando se tienen ojos para ver y sensibilidad para detectar su sentido profundo, salta a la vista que aquella historia anticipaba la que se está gestando en nuestro tiempo, o más bien está ya en acción, no a nivel de un pequeño pueblo, sino a escala universal.

    Dios ha desaparecido, o más bien le hemos retirado, de la escena pública y de casi todos los escenarios privados. Prácticamente por las mismas razones: Él es una amenaza para las convicciones e intereses que hoy motivan nuestra existencia. Da igual que su presencia nos haya acompañado a lo largo de todas las generaciones precedentes, como la expectativa del Mesías había acompañado y configurado toda la historia del pueblo de Israel. Nosotros hemos decretado que ya no es su tiempo, sino el nuestro. Por eso hemos borrado de nuestra vida su Evangelio, su gracia y sus mandamientos, su Nombre y sus símbolos.

    Pero Dios tiene sus tiempos mientras deja al hombre que tenga los suyos, aunque tantas veces nos ha invitado a que ambos coincidan, porque los nuestros sólo contienen una ficción que se evapora como nube pasajera. En realidad, somos nosotros los que desaparecemos de la escena cuando borramos en nuestro entorno y en nosotros mismos casi todas las huellas auténticamente humanas. Por eso, el tiempo del hombre no ha anulado el tiempo de Dios. Quien parece que hoy es el máximo ausente es, por el contrario, el único que mantiene una presencia viva. Él mismo dice en el Apocalipsis: “estaba muerto pero ahora vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del abismo’ (Ap 1, 18). También para nosotros hay vida allí donde se cree en el Dios de la vida, en Aquel que “ha hecho brillar la vida y la inmortalidad” (2 Tim 1, 10).

    Hay, de hecho, una realidad de resurrección en la vida de quien sabe que la muerte ha sido vencida por el Autor de la Vida. Allí donde se cree en el Dios de la vida, en Aquel que ha proclamado: “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11, 24). Allí donde un hombre cree y proclama que “la muerte ha sido absorbida por la victoria” (2 Cor 5, 4).

    Victoria de Cristo y, en Él, del hombre, cuando alguien rompe sus cadenas y se levanta del sepulcro en que le han retenido sus pecados, y entona cantos de liberación porque ha lavado sus manchas en la sangre del Cordero inmolado. Entonces en él se cumple la invitación a ‘estrenar un corazón nuevo y un espíritu nuevo’. Porque la resurrección es la afirmación de que todo puede volver a la vida, todo lo que está muerto en la carne o en el espíritu del hombre.

    También nosotros resucitamos cuando convertimos nuestros huesos calcinados en espíritu resucitado para la vida eterna. Vivimos esa resurrección cuando creemos que “todo el que ha nacido de Dios ha vencido al mundo” (1Jn, 5, 4) , y que “todo está recapitulado en Cristo” (cf Ef 10, 1; Col 1, 1). Que Él es la referencia absoluta de la perfección humana, y la medida del hombre, y que fuera de Él la humanidad está fuera de sí; fuera de su orden, de su realidad, de su destino y de su verdad.

    Podemos hablar de resurrección cuando ponemos en Cristo nuestro anhelo de plenitud, de esperanza y de vida inmortal. Cuando en Él apoyamos la seguridad inconmovible en el triunfo final de la verdad y del bien, porque el “príncipe de este mundo ya ha sido arrojado fuera” (Jn 12, 31) y definitivamente vencido por la potencia de Cristo en la Cruz y en el sepulcro abierto.

    La humanidad necesita pasar por una verdadera resurrección previa a la de los muertos, porque el espíritu del hombre está colapsado. Cuando esto sucede las restantes actividades y signos de vida son anecdóticos: un pasatiempo y un sucedáneo.

    Hoy Cristo espera su nueva resurrección, no sólo por la intervención del Padre y por la fuerza de su divinidad, sino del hombre mismo, ya que no se trata sólo de la resurrección de su cuerpo, sino la que esperamos que tenga lugar en el corazón de los hombres y en el seno de la sociedad, si nos decidimos a sacar a Dios de las catacumbas y devolverle a la luz del día.

    La resurrección es ya real cuando nos afirmamos en la convicción de que en Cristo, el Hombre perfecto, se ha abierto el camino al verdadero progreso espiritual y humano, o cuando le ponemos como piedra angular en la construcción de la sociedad humana. Entonces alcanzamos la libertad en la verdad, la paz en la unidad, la igualdad en el amor mutuo, la fraternidad en torno al mismo Padre común.

    “Jesús es la piedra que desechasteis vosotros los arquitectos, pero que se ha convertido en piedra angular” (Hch 4, 11), esa misma piedra que fue removida para abrir paso al Cristo triunfante de la muerte y al hombre que, en Él, vuelve a la vida. Cristo volverá porque ha de tener cumplimiento todo lo predicho acerca de su soberanía universal, así como la promesa de los cielos y la tierra nuevos en los que habite el hombre nuevo.

  • 31 Mar

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    En el Evangelio de San Marcos (Mc 16,1-7) hemos escuchado el gran anuncio que el ángel realizó a las santas mujeres en el Sepulcro de Jesús: “Ha resucitado”. Esta afirmación define esencialmente nuestra fe, porque la Resurrección de Cristo es una verdad fundamental del dogma católico e incluso de toda confesión cristiana que se precie de serlo. No fue una sugestión colectiva de los Apóstoles y de los otros discípulos ni una presencia simplemente espiritual entre ellos, como algunos teólogos protestantes y católicos infectados por el virus del racionalismo han pretendido y todavía pretenden enseñar. La Resurrección de Cristo es un hecho real, verdadero, acontecido en un momento histórico y que al mismo tiempo trasciende la Historia, como nos recuerda el Catecismo de Iglesia Católica (nn. 639, 647 y 656).

    Al morir en la Cruz, el cuerpo de Jesucristo fue luego depositado en el sepulcro, sin llegar a corromperse. Y su alma humana, pues Jesucristo es verdadero hombre y como tal disponía y dispone de auténtico cuerpo humano y auténtica alma humana, su alma, decimos, “descendió a los infiernos”, como afirmamos en el Credo: es decir, quiso compartir la suerte de los santos del Antiguo Testamento en el Limbo de los Justos o Seno de Abraham, donde fue a rescatarlos para, en el momento de la Resurrección, llevarlos al Cielo, a la gloria eterna definitiva junto al Padre.

    El cuerpo de Jesucristo realmente resucitó al reunirse con él su alma por el poder divino del Padre y de la propia persona del Verbo, del Hijo, la segunda persona de la Santísima Trinidad, pues la persona divina del Hijo es la que ha asumido esta naturaleza humana completa y verdadera, de tal manera que en Jesucristo “su divinidad está unida a su humanidad en una unión real, perfecta, sin mezcla, sin confusión, sin alteración, sin división, sin separación; […] en Él se mantienen todas las propiedades de la divinidad y todas las propiedades de la humanidad, juntas en una unión real, perfecta, indivisible e inseparable”, como se afirma en la declaración cristológica común firmada por el Beato Pablo VI y el Patriarca Copto Shenuda III de Egipto en 1973, conforme a la doctrina de los primeros concilios ecuménicos de la Iglesia.

    Por lo tanto, Jesucristo realmente salió del sepulcro y se apareció en los días siguientes con un cuerpo glorioso a las santas mujeres, a los Apóstoles y a otros discípulos.

    Si los Apóstoles y los otros primeros discípulos de Jesús hubieran querido inventar la historia de su Resurrección, no lo habrían podido hacer peor. En los Evangelios se refleja su estupefacción y hasta su incredulidad. No creen la noticia hasta que comprueban por sí mismos que es verdad. En el relato que acabamos de escuchar, las santas mujeres iban convencidas de ir a embalsamar a un muerto, no tenían la idea de ir a ver si había resucitado. Por lo tanto, no es posible decir que se trate de un relato inventado por los primeros discípulos para superar el golpe psicológico ocasionado entre ellos por la Muerte de Jesús. La actitud aterrada y escéptica de las santas mujeres, de los Apóstoles y de los otros primeros discípulos, es una de las pruebas más evidentes de la verdad de la Resurrección.

    La verdad de la Resurrección define esencialmente nuestra fe porque supone la certeza de la victoria de Cristo como auténtico Mesías Salvador. Es la demostración más clara de que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre, que ha asumido nuestra naturaleza humana hasta identificarse con nosotros en el sufrimiento y en la muerte, y que por su naturaleza divina es también capaz de recuperar la vida.

    La Resurrección de Cristo nos sitúa además ante una nueva postura en la vida: estamos llamados a andar en una vida nueva, según nos la dicho San Pablo en la carta a los Romanos (Rom 6,3-11), con el convencimiento de lo que el Apóstol de los Gentiles nos dice: “Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él”.

    ¿Por qué se nos ha leído el relato de la Creación, tomado del Génesis, como primera lectura de esta Vigilia Pascual? Porque la Resurrección de Cristo supone una nueva creación y un perfeccionamiento de la primera creación. Con la Resurrección de su Hijo, Dios ha obrado una nueva creación del hombre, ha realizado la recreación del hombre, ha elevado aún más la dignidad del hombre, nos ha propuesto el modelo del “hombre nuevo” del que habla San Pablo en varias cartas (así, Ef 4,22-25; Col 3,9-10), y que culminará con la resurrección del cuerpo al final de los tiempos y la gloria eterna. Por el Bautismo, como nos ha enseñado San Pablo en la lectura que hemos escuchado, somos sepultados y renacidos con Cristo, por su muerte y Resurrección.

    ¿Y por qué el relato de la salida de Egipto tomado del libro del Éxodo? Porque la Resurrección de Cristo supone la liberación verdadera del nuevo Israel, del nuevo pueblo de Dios, que es la Iglesia. Cristo nos ha rescatado de la esclavitud del demonio, del pecado y de la muerte.

    Todo esto, hermanos, son motivos sobrados para dar gracias a Cristo por su obra redentora, por su muerte y Resurrección, y para vivir la alegría pascual, propia del cristiano consciente de la victoria de Cristo. Que esta alegría pascual nos transforme interiormente como les acabaría sucediendo a las santas mujeres, a los Apóstoles y a todos los discípulos. Vivamos esta alegría con María Santísima, a la que, aunque no lo recojan los Evangelios sin embargo, según la Tradición de la Iglesia (y así lo recoge San Ignacio en los Ejercicios Espirituales), su divino Hijo se aparecería antes que a nadie.

    A todos, feliz Pascua de Resurrección.

  • 30 Mar

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    La primera lectura nos ha ofrecido la profecía de Isaías sobre el Siervo de Yahveh (Is 52,13-53,12), donde se nos anuncia al verdadero Mesías Redentor, no como un líder político y guerrero que liberase a los judíos del yugo extranjero, sino como el Siervo sufriente de Dios: “Desfigurado no parecía hombre […]. Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres […]. Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores […]. Nuestro castigo saludable cayó sobre Él, sus cicatrices nos curaron. […] El Señor cargó sobre Él todos nuestros crímenes”. Jesucristo ha entregado su vida como expiación, ha tomado sobre sí nuestros pecados y ha intercedido por nosotros. Por eso, cuando el Gran Rabino de Roma, Zolli, leyó y meditó estos textos de la profecía de Isaías, comprendió que se cumplían detalladamente en Jesucristo y abrazó el cristianismo.

    Ciertamente, Él es el verdadero Mesías Redentor, anunciado por los profetas del Antiguo Testamento; es el Hijo de Dios, como se ha proclamado en la lectura de la Carta a los Hebreos (Hb 4,14-16; 5,7-9), la cual nos lo presenta como el Sumo Sacerdote que ha dado satisfacción por nuestros pecados y se ha convertido así en autor de salvación eterna. Él es el único Salvador, Redentor y Mediador entre Dios y los hombres.

    Todo ello lo vemos cumplido en la lectura de la Pasión cuyo canto hemos escuchado según el relato de San Juan (Jn 18,1-19,42). De la Pasión de Cristo cabe extraer múltiples enseñanzas, pues el Calvario se ha constituido en la mejor cátedra donde podemos aprenderlo todo sobre el amor de Dios, expresado en la entrega generosa de su Hijo para nuestra redención. El relato de San Juan nos ofrece algunos detalles preciosos de este amor, tales como la entrega de la Madre del Señor al propio evangelista y apóstol, en quien estaba representada toda la Iglesia, como Madre nuestra, o en la escena de la lanzada que abre el Costado de Cristo y su Corazón de amor, de donde brota su Sangre redentora y el agua de la vida divina y de donde nace la Iglesia.

    Pero podemos detenernos singularmente en otro detalle que resume el amor de Jesús desde la Cruz; sabiendo “que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura”, dijo: “Tengo sed” (Jn 19,28). El apóstol y evangelista, testigo de estos momentos, no sólo nos está exponiendo que Jesús tuvo sed física, que por supuesto padeció, pues el desangramiento sufrido desde la agonía en Getsemaní y la tremenda dificultad de respirar en la posición de crucificado provocaban una sed terrible en quienes padecían esta pena. Junto a esto, San Juan va más allá: nos está diciendo que Jesús tenía sed de dar cumplimiento al plan providencial de Dios para la salvación del mundo según hemos escuchado a Isaías, ofreciéndose a sí mismo como Siervo de Dios sufriente.

    Y tenía sed también de amor, de dar todo su amor y de recibir el amor de los hombres, porque “tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque no envió Dios al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él” (Jn 3,16-17). Por esa sed de darnos todo su amor, pues “nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos” (Jn 15,13), nos ha dado a su Madre por Madre nuestra, entregándonosla en la persona de San Juan, el discípulo “al que Jesús amaba” y que reclinó la cabeza en su pecho en la Última Cena (Jn 13,23.25). Y también es una sed de darnos el Espíritu Santo, de entregarnos el Espíritu de Amor, el Espíritu de Dios, el Espíritu de la verdad, el Espíritu de vida, el Espíritu que el Padre enviará en nombre del propio Jesucristo, el Espíritu por el que, en virtud de la Muerte redentora de Cristo, podemos recibir la vida divina y llegar a ser partícipes de la gloria celestial. Como había dicho a los apóstoles en la Última Cena, “os conviene que Yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré” (Jn 16,7).

    Estas palabras “Tengo sed”, “Tengo sed de ti”, marcaron una profunda experiencia espiritual en la vida de Santa Teresa de Calcuta. En 1946 resonaron en su interior con tal fuerza que comprendió la sed que Jesús tenía de su amor y que Él la llamaba a saciar esa sed en ella y a través de ella. A partir de ahí, iniciaría el camino hacia la fundación de las Misioneras de la Caridad para saciar la sed de amor de Jesús en los más pobres de entre los pobres.

    Como María, contemplemos a Jesús al pie de la Cruz, viendo en Él a nuestro Redentor, y acompañémosle hasta el Sepulcro para resucitar con Él a una nueva vida de gracia.

    En estos días del Triduo Sacro, por concesión de la Santa Sede a esta Basílica, se puede ganar indulgencia plenaria con las debidas condiciones de aversión al pecado, confesión con absolución individual, comunión eucarística y oración por el Papa.

    Por otra parte, la colecta de hoy va destinada a los cristianos de Tierra Santa.

  • 29 Mar

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Dentro del ambiente de dolor de la Semana Santa, porque en ella revivimos con especial intensidad la Pasión del Señor, el Jueves Santo nos ofrece unos elementos de gozo y alegría, pues el amor supremo que Jesucristo nos muestra estos días al entregar su vida para nuestra redención, hoy se manifiesta dándose a nosotros en la institución de la Eucaristía y en la institución del sacerdocio ministerial, así como en sus exhortaciones y gestos en la Última Cena hacia los Apóstoles, por lo cual celebramos asimismo el día del amor fraterno. En todo esto se descubre el Corazón Sacerdotal y Eucarístico de Jesús, que se dispone a entregarse al Supremo Sacrificio de la Cruz por nuestra Redención.

    Como todos sabemos, el ser humano ha simbolizado siempre el amor en el corazón. Por eso, la devoción al Corazón de Jesús, lejos de ser una beatería de tiempos pasados como algunos lamentablemente piensan, es la síntesis más profunda del cristianismo, según han enseñado los Papas, en especial desde Pío XI. Y es la síntesis del cristianismo, porque nos revela el amor eterno e infinito de Dios, que viendo al hombre caído por el pecado, ha determinado rescatarlo enviando para ello a la segunda persona de la Santísima Trinidad, al Verbo, al Hijo, el cual ha asumido nuestra naturaleza para salvarnos mediante su Pasión, muerte y Resurrección.

    Este amor, simbolizado y sintetizado en el Corazón de Jesús, se nos descubre en la institución del Santísimo Sacramento de la Eucaristía en la Última Cena, que fue un verdadero anticipo de su Pasión: en realidad, es el mismo Sacrificio de Cristo en el Calvario, que supera las coordenadas de tiempo y espacio y acontece el Jueves Santo en el Cenáculo, al igual que sucede hasta hoy y hasta el final de los tiempos cada vez que se celebra la Santa Misa. ¡Qué muestra más grande de amor la de Jesús, que ha querido quedarse con nosotros en el Sacramento de la Eucaristía hasta el final de los tiempos, hasta su segunda y definitiva venida gloriosa! Es verdad que no nos ha abandonado, sino que permanece con nosotros y entre nosotros. ¡Y qué pena que tantas veces los sagrarios estén abandonados, que nosotros no dediquemos tiempo para estar junto a Jesús Sacramentado que nos espera en el sagrario para irradiar sobre nosotros su amor!

    En la primera lectura, tomada del libro del Éxodo (12,1-8.11-14), hemos contemplado en las prescripciones sobre la cena pascual dadas por Dios a Moisés un anticipo de la Pascua definitiva, la que el Señor Jesucristo instituiría en la Eucaristía y en su obra redentora mediante su Pasión, muerte y Resurrección. Él es el verdadero Cordero pascual que se ofrece al Padre para nuestra salvación, como víctima propiciatoria por nuestros pecados. En la segunda lectura (1Cor 11,23-26), San Pablo nos ha descrito cómo Jesús instituyó la Eucaristía como nueva comida pascual en la Última Cena: el Apóstol recibió esta tradición y la Iglesia la perpetúa día tras día, minuto tras minuto, haciendo presente a Jesús Sacramentado cada vez que se celebra la Santa Misa.

    Para que su Sacrificio quedase perpetuado en la Santa Misa y su presencia entre nosotros fuera constante y permanente, Cristo instituyó además en la Última Cena el Sacerdocio ministerial y jerárquico. Los sacerdotes, configurándose con Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, renuevan y actualizan su Sacrificio único y redentor en la Santa Misa y permiten además que la Sagrada Eucaristía quede reservada en el Sagrario para que los cristianos adoremos a Jesucristo en este Sacramento, lo contemplemos, lo amemos, nos saciemos de Él y vivamos de la gracia divina que Él nos transmite.

    La lectura del Evangelio de San Juan (13,1-15) nos trae a la memoria el profundo gesto de humildad y de servicio que Jesús tuvo en el lavatorio de los pies, que vamos a recordar con doce niños de la Escolanía representando a los doce Apóstoles. Es asimismo un gesto de amor y de fraternidad, a lo que Él mismo nos ha exhortado cuando, precisamente en la Última Cena, nos ha dado el gran mandamiento del amor: “Amaos los unos a los otros, como Yo os he amado” (Jn 15,12.17), porque “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). Él va a entregar su vida por nosotros, asumiendo sobre Sí la carga de todos nuestros pecados y muriendo en la Cruz para redimirnos del pecado.

    Que la Virgen María nos lleve a profundizar en los misterios celebrados hoy.

    En estos días del Triduo Sacro se puede ganar en nuestra Basílica indulgencia plenaria con las debidas condiciones de aversión al pecado, confesión con absolución individual, comunión eucarística y oración por el Papa.

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