• 1 Apr

    P. D. Anselmo Álvarez

  • “El Señor ha resucitado verdaderamente”, han proclamado las primeras palabras de la liturgia de este Domingo de Resurrección.

    Ayer Jesucristo estaba enterrado, hoy está resucitado y vivo. De un día para otro Jesús ha pasado de la muerte a la vida. En la tarde del Viernes los judíos creyeron que el impostor, el blasfemo, el enemigo de la nación y del pueblo santo de Israel había, por fin, sucumbido. Israel había derrotado a quien había considerado su máxima amenaza, al falso Mesías que había estado a punto de provocar la destrucción del pueblo de Dios y había amenazado al Templo Santo. Había pasado la pesadilla. Aunque en realidad sólo momentáneamente: 40 años después todas estas amenazas tuvieron un cumplimento devastador a manos de los romanos.

    ¿Tiene algún sentido recordar y celebrar hoy aquellos acontecimientos, ocurridos hace dos mil años? En realidad esa historia tenía un sentido al mismo tiempo real y prefigurativo, de manera que cuando se tienen ojos para ver y sensibilidad para detectar su sentido profundo, salta a la vista que aquella historia anticipaba la que se está gestando en nuestro tiempo, o más bien está ya en acción, no a nivel de un pequeño pueblo, sino a escala universal.

    Dios ha desaparecido, o más bien le hemos retirado, de la escena pública y de casi todos los escenarios privados. Prácticamente por las mismas razones: Él es una amenaza para las convicciones e intereses que hoy motivan nuestra existencia. Da igual que su presencia nos haya acompañado a lo largo de todas las generaciones precedentes, como la expectativa del Mesías había acompañado y configurado toda la historia del pueblo de Israel. Nosotros hemos decretado que ya no es su tiempo, sino el nuestro. Por eso hemos borrado de nuestra vida su Evangelio, su gracia y sus mandamientos, su Nombre y sus símbolos.

    Pero Dios tiene sus tiempos mientras deja al hombre que tenga los suyos, aunque tantas veces nos ha invitado a que ambos coincidan, porque los nuestros sólo contienen una ficción que se evapora como nube pasajera. En realidad, somos nosotros los que desaparecemos de la escena cuando borramos en nuestro entorno y en nosotros mismos casi todas las huellas auténticamente humanas. Por eso, el tiempo del hombre no ha anulado el tiempo de Dios. Quien parece que hoy es el máximo ausente es, por el contrario, el único que mantiene una presencia viva. Él mismo dice en el Apocalipsis: “estaba muerto pero ahora vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del abismo’ (Ap 1, 18). También para nosotros hay vida allí donde se cree en el Dios de la vida, en Aquel que “ha hecho brillar la vida y la inmortalidad” (2 Tim 1, 10).

    Hay, de hecho, una realidad de resurrección en la vida de quien sabe que la muerte ha sido vencida por el Autor de la Vida. Allí donde se cree en el Dios de la vida, en Aquel que ha proclamado: “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11, 24). Allí donde un hombre cree y proclama que “la muerte ha sido absorbida por la victoria” (2 Cor 5, 4).

    Victoria de Cristo y, en Él, del hombre, cuando alguien rompe sus cadenas y se levanta del sepulcro en que le han retenido sus pecados, y entona cantos de liberación porque ha lavado sus manchas en la sangre del Cordero inmolado. Entonces en él se cumple la invitación a ‘estrenar un corazón nuevo y un espíritu nuevo’. Porque la resurrección es la afirmación de que todo puede volver a la vida, todo lo que está muerto en la carne o en el espíritu del hombre.

    También nosotros resucitamos cuando convertimos nuestros huesos calcinados en espíritu resucitado para la vida eterna. Vivimos esa resurrección cuando creemos que “todo el que ha nacido de Dios ha vencido al mundo” (1Jn, 5, 4) , y que “todo está recapitulado en Cristo” (cf Ef 10, 1; Col 1, 1). Que Él es la referencia absoluta de la perfección humana, y la medida del hombre, y que fuera de Él la humanidad está fuera de sí; fuera de su orden, de su realidad, de su destino y de su verdad.

    Podemos hablar de resurrección cuando ponemos en Cristo nuestro anhelo de plenitud, de esperanza y de vida inmortal. Cuando en Él apoyamos la seguridad inconmovible en el triunfo final de la verdad y del bien, porque el “príncipe de este mundo ya ha sido arrojado fuera” (Jn 12, 31) y definitivamente vencido por la potencia de Cristo en la Cruz y en el sepulcro abierto.

    La humanidad necesita pasar por una verdadera resurrección previa a la de los muertos, porque el espíritu del hombre está colapsado. Cuando esto sucede las restantes actividades y signos de vida son anecdóticos: un pasatiempo y un sucedáneo.

    Hoy Cristo espera su nueva resurrección, no sólo por la intervención del Padre y por la fuerza de su divinidad, sino del hombre mismo, ya que no se trata sólo de la resurrección de su cuerpo, sino la que esperamos que tenga lugar en el corazón de los hombres y en el seno de la sociedad, si nos decidimos a sacar a Dios de las catacumbas y devolverle a la luz del día.

    La resurrección es ya real cuando nos afirmamos en la convicción de que en Cristo, el Hombre perfecto, se ha abierto el camino al verdadero progreso espiritual y humano, o cuando le ponemos como piedra angular en la construcción de la sociedad humana. Entonces alcanzamos la libertad en la verdad, la paz en la unidad, la igualdad en el amor mutuo, la fraternidad en torno al mismo Padre común.

    “Jesús es la piedra que desechasteis vosotros los arquitectos, pero que se ha convertido en piedra angular” (Hch 4, 11), esa misma piedra que fue removida para abrir paso al Cristo triunfante de la muerte y al hombre que, en Él, vuelve a la vida. Cristo volverá porque ha de tener cumplimiento todo lo predicho acerca de su soberanía universal, así como la promesa de los cielos y la tierra nuevos en los que habite el hombre nuevo.

  • 31 Mar

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    En el Evangelio de San Marcos (Mc 16,1-7) hemos escuchado el gran anuncio que el ángel realizó a las santas mujeres en el Sepulcro de Jesús: “Ha resucitado”. Esta afirmación define esencialmente nuestra fe, porque la Resurrección de Cristo es una verdad fundamental del dogma católico e incluso de toda confesión cristiana que se precie de serlo. No fue una sugestión colectiva de los Apóstoles y de los otros discípulos ni una presencia simplemente espiritual entre ellos, como algunos teólogos protestantes y católicos infectados por el virus del racionalismo han pretendido y todavía pretenden enseñar. La Resurrección de Cristo es un hecho real, verdadero, acontecido en un momento histórico y que al mismo tiempo trasciende la Historia, como nos recuerda el Catecismo de Iglesia Católica (nn. 639, 647 y 656).

    Al morir en la Cruz, el cuerpo de Jesucristo fue luego depositado en el sepulcro, sin llegar a corromperse. Y su alma humana, pues Jesucristo es verdadero hombre y como tal disponía y dispone de auténtico cuerpo humano y auténtica alma humana, su alma, decimos, “descendió a los infiernos”, como afirmamos en el Credo: es decir, quiso compartir la suerte de los santos del Antiguo Testamento en el Limbo de los Justos o Seno de Abraham, donde fue a rescatarlos para, en el momento de la Resurrección, llevarlos al Cielo, a la gloria eterna definitiva junto al Padre.

    El cuerpo de Jesucristo realmente resucitó al reunirse con él su alma por el poder divino del Padre y de la propia persona del Verbo, del Hijo, la segunda persona de la Santísima Trinidad, pues la persona divina del Hijo es la que ha asumido esta naturaleza humana completa y verdadera, de tal manera que en Jesucristo “su divinidad está unida a su humanidad en una unión real, perfecta, sin mezcla, sin confusión, sin alteración, sin división, sin separación; […] en Él se mantienen todas las propiedades de la divinidad y todas las propiedades de la humanidad, juntas en una unión real, perfecta, indivisible e inseparable”, como se afirma en la declaración cristológica común firmada por el Beato Pablo VI y el Patriarca Copto Shenuda III de Egipto en 1973, conforme a la doctrina de los primeros concilios ecuménicos de la Iglesia.

    Por lo tanto, Jesucristo realmente salió del sepulcro y se apareció en los días siguientes con un cuerpo glorioso a las santas mujeres, a los Apóstoles y a otros discípulos.

    Si los Apóstoles y los otros primeros discípulos de Jesús hubieran querido inventar la historia de su Resurrección, no lo habrían podido hacer peor. En los Evangelios se refleja su estupefacción y hasta su incredulidad. No creen la noticia hasta que comprueban por sí mismos que es verdad. En el relato que acabamos de escuchar, las santas mujeres iban convencidas de ir a embalsamar a un muerto, no tenían la idea de ir a ver si había resucitado. Por lo tanto, no es posible decir que se trate de un relato inventado por los primeros discípulos para superar el golpe psicológico ocasionado entre ellos por la Muerte de Jesús. La actitud aterrada y escéptica de las santas mujeres, de los Apóstoles y de los otros primeros discípulos, es una de las pruebas más evidentes de la verdad de la Resurrección.

    La verdad de la Resurrección define esencialmente nuestra fe porque supone la certeza de la victoria de Cristo como auténtico Mesías Salvador. Es la demostración más clara de que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre, que ha asumido nuestra naturaleza humana hasta identificarse con nosotros en el sufrimiento y en la muerte, y que por su naturaleza divina es también capaz de recuperar la vida.

    La Resurrección de Cristo nos sitúa además ante una nueva postura en la vida: estamos llamados a andar en una vida nueva, según nos la dicho San Pablo en la carta a los Romanos (Rom 6,3-11), con el convencimiento de lo que el Apóstol de los Gentiles nos dice: “Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él”.

    ¿Por qué se nos ha leído el relato de la Creación, tomado del Génesis, como primera lectura de esta Vigilia Pascual? Porque la Resurrección de Cristo supone una nueva creación y un perfeccionamiento de la primera creación. Con la Resurrección de su Hijo, Dios ha obrado una nueva creación del hombre, ha realizado la recreación del hombre, ha elevado aún más la dignidad del hombre, nos ha propuesto el modelo del “hombre nuevo” del que habla San Pablo en varias cartas (así, Ef 4,22-25; Col 3,9-10), y que culminará con la resurrección del cuerpo al final de los tiempos y la gloria eterna. Por el Bautismo, como nos ha enseñado San Pablo en la lectura que hemos escuchado, somos sepultados y renacidos con Cristo, por su muerte y Resurrección.

    ¿Y por qué el relato de la salida de Egipto tomado del libro del Éxodo? Porque la Resurrección de Cristo supone la liberación verdadera del nuevo Israel, del nuevo pueblo de Dios, que es la Iglesia. Cristo nos ha rescatado de la esclavitud del demonio, del pecado y de la muerte.

    Todo esto, hermanos, son motivos sobrados para dar gracias a Cristo por su obra redentora, por su muerte y Resurrección, y para vivir la alegría pascual, propia del cristiano consciente de la victoria de Cristo. Que esta alegría pascual nos transforme interiormente como les acabaría sucediendo a las santas mujeres, a los Apóstoles y a todos los discípulos. Vivamos esta alegría con María Santísima, a la que, aunque no lo recojan los Evangelios sin embargo, según la Tradición de la Iglesia (y así lo recoge San Ignacio en los Ejercicios Espirituales), su divino Hijo se aparecería antes que a nadie.

    A todos, feliz Pascua de Resurrección.

  • 30 Mar

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    La primera lectura nos ha ofrecido la profecía de Isaías sobre el Siervo de Yahveh (Is 52,13-53,12), donde se nos anuncia al verdadero Mesías Redentor, no como un líder político y guerrero que liberase a los judíos del yugo extranjero, sino como el Siervo sufriente de Dios: “Desfigurado no parecía hombre […]. Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres […]. Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores […]. Nuestro castigo saludable cayó sobre Él, sus cicatrices nos curaron. […] El Señor cargó sobre Él todos nuestros crímenes”. Jesucristo ha entregado su vida como expiación, ha tomado sobre sí nuestros pecados y ha intercedido por nosotros. Por eso, cuando el Gran Rabino de Roma, Zolli, leyó y meditó estos textos de la profecía de Isaías, comprendió que se cumplían detalladamente en Jesucristo y abrazó el cristianismo.

    Ciertamente, Él es el verdadero Mesías Redentor, anunciado por los profetas del Antiguo Testamento; es el Hijo de Dios, como se ha proclamado en la lectura de la Carta a los Hebreos (Hb 4,14-16; 5,7-9), la cual nos lo presenta como el Sumo Sacerdote que ha dado satisfacción por nuestros pecados y se ha convertido así en autor de salvación eterna. Él es el único Salvador, Redentor y Mediador entre Dios y los hombres.

    Todo ello lo vemos cumplido en la lectura de la Pasión cuyo canto hemos escuchado según el relato de San Juan (Jn 18,1-19,42). De la Pasión de Cristo cabe extraer múltiples enseñanzas, pues el Calvario se ha constituido en la mejor cátedra donde podemos aprenderlo todo sobre el amor de Dios, expresado en la entrega generosa de su Hijo para nuestra redención. El relato de San Juan nos ofrece algunos detalles preciosos de este amor, tales como la entrega de la Madre del Señor al propio evangelista y apóstol, en quien estaba representada toda la Iglesia, como Madre nuestra, o en la escena de la lanzada que abre el Costado de Cristo y su Corazón de amor, de donde brota su Sangre redentora y el agua de la vida divina y de donde nace la Iglesia.

    Pero podemos detenernos singularmente en otro detalle que resume el amor de Jesús desde la Cruz; sabiendo “que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura”, dijo: “Tengo sed” (Jn 19,28). El apóstol y evangelista, testigo de estos momentos, no sólo nos está exponiendo que Jesús tuvo sed física, que por supuesto padeció, pues el desangramiento sufrido desde la agonía en Getsemaní y la tremenda dificultad de respirar en la posición de crucificado provocaban una sed terrible en quienes padecían esta pena. Junto a esto, San Juan va más allá: nos está diciendo que Jesús tenía sed de dar cumplimiento al plan providencial de Dios para la salvación del mundo según hemos escuchado a Isaías, ofreciéndose a sí mismo como Siervo de Dios sufriente.

    Y tenía sed también de amor, de dar todo su amor y de recibir el amor de los hombres, porque “tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque no envió Dios al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él” (Jn 3,16-17). Por esa sed de darnos todo su amor, pues “nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos” (Jn 15,13), nos ha dado a su Madre por Madre nuestra, entregándonosla en la persona de San Juan, el discípulo “al que Jesús amaba” y que reclinó la cabeza en su pecho en la Última Cena (Jn 13,23.25). Y también es una sed de darnos el Espíritu Santo, de entregarnos el Espíritu de Amor, el Espíritu de Dios, el Espíritu de la verdad, el Espíritu de vida, el Espíritu que el Padre enviará en nombre del propio Jesucristo, el Espíritu por el que, en virtud de la Muerte redentora de Cristo, podemos recibir la vida divina y llegar a ser partícipes de la gloria celestial. Como había dicho a los apóstoles en la Última Cena, “os conviene que Yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré” (Jn 16,7).

    Estas palabras “Tengo sed”, “Tengo sed de ti”, marcaron una profunda experiencia espiritual en la vida de Santa Teresa de Calcuta. En 1946 resonaron en su interior con tal fuerza que comprendió la sed que Jesús tenía de su amor y que Él la llamaba a saciar esa sed en ella y a través de ella. A partir de ahí, iniciaría el camino hacia la fundación de las Misioneras de la Caridad para saciar la sed de amor de Jesús en los más pobres de entre los pobres.

    Como María, contemplemos a Jesús al pie de la Cruz, viendo en Él a nuestro Redentor, y acompañémosle hasta el Sepulcro para resucitar con Él a una nueva vida de gracia.

    En estos días del Triduo Sacro, por concesión de la Santa Sede a esta Basílica, se puede ganar indulgencia plenaria con las debidas condiciones de aversión al pecado, confesión con absolución individual, comunión eucarística y oración por el Papa.

    Por otra parte, la colecta de hoy va destinada a los cristianos de Tierra Santa.

  • 29 Mar

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Dentro del ambiente de dolor de la Semana Santa, porque en ella revivimos con especial intensidad la Pasión del Señor, el Jueves Santo nos ofrece unos elementos de gozo y alegría, pues el amor supremo que Jesucristo nos muestra estos días al entregar su vida para nuestra redención, hoy se manifiesta dándose a nosotros en la institución de la Eucaristía y en la institución del sacerdocio ministerial, así como en sus exhortaciones y gestos en la Última Cena hacia los Apóstoles, por lo cual celebramos asimismo el día del amor fraterno. En todo esto se descubre el Corazón Sacerdotal y Eucarístico de Jesús, que se dispone a entregarse al Supremo Sacrificio de la Cruz por nuestra Redención.

    Como todos sabemos, el ser humano ha simbolizado siempre el amor en el corazón. Por eso, la devoción al Corazón de Jesús, lejos de ser una beatería de tiempos pasados como algunos lamentablemente piensan, es la síntesis más profunda del cristianismo, según han enseñado los Papas, en especial desde Pío XI. Y es la síntesis del cristianismo, porque nos revela el amor eterno e infinito de Dios, que viendo al hombre caído por el pecado, ha determinado rescatarlo enviando para ello a la segunda persona de la Santísima Trinidad, al Verbo, al Hijo, el cual ha asumido nuestra naturaleza para salvarnos mediante su Pasión, muerte y Resurrección.

    Este amor, simbolizado y sintetizado en el Corazón de Jesús, se nos descubre en la institución del Santísimo Sacramento de la Eucaristía en la Última Cena, que fue un verdadero anticipo de su Pasión: en realidad, es el mismo Sacrificio de Cristo en el Calvario, que supera las coordenadas de tiempo y espacio y acontece el Jueves Santo en el Cenáculo, al igual que sucede hasta hoy y hasta el final de los tiempos cada vez que se celebra la Santa Misa. ¡Qué muestra más grande de amor la de Jesús, que ha querido quedarse con nosotros en el Sacramento de la Eucaristía hasta el final de los tiempos, hasta su segunda y definitiva venida gloriosa! Es verdad que no nos ha abandonado, sino que permanece con nosotros y entre nosotros. ¡Y qué pena que tantas veces los sagrarios estén abandonados, que nosotros no dediquemos tiempo para estar junto a Jesús Sacramentado que nos espera en el sagrario para irradiar sobre nosotros su amor!

    En la primera lectura, tomada del libro del Éxodo (12,1-8.11-14), hemos contemplado en las prescripciones sobre la cena pascual dadas por Dios a Moisés un anticipo de la Pascua definitiva, la que el Señor Jesucristo instituiría en la Eucaristía y en su obra redentora mediante su Pasión, muerte y Resurrección. Él es el verdadero Cordero pascual que se ofrece al Padre para nuestra salvación, como víctima propiciatoria por nuestros pecados. En la segunda lectura (1Cor 11,23-26), San Pablo nos ha descrito cómo Jesús instituyó la Eucaristía como nueva comida pascual en la Última Cena: el Apóstol recibió esta tradición y la Iglesia la perpetúa día tras día, minuto tras minuto, haciendo presente a Jesús Sacramentado cada vez que se celebra la Santa Misa.

    Para que su Sacrificio quedase perpetuado en la Santa Misa y su presencia entre nosotros fuera constante y permanente, Cristo instituyó además en la Última Cena el Sacerdocio ministerial y jerárquico. Los sacerdotes, configurándose con Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, renuevan y actualizan su Sacrificio único y redentor en la Santa Misa y permiten además que la Sagrada Eucaristía quede reservada en el Sagrario para que los cristianos adoremos a Jesucristo en este Sacramento, lo contemplemos, lo amemos, nos saciemos de Él y vivamos de la gracia divina que Él nos transmite.

    La lectura del Evangelio de San Juan (13,1-15) nos trae a la memoria el profundo gesto de humildad y de servicio que Jesús tuvo en el lavatorio de los pies, que vamos a recordar con doce niños de la Escolanía representando a los doce Apóstoles. Es asimismo un gesto de amor y de fraternidad, a lo que Él mismo nos ha exhortado cuando, precisamente en la Última Cena, nos ha dado el gran mandamiento del amor: “Amaos los unos a los otros, como Yo os he amado” (Jn 15,12.17), porque “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). Él va a entregar su vida por nosotros, asumiendo sobre Sí la carga de todos nuestros pecados y muriendo en la Cruz para redimirnos del pecado.

    Que la Virgen María nos lleve a profundizar en los misterios celebrados hoy.

    En estos días del Triduo Sacro se puede ganar en nuestra Basílica indulgencia plenaria con las debidas condiciones de aversión al pecado, confesión con absolución individual, comunión eucarística y oración por el Papa.

  • 4 Mar

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos en el Señor: Nos vamos adentrando en la cuaresma y una de las cosas que hemos de tener presente es que la Cuaresma es un itinerario hacia la Pascua para vivir profundamente el misterio central de nuestra salvación: la muerte y la resurrección de Cristo. Pero con una concreción sacramental: nosotros fuimos introducidos en ese misterio a través del bautismo. Tanto la Eucaristía como el bautismo los celebraremos recordando su institución el Jueves Santo y en la Vigilia pascual respectivamente, pero no como mero recuerdo histórico de un hecho pasado, sino como renovación espiritual del efecto sacramental que produjo en nosotros y sigue prolongándose en sus frutos y como estímulo para no perder aquella gracia tan extraordinaria, por la que Dios se ha dignado hacernos partícipes de su misma vida divina.

    Una de los momentos culminantes de la Vigilia pascual es precisamente la renovación de las promesas bautismales. Esas promesas de ser fieles a Cristo, que no es mera fórmula protocolaria, sino que han de tener una consecuencia muy concreta, vivir según la ley de Cristo, que son los mandamientos y todo lo que Él nos ha enseñado en torno a ellos. Hemos escuchado en la primera lectura del Éxodo la promulgación de los diez mandamientos con la explicación catequética y muy clarificadora de algunos de ellos por Moisés. Pero al principio de ellos Moisés declara en una expresión magistral lo que constituye toda la ley: YO SOY EL SEÑOR. Es decir: la voluntad santa del Señor, llena de sabiduría y amor es la fuente de todos los mandamientos. Todos los mandamientos reflejan la santidad y al amor que Dios nos tiene. No son normas pesadas e inhumanas. Incluso para hoy día, que nos vemos tan refinados y que hemos avanzado tanto en humanidad, como nos quieren hacer creer, los mandamientos nos señalan una meta de vida humana sensata y racional, sí, pero que no logramos alcanzar, pues estamos continuamente vagando fuera del camino recto. Hasta ahora nunca se había dado algo tan insólito: leyes civiles que favorecen el incumplimiento de los mandamientos divinos y la ley natural basando su discrepancia en que esos son credos religiosos que no afectan a todos los hombres, sino opciones particulares libres y opinables.

    En el Evangelio nos sorprende la intervención del Señor exigiendo que su casa, el templo, que Él denomina “la casa de mi Padre” no sea un mercado, sino casa de oración. Los judíos reaccionan de una manera hipócrita, pues comprenden de sobra que sus palabras y su proceder están en perfecta consonancia con lo que Dios dice del templo en las páginas de la Biblia, pero buscan en la discusión una escapatoria y quedar bien ante el pueblo. Aquí es donde nosotros debemos hacer nuestro examen. Nos parece que cumplimos bien las exigencias que tienen la casa de Dios y nuestra relación con Dios. Pero el Señor ve más profundamente. Nuestros pecados claman al cielo. Hoy día nos rebelamos contra Dios, tanto a nivel colectivo como en nuestra conciencia, al querer imponer nuestro modo de ver, nuestra selección de mandamientos que más o menos estamos dispuestos a cumplir y los que no. No lo decimos abiertamente, pero ya nos hemos acostumbrado a que casi nadie se case por la Iglesia, a que aquellos que estuvieron casados por la Iglesia rompan su unión por falta de entendimiento y recompongan su vida según les parece. Hay muchos cristianos muy condescendientes con las prácticas y convivencias homosexuales y mucha cobardía en enseñar y corregir tal modo de vida opuesto a la Palabra de Dios. Por eso, y muchas cosas más, el Señor no tiene otro remedio que en su misericordia y justicia purificar a este mundo de tanta inmundicia que se ha extendido por todas partes, propagándose el imperio del príncipe de este mundo hasta el punto que se admite como la cosa más ordinaria las representaciones de demonios como formando parte de los adornos en las casas, las lecturas y películas sobre el demonio, que se ven como cosa inocua que no hace mal a nadie, e incluso celebrar su fiesta. Se nos olvida que el Señor no guarda silencio ante la situación de apostasía colectiva, este dar a Dios de lado en tantos ámbitos de nuestra sociedad como si fuese una opción tan legítima como la contraria de reconocer y extender el reinado de Dios en este mundo.

    El remedio, pues, es la gran purificación por la que ha de pasar nuestro mundo que se atreve a desafiar a Dios convirtiendo los lugares de culto en lugares donde se ofende a Dios por admitir supuestos actos de culto que son una ofensa insultante para Dios. Y el Señor, en su infinita misericordia, nos invita a acoger la gran tribulación para restablecer la justicia divina, como llamada última a la salvación. El agua bautismal se derramará desde el cielo (Ez 36,25) en la purificación más grande que nos aguarda, una purificación por medio de conmociones terribles de la sociedad, desatándose los odios de unos contra otros, y con desastres naturales sin precedentes, nos preparará para estar ante Dios en el Juicio Particular de nuestras almas, y de ese modo se nos allanará el camino para el día que debemos comparecer ante Dios, purificación que limpiará nuestra alma de tantos pecados cometidos en nuestra vida, de tantas ofensas como ha recibido el Salvador en Su Cruz por nuestros pecados y nuestros delitos. La purificación necesaria que el Padre en Su Misericordia enviará a este mundo de pecado para salvar a Sus hijos del fuego eterno al que irían nuestras almas si antes no fueran lavadas con rigor y con justicia. El mismo que nos juzgará por mandato del Padre que está en los cielos, nuestro Redentor muy amado Jesucristo, nos llevará de Su mano ante El que todo lo gobierna: Cielos y Tierra. De Su mano iremos ante Él, y Su Amor por nosotros nos acompañará en ese momento, nos defenderá de nuestras culpas por la purificación vivida que ya pagó nuestro rescate. En el Hijo de Dios, en Su Cruz está el precio pagado para nuestra liberación y la purificación que viviremos nos limpiará para ser dignos de ese rescate.

    Hermanos no nos rebelemos contra estos planes de Dios predichos por todos los profetas del Antiguo testamento y en tantos libros del Nuevo y en las palabras de Jesucristo y en el Catecismo de la Iglesia Católica (CatIC 677); preparémonos para la llegada inminente de la Gran Tribulación a nuestras vidas, que aparecerá de modo sorpresivo como ladrón, aunque precedida inmediatamente de signos cósmicos, y entonces se llevará acabo ese Juicio particular, pero en esos momentos ya no habrá tiempo de prepararse. Es ahora cuando debemos prepararnos con el sacramento de la penitencia: lloremos de corazón nuestros pecados y nuestros delitos día y noche, acudamos con frecuencia al sacramento de la penitencia; pidamos perdón por todos los pecados de vuestra vida y la protección y asistencia materna de la Santísima Virgen María, para que nos ayude a mirar a la Cruz de su Hijo y podamos mantenernos firmes en la confesión de nuestra fe y para sufrir el martirio si estuviere en los planes de Dios.

    Que esta Eucaristía sea un punto de arranque en nuestra preparación a la gran prueba escatológica como la denomina el Catecismo (CatIC 1296), y podamos hacer viva y efectiva la renuncia al demonio y a sus seducciones, ayudados de los medios que siempre ha aconsejado la Iglesia: el ayuno y otras mortificaciones, la oración y la limosna.

  • 18 Feb

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: en este primer domingo de Cuaresma, en el que se proclaman las tentaciones de Jesús en el desierto, aparece ante nosotros el panorama de nuestra vida en este mundo. Estamos rodeados de tentaciones que nos arrastran a separarnos de Dios e incluso a verle como un enemigo, pero a la vez sostenidos en nuestra lucha por los medios que Dios pone a nuestro alcance para que Él se muestre como Salvador en nuestra lucha contra el maligno.

    En la primera lectura se nos ha proclamado la alianza de Dios con Noé tras el diluvio, en la que, se entiende, que si el hombre es fiel, ha recibido la promesa de que las aguas no volverán a destruir la tierra. Y san Pedro nos dice que el arca fue símbolo del bautismo, es decir, del sacramento que nos da fuerza y ratifica dicha promesa. Este simbolismo es más claro en el bautismo por inmersión, cuando el catecúmeno se sumerge dentro de una piscina, se pronuncian las palabras de Jesús “Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” y el ya bautizado sale de la piscina purificado como Noé, que, gracias al arca, sobrevivió al diluvio.

    La lucha del cristiano con las tentaciones constantes se ve iluminada por el ejemplo de Cristo en el desierto antes del comienzo de su ministerio. Según el relato de san Marcos, tan conciso, pero con detalles ricos de contenido, Jesús en el desierto vive rodeado de fieras, es decir de peligros o tentaciones y asistido por los ángeles. Nosotros también debemos acudir a los medios que Jesús nos ha dejado para vencer las tentaciones y para suplicar la gracia de nuestra conversión. En este tiempo favorable de Cuaresma, la Iglesia nos propone tres medios: oración, ayuno y limosna.

    El primer medio, la oración, en toda su rica variedad de alabanza e intercesión a Dios y a los ángeles o al arcángel san Miguel, es nuestro mejor recurso para pedir al Señor que no nos deje caer en la tentación, como rezamos en el Padre nuestro. No tengamos ninguna duda de que si notamos que el testimonio de nuestra vida cristiana es pobre, eso es consecuencia de nuestra falta de oración y de nuestra falta de fe en la eficacia de la oración. Sin embargo, si no rezamos, si no gustamos ya en la tierra los dones reservados para el cielo, ni nos convertimos nosotros ni convertimos a los demás. Siguen siendo plenamente actuales las palabras del beato Alfredo Ildefonso Schuster, cardenal-arzobispo benedictino del siglo pasado: “Parece que la gente ya no se deja convencer por nuestra predicación; pero ante la santidad, todavía cree, se arrodilla y reza”.

    Y es que el Señor ha dicho que cierta raza de demonios sólo puede expulsarse con ayuno y oración. La oración se fortalece con el ayuno, segundo medio, queridos hermanos, para nuestra conversión. El ayuno obliga sólo dos días al año: si hubierais olvidado ayunar el miércoles de ceniza, en el que iniciamos la Cuaresma, no olvidéis el Viernes Santo hacer una sola comida, aunque pudiendo tomar algo de alimento por la mañana y por la noche, guardando las legítimas costumbres respecto a la cantidad y calidad del alimento. La Conferencia de los Obispos españoles precisó que la abstinencia de carne no puede sustituirse por otra obra los viernes de Cuaresma, salvo dispensa o coincidencia con solemnidad. “Ayunar y abstenerse de comer carne” es el cuarto de los mandamientos de la Santa Madre Iglesia, de los que hoy casi no se habla. Tengamos sobre todo hambre de la palabra de Dios, porque, como dice S. León Magno, lo más importante es ayunar de nuestros vicios. Y atención: que en esto no nos engañe de nuevo el diablo, no pensemos enseguida en los vicios de nuestro prójimo más cercano: el Señor quiere que ayunemos y nos abstengamos de nuestros propios vicios y pecados.

    Pero el ayuno, queridos hermanos, no es mera mortificación, sino también compartir solidariamente con nuestros hermanos necesitados el dinero ahorrado en comida y caprichos. La limosna es el tercer medio para nuestra conversión. Muchas personas desfavorecidas pasan necesidad como consecuencia de la avaricia del capitalismo salvaje, tan solo pendiente de las bolsas y los mercados, pero absolutamente indiferente ante la miseria de las periferias existenciales, de las que nos habla el Santo Padre Francisco, como víctimas de la inmisericorde cultura del descarte.

    Pero ante todo, queridos hermanos, acudamos a los sacramentos, nuestra ayuda principal. ¿Comulgamos por costumbre mecánicamente sin examinar antes a fondo nuestra conciencia? Por desgracia, hoy día muchos católicos han hecho costra, viven en permanente y crónico pecado grave y cometen sacrilegio cada vez que comulgan. Reflexionemos cada uno en presencia de Dios si no pudiera ser también nuestro caso. ¿Cuántos años hace que no hemos confesado nuestros pecados graves y recibido la absolución individual? Como proclama la S. Escritura, tomemos en serio nuestro proceder en esta vida, pues ¿quién sabe si para algunos de nosotros ésta será nuestra última Cuaresma en este mundo? No pongamos ingenuamente en peligro nuestra propia salvación, que debe ser nuestra principal preocupación y ocupación en esta vida.

    Queridos hermanos: en la tentación pidamos a la Virgen del Valle que interceda ante su Hijo para que nos conceda la gracia de vivir esta Cuaresma con humildad y pobreza de espíritu, con dominio de nuestros instintos y obediencia a la voluntad de Dios, esperando la Pascua con gozo de espiritual anhelo. Que así sea.

  • 14 Feb

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    No pocas veces existe una imagen negativa y oscura de la Cuaresma, originada tanto por la mala comprensión que de ella tienen muchos cristianos, como por la visión que del cristianismo han querido y quieren dar los enemigos de él.

    Sin duda alguna, el carácter penitencial es propio de la Cuaresma y se debe reafirmar sin temor, pero muchas veces será necesario explicar con nitidez el espíritu con que se deben afrontar las prácticas penitenciales. Ante todo, la penitencia se hace con miras a la obtención de un gran fin: la conversión interior del corazón y el retorno del pecador al cobijo misericordioso de Dios. La Cuaresma, por tanto, es un período de profunda conversión del cristiano y así se nos recuerda en la lectura del profeta Joel que hemos escuchado: “Convertíos a mí de todo corazón: con ayuno, con llanto, con luto. Rasgad los corazones, no las vestiduras: convertíos al Señor Dios vuestro, porque es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad, y se arrepiente de las amenazas” (Jl 2,12-13). También nos ha dicho el apóstol San Pablo: “ahora es tiempo de gracia, ahora es día de salvación” (2Cor 6,2).

    Jesús, que pasó cuarenta días con sus cuarenta noches de rigurosa penitencia en el desierto antes de iniciar su vida pública, nos exhorta a entregarnos a la oración, al ayuno y a la limosna, debiendo hacerlo desde la intimidad del corazón, donde nuestra oración, nuestro ayuno y nuestra limosna serán conocidos y recompensados por Dios (Mt 6,1-8.16-18). Más aún, Jesús nos anima a vivir nuestras prácticas piadosas, penitenciales y caritativas con alegría: “Cuando ayunéis no andéis cabizbajos, como los farsantes […]. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no la gente, sino tu Padre, que está en lo escondido” (Mt 6,16-18).

    Nuestro Padre San Benito nos alienta igualmente a este espíritu alegre en la Cuaresma. Recuerda al monje que, aunque su vida “debería responder en todo tiempo a la observancia cuaresmal, sin embargo, como son pocos los que tienen semejante fortaleza, por eso invitamos a guardar la propia vida en toda su pureza en estos días de Cuaresma, y borrar, todos juntos, en estos días santos, todas las negligencias de otros tiempos” (RB 49, 1-3). Como vemos, llama “días santos” a este tiempo, en el cual anima a entregarse a la oración, la lectura, la compunción del corazón y la abstinencia, añadiendo con permiso del abad algunas pequeñas cosas en lo que de ordinario hacemos y ofrecemos, también en el trabajo.

    San Benito, al igual que Nuestro Señor Jesucristo, desea en el monje un ánimo alegre en las prácticas cuaresmales, que se haga “con gozo del Espíritu Santo”, de tal modo que “con un gozo lleno de anhelo espiritual espere la santa Pascua” (RB 49, 6-7). Por lo tanto, estamos ante unos “días santos” que nos ayudan a prepararnos para la celebración del gran acontecimiento del misterio cristiano: la Pascua del Señor, la gloriosa Resurrección de Jesucristo, nuestro Redentor.

    Con este espíritu, pues, acojamos este santo tiempo de Cuaresma: tiempo de oración, de ayuno y penitencia y de limosna y caridad; tiempo de mayor dedicación a Dios, de vuelta a Él, de conversión a Él, y de conversión generosa también hacia las necesidades de nuestro prójimo. Un buen ayuno espiritual y caritativo puede ser que nos privemos de hacer críticas y malos comentarios relativos a nuestros hermanos.

    Que la Santísima Virgen María nos ayude a vivir la Santa Cuaresma con estas actitudes para imitar a su divino Hijo y poder unirnos a Él.

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