De Madrid a Varsovia

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    Después de la merienda-cena de despedida del curso con las familias en la Escolanía, que tuvimos en la galería del claustro ante la tormenta que cayó en la tarde del miércoles 11 de junio, nos acostamos pronto, ya que al día siguiente debíamos madrugar mucho. En efecto, el jueves 12 nos levantamos a las 4,30 h. de la madrugada, pues teníamos que estar en la Terminal 1 del Aeropuerto de Madrid-Barajas a las 6 h. para despegar a las 9 h. en el vuelo DY5426, de la compañía “Norwegian”, que acababa de estrenarse en Madrid tan solo unos días antes. Fue uno de los días de todo el curso que menos pereza tuvimos para levantarnos… a pesar de la hora. La emoción nos animaba a hacer las cosas deprisa.


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    Después de pasar a la capilla de la Escolanía para una breve oración de la mañana y encomendar el viaje, subimos al autobús a las 5 h. Llegamos así con tiempo suficiente al aeropuerto, donde la facturación se pudo hacer a un buen ritmo y con mucho orden, tanto que los encargados dijeron: “¡Nunca habíamos visto un grupo tan organizado!” Luego tomamos un desayuno traído de la Escolanía, con batidos de chocolate o zumos y algo de bollería, y pasamos a la sala de espera.


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    Embarcamos con cierta agilidad y el avión despegó con total puntualidad. El viaje fue magnífico y tranquilo y gozamos de buen tiempo. Pudimos ver con absoluta claridad las preciosas vistas sobre los Pirineos, el valle del Ródano, los Alpes franceses, suizos y austríacos, varias ciudades grandes de estos países como Berna y lagos como el de Constanza, y más tarde sobrevolamos sobre la República Checa y Polonia. Aquí ya encontramos más nubes, pero el aterrizaje en el aeropuerto F. Chopin de Varsovia fue muy bueno y además tuvo lugar unos veinticinco minutos antes de la hora prevista, dado el buen desarrollo del viaje. El tiempo también era bueno, así que todo acompañaba nuestra llegada a tierras polacas.


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    Un autobús que habíamos contratado nos recogió y nos trasladó al hotel-residencia “U Pietrzaków” donde íbamos a residir la primera noche, en Zielonka, un agradable pueblo a las afueras de Varsovia. Al igual que desde el avión, pudimos ir contemplando la capital polaca y cruzamos el Vístula. Recordamos que a sus aguas había sido arrojado el cuerpo del Beato Jerzy Popiełuszko cuando fue asesinado en 1984 a los 37 años de edad.


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    Después de la comida en el hotel-residencia, tuvimos un rato de descanso y marchamos a Varsovia en autobús para venerar los restos del Beato Popiełuszko en la sepultura de mármol en forma de cruz situada en el jardín de la que fue su parroquia, la de San Estanislao de Kostka, en la parte norte de la ciudad. Allí rezamos, unos de pie y otros de rodillas, y algunos se emocionaron al recordar la figura de este gran mártir joven que en la Polonia de los años 80 acogía a los obreros del sindicato clandestino “Solidarność” (“Solidaridad”) y celebraba en la calle “Misas por la Patria”, hasta que fue asesinado por la policía secreta del régimen comunista del general Jaruzelski, fallecido unos días antes de nuestra llegada a Polonia, quien en aquella época había impuesto la “ley marcial”. El martes habíamos visto en la Escolanía la película dedicada al joven sacerdote mártir, que narra su vida y su martirio, linchado cruelmente por sus asesinos y arrojado en un saco al río Vistula. También recordamos en esta parroquia a la figura de Lech Wałesa, líder de Solidarność y primer presidente de la Polonia libre.


  • El P. Santiago recordó cómo el Beato Popiełuszko animaba siempre a “vencer al mal con el bien”, siguiendo los consejos de Jesús y de San Pablo. A sus funerales acudieron más de 300.000 personas, lo cual supuso un desafío al régimen comunista que había implantado la “ley marcial”. Anna Korus, la madre de Szymon e intérprete en nuestro viaje, que tanto nos ha ayudado, nos emocionó recordando cómo se vivieron aquellos años y nos explicó que las personas se exponían a ser detenidas al salir a la calle a las horas prohibidas o al acudir a actos no permitidos. La tumba del P Popiełuszko es desde entonces una meta de peregrinaciones de millones de personas, llegadas no sólo de Polonia. Fue beatificado en 2010 en Varsovia y asistieron unos 140.000 fieles, 1.600 sacerdotes y 100 obispos. Entre los asistentes estaba la madre del mártir, Marianna, con cien años de edad, que declaró estar muy feliz. En palabras suyas, “la muerte de Jerzy fue para mí el dolor más grande, pero no juzgo a nadie. Dios juzga. La alegría más grande será para mí cuando las personas que mataron a Jerzy se conviertan”. ¿Cabe mayor testimonio de caridad?


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    La reciente muerte del general Jaruzelski el 25 de mayo ha hecho más grande aún si cabe el triunfo de la fe y de la caridad sobre el ateísmo, y sin duda la sangre del Beato Popiełuszko ha tenido una parte muy notable en ello. El general comunista, bautizado al nacer, se declaraba de adulto ateo convencido. Pero quince días antes de morir, pidió confesarse con un sacerdote y recibir el sacramento de la Unción de los Enfermos. Al funeral, celebrado por el Obispo Castrense polaco, asistió su antiguo rival, Lech Wałesa, quien en su día había sufrido prisión por orden del gobierno comunista; llegado el momento oportuno en la Misa, Wałesa cruzó el pasillo para dar la paz a la familia de Jaruzelski.


  • También nos emocionó Anna cuando nos contó cómo en 2010 la gente seguía con emoción desde Polonia las Misas de campaña de los monjes benedictinos del Valle de los Caídos, en las que estaba presente la Escolanía con sus cantos, ante la persecución sufrida en el Valle. Entonces, nos dijo, los polacos recordaron la situación similar que se había vivido en Polonia. No en balde, en varias de las homilías de aquellas Misas de campaña, los benedictinos del Valle recordaron el caso polaco.


  • Fue precioso además entrar en la iglesia, donde estaban celebrando la Santa Misa, y era impactante observar la devoción y el fervor que se respiraban en una iglesia llena y con los fieles cantando. Ésta sería una de las constantes del viaje: comprobar cómo en Polonia sigue vivo el espíritu católico, con las iglesias llenas y con abundancia de jóvenes en ellas, el pueblo cantando con devoción, los fieles comulgando de rodillas (según hacemos también en la Escolanía), los sacerdotes por la calle vestidos de sotana y los religiosos y las religiosas con el hábito, vocaciones jóvenes y abundantes, espíritu de fe y de entrega, respeto a la figura de los sacerdotes, cruces en las carreteras y exposiciones sobre San Juan Pablo II en plena vía pública… La Polonia católica sigue viva, a pesar de la penetración del materialismo capitalista occidental y de la secularización que éste trae.


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    Otra impresión impactante en la iglesia de San Estanislao de Kostka fue la vitalidad del espíritu patriótico polaco: la bandera polaca y otras banderas históricas de Polonia estaban allí presentes sin complejos, fuera y dentro de la iglesia. El amor a la Patria nace del cuarto mandamiento de la Ley de Dios y los polacos lo viven con intensidad, como hemos comprobado a lo largo del viaje, pero aquí nos impresionó de forma especial porque en esta parroquia había como un resumen del calvario sufrido por Polonia en el siglo XX. Allí había recuerdos también de todos los polacos asesinados en campos de concentración nazis y comunistas, desde Auschwitz-Birkenau, Bergen-Belsen, Sachsenhausen y otros muchos de las zonas ocupadas por el III Reich hasta los campos rusos y las fosas de Katyń. Encontramos lápidas recordatorias de San Maximiliano María Kolbe y de víctimas del nazismo y del comunismo, pero también de otros caídos en la resistencia del mariscal Piłsudski frente a los comunistas rusos al término de la I Guerra Mundial y de los asesinados en los años de la Polonia comunista, satélite de la U.R.S.S.


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    Desde la parroquia de San Estanislao de Kostka nos desplazamos en autobús al centro histórico de Varsovia. El P. Santiago nos narró en pocas palabras la historia de Polonia como reino y sobre todo el sufrimiento de una nación que desapareció en el mapa a finales del siglo XVIII por los repartos territoriales entre Prusia, Rusia y Austria, que reapareció políticamente al final de la I Guerra Mundial para ser invadida de nuevo por la Alemania nacionalsocialista y la Rusia soviética en 1939 y que recuperó su independencia, aunque sometida a un régimen dependiente de Moscú en 1945 hasta que por fin cayó el comunismo. También nos recordó que el sufrimiento de Polonia se resume en gran medida en el de la propia Varsovia, arrasada por los nazis en la II Guerra Mundial como represalia a la revuelta del gueto judío primero y del conjunto de la ciudad a continuación. Por eso, el centro histórico, como casi toda la ciudad, es en realidad una reconstrucción de lo que en su día fue.


  • Pero ciertamente el centro, del que visitamos una parte, nos encantó por su belleza y atractivo. Del Castillo Real fuimos a la plaza que hay contigua y a la iglesia de Santa Ana, y pudimos además contemplar algunas otras calles y una panorámica de la catedral y del resto del centro. No hay que olvidar, al ver la catedral, al cardenal Stefan Wyszyński (1901-1981), Primado de Polonia que defendió la libertad de la Iglesia frente al ateísmo comunista. Según él, “el peor defecto en una apóstol es el miedo”.


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    Volvimos a Zielonka para celebrar la Misa en una bonita y acogedora iglesia muy próxima al hotel-residencia, en la que el párroco nos acogió con toda amabilidad. Luego fuimos a cenar y finalmente nos retiramos a dormir para reparar fuerzas al término de un día largo e intenso. Para los chicos de 2º de ESO también había sido intenso al fijarse en la belleza rubia de las chicas polacas…


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